Capítulo cuarenta y ochoFarrow #2
—¿Cómo puede ser alguien tan perfecto? —El dedo se movía más rápido dentro de mí, la saliva se juntaba sobre mi pecho. Pasó del izquierdo al derecho y lo succionó dentro de su boca—. ¿Por qué no puedo dejar de tocarte?
Busqué su pene en mi muslo y lo froté.
—Sigue. Más rápido.
—No, quiero penetrarte —gruñó, y con los labios volvió a mi boca; me besó con necesidad animal, frenético—. Ahora .
—¿Tienes un condón?
Su boca se deslizó hasta mi garganta, la besaba y mordisqueaba sin parar.
—Ya saldré.
El orgasmo crecía entre mis piernas. Era como flotar por un acantilado, a la espera de que me alcanzara la gravedad.
— Zachary. No voy a dejar que me penetres sin condón.
Volvió a mi pezón con los labios.
—¿Tampoco si te lo pido muy amorosamente?
—Tampoco…
—¿Tampoco si te regalo todo el arte que poseo excepto los colgantes?
—¿Se… serías capaz de hacer eso? —Jadeé, los músculos temblándome en un clímax que me retumbó por todo el cuerpo.
—Soy un hombre desesperado y tú eres muy testaruda.
Pero estaba demasiado ocupada desmoronándome en mil pedazos y no pude responderle.
En cuanto empecé a correrme dejó de meterme los dedos, me tapó el sexo y lo apretó con fuerza con la base de la palma de la mano.
Gemí tan fuerte que las ballenas del Pacífico debieron pensar que era una señal de socorro.
—Siento tu líquido. Oh, joder. Tengo la palma cubierta de ti. —Zach hundió el rostro en mi hombro y se frotó el pene por la parte de atrás de mis muslos—. Esto es hermoso, tú eres hermosa.
Se incorporó sobre ambas rodillas y bajó lentamente mis piernas de sus hombros, levantando la palma de la mano que había tenido en mi entrepierna, cubierta de mis fluidos.
Me mordí el labio inferior y me resistí a avergonzarme.
Todavía agitada con el orgasmo y con el sudor de ambos mezclándose por todas partes.
Zach me acercó la mano al rostro.
—Mira lo que has hecho. —Asentí. Él prosiguió—: Ahora, lámela.
Lo hice, con un nivel de entusiasmo que debería haber estado reservado para salvar a toda la nación de una invasión alienígena.
Había algo increíblemente ardiente en lamer mi propio deseo por él.
Cuando terminé, él se inspeccionó la palma con ojos atentos, sonrió y luego se zambulló para besarme por todas partes.
Nuestras lenguas se enredaron, y gemimos en el beso, abrazándonos el uno al otro como si se nos pusiera en juego la vida.
Tenía todo el cuerpo hecho pedazos, tanto por el orgasmo como por la posición en que había estado, pero todavía quería devolverle el favor; darle a él la liberación que tanto necesitaba.
A fin de cuentas, era humano por mucho que se lo negara a sí mismo.
Lo aparté de mí y rodó al asiento del copiloto, siguiéndome con la mirada con ojos sedientos.
Abrí la puerta, di la vuelta al coche y abrí el lado del acompañante. Le mostré un dedo con forma de gancho:
—De pie.
—¿Vas a abandonarme en este bosque? —Zach se agarró el pene y trató de domar la erección; buscaba los calzoncillos en medio de la oscuridad—. Porque déjame asegurarte, Pulpita, que ya tengo suficiente sufrimiento por aquí.
—Vamos a solucionar tu problema sin tener sexo —le declaré, y lo tomé de la mano y tiré hacia afuera.
Parecía que no le importaba tocarme, al menos tocarme a mí. Se me llenó el pecho de orgullo de ver lo lejos que había llegado. A través del resplandor débil de los faros, pude ver el escepticismo en su ceja levantada, pero aun así me siguió la corriente.
Cerré la puerta detrás de él, lo empujé contra ella y lo besé.
Los dos seguíamos casi desnudos, solo en ropa interior.
En cualquier momento, alguien podía vernos.
Yo temblaba de ansiedad y diversión de solo pensarlo.
Pero Zach no era como yo. Para mí, era cosa habitual jugar con el peligro.
Sabía que estaba llevándolo al límite. Lo que no entendía era por qué él me dejaba.
Zach miró alrededor al tiempo que yo me inclinaba de rodillas. La gravilla del suelo se me hundió en la piel. Tiré de sus Calvin Klein y se los bajé hasta la rodilla. Su pene caliente empezó a latirme en la mano; estaba tan grande que casi no podía tenerlo quieto.
—La verdad es que preferiría que no me vieran con la verga metida en la boca de mi asistenta —masculló, pasándome los dedos por el cabello y acercando mi cabeza, en sentido contrario a sus palabras—.
Es un nivel de depravación que solo se permiten ciertos políticos blancos de mediana edad, Pulpi.
Levántate, por favor, quizás para otra oportu…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, tomé su pene por la base y me lo llevé a la boca, y se lo succioné de ahí hasta la punta.
—De acuerdo. —Se pasó una mano por la cara y siguió hablando, con una voz ronca—. Parece que voy a destruir mi reputación por completo hoy, junto con cualquier otro principio que haya tenido en la vida. Es en verdad impactante cómo tu boca me mete a mí en serios problemas.
