Capítulo cuarenta y cuatroFarrow
Capítulo cuarenta y cuatro
Farrow
Dos días después de mi cumpleaños, volvía a limpiar inodoros y repasar ventanas.
Mis rodillas raspaban las baldosas del baño de la habitación de invitados de Zach mientras vertía lejía dentro de un retrete que no había usado nadie durante al menos una década.
Los vahos me hacían cosquillas en la nariz y me quemaban los ojos.
Zach vagaba por la casa como un fantasma desquiciado, dando órdenes y proyectando una sombra oscura y formidable sobre Natalie y el resto de su personal.
No había trabajado nada desde la mañana, sino que había ido asomando la cabeza en las distintas habitaciones por las que yo me movía y exigía saber qué iba a almorzar, qué haría después del trabajo y si podíamos pasar tiempo juntos.
Supuse que «pasar tiempo juntos» debía entenderse como frotar nuestros genitales hasta encender el fuego.
Y, por más vergonzoso que sonara, la idea no me disgustaba para nada.
Sí, él estaba comprometido, pero yo había leído el grueso contrato con Eileen, que había quedado sobre su escritorio.
Ninguno de los dos quería compartir habitación, ni tocarse, ni siquiera vivir juntos, ni en la misma ciudad.
Incluso había escuchado sus conversaciones, y sonaban como dos hermanos viejos que apenas se toleraban mutuamente por el interés común de dividir una gran herencia.
Aun así, algo me devoraba por dentro y por fuera, desgarrándome poco a poco.
Cambié el spray de lejía por cera de abeja y unos trapos de limpieza, y pasé a los armarios de madera. Detrás de mí, oí el crujido de la puerta que se abría. Me limpié el sudor de la frente con el codo y ni me molesté en mirar al intruso.
—Ya te lo he dicho… quiero macarrones con queso y una hamburguesa enorme para almorzar. —Suspiré—. Y sí, no vuelvas a decirme que no tengo cinco años. No me impor…
—Levanta ese culo, Cenicienta. Nos vamos de aquí.
Giré la cabeza de golpe y me encontré con Dallas, que ocupaba todo el espacio de la abertura de la puerta, ataviada con un abrigo de imitación de leopardo, un sombrero rosa de vaquera, gafas de sol adornadas con diamantes y una cantidad de maquillaje en la cara que alcanzaría para volver a pintar la Capilla Sixtina.
Parecía… desquiciada. Pero también adorable al máximo.
Yo seguía de rodillas, tratando de no tener un episodio de epilepsia con solo verla.
—¿Qué haces aquí?
—Celebrar tu cumpleaños, tonta. —Dallas se arrancó las gafas de los ojos y sonrió—. Siento haber tardado más de un día en organizarlo. Estaba limando asperezas.
Ella irrumpió dentro, protegiendo su nariz (y a su bebé) de los vapores con los dedos pellizcados.
—En marcha. Tenemos un vuelo en treinta minutos.
—Un… ¿ vuelo ? —Me levanté de un salto, con los ojos desorbitados—. ¿Qué quieres decir con un vuelo? No tengo ni el pasaporte encima.
Me hizo un gesto despreocupado con la mano.
—No te preocupes, no saldremos del país.
La dejé arrastrarme fuera del baño por la muñeca por el único hecho de que me negaba a ser responsable de dañar a su bebé.
—No tengo ni una muda de ropa.
—He hecho la maleta por ti. —Prácticamente irradiaba alegría por la voz mientras iba hacia el pasillo dando los saltos—. Espero que te gusten los tangas y los calentadores de pezones de cuero.
Honestamente, no sabía si estaba bromeando o preparándome para lo que estaba por venir.
—Mi documento… —No terminé la frase.
—Volamos en avión privado. No necesitas nada.
Privado . Mierda. Dallas iba en serio. Estábamos a punto de salir por la puerta principal cuando Zach se materializó como un murciélago del infierno y nos bloqueó el paso.
Era el epítome perfecto del hombre alto, moreno, guapo y psicótico.
La oscuridad se deslizaba por sus hombros como humo y se arrastraba hacia mis pulmones.
Llevaba un jersey negro de cachemira y pantalones color carbón que le envolvían el cuerpo, combinados con un grueso reloj de pulsera.
Se cruzó de brazos, con la mirada muy atenta y los ojos fijos en Dallas:
—¿Dónde crees que te la llevas?
—No es un jarrón decorativo viviente de tu pertenencia, Zach. Es una persona. —Dallas levantó el mentón hacia él—. No la estoy llevando a ningún lado. Nos vamos las dos juntas.
Él cerró los ojos y respiró hondo. Los abrió de nuevo y todavía parecía listo para explotar en llamas de la ira:
—¿A dónde estáis yendo juntas?
