Capítulo cuarenta y ochoFarrow
Capítulo cuarenta y ocho
Farrow
El pene de Zach se irguió al verme sin sujetador.
Mis pezones pedían atención, tensos y sensibles.
Él los ignoró por completo y se reclinó sobre el asiento, con la erección pegada a su muslo a través de los pantalones mojados.
Se acarició la entrepierna con aire cansino mientras con la otra mano empezó a desabrocharse la camisa.
Arqueé la espalda y me bajé los vaqueros hasta las rodillas sin dejar de mirarlo a los ojos.
—¿Cuántas?
Se abrió la camisa.
—¿Cuántas qué? —Se sacudió la tela por los hombros musculosos, bronceados y perfectos.
Me apoyé sobre la puerta del conductor y me quité las botas de una patada junto con los pantalones, sin sacarme la ropa interior, así él podía quitármela con los dientes.
—¿Cuántas películas has visto por mí?
Zach se quitó los zapatos y se desabrochó el cinturón, sin sacarme los ojos de los pechos.
—Demasiadas.
De todas las personas que había conocido, nadie me hacía sentir tan despampanante como Zachary Sun, con solo mirarme como me miraba. De hecho, era el primer hombre que me hacía sentir hermosa.
Se quitó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. El pene asomó erecto, con el eje sedoso como terciopelo; grueso, largo y decorado con unas venas suaves y una corona prominente. Con solo verlo se me hizo agua la boca.
Zach tiró los pantalones al asiento trasero y su mano se detuvo en algo.
—¿Qué es esto? —Sacó una caja de zapatos de Chanel del asiento trasero.
El calor se me subió a las mejillas.
—Lo que me regalaste…
—Una parte —me corrigió. Entonces enganchó el dedo en la parte inferior del lazo de satén y lo desató hasta que quedó en un largo cordón color crema—. La mejor parte no ha llegado aún. Junta las muñecas y ponlas sobre el reposa cabezas.
Por lo general, a alguien que me pidiera eso lo mandaría respetuosamente a la mierda.
Pero, con Zach, estaba dispuesta a renunciar a parte de mi control.
Quería sentirme indefensa ante un hombre por una vez en mi vida.
Dejarme llevar. Él temía tocarme, así que me prometí que le dejaría hacer de todo.
Levanté los brazos muy lentamente y presioné las muñecas contra el metal que conectaba el reposacabezas y el asiento.
Supuse que el cuerpo tendría alguna reacción inesperada.
Miedo. Resistencia. Arrepentimiento. Pero no.
Me di cuenta, por primera vez, de que confiaba en Zachary Sun.
Podía confiarle mi vida. Mi seguridad. Mi búsqueda de venganza… Pero no mi corazón.
Zach se inclinó sobre el tablero apretando la cinta blanca de Chanel en la mano.
—Buena chica… —Inclinó el respaldo hacia atrás hasta que quedé casi acostada, se sentó a horcajadas sobre mí con sus muslos trabajados, me juntó las muñecas y me ató rápidamente—. ¿Quién hubiera dicho que serías tan obediente si el incentivo es una verga dura y larga?
Me robó un beso rápido y me anudó las muñecas dos y tres veces.
El satén se clavó con una mordedura seca sobre mi piel y un disparo de adrenalina me recorrió la espina dorsal.
Un torrente de calor líquido me cosquilleó por debajo del ombligo y supe que encontraría mi ropa interior completamente empapada.
Tiré de las correas, solo para probarlas, y me encontré bien sujeta al asiento. Indefensa por completo y a su merced.
Entorné los ojos.
—Eres sospechosamente bueno en eso de atar a la gente. Vas a levantar sospechas.
—Tú también lo serías si tu mejor amigo estuviera todo el tiempo en posiciones comprometedoras.
—¿Oliver?
—Romeo.
Dejé la conversación marcada para más tarde; eso tenía que saberlo.
Zach se enderezó todo lo que pudo dentro del pequeño coche, todavía a horcajadas sobre mí, admirando su obra. Me tomó por el mentón y me inclinó la cabeza para que nuestros ojos se encontraran.
—Siempre eres preciosa, Farrow Ballantine, pero eres especialmente preciosa cuando te tengo a mi merced.
Con los nudillos, me acarició el pezón derecho con un roce suave como una pluma. Se me convulsionó el cuerpo, las caderas empezaron una cabalgata desenfrenada, mi entrepierna rogaba que la llenaran, de él.
—Más —dije en un lamento.
—¿Más? —Jugueteaba con el borde de mis bragas, con pequeños toques sobre mi piel—. ¿Más de qué?
Lo miré a los ojos y me recordé que aquello no era fácil para él; todo el tema del contacto.
—Más de lo que quieras darme.
Los nudillos viajaron desde mi pezón derecho al izquierdo.
—¿Dónde quieres que te bese ahora?
Bajé con los ojos a mi ropa interior, aunque sabía que el coche era demasiado pequeño para que se deslizara hasta el suelo.
—Ah, ya veo. —Asintió—. No te preocupes, cariño. Esta noche te correrás en mi lengua.
Mi garganta se estremeció y tragué saliva. Él se apoyó contra el volante, me tomó por los muslos con una mano y me tiró por las piernas hacia arriba, hasta que se apoyaron sobre sus hombros.
