Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cuarenta y dosZach #2
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Capítulo cuarenta y dosZach #2

«No. Eres todo el puto universo. Y eso es lo que más odio de ti».

—Tenemos un trato. —Me aclaré la garganta y traté de sonar pragmático—. Y cumpliré mi parte. Estoy aquí.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta el final.

Contuve la respiración y esperé que se destrabara la puerta, pero no ocurrió.

—¿Por qué fuiste tan imbécil conmigo el día de mi cumpleaños? —Su voz acarició mi piel como terciopelo. Podía sentir su calor traspasando la puerta.

—Porque… —admití con los dientes apretados—, los dos necesitamos recordar que esto no es más que una transacción comercial.

Me gustas, Farrow. De más maneras de las que conozco.

Pero si no trazamos una línea de separación…

esto que tenemos puede hacernos pedazos.

—Apreté los dedos dentro de mis manos en dos puños y me mordí los nudillos hasta que me salió un poco de sangre.

Seguí hablándole—: Ahora, por favor, abre la puerta.

Tengo información importante de tu caso y quiero contártela.

La puerta gimió al abrirse, por fin . Retrocedí y se me trabó la respiración en medio de la puta garganta cuando la vi por primera vez en casi veinticuatro horas.

Sin maquillaje, con el pelo hecho un desastre, pantalones de estar por casa y una camiseta del equipo local de esgrima. Sencilla. Sin pretensiones. Perfecta.

—Farrow. —Me ahogué con su nombre. «Tranquilízate, por Dios, Zach». Sacudí la cabeza, tratando de romper el hechizo en el que me había atrapado, y endurecí mi expresión hasta recuperar mi habitual indiferencia—. Tengo noticias.

Me deslicé junto a ella para entrar en su cuarto.

Un escalofrío de placer recorrió mi hombro donde nuestros cuerpos se rozaron.

Esperaba que la pequeña habitación estallara de personalidad como su dueña.

Sin embargo, parecía impersonal. El mínimo de muebles, lo esencial.

Sin pertenencias ni nada íntimo. Ningún cuadro.

Nada fuera de lugar. Nada en general . Podía haber sido una habitación de invitados.

O la cámara de tortura de un asesino en serie.

Levanté una pila de carpetas que había traído conmigo y las deposité sobre la mesita de noche.

Siguió cada uno de mis movimientos con los ojos.

—¿Qué es esto?

—Bryan y Deanne revisaron los registros de la oficina. —Abrí una carpeta y saqué un documento lleno de subrayados. Se lo di—. Encontraron una discrepancia temporal con el testamento.

Se quedó boquiabierta, su labio inferior carnoso suplicaba que lo recogieran con una cuchara y lo derramaran dentro de mi boca para chuparlo hasta el olvido.

Mierda . Nunca había besado a una mujer en toda mi vida, pero ahora quería; quería sentir su calor y su lengua mezclarse con la mía, que nos fundiéramos en una sola entidad.

Farrow se recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja y recorrió el texto con los ojos.

—¿Qué significa esto?

—Significa que el testamento ejecutado no coincide con el que se presentó oficialmente hace tres años. —Le estudié el rostro con cuidado, en busca de alguna reacción—. El testamento de Vera no tiene validez legal.

Mientras leía, sus ojos se volvieron más brillantes, con lágrimas que se negaba a derramar. Algo salvaje se despertó dentro de mi pecho. Quería abrazarla. Quería acurrucarla a mi lado. Quería protegerla del mundo que siempre le fallaba.

—Zach… —Levantó la cabeza de golpe, sonriendo—. Esto es fabuloso. Es la prueba fehaciente de que Vera falsificó el testamento. Podemos impugnarlo.

—Todavía no. —Le quité la hoja de las manos y volví a meterla dentro del legajo—. Dan, Bryan y Deanne quieren más tiempo.

—¿Qué? —Se le borró la sonrisa—. ¿Por qué?

—Cuanto más sólida sea nuestra causa, más fácil será ganarla.

Necesitamos cronologías, pruebas contundentes, un paso a paso de cómo lo hizo, cuándo lo hizo y quién la ayudó.

Hay un testigo del testamento original con el que necesitamos hablar.

