Capítulo cuarenta y seisFarrow
Capítulo cuarenta y seis
Farrow
Debido a mi ligera embriaguez, la mansión Sun me parecía una casa de jengibre, con la nieve que se arremolinaba en los alféizares como un glaseado espeso.
Me tambaleé sobre los zapatos que me había prestado Dallas y me estremecí cuando la puerta de la limusina se cerró con un golpe seco detrás de mí.
La absurda tiara de plástico se resbaló de mi cabeza.
Me agaché para recogerla y casi me caigo para atrás al ver a Natalie salir furiosa de la mansión, con unas carpetas apretadas contra el pecho.
—Ah. —Se le curvaron los labios hacia abajo—. Ya has vuelto.
Como siempre, su apariencia era impecable y parecía tan desgraciada que daba miedo. Volví a ponerme la tiara en la cabeza y me eché la bolsa que Dallas me había regalado al hombro.
—Pareces decepcionada de verme.
Natalie me había tratado con desdén desde mi primer día. Normalmente, lo dejaba pasar, incluso cuando derramaba sus bebidas «accidentalmente» para que yo las limpiara.
—Lo estoy —dijo, y dio la vuelta para seguirme dentro de la casa—. Antes de que llegaras, estábamos empezando a conocernos mejor. Con el señor Sun, digo.
Dejé la bolsa en las escaleras y me dirigí a la cocina a por un vaso de agua; la escuchaba a medias.
La tenía pegada como una sombra, tan cerca que me incomodaba.
—Estábamos construyendo algo hasta que lo confundiste con tu… tu… —Natalie tomó aire y me miró de arriba abajo, tratando de averiguar lo que Zach veía en mí.
«Vaya, un déjà vu ».
—¿A ti también te crio Constance? —Me quité los zapatos en el pasillo con el cerebro un poco confuso, pero con un recuerdo algo vago de que Zach detestaba que se pisara la casa con ellos.
Natalie me ignoró, entró con pasos pesados a la cocina y gesticuló señalándome de arriba abajo:
—No sé ni qué ve en ti.
Cogí un vaso y lo llené de agua del grifo. Me lo llevé a los labios.
—Muy maduro de tu parte.
—Tienes que desaparecer. Está comprometido. Ella no le permitirá que te quedes.
Ja. Si Natalie supiera que ni Zach ni yo planeábamos vernos después de las próximas semanas… Y no es que a Eileen le importara demasiado. ¡Si había sido ella la que había pedido la cláusula para las citas extramatrimoniales, por si alguna vez ella superaba su aversión a la gente!
—Gracias por el consejo, Natalie, pero a Zach no le gusta que le ande merodeando la gente por aquí fuera del horario laboral. —Agité los dedos delante de ella para que se marchara—. Vamos, andando.
—Espera… ¿En serio crees que le importas?
«No. Sí. Tal vez un poco».
Lo que sí sabía es que le gustaba a su cuerpo y que su mente disfrutaba de mi compañía. Pero también sabía que podía decirse lo mismo de un juguete sexual, así que no le contesté la pregunta, tiré el sobrante de agua y enjaboné el vaso.
—Sabes bien que no eres más que un juguete para él. —Natalie me observaba con una sonrisa sesgada, como si esperara que sus palabras me afectaran—. Os he visto merodeando por la casa y te aseguro que no eres más que eso. Lo de Eileen va en serio.
Mantuve la expresión neutral en el rostro mientras me enjuagaba la espuma y me decía por dentro lo que siempre me decía cada vez que Reggie me informaba de que necesitaba limpiarse los ojos con lejía después de mirarme: «El odio no tiene nada que ver con lo que te falta, sino con que alguien ve en ti algo que desea y se da cuenta de que no puede tenerlo».
—Todavía no me crees, ¿verdad? —Soltó una carcajada—. Míralo cuando está contigo y luego míralo cuando está con Eileen. Esa es toda la respuesta que necesitas.
Dejé el vaso en el fregadero con demasiada fuerza. Se resquebrajó y una diminuta astilla se clavó en mi palma. Empecé a sangrar. Por fuera y por dentro.
«¿Por qué, Fae? Si no es más que un acuerdo».
Pero era más que eso. Y era hora de que me lo confesara.
Dejé la mano dentro de la pileta de la cocina para que Natalie no la viera. Por siempre fiel al animal herido que yo era, en la lucha por mantener las apariencias.
Me obligué a sonreír, sintiendo cómo el aturdimiento se desvanecía.
—¿Eso es todo?
—Quizás quieras echar un vistazo al comedor. —Natalie se encogió de hombros, insatisfecha porque no había logrado hacerme llorar—. Te borrará esa sonrisa socarrona que tienes.
De hecho, no fui al comedor a ver nada.
Primero, fui a la oficina de Zach, subiendo los escalones de dos en dos, ansiosa por terminar la noche mágica con él.
Las puertas se chocaron contra los topes cuando irrumpí en la habitación; los había hecho instalar unas semanas atrás, después de ver cómo hacía tambalear los estantes cercanos al marco de la puerta al limpiar.
