Capítulo cuarenta y cincoFarrow
Capítulo cuarenta y cinco
Farrow
—A ver, toma. Prueba este. Pato jianbing . —Dallas abrió una bolsa de mantecados y se metió uno en la boca—. ¿Qué tal estaban las galletas de té escocesas, por cierto?
Le di un mordisco a una rebanada de biltong jerky , uno de los casi dos mil tentempiés que teníamos delante.
—La perfección de un orgasmo oral —le contesté.
No habíamos siquiera despegado todavía y Dallas ya había probado la mayor parte de la comida con la que Romeo le había llenado el avión: sus platos favoritos de cada país; era obvio que los había visitado todos.
Me quedé mirándola con una mezcla de alarma y asombro.
¿Cómo podía meter toda esa comida en su cuerpo?
Frankie pataleó en el sofá de enfrente. No podía sacarle los ojos de encima.
Era la hermana menor de Dallas. Tenía ese tipo de belleza que desafía tanto a la naturaleza como a la lógica, con ojos verdes felinos, labios carnosos y unos mechones exuberantes color castaño que le caían en cascada hasta el trasero.
—No mires a mi hermana de esa manera. —Los ojos de Frankie se entrecerraron—. Ella come por dos.
Incliné la cabeza a un costado y completé la frase:
—¿Por dos… luchadores de sumo?
Se echó a reír y Dallas se inclinó para darle un manotazo en el brazo.
—Te dije que era divertida.
—También me dijiste que puede matarme con un palillo. —Frankie se abanicó y frunció las cejas—. ¿Es así?
—Es una ligera exageración. —Tomé mi cóctel y bebí un sorbo—. Pero sí sé cómo causar un daño importante con un objeto afilado. ¿Por qué?
—Tengo algunos nombres y direcciones. —Frankie sacó un caramelo de su envoltorio y se lo metió en la boca—. Pero ya hablaremos de trabajo en otro momento, ahora vamos a celebrar tu cumpleaños.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo puedes celebrar el cumpleaños de alguien que no conoces?
—Tienes el visto bueno de mi hermana. Cualquiera que supere sus estándares es digno de celebración.
El avión empezó a rodar y, al rato, despegó y atravesó las densas nubes plateadas. No había preguntado ni adónde íbamos. El destino no tiene casi importancia cuando se está bien acompañado, y esas chicas eran de lo mejor que puede pedirse en el mundo de las mejores amigas.
—Cambiando de tema. —Dallas se chupó el dedo para limpiarse las migas, cogió una bolsa de viaje de un asiento y la lanzó a mis brazos—. Date una ducha y cámbiate. Pronto aterrizaremos en Nueva York.
Nueva York , una de mis ciudades favoritas. El corazón me dio un vuelco de felicidad. Me colgué la bolsa sobre un hombro, caminé al baño y abrí la puerta.
Al llegar ahí, solté la bolsa de golpe y se me salió un chillido por los labios.
—¡Ari!
Mi mejor amiga estaba en el umbral, radiante, preciosa y sonriendo como una loca.
—¡Por fin! Llevo siglos aquí escondida.
Nos abrazamos de un salto, con chillidos tan fuertes que podrían haber sorprendido hasta a los mapaches. Me abrazó con tanto ímpetu que me crujieron los huesos.
La balanceé de un lado a otro.
—¿Qué haces aquí?
—Tu nueva mejor amiga me llamó para darte una sorpresa. —Se rio en mi oído—. Es un tesoro, ni loca la dejes ir.
—¿Mejor amiga? Es el ascenso más rápido que me han dado en toda la vida. —Dallas apareció en la puerta, con un hombro apoyado en el marco—. Aunque, pensándolo bien, también es mi primer puesto de trabajo.
Ari se separó de mí y miró a Dallas de arriba abajo.
—Nena, sin duda has pasado por muchas posiciones para llegar donde estás hoy.
Dallas se pasó la palma de la mano por la barriga de embarazada.
—No tienes ni idea.
—No, pero quiero oírlo todo.
Después de más chillidos y risitas, Ari y Dallas se fueron solas a la cabina y yo me di una larga ducha, me lavé el pelo y me lo sequé con secador. Y me calcé a la fuerza unos vaqueros apretadísimos y una sudadera de diseño con capucha que Dallas me había elegido. La ropa tenía una nota que decía:
No todas las chicas quieren un vestido para sentirse hermosas.
Algunas deslumbran con unas botas de combate y una espada.
Una de estas se ha convertido ya en una gran amiga para mí.
Feliz cumpleaños, F.
Dal
Cuando terminé, el avión ya se preparaba para el aterrizaje. Y, pasado un rato, estábamos las cuatro en la pista, donde un chófer uniformado nos llevó a Angelo’s.
—Es el mejor restaurante italiano de todo Nueva York. —Dallas sacudía los pies en el asiento trasero de la limusina—. Y yo los conozco todos.
Ari y Frankie se rieron.
Dallas no; ella se quedó mirando a los ojos a mi mejor amiga, con una cara más seria que si estuviera sufriendo un infarto.
—No es broma, ¿eh? ¿Sabías que hay dos mil cuatrocientos? Y eso sin contar los clandestinos.
La sonrisa de Ari desapareció. Me dio un codazo y me susurró al oído:
—¿Dónde encontraste a esta chica?