No podemos hacerlo a medias, Pulpi. Tiene que ser a prueba de balas. Tienes que ser paciente.

—¡Ughhhh! —Se lanzó sobre mí y me rodeó el cuello con los brazos, sus labios besaban mi piel mientras hablaba—. Pero no quiero ser paciente.

Por un segundo, me congelé y luché contra el instinto de apartarme.

«Joder, joder, joder…».

Cerré los ojos y conté hacia atrás: 10, 9, 8…

Después abrí uno y me di cuenta de que no tenía ganas de echarme ácido en la cabeza.

7, 6… Eché los hombros hacia atrás y me relajé un poco, me entregué a su contacto.

5, 4… Respiré por la nariz, todos y cada uno de los aromas deliciosos de Farrow me eran familiares.

3… Dejé de contar y empecé a permitirme disfrutarlo.

Su piel en la mía se sentía como el encuentro de dos terciopelos. Se deslizaba como una seda y me estrujaba hacia ella. Era… placentero. Y marcaba la primera vez que la veía soltarse. Había dejado de actuar como una guerrera, y estaba radiante sin esa armadura pesada de por medio.

Un hilo de orgullo se me hilvanó en el pecho: me había elegido a mí para bajar la guardia; el villano frío y cruel de su cuento de Cenicienta. Y lo peor de todo era que dudaba que se hubiese dado cuenta de que lo había hecho.

Entretejí los dedos en su pelo y después no supe muy bien qué hacer con ellos.

¿Acariciarle las ondas? ¿Pasarle los dedos por los mechones?

¿Darle unas palmaditas en la cabeza como si fuese una colegiala que acaba de recibir una nota de felicitación en el cuaderno?

Los dedos me temblaban. Casi doy un paso atrás abrumado por tantas opciones.

«Esto está ocurriendo. Sí, está pasando y no quiero que termine».

Apoyé mi mejilla sobre la suya, disfrutando del hecho de que podía hacerlo.

—El tiempo pasará volando, ya lo verás.

—¿Cómo lo sabes? —Su aliento me hizo cosquillas en la oreja.

No me encogí. No temblé. No retrocedí.

—Porque es lo que ocurre cuando uno se lo pasa bien.

—Contigo pasan muchas cosas, Zachary Sun, y pasarlo bien no es una de ellas.

—Tu entrepierna está en total desacuerdo con eso.

—Mi entrepierna no es quien decide aquí.

—Pero quizás debería serlo, criatura deliciosa. Soy su mayor admirador.

Sus dedos subieron por mi cuello, rodeando mis mejillas.

Se apartó de nuestro abrazo y levantó el mentón hacia mí, con las pupilas dilatadas mientras asimilaba nuestra posición.

La proximidad. El contacto . Nuestros ojos se encontraron.

Los suyos brillaban como el Mediterráneo resplandeciente, tan increíblemente azules que no pude apartar la mirada.

Abrió los labios y bajé la mirada para recorrerlos con mis ojos.

—¿Crees que podría…? —Dejó su pulgar sobre mis labios, flotando sobre ellos—. ¿Crees que podría besarte una sola vez? Quiero decir, besarte de verdad .

—Farrow… —Su nombre salió de mi garganta con un sonido seco y gutural.

—¿Crees que estás listo para un beso, Zach?

«No. Sí».

Hice un esfuerzo por aparentar confianza, enterrando mis dedos en sus costados.

—Cariño, estoy listo desde que te sentaste en esa mesa de go vestida con ese camisón medio transparente e intentaste fingir que eras una de nosotros.

—Nunca intenté fingir nada, tonto. Sabía que destacaría y estaba orgullosa de ello.

Sonrió y, en ese instante… Nunca había algo tan milagroso, tan impresionante, tan… ¡A la mierda! Borré el espacio que quedaba entre nosotros y pegué los labios sobre los suyos.

Por un momento, nos respiramos mutuamente.

El aire crepitaba entre los dos como fuegos artificiales.

Sus labios eran suaves y tibios, y flexibles, en contraste con el resto de ella.

Sentí un hormigueo en cada célula de mi cuerpo.

Era como si nos estuviéramos fundiendo el uno en el otro, y quería más.