—No tenemos que hacerlo si tú no quieres. —Me sentí obligada a decírselo, aunque me sentía arder en un infierno de necesidad que me chamuscaba cada célula de la piel.
—¿Que no quiero? Tengo la intención de convertir tu sexo en mi nuevo hogar. Quiero vivir dentro de ti. Devorarte de pies a cabeza.
Arrastró las bragas a un lado, me hundió los labios en la entrepierna y me succionó. Con la nariz me masajeó el clítoris y me puso al borde de la combustión. Los labios carnosos y calientes se movían contra mi sexo mientras me decía:
—Eres una droga, Farrow Ballantine. Y ya estás en mis venas.
Tensé los muslos contra su rostro y con las rodillas le rodeé el cuello mientras él no dejaba de pasarme la lengua por mi apretado agujero, por toda la línea hasta mi trasero y, después, me succionaba con la boca.
Me arqueé de deseo, que se transformó en un dolor desesperado; necesitaba que su lengua húmeda tuviera más acceso a mi vulva codiciosa.
Me encontró el clítoris con la lengua y, con la punta, fue dibujando círculos por el montículo apretado a un ritmo lento y tortuoso. Después, hundió su dedo medio bien hondo por dentro de mi entrepierna. En una desvergüenza total, me aferré a él con las paredes y pedí más.
—Mira qué empapada estás —murmuró y lengüeteó el clítoris más rápido, con un gruñido depravado desde el fondo de la boca—. Mira qué apretada estás. Jamás me he follado un agujero tan pequeño como este.
—¿Pero cuántos agujeros te has follado? —La pregunta salió disparada mientras él empezaba a masajearme todo el sexo con el dedo.
¿Acaso no era virgen como me había dicho? Y, de todos modos, ¿cómo pierde la virginidad un hombre que detesta el contacto humano? ¿Con el alcohol? ¿Con drogas? ¿Con sufrimiento extremo?
Zach añadió otro dedo y los sumergió con una fuerza punzante; casi al punto del dolor, pero sin llegar al límite.
—¿Prometes no reírte? —gruñía por debajo de mi sexo, devorándome el clítoris, la hendidura y la parte interna de mis muslos, con el hambre y el ansia de un hombre hambriento.
—Te lo prometo.
—Muñecas sexuales. —La boca se detuvo sobre mi piel, tenía la respiración entrecortada, con el pecho golpeaba en la parte de atrás de mis muslos—. De plástico. Sintéticas. Frías. Necesitaba satisfacer mis necesidades.
—¿Eso es todo?
Se me expandió el corazón, creció hasta alcanzar el tamaño del desamparo que Zach tenía dentro, queriendo engullirme cada gota de angustia que había sentido y cargarla yo misma.
—Eso es todo. —Desató la cinta de Chanel para liberarme y me regaló un beso ardiente en la parte posterior de la rodilla. Cerró los ojos al admitirlo—: Muñecas a un lado, soy completamente virgen. Ya te lo dije.
Me incorporé un poco para poner la mano sobre sus nudillos, donde él seguía metiéndome los dedos.
—Está bien. —Se detuvo y me miró con ojos llenos de lujuria.
Con una mirada tan infantil y tan absurdamente deslumbrante que me costó contener las lágrimas—.
No tienes nada de patético. —Le acaricié la mandíbula y recorrí todo el contorno con la yema de un dedo—.
Sería un honor para mí tomar su virginidad, señor Sun, si usted quisiera dármela.
Me dedicó una sonrisa torcida.
—Toda suya, señorita Ballantine.
Miré entre los dos, donde la mano se cernía junto a mi sexo.
—¿Puedo enseñarte algunos trucos?
Le vi la nuez de Adán rodar por su garganta y asintió.
—Por lo general —hizo una pausa—, mis acompañantes no eran muy buenas con los consejos. Ninguna de ellas tenía boca.
Puse los ojos en blanco, tratando de no reírme.
—Déjame que te enseñe. —Volví a llevarle el dedo índice hasta mi sexo—.
Ahora enróllalo al llegar al final. Sí, así.
—Me moví, mis fluidos nos recubrían los dedos y un escalofrío de placer creció dentro de mí—.
Aquí. Adentro y afuera. Cuando lo doblas así, das en mi punto G.
—Eché la cabeza hacia atrás y di un gemido—: ¡Sí!
Su mirada se clavó en mi rostro mientras seguía masajeándome el sexo, con la boca hinchada de haberme comido entera.
No podía soportarlo: su deseo de hacerme sentir bien, ese anhelo casi infantil de aprobación…
Le agarré las mejillas y lo atraje hacia mí.
Lo besé con furia y saboreé mis jugos en su lengua, la lluvia en su piel…
Los cristales se empañaron. Él no paraba de masajearme con los dedos y su pene, que se presionaba sobre la parte de atrás de mi muslo, se veía rojo y listo, húmedo en la corona.
El olor a sexo se arremolinó dentro del coche y supe que jamás podría quitarlo de allí.
Cada vez que entrara, me acordaría de este momento.
El orgasmo empezó a crecer y se juntó debajo de mi ombligo como un remolino.
Zach se llevó uno de mis pezones a la boca, lo chupó y lo rozó con los dientes superiores. En un momento se detuvo y me miró, con la barbilla apoyada en el valle entre mis pechos.