Capítulo cuarenta y unoZach
Capítulo cuarenta y uno
Zach
Deslicé mi brazo por el estante, barriendo esculturas, ediciones especiales y pinturas, que se estrellaron contra el suelo de mi oficina con un estruendo agudo.
—¿Pero en qué demonios estaba pensando?
—Estaba pensando que estás comprometido con otra persona y no quiere tus putos regalos de compasión.
Oliver estaba desparramado sobre una camilla de masajes en medio de mi oficina, para nada familiarizado con el concepto de límites.
—Se llama dignidad, Zach. Algunas personas la tienen.
—¿Por qué tiene que tenerla esa mujer justamente?
Me concentré en mis pantallas, a una le arranqué los cables y me preparé para lanzarla por la ventana; pero me acordé de que mis empleados estaban ahí abajo recogiendo los veintitrés paquetes de zapatillas de diseño. Uno por cada año de su exasperante existencia.
—Porque, si ella fuera como todas los demás, no te habría gustado desde un principio… —murmuró Oliver contra el agujero de la camilla de masajes, mientras un enorme sueco le clavaba los pulgares en los omóplatos.
Estallé la pantalla contra la mesa y la partí en tres.
Dejé una abolladura nueva y bonita sobre el escritorio.
Después, se oyó el golpe seco de mis pies contra la alfombra cuando me dirigí a la ventana, a ver el desastre que había dejado en el césped.
Lo peor era que yo había pensado que, cuando Farrow se diera cuenta de que me había tomado el tiempo de regalarle cosas que realmente usaría (unos regalos que también eran un guiño del momento en que nos conocimos), saldría a buscarme.
Que se deslizaría en mi dormitorio durante la noche y pondríamos en práctica nuestras caricias.
Mis dedos arañaron el alféizar de la ventana mientras intentaba desesperadamente encontrarla con la mirada, a sabiendas de que no la vería. Había revisado las grabaciones de cada cámara de seguridad de cada rincón de la propiedad y nada. Cero . ¿Dónde cojones estaba?
«En la jodida lista de pago de nóminas sí que está, allí sí».
—Amigo, te sale humo por los oídos. —Se rio Ollie a mis espaldas—. ¿Y qué esperabas?
—¿Una empleada más profesional, quizás?
—Estaba en tu fiesta sorpresa de compromiso . De pie, junto a tu prometida. Después de que te la follaras en esa sauna hace menos de una semana.
—No hubo penetración. —No todavía . Pero quería que hubiera. Y más que cualquier otra cosa en el puto planeta, incluso más que comprarme la Mona Lisa .
—Bueno, sea como sea, no esperes ganarte el premio al Jefe del Año. Tú también fuiste muy poco profesional.
Me aparté de la ventana para mirarlo con el ceño fruncido.
—Ella sabe que no va en serio.
—Pues a mí me pareció que iba bastante en serio.
—Me caso con Eileen por necesidad. Todo el mundo lo sabe menos mamá. —Iba a destrozarme las muelas si no me controlaba un poco.
—Lo siento, amigo. Lo de «mamá me ha obligado» no es un argumento tan convincente como crees.
—Tú no estás en posición de darme lecciones, Oliver. Tu relación más larga es con tus bolas anales.
—Debes saber que las reemplazo cada dos semanas para asegurar niveles de higiene adecuados a mis parejas sexuales.
—Oliver sonó escandalizado—. De todos modos, no es que haya tenido mucha acción últimamente.
Para serte sincero, ayer me puse a correr en chanclas por el pasillo solo para recordar cómo suena el sexo.
—Pero si estuviste con alguien en tu casa hace dos días. ¡Hasta nos enviaste fotos! —Para mi desgracia.
—El tiempo es subjetivo. —Oliver se encogió de hombros bajo los dedos diligentes de ese Hulk gigante—. La cuestión es que te has ganado tu sitio en la caseta del perro; disfruta de la comida que sirven ahí.
Le lancé una mirada fulminante.
—Eres un insulto para la especie.
Oliver levantó su cara de engreído del agujero de la cama de masajes y me sonrió.
—Ahora usa esa misma energía para arrastrarte por lo que quieres, Zachary.
—Yo no me arrastro.
—Has estado mirando el tablero de go como si fuera la foto de un amor perdido.
Eso era porque esa maldita bruja ni siquiera se había molestado en hacer una jugada esta mañana y era su turno; nunca se saltaba una jugada.
—Yo… no… me… arrastro.
¿Qué demonios significaba arrastrarse siquiera? ¿Qué esperaba que hiciera?
—Vamos, tío, limpia el estropicio que has provocado.
«¿Pero cómo?».
—Por última vez: yo no…
Oliver me desestimó con un gesto y metió la cabeza de nuevo en el agujero diciendo:
—Natalie, querida. ¿Qué tal si haces algo útil y me traes otra copa?