Entré en el despacho, descalza, miré para todos lados y me detuve para acariciar una piedra de go.
«No está aquí».
Después, fui a su dormitorio y llamé a la puerta.
No hubo respuesta. Abrí de golpe y asomé la cabeza para echar un vistazo a su cama; estaba hecha.
Con un resoplido, empecé a ir de habitación en habitación, sin encontrar nada.
Bajé las escaleras y fui hacia la única habitación que no había querido comprobar por principios.
Sin embargo, a medida que me acercaba al comedor, me iba llegando el tintineo suave de los utensilios.
Giré la muñeca y miré la hora. Las diez.
Zach siempre cenaba a las siete. Las piernas me llevaron hacia delante.
Una luz suave se derramaba por el pasillo.
La música en vivo me acarició los oídos: violines, flautas…
¡Hasta una maldita arpa! Un maremoto de aromas deliciosos se abalanzó sobre mí: lasaña, budín de canela, tocino confitado… Todos mis platos favoritos.
Zach lo sabía. Se lo había dicho una vez mientras movía una piedra de nuestro juego de go interminable: «Cualquier cosa que sepa como la comida de otra familia. Así puedo cerrar los ojos y fingir que yo también tengo una».
Sentí una semilla de emoción que se plantaba en el vientre y echaba raíces.
«No puede ser. ¿Acaso él…?».
Llegué hasta la puerta dando saltitos, con la tiara aferrada al cabello como si la vida se le fuera en ello; aunque cayó por la alfombra cuando doblé la esquina y me detuve en seco.
Mi corazón chocó contra mis costillas con la misma fuerza.
Era un milagro cómo algo tan doloroso podía ser tan silencioso.
Zach estaba sentado en la larga mesa, de espaldas a mí, cenando con Eileen; un precioso vestido color rosa pálido caía sobre su figura esbelta.
El salón brillaba con un tono rojizo. Había rosas.
Rosas por todas partes. Asfixiaban el espacio como un baño de sangre.
Y las velas. Por Dios, las velas. Iluminaban cada rincón del lugar.
Quedé paralizada. No podía moverme. Las palabras de Natalie me rebotaron en los oídos: «Míralo cuando está contigo y luego míralo cuando está con Eileen».
Estaban compartiendo una cena romántica.
La estaba cortejando.
El cortejo no era parte del contrato. Lo había leído entero; incluso había espiado los cambios realizados en el documento de Word.
Eileen se inclinó sobre la mesa y le susurró algo a Zach, que estaba erguido como una estatua.
Pude darme cuenta del momento en que ella se percató de mi presencia.
Una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios.
Mantuvo el contacto visual conmigo, echó la cabeza hacia atrás y se rio de algo que había dicho él.
Entonces lo entendí. La petulancia de Natalie. La advertencia. Ella sabía en qué me estaba metiendo.
Caminé hacia atrás y me choqué contra una lámpara. El golpe sonó en el aire, justo al mismo tiempo en que la orquesta tocó la última nota de Beethoven. Atrapé la lámpara en el último minuto antes de que cayera al suelo.
Zach levantó la cabeza.
—Farrow.
Nuestras miradas se cruzaron. No sabía por qué, pero no podía moverme. No podía ni soportar la idea de enfrentarme a él. No en ese momento.
«Retrocede. Vete. Aborta la misión».
Pero mis pies seguían pegados a la madera. Él se puso de pie y corrió hacia mí. El movimiento repentino me activó y me puse a correr.
Corrí más rápido que nunca, directo a mi Prius maltrecho.
Pero, al salir de la mansión, me di cuenta de que no tenía adónde ir. Mi supuesta familia no me quería, y yo tampoco las quería a ellas.
«Dallas». El nombre sonó dentro de mi cabeza como un disparo. Dallas me daría asilo.
Zach me siguió de cerca a ritmo lento mientras cambié de dirección hacia la mansión Costa.
—Farrow. —Aceleró el paso cuando se dio cuenta de que yo tenía un destino—. ¿A dónde crees que vas?
Empezó a lloviznar, las gotitas de lluvia me mojaron el rostro.
Sus pasos se detuvieron, vacilaron un segundo, luego continuaron resonando detrás de mí.
—Te estoy hablando.
Levanté un dedo hacia él, con gesto grosero, sin darme la vuelta y acelerando en dirección a la mansión Costa.
—Ya lo oigo, y desearía que dejaras de hacerlo.
—Pero, por todos los cielos, ¿qué demonios he hecho ahora para cabrearte?
«¿Pero este tipo no se da cuenta de nada?»
Pude oír cómo rechinaban sus dientes cuando me alcanzó y trató de agarrarme por el hombro. Lo esquivé, siempre más rápida que él. La lluvia se intensificó. El agua helada me chorreaba por la ropa.
—Vuelve a la mesa con tu cita.
—Farrow, ven aquí.
«Y una mierda».
Me negaba a dejar que me tratara como a un perro.