Sentí una risita que me burbujeó en la garganta, pero la contuve y me metí la mitad de su pene en la boca. Quería más, pero ya no cabía.
Enrolló dos veces mis mechones de pelo salvaje alrededor del puño e inclinó mi cabeza ínfimamente en el momento en que empezó a impulsarse hacia mi boca.
—Por Dios, Pulpi, te siento tan deliciosa.
Le miré la cara por la cortina de mis pestañas sin dejar de mover la cabeza de un lado al otro y de saborear ese gusto suyo: terroso y cítrico.
—Más, Farrow. Así. —Empujó las caderas hacia delante, rogándome que me metiera más en la boca—. Qué buena chica.
Sonreí alrededor de su verga; nadie me había acusado de eso antes.
—Es demasiado grande —conseguí murmurar—. No va a entrar toda toda.
—La haremos entrar. Te lo prometo.
—Es enorme.
—Vayamos centímetro a centímetro.
Fácil de decir para él. Total no era el que tenía que hacer lugar para todos esos centímetros.
Abrí más la boca y levanté el mentón mientras él se agarraba el pene y lo metía más adentro de mi boca.
Con la punta me tocó el fondo de la garganta.
Las lágrimas me empezaban a asomar por los ojos, se me empezaba a activar el reflejo nauseoso.
Lo contuve, desesperada porque él se sintiera bien.
Se frenó de golpe y se le tensó todo el cuerpo. Sus abdominales tan trabajados se movían como locos. Cada vez que respiraba, se le contraían.
Me acarició la cabeza, casi en una reverencia.
—¿Estás bien para dejarme entrar un poco más?
Asentí.
«¿Por qué asientes? Te va a meter las amígdalas hasta los pulmones».
—¿Segura?
Como no podía hablar con la boca alrededor del pene, le hice un gesto grosero con el dedo como toda respuesta.
Zach se rio entre dientes; su voz ronca se filtró en mi interior y me calentó en esa noche tan fría.
Apretó un poco más y su pene se curvó hasta adoptar la forma de mi garganta.
Respiré hondo por las fosas nasales y traté de regular la respiración.
Literalmente, me estaba asfixiando con su polla.
—Eres tan tibia —dijo con una voz tierna que se me derritió el corazón entero y se me derramó por las tripas—. Quiero metértela tan fuerte por la boca que te quede abierta toda la vida.
Le agarré las pelotas, como advertencia para que no se pasara con las guarradas. Él gimió, dejó caer la cabeza hacia atrás y se impulsó un centímetro más. Ahora lo tenía todo metido en la boca. Nos tomamos un segundo para acomodarnos a la situación.
Jugueteó con el pelo de mi nuca.
—¿Puedo correrme?
Sentí que derramaba líquido preseminal en mi garganta, gota a gota.
Le temblaba todo el cuerpo. Asentí con un gesto leve con la cabeza, todo lo que pude.
Él empezó a impulsarse, penetrándome por la boca sin piedad y sin soltarme los pelos.
Apoyé una mano en la puerta trasera por detrás de él, en un delirio de deseo.
Me metí la otra mano entre las piernas y le di vueltas al clítoris sin dejar de seguir chupándolo, mordisqueando y escupiendo sobre su pene que me llenaba la boca.
Los empujones de Zach se volvieron más bruscos, su agarre en mi pelo más fuerte; y yo seguía frotándome el clítoris más rápido y con más fuerza.
—Me voy a correr a chorros —gimió—. Tengo que salir.
Sacudí la cabeza en un frenesí enloquecido, solté la puerta y lo agarré por sus nalgas de hierro con mi mano libre mientras gemía en mi propio orgasmo. Quería que me eyaculara en la boca.
—No soy creyente, Farrow. —Zach me enterró las dos manos en el pelo y me inclinó la cabeza ligeramente hacia arriba para que lo viera—. Pero me resulta difícil creer que la naturaleza sea capaz de una perfección tan radical como tú.
Su semen inundó mi boca. Hice una gárgara con el líquido espeso y caliente, que se me pegó a las paredes de la garganta como la miel. Él me puso de pie, tambaleándose también. Yo luchaba por mantenerme derecha, tenía las rodillas como una gelatina con el peso de mi propio clímax.
Estaba todavía con la euforia del orgasmo, cuando me irguió y me cogió por la nuca.
—Quiero hacer un montón de obscenidades contigo, hacerlas contigo y para ti . Y voy a empezar ahora mismo.
Metió la lengua en mi boca con fuerza y me besó hasta dejarme sin aliento, todavía la tenía llena de su semen, que goteaba de las comisuras de mis labios mientras nos besábamos, mordíamos y mordisqueábamos, gimiendo en la boca del otro.
Se nos derramaba por el mentón, se nos pegaba por la piel como si fuera pegamento, en medio de la noche fría…
Estábamos entremezclados por donde se viera: miembros, dedos, pelos, lenguas. No podía frenar ese desastre ni que lo intentara con toda el alma. Este hombre oscuro y atormentado me tenía atrapada bajo su hechizo, y yo estaba lista para dejar que siguiera usándome.
Solo que no era un hechizo cualquiera.
Era pura magia negra.