—En una cena. —Me encogí de hombros y sonreí a Dallas—. ¿Dónde iba a ser?
Después de una cena de siete platos, en la que comí en nombre de toda la nación belga, tomamos unos cócteles en un bar cercano. Frankie mostró un documento falso y nos invitó a cinco rondas de chupitos a todas.
—¿Cómo puedes permitirte esto? —Dallas se la quedó mirando—. Estaba segura de que papá te había confiscado la tarjeta de crédito desde que compraste esa islita a la que querías enviar a los perros policía retirados.
—¿Puedes creer su falta de altruismo? —Frankie miró al techo con un gesto de hartazgo en el rostro y se bebió de un trago su cóctel de frutas—. Esos perros han hecho más por el país que la mayoría de los políticos.
—Te lo volveré a preguntar, hermanita. ¿Cómo puedes permitirte esto?
—Ah, Oliver me dio dos de sus tarjetas de crédito. Es un tesoro.
Dallas se atragantó con su cóctel.
—¿Estás viéndote con él?
—No. —Frankie soltó una risita, como si la respuesta fuera obvia—. Le mandé un mensaje en que le decía que necesitaba tomar prestada una tarjeta o dos, y me las envió con un mensajero.
—Frankie, una tarjeta de crédito no es como un vestido de fiesta. No es algo que puedas pedir prestado.
—Por supuesto que sí. ¿O cómo crees que he estado financiándome la vida durante las últimas tres semanas?
Para cuando llegamos a Broadway a ver un espectáculo, ya no solo estábamos alegres, sino borrachas como una cuba.
—¿Qué vamos a ver? —Solté un hipido mientras me tambaleaba sostenida por los brazos de Dallas.
Ella se había tomado tres margaritas sin alcohol mientras nosotras tres íbamos cada vez más perjudicadas. Mirábamos su mocktail con resentimiento y resoplábamos: «¡Qué ironía que los cócteles para embarazadas se llamen vírgenes!».
—Cenicienta. —Frankie se movía suelta dentro de su vestido de la década de los cincuenta, como un capullo en flor—. Solo está en cartel durante cuatro semanas. Es genial, ¿verdad?
«Es apropiado, ¿verdad?», corregí en mi mente.
Por mucho que intentara huir de la comparación, siempre volvía a mí como un bumerán. Ari me apartó de Dallas para asegurarse de que no la aplastara, pasando mi brazo sobre su hombro para llevarme dentro del teatro. Los espectadores entraban y salían del edificio.
Llegamos a nuestros asientos y nos dejamos caer en ellos entre ataques de risa sin motivo.
Frankie y Ari sacaron una pequeña tiara de una bolsa de marca y la colocaron en mi cabeza.
El espectáculo fue increíble y tuve que esforzarme para no llorar durante la mayor parte de la función.
Para cuando salimos al gélido aire de principios de invierno, todo lo que podía pensar era que Dallas tenía razón: «A veces, tienes que escribir tu propia historia para conseguir tu final feliz».
—Bueno… —Ari apretó el hombro contra el mío y caminó más rápido que las hermanas Townsend a propósito para dejarlas atrás—. Cuéntame qué pasa con Zach.
—Tenemos algo y él está comprometido. —Apenas reuní la energía mínima para levantar un hombro—. Así que, ya ves, es bastante jodido.
—Dallas dice que lo tienes como a un cachorro. —Ari me escaneó el rostro—. Que te sigue a todas partes y anda apuñalando a cualquiera que se atreva a acercarse a ti.
—Ja, ja.
—¿Eso significa que se hace pis encima cada vez que te ve?
—Espero que no, porque me ocupo de lavarle la ropa.
No tenía ni idea de a dónde íbamos, y estaba empezando a entender que no importaba.
Tarde o temprano, una limusina aparecería de la nada y nos llevaría a todas a un aeropuerto privado, desde donde volaríamos de regreso a casa en un avión de lujo que parecería un ático de soltero en Manhattan.
Así vivía Dallas Costa, la chica más encantadora de todo Estados Unidos.
—Me desea —admití y sentí que se me apretaba la garganta alrededor de una bola de ansiedad—. Pero es más grande el deseo por complacer a su madre, así que lo nuestro no tiene ni pies ni cabeza.
Pero sí tenía alma y corazón, y eso me asustaba.
No le conté a mi mejor amiga el porqué de la fascinación de Zachary Sun hacia mí; que le había pasado algo que lo hacía vivir en un invierno en que le aterraba toda vida humana y que yo era su única esperanza de salvación, aunque no tenía ni idea de qué lo había dejado así.
—¿Y qué pasaría si el deseo por ti fuera más que el de complacer a su madre? —Ari rodeó mi codo con su brazo—. ¿Qué harías?
Nos detuvimos en un cruce, Dallas y Frankie nos alcanzaron. Tragué saliva. Había evitado la pregunta durante un tiempo. Después de un momento, dije:
—Si me permitiera tener esperanza, me permitiría romperme. Y nunca he tenido el privilegio de hacerlo.
Una limusina se detuvo frente a nosotras, aparcando en doble fila. El conductor bajó y nos abrió la puerta.
Me deslicé dentro del coche, sabiendo que no le había dicho toda la verdad a Ari, porque una parte de mí ya se había resquebrajado.
Y, cada día que pasaba, Zach abría esa fisura un poco más.