Llegué a la puerta de Dallas y la golpeé con tanta fuerza que habría podido despertar a los muertos.
Zach me sujetó del hombro y me giró hacia él.
Lo vi a través de una cortina de lluvia, con el pelo peinado hacia atrás, todo mojado, y la cara oscura como un trueno.
Tenía el traje de diseño ceñido al cuerpo portentoso y, por un segundo, me sentí celosa de la tela.
—Volvamos a casa, por favor. —Temblaba, pero no estaba segura de que fuera por el frío—. Ahora.
—Deja de darme órdenes.
—La verdad es que soy tu jefe, se supone que es lo que tengo que hacer.
«Oh, joder. Maldita sea».
—No estoy en horario de trabajo —lo corregí—. Puedo hacer lo que quiera. Y lo que quiero es no estar cerca de ti.
Oí unos pasos que se acercaban al otro lado de la puerta. Zach entrecerró los ojos al cielo, se estremeció con la lluvia, y luego los bajó hacia mí.
—Puedo explicártelo, si me dejas…
La puerta se abrió de golpe. Romeo Costa llenaba el marco, con un tamaño aproximado de un tanque T-54.
—¿Qué está pasando aquí?
—Nada. —Zach me agarró del brazo, con los dedos congelados—. Farrow y yo ya nos íbamos.
—¿Puedo pasar la noche en vuestra casa? —solté.
La expresión de Romeo pasó de la irritación a la confusión.
—Ah, joder. —Se pasó una mano por la cara—. Veo que Galletita vuelve a acoger a animalillos abandonados… Me prometió dejar de hacerlo después del cuarto gatito.
—No es un animalillo abandonado y no se va a quedar. —Zach tiró de mí de nuevo—. Vamos, Farrow.
Mantuve la atención en Romeo y me mantuve firme.
—¿Puedes llamar a Dal?
Yo sabía que no estaba siendo justa. Zach y yo teníamos un trato y hasta el momento, la única que lo había roto era yo, pero no podía evitarlo. ¿Por qué tenía que cortejar a Eileen en su casa? Tenía recursos para llevarla hasta la luna si quisiera. No tenía por qué echármela en cara a cada momento.
«¿Por qué te importa? ¿Y cómo podría él saber que te importa?».
Dios, realmente necesitaba enfrentarme a estos molestos sentimientos de una vez. Algún día. Solo que no ahora.
Romeo miró a Zach, con una ceja levantada.
Yo lo miré a él con el ceño fruncido:
—¿De verdad acabas de pedirle permiso a tu amigo? ¿Cuántos años tienes, cinco?
—Eso no ayuda a tu causa —dijo Romeo.
Y al mismo tiempo, Zach dejó salir un:
—No, para nada —arrastrando las palabras.
Aparté el brazo de un tirón y respondí:
—Oh, sí. Claro que sí.
Zach fulminó a Romeo con la mirada.
—Voy a hundir tu nueva empresa farmacéutica...
—Lo siento, amigo. —Parecía genuino en su disculpa—. Galletita se haría un caviar con mi esperma, y queremos tener más hijos.
—Farrow, por favor, te lo pido. —Zach escupió las palabras como si tuviera ácido en la boca—. Tenemos que volver a casa.
Por fin me di la vuelta y lo miré:
—¿Por qué?
—Porque sí. —Zach lanzó una mirada rápida a Romeo; las orejas se le estaban poniendo de color rosa, ocultas detrás de las gotas de lluvia.
Levanté una ceja.
—¿Porque sí?
—Porque no puedo soportar la puta lluvia. —Levantó las manos al aire—. ¿Contenta ahora? Se me dispara el trauma, mi estrés postraumático o como quieras llamarlo. Nunca jamás, en los últimos veintiún años, había salido cuando llovía.
La lluvia se convirtió en granizo y nos golpeaba cada centímetro de la piel. No podía creer lo que acababa de oír.
Romeo se aclaró la garganta y dijo:
—Os dejaré solos un momento. —Entornó la puerta sin cerrarla del todo—. Farrow, avísame si todavía necesitas un lugar donde pasar la noche.
Zach y yo permanecimos de pie el uno frente al otro. Ambos jadeábamos con fuerza. Tuve una idea. Una idea terrible. Pero una que necesitaba ejecutarse, fuera como fuera.
Metí la mano en el bolsillo en busca del objeto metálico.
—¿De verdad quieres explicarte?
Se pasó la mano por el cabello y tiró de él, lanzando las gotas de lluvia para todos lados.
—Desesperadamente.
—Vayamos corriendo hasta mi coche. Yo conduzco.
—Yo no puedo… —cerró la boca sin terminar.
—Estás listo, Zach, ya es hora. —Lo tomé por el brazo—. Estoy aquí para curarte, ¿no? Así que cúrate de una vez.
Cerró los ojos y se frotó los dedos sobre los párpados.
—Este acuerdo tiene demasiadas cláusulas comprometedoras.
—Somos una gran maraña de cláusulas, señor Sun, más te vale acostumbrarte.