Despacio, muy pero muy despacio , le abrí la boca y deslicé la lengua por su labio inferior.

Ella dejó escapar un pequeño gemido, y recordé lo que Tabitha había dicho antes de que la enviara al infierno: Farrow no sabía amar, era incapaz de sentir.

No habría nada de qué preocuparse por ella, pues su corazón no se rompería. ¿Pero el mío?

Su lengua se encontró con la mía y se deslizó por mi boca, ahuyentando mis pensamientos. Fue una sensación extraña, hasta algo incómoda. Tener un órgano de otra persona dentro de mi cuerpo me ponía los pelos de punta.

Me quedé congelado, pero Farrow no se detuvo.

Deslizó las uñas por mi nuca, lo cual me envió unos escalofríos por la espalda.

Se tomó todo el tiempo del mundo para sacar su lengua de mi boca.

Y solo una vez que lo hizo me di cuenta de lo mucho que me gustaba tenerla ahí, tener una parte de ella dentro.

Entonces tomé las riendas yo, la cogí por los hombros y volví a besarla, con entrega.

Nuestras bocas lucharon por un momento, mordisqueaban y rebotaban y besaban y gruñían.

Me tragaba cada quejido y cada ruido que ella emitía, agarrándola por el cabello y empujándola hasta que su espalda chocó contra la pared.

Ambos tropezamos con las sábanas desechas y los almohadones arrugados, riéndonos sin dejar de besarnos.

Quería devorarla. Comérmela entera y chuparme los dedos al terminar.

—Qué delicia —dije mientras con la lengua seguía persiguiendo la suya por dentro de su boca, girando y acariciando y buscando cada rincón—. Tienes un sabor que es una delicia.

Saqué los dedos de su pelo y acerqué las manos a su garganta delicada.

Le incliné la cabeza a un lado y le besé el cuello.

Se sentía tan frágil en mis brazos, mientras movía las caderas para encontrarse con mi pene erecto.

Me estremecí de anticipación, listo para penetrarla contra la pared hasta atravesarla y llevarla a otra dimensión; estaba muy excitado, la deseaba con todo mi ser.

Me buscó con la boca y nos besamos otra vez, como si nuestras vidas dependieran de ello.

—La ropa. —Hundió las uñas en mi camisa y me la arrancó, agitada—. Ya no la necesitamos.

Por mi parte, estuve completamente de acuerdo. Ella empezó a tironear de los botones de mi camisa cuando se oyó la puerta del piso de abajo que se abría de una patada y se estrellaba contra la pared.

—¡¡Ya he vuelto!! —Regina había vuelto. Genial.

De un segundo a otro, Pulpi me alejó de un empujón. Me tambaleé hacia atrás, frustrado y caliente y temblando de nervios, maldita sea.

—No podemos hacer esto. —Fae se limpió los labios hinchados y magullados—. Nadie puede enterarse de que estoy haciendo el tonto con un hombre comprometido.

—Ese compromiso no vale una mierda —le recordé. Eileen me había escrito ayer mismo para decirme que quería volver a Nueva York tan pronto como el calendario se lo permitiera.

—No, tu relación es una mierda. Pero el compromiso es bien serio.

Tenía razón. La miré a los ojos, frustrado y molesto. Las voces susurrantes del piso de abajo no dejaban lugar a dudas: Tabitha había informado a Regina de los últimos acontecimientos.

Farrow se frotó la cara y gruñó:

—¿Qué quieres, Zach?

«Quiero sumergirme en tu calor un poco más, para que, cuando regrese a mi fría y entumecida vida, no me congele».

—Quiero que ambos honremos nuestra promesa. —Besé la parte superior de su cabeza, deteniéndome por un momento para dejar que el secreto aroma de su cuerpo se filtrara en mi sistema—. Arréglame, Farrow.

Cada segundo que pasaba, en que ella estaba más cerca de desprenderse de Vera y sus hermanastras, era un segundo que nos alejaba. En el momento en que ya no me necesitara, se iría.

«¿Y qué si lo hace?».

Yo volvería a mi existencia anterior, tan pacífica y tranquila.

Estructurada, despiadada y solitaria.

Sin vida.