Capítulo cuarenta y dosZach
Capítulo cuarenta y dos
Zach
No podía encontrarla. Farrow había desaparecido por completo desde la fiesta de compromiso de la noche anterior y ni se había molestado en ir a trabajar por la mañana.
Para cuando Oliver se fue, yo ya estaba convencido de que se había acobardado y se había mudado de vuelta a Seúl sin entregar su preaviso de dos semanas.
Al fin y al cabo, la irresponsabilidad parecía encajar perfectamente con su estilo.
Me cabreé, ladré a Natalie para que la encontrara, volví a revisar las cámaras de seguridad y al final recurrí una vez más a la puerta de Vera.
Durante todo el trayecto hasta allí, me decía que no iba porque la echara de menos.
Era una cuestión de responsabilidad: una empleada mía había decidido ausentarse sin previo aviso y no iba a dejar que se saliera con la suya.
Cuando llegué a la entrada de las Ballantine, y aparqué en doble fila frente a un Mercedes, me quedó claro que Farrow no se había trasladado a Seúl. Dos coches deportivos relucientes flanqueaban su viejo Prius mugriento, dejándole apenas espacio para que pudiera meterse dentro.
La puerta de entrada se abrió de golpe antes de que yo llegara a apagar el motor. Una de las hermanas —juro por mi vida que no podía recordar cuál era cuál— se precipitó hacia mí y, al verme, empezó a jadear de emoción. Abrí la puerta de golpe, usando el peso del metal para apartarla.
—Señor Sun. —Agitaba las pestañas con todas sus fuerzas y empujaba las tetas más hacia afuera cuanto más se arqueaba sobre el capó de mi coche. Otra cosa que habría que desinfectar al volver a casa—. ¿En qué puedo ayudarle?
«Puedes evaporarte en el aire».
Cerré la puerta con una patada por detrás.
—Estoy buscando a tu hermana.
—¿Reggie? —La expresión le cambió de golpe y se fundió en una mueca—. Está en Nueva York, de compras de temporada. Ni siquiera sé por qué. Si es demasiado enana para lucir nada decente…
—Reggie, no. La que no es un cero a la izquierda.
Me había olvidado de que su familia la tenía desheredada.
—¿Farrow?
—Esa misma.
—¿Puede usted creer que la muy idiota desapareció sin avisar? La casa es un desastre total. —Tabitha hizo un puchero—. Nosotras también merecemos atención, ¿sabe?
—Discrepo.
—No sea tan duro. —Soltó una risita. Su ruido de hiena me taladró los oídos como si fueran uñas arañando una pizarra, y me recordó que la única risa que me gustaba era la de Pulpi—. ¿Sabe lo que necesita, Zach?
—Una interlocutora para esta conversación que no tenga el coeficiente intelectual de una estrella de mar muerta.
—Alguien que le complemente. Una chica sencilla y fácil. —Se echó el pelo por encima de un hombro—. Como yo.
Cómo deseé que las mentes huecas tuvieran un botón silenciador.
—¿Quieres un consejo gratis? —Cerré el coche con llave, no confiaba en que ninguna de las mujeres Ballantine no me lo robara—. Eso de describirte a ti misma como una fruta madura al alcance de la mano no es tan atractivo como crees.
—Usted no es tan duro como piensa que es. —Me siguió hasta la puerta principal—. Es un libro abierto.
—Y tú eres analfabeta. —Entré sin miramientos, sumando el allanamiento de morada a la lista de malas influencias que Farrow había tenido en mí—. ¿Dónde está?
Fui de habitación en habitación, e iba notando las capas de suciedad.
Cada centímetro apestaba a comida podrida.
La grieta en la pared del comedor —que no era más que una pequeña fisura la última vez que había estado ahí— había hecho metástasis y ahora la atravesaba de un extremo al otro.
Los platos sucios brotaban de los montones de ropa y salpicaban la alfombra manchada.
¿Acaso esa gente no hacía nada si Fae no estaba ahí para servirles?
Tabitha me siguió mientras se bajaba la minifalda por los muslos.
—¿Es verdad que ahora está comprometido?
«Por desgracia».
Empecé a subir al segundo piso por la escalera.
—Espero que no crea que tiene alguna oportunidad con Fae. —Jadeó, intentando seguirme, aferrándose con los nudillos blancos al pasamanos mientras yo avanzaba por el pasillo—. Porque no la tiene. Nadie la tiene. Ella… es incapaz de sentir emociones. Siempre ha sido así. Insensible. Fría. Extra…
Me giré de golpe y me acerqué tanto a ella que podía verle asomar el rubor en las mejillas que le iba manchando la cara.
—No termines esa frase si valoras tu insignificante vida. La uña del meñique de Farrow Ballantine vale más que toda tu existencia. Ahora, haz algo útil.
Parpadeó varias veces, con gesto de asombro por mi reacción.
—¿Co-como qué…?
Buena pregunta.
Su aliento me rozó la mejilla y quise arrancarme la piel de cuajo.
—Fuera de aquí. Ve a dar un paseo. —Me eché hacia atrás, poniendo tanta distancia entre nosotros como el estrecho pasillo permitía—. Necesito hablar con tu herma… —No, no era su hermana—. Con Fae.
Aparte del indicador evidente de su presencia, su coche, sabía que Pulpi estaba agazapada en algún lugar dentro de estas paredes por el simple hecho de que no tenía otro sitio a donde ir.
Tabitha aspiró el aire y dejó asomar el labio inferior.
