Capítulo cuarenta y sieteZach
Capítulo cuarenta y siete
Zach
El Prius atravesó Potomac, barriendo la lluvia con el parabrisas.
Parecía tan ligero, tan insustancial frente a la naturaleza…
«Una trampa mortal» . Me agarré del apoyabrazos y le hundí las uñas hasta rasgar la tela barata, sin prestarle atención a mi pobre corazón, que me latía a diez mil pulsaciones por segundo.
«La sangre. Su cara. El olor de la carne quemada». Los recuerdos me arrollaron con la lluvia, como me pasaba siempre. Pero negarle a Farrow su solicitud significaba seguir con la discusión de antes, y no estaba dispuesto a ello.
«Entonces prefieres arriesgarte a perecer en esta trampa mortal, por lo que parece».
No fue mi acto más lógico, pero ya había descubierto muy rápido que la lógica no existía en lo que respectaba a Farrow Ballantine. Revisé dos veces el cinturón de seguridad, medio esperando que se partiera si tiraba demasiado fuerte.
—¿Es necesario que conduzcas como una loca que acaba de darse un atracón de cuatro kilos de cocaína?
Aceleró hacia las afueras de la ciudad.
—Ni siquiera me he saltado el límite de velocidad.
Quería estrangularla y besarla al mismo tiempo. Los dos goteábamos el agua salada sobre los asientos de su coche, con la ropa pesada y pegada al cuerpo.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
—No, quiero que me lo digas —exclamé, y después me di cuenta de que me comportaba como un imbécil una vez más; entonces me aclaré la garganta y le dije—: Necesito al menos algún tipo de control sobre la situación. Esto me está alterando.
Apretó los labios con fuerza y dijo pausadamente:
—Voy a llevarte a mi escondite. Donde iba cada vez que volvía de Seúl. Me pasaba los veranos encerrada en una casa en un árbol que me construí para mí sola.
La creí. Creí que esa mujer se había construido una fortaleza porque la vida no le había dado un reino propio. Miré las lágrimas que caían sobre el techo del coche y agradecí la distracción.
—¿Dónde queda?
—En el antiguo camino a la mina abandonada.
—Buen lugar para esconder un cuerpo.
—Hay que estar preparado para todo en esta vida. —Ella se encogió de hombros, con la muñeca reposando en el volante mientras aceleraba, sin darle importancia a la lluvia torrencial—. No te olvides de que convivía con Vera, Reggie y Tabby.
—Tu padre debería haberse divorciado.
O más aún, debía haberla abandonado en cuanto vio que Farrow no era bienvenida en su casa. Yo albergaba en secreto unos sentimientos bastante retorcidos hacia ese hombre. Ya se había muerto, pero no lo suficiente como para expiar sus pecados.
Fae se mordisqueó el labio inferior; reflexionaba sobre mis palabras.
—Era como yo: quería una familia a toda costa. Y… supongo que eso lo cegó. La posibilidad de que lo aceptaran en una familia… —Hizo una pausa—. Por eso no quiero tener una relación. No quiero cometer el mismo error. No quiero dar demasiado de mí a la persona equivocada.
El coche se detuvo de golpe. Farrow tiró del freno de mano delante de la señal de estacionamiento restringido.
Aferré la manilla de la puerta y reprimí un gruñido.
El lugar estaba desierto, el Prius era el único coche a la vista en medio de la noche oscura.
La miré de perfil mientras el pulso me iba volviendo a su ritmo normal.
Observé la forma en que se le habían pegado las pestañas por la lluvia.
Me zumbaba el teléfono en el bolsillo, con un mensaje tras otro. Sin duda era Eileen. No lograba que me importara. Para alguien que decía no querer un romance conmigo, esa mujer me buscaba demasiado.
Farrow se volvió hacia mí.
—Mírate.
Me tomó las manos con las suyas. Me temblaban tanto que golpeaban contra la consola central.
El calor me subió por el cuello y me calentó las mejillas y las orejas.
Estaba avergonzado, aterrorizado, furioso y vivo .
Tan jodidamente vivo que me asfixiaba con demasiado oxígeno.
Jamás me había alejado tanto de mi zona de confort.
Para mí, entrar en un coche que no fuese blindado era como saltar de un avión sin paracaídas.
¡Y encima con lluvia! Aquello era como si me hubiesen pedido que me rajara las muñecas con una navaja.
—¿Quién te lastimó tanto? —Me miraba con esos ojos de ángel que veían el bien donde no lo había—. ¿Quién te hizo esto? ¿Por qué eres así?
Miré hacia los árboles que teníamos delante y los observé balancearse, como si fueran personas que rezaban en una misa.
—No soy de los que se ponen a hablar de sentimientos.
—Y yo no soy de las que se acuestan con el jefe que está comprometido con otra. —Me apretó la mano y me dio seguridad a su manera tan única—. Aquí los dos estamos fuera de nuestro elemento. Habla.
Y en ese momento, en el instante en que sentí que ese bosque se tragaría mi secreto y se lo llevaría hasta la tumba, decidí cometer un error táctico por ninguna otra razón que para complacer a esta mujer. Moví la piedra equivocada.
