Capítulo cuarentaFarrow #3
Sentí como si estuviera teniendo una experiencia extracorporal en el momento en que Zach me abandonó y partió a la deriva hacia el fondo de ese salón de baile, donde tomó su lugar entre las mujeres más importantes de su vida.
Quedaron los cuatro hombro con hombro sin tocarse.
Constance servía de amortiguador entre la pareja.
Hasta en medio del dolor agonizante que me desgarraba por las venas, me reconfortó un poco el hecho de que Zach no tuviera que tocar a Eileen; sabía que él no quería hacerlo.
«¿De dónde me vienen estos celos?».
—Damas y caballeros… —Constance plantó las manos sobre el hombro de Zach y de Eileen respectivamente.
Zach estaba visiblemente alterado, con las fosas nasales abiertas de tanto contener las ganas de gritar.
Yo también quería gritar. La cara de Constance estallaba en una enorme sonrisa, irradiaba una felicidad auténtica—.
Me