—A divertirnos. —Dallas tocó con un dedo su sombrero de vaquera y le guiñó un ojo, llena de buenas vibraciones—. Como cuando uno se ríe y se lo pasa bien, y no elucubra un asesinato masivo de todas las personas con las que está en desacuerdo. Búscalo en Internet, te juro que ese estado existe.
—Tenemos planes. —Sus fosas nasales se ensancharon, y se acercó tanto a su rostro que temí que la tocara sin querer y que un vómito saliera proyectado por todo el suelo. Acababa de pulirlo hacía una hora.
—Sí —se pasó una mano por su barriga embarazada—, ya he visto lo que tienes planeado para ella: otro día de trabajo. Por eso se viene conmigo.
Zach se acercó aún más hacia su cara.
—De ningún modo.
—Muy buena la actuación de cavernícola, Zach. —Me aferré al brazo de Dallas, haciendo sonar nuestras pulseras de la amistad—. Ahora ve a gruñirle a otra persona.
—Me ofrezco como voluntario. —Era la voz despreocupada de Romeo que nos llegaba por detrás de la espalda de Zach mientras se acercaba—. A propósito, Sun, será mejor que te alejes de la cara de mi esposa si no quieres averiguar cómo es mear dentro de una bolsa durante el resto de tu vida.
Zach no se echó atrás.
—Farrow tiene planes.
—Farrow tiene boca. —Romeo lo tiró hacia atrás del cuello de la ropa—. Si quiere quedarse, puede decirlo.
Los ojos de Zach se deslizaron hacia los míos, en busca de ayuda.
La verdad era que quería quedarme con él, pero precisamente por eso no debía hacerlo.
Nunca sería mío, solo era un préstamo temporal.
Necesitaba invertir mis emociones en otras personas.
¿Y Dallas? Era una apuesta segura, de las mejores que había visto en mi vida.
Negué con la cabeza.
—Nos vemos luego. —Pasé junto a él con Dallas pisándome los talones—. Disfruta de tu pescado crudo y tus neuronas recalentadas.
Romeo apoyó una mano en la espalda de Dallas y nos condujo hacia una elegante limusina negra mientras decía:
—Ya has oído a la dama.
—No puedes irte sin más. —Zach me seguía de cerca, haciendo caso omiso de los otros dos—. Estás en tu horario de trabajo.
El frío se me caló en los huesos, pero lo ignoré.
—Despídeme.
Ya había llegado a la limusina. El conductor estaba de pie delante de la puerta y la tenía abierta para mí. Le sonreí, a punto de deslizarme dentro, cuando Zach me agarró por la parte trasera de un brazo sobre mi camisa e intentó detenerme.
Recuperé mi brazo de un tirón y me giré de golpe.
—Ni se te ocurra fastidiarme esto.
Dallas se acomodó en el asiento trasero y Romeo le dio un beso a través de la ventana mientras le susurraba una despedida sobre la sien.
Hice un gesto hacia ellos. Y dije:
—Este es mi momento Cenicienta. Pasar tiempo con una amiga nueva.
Ir a un lugar divertido. Sentirme por un día como un ser humano de pleno derecho y no solo la asistenta de alguien.
No me importan los planes que hayas hecho, Zach.
Organizaste una fiesta de compromiso el día de mi cumpleaños.
Trabajo tantas horas para ti que es ridículo, así que esto me lo tengo permitido.
Sus ojos rodaron en las cuencas y se bebían a sorbos cada milímetro de mi cara.
—No te quiero sentada en un vehículo sin protección. Al menos llévate el mío.
Se me hundieron los hombros y parte de mi ira se disipó. Le acerqué una mano al pecho, y me encontré con el galope salvaje de su corazón; los golpes eran tan intensos que me lastimaron la palma.
—Si yo siempre conduzco mi Prius, Zach.
—Y a mí siempre me dan pequeños infartos cuando te veo hacerlo. —Parecía realmente molesto por ello. Después, al darse cuenta de cómo sonaba lo que decía, añadió—: Tú eres mi oportunidad de normalidad. Estoy totalmente involucrado en tu vida hasta que… te descarte.
—¡Qué romántico!
—Es triste, pero te aseguro que es de lo más romántico que he dicho jamás.
—Estaré bien.
Me agarró por los codos y luché contra el impulso de besarle.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Enredó los dedos en mi pelo y me tomó por la cabeza.
Se me cortó la respiración en medio de la garganta cuando me di cuenta de que estaba a punto de besarme.
Deseaba que me besara con toda mi alma, más de lo que quería sobrevivir al resto de nuestro contrato.
Pero justamente por eso tenía que ponerle fin.
Por mí, Zachary Sun rompería todas sus reglas.
Pero, para él , yo rompería mi propio corazón.
Giré la cabeza en el último segundo.
Los labios de él se posaron sobre mi mejilla, y se rozaron contra una lágrima solitaria que se me escapó de un ojo.
—Que te diviertas —dijo con voz ronca.
—Gracias.