—No puede ser que ella le guste en serio, ¿no?
«No, no me gusta. Es mucho más que eso. Estoy totalmente obsesionado con ella».
—Fuera de aquí.
Le di la espalda y empecé a abrir puertas sin miramientos. Cuando llegué a la última del pasillo, la encontré cerrada con llave. Bingo .
Solté el pomo.
—Farrow.
Podía arrancarla de cuajo de las bisagras si quería. Normalmente, es lo que hubiera hecho. Sin embargo, quería que ella me dejara entrar, que me invitara a sus dominios.
—Idiota —me saludó desde detrás de la madera. Sonaba bien. Tranquila, relajada. Valiente.
Apoyé la frente en la puerta y cerré los ojos. Solo con su voz ya se calmaba mi alma llena de mierda. Y eso era un problema. Un gran problema.
—Abre la puerta.
—No pienso abrir siquiera una lata de atún para que te cortes la muñeca. Inténtalo de nuevo.
—Lo diré de otra manera: abre la puerta o la echo abajo.
No me duró demasiado el intento de querer volver a ganarme su simpatía. Me zumbaba el cuerpo, con una parte de rabia y dos de desesperación. Necesitaba que me abriera. Ahora mismo.
—Pues hazlo si te atreves. —El sonido de un cajón al deslizarse llenó el espacio—. Soy tan buena con la espada como con un cuchillo. —En ese momento, algo golpeó la madera y se clavó en ella—. Sigue con tus estupideces y podrás averiguarlo, Sun.
A pesar de mí mismo, una sonrisa asomó en mis labios. Era un ejército de una sola persona, y la admiraba por ello.
Apoyé el hombro sobre la puerta.
—Tiraste cincuenta mil dólares en zapatos, jovencita.
Farrow bostezó.
—Y tú has hecho que alguien los devuelva a mi armario.
—¿Cómo lo sabes? ¿Tan predecible soy?
Mi pregunta se encontró con un silencio total. Hubo otra pausa antes de que ella contestara, con una resistencia evidente:
—Siempre cuidas de mí…
—Y aun así, saliste corriendo.
—A ver, no exageremos tampoco. Me fui en mi coche y ni siquiera me pasé el límite de velocidad. No seas tan engreído.
—Venga va, ábreme.
—Venga va, olvídame.
Luché contra la sonrisa que empezaba a asomar en mi cara.
—¿Quieres que te cuente algo curioso sobre el pulpo? —negocié.
Silencio. Lo tomé como una señal. Al fin.
—El pulpo suelta tinta cuando está en peligro.
El moco y la melanina le nublan el olfato al depredador, y se le hace más difícil encontrar al pulpo.
—Me retorcí y volví a apoyar la frente contra la puerta—.
Pero la tinta es tan potente que, si el pulpo no se escapa a tiempo, puede morir en su propia estrategia de escape.
«¿Qué coño estás haciendo? ¿Y en qué momento te has convertido en el puto Animal Planet ?».
Oliver y Romeo se partirían de la risa si me oyeran en ese momento.
Aun así, pasé la punta de la nariz por la madera astillada y seguí moviendo los labios.
—A veces hay que correr riesgos, Pulpi. Tienes mucho que perder si dejas esto ahora.
¿Le estaba suplicando? ¿Me estaba arrastrando? No lo sabía. Ni me importaba demasiado. Lo único que me importaba era conseguir que esa mujer volviera a entrar en mi casa.
Esperé un minuto a que hablara. El minuto se convirtió en dos. Luego en tres. Pasó otro minuto más y pensé que ya me iría de ahí con una marca medio violácea o rosada en la frente de tanto apretarme.
Al fin, Farrow me sacó de mi angustia.
—Podrías haberme contado lo de la fiesta de compromiso.
Mis pulmones se vaciaron de golpe contra la madera. Apreté los labios. Yo nunca le daba explicaciones a nadie que no fuera mi madre, y hacerlo ahora me resultaba humillante. Pero, para variar, Farrow tenía razón. Podría habérselo dicho. Tendría que haberlo hecho.
—Me escaqueé —admití.
Más silencio. Luego una respuesta.
—¿Cómo dices? —Me pareció oír un atisbo de sonrisa en sus palabras. ¡Sería bruja!
—He dicho que me escaqueé —repetí, a un volumen más alto—.
Tomé el camino fácil porque no estoy acostumbrado a lidiar con embrollos.
Y lo nuestro es… es un embrollo, la verdad.
—«Por decirlo suavemente». Suspiré y exhalé con fuerza—.
Y porque tengo la profundidad emocional de un puñado de palitos de verduras.
Su risa retumbó al otro lado de la puerta, y sentí cómo un peso de diez toneladas se desprendía de mi pecho.
—Sigues sin gustarme.
—Puedo no gustarte y aun así amar la forma en que mi verga te penetra, Farrow.
Hasta puedes odiarme y disfrutar de que te llene de regalos y te ayude legalmente.
—Apreté el pomo de la puerta, sabiendo que no se abriría, pero deseándolo de todos modos—.
Esa cosa con Eileen no es real. Ella no va a tener nunca ni mis besos, ni mi adoración, ni mi atención total y completa.
Es solo una marca en una casilla, no es una amenaza para ti.
Al igual que una estrella fugaz solitaria no es una amenaza para el sol.
—Zach… —Su voz, más alta pero suave, salía justo por detrás de la puerta—. ¿Crees que soy el sol?