—Cuando tenía doce años, mi padre y yo salimos a buscar el regalo de aniversario para mi madre: el colgante.
Se le abrieron los ojos de par en par.
—El otro colgante del juego.
Asentí con la cabeza.
—Cuando volvíamos, un camión chocó contra nosotros y volcamos. Papá me protegió con su cuerpo y murió.
«Me llamo Sun, el sol, y soy el único sol del mundo que trae la oscuridad».
—Zach…
La interrumpí, y seguí el relato con tono neutro:
—Pero él no tuvo el privilegio de morirse enseguida.
Ni yo tampoco. El cuerpo le quedó atravesado por un rastrillo y su muerte fue una agonía lenta.
Me observó todo el tiempo hasta morir, con los ojos enrojecidos y el rostro cada vez más azul.
—Farrow tomó aire pero no dijo nada. Yo seguí—: Lo vi perder la vida en tiempo real.
Todavía podía verlo morir delante de mí; no me costaba mucho evocar la imagen. La bilis me subió por la garganta. Me la tragué y me obligué a escupir el resto de lo que pasó.
—Por la forma en que volcó el coche, la gasolina se filtró en el motor.
Tuvieron que desmontarlo pieza por pieza para sacarme.
Durante horas, el cuerpo muerto de mi padre estuvo sobre el mío, con la sangre goteándome encima.
—Farrow me apretó la mano con más fuerza y me animó a seguir—.
Al principio, la sangre se me derramaba encima como una corriente.
Pero al final eran gotas que me salpicaban la cara de vez en cuando.
Ni siquiera me acuerdo de las últimas palabras de mi padre.
—Tragué saliva y cerré los ojos con fuerza, sabía que con eso no borraba el recuerdo, pero me hubiera gustado que pasara—.
Ese día llovía. Y hacía tanto frío que estoy seguro de que papá lo sentía en los huesos cuando dio su último suspiro.
El aire se le salió de los pulmones con un suspiro y supe que sentía pena por mí, que la mayoría de la gente lo haría.
Y era por eso que me había negado a relatarlo antes.
Ni siquiera a la terapeuta que me había enviado Celeste Ayi hasta que tuve dieciséis años.
Ni a Romeo ni a Oliver, que sabían lo que había pasado por los medios y por mamá.
Farrow susurró, sin soltarme la mano:
—¿El conductor iba borracho?
—No. —Giré la cabeza hacia el reposacabezas, con el agua empapándome el cuerpo a través de la ropa mojada—.
Esa es la peor parte: no iba borracho, no era el malvado de la película.
Solo era un padre de familia con cinco hijos que estaba sobrepasado de trabajo y se estiró para alcanzar su café en el portavasos y perdió control del vehículo.
Farrow me acariciaba la mano con el dedo pulgar y lo movía en círculos.
Enrosqué la otra mano en un puño y me hundí las uñas en la palma.
—Se pasó del límite de velocidad porque quería llegar temprano a casa, su hijo tenía un recital. Se declaró culpable de inmediato y nos escribió una carta de disculpa.
Se me ocurrió que Farrow había perdido a su padre en un accidente, también. La miré y me pregunté si oír hablar a alguien de la muerte de su padre despertaba algo en ella. Me encontré con la respuesta de inmediato. Tenía los ojos fijos en mí, con toda la atención centrada en nada más que en mí.
Me mordí el labio inferior.
—El caso nunca llegó a los tribunales. Él enseguida aceptó un acuerdo con la fiscalía y le concedió a su esposa un divorcio rápido para que pudiera seguir adelante y encontrar a alguien que se ocupara de la familia. Mi madre le sigue pagando la escuela a los hijos.
Fae enterró la cara entre las manos.
—Por Dios…
Me preguntaba si eso cambiaría su percepción de Constance. A pesar de todo lo negativo que tenía —y tenía mucho—, mamá no era un ser humano horrible. Solo estaba muy equivocada, encadenada al dolor y luchando por existir sin tener el control total sobre cada aspecto de su vida y la mía.
—Me quedé con toda esta rabia dentro y sin tener a nadie contra quien dirigirla. —Me miré el regazo—. Y entonces, convertí la rabia en culpa.
Nunca le había dicho esas palabras a nadie; ni siquiera las había dicho a solas en voz alta.
La verdad me atravesó el pecho como una bala.
Había pasado tanto tiempo sin sentir nada en absoluto, que, desde que Farrow había entrado en mi vida, había sentido una sobrecarga sensorial.
Ella era la prueba viviente de que existían los ángeles en medio del infierno.
—Lo siento tanto… —La voz me llegó a los oídos y me calmó donde me quemaba—.
Siento tanto que el mundo haya sido tan cruel contigo y que hayas tenido que cargar con esto tú solo…
—Entrelazó los dedos con los míos y siguió—: Más que nada, siento que nadie te haya enseñado que está bien sentirse mal y que sanar es como estar con el agua al cuello: te ahogas tanto como flotas.
Lo que necesitas es tener a alguien con quien puedas llorar libremente, Zach. No una prometida.
—Hablando de eso… —Me solté de sus manos, todavía poco acostumbrado a tener tanto contacto—. Sobre lo que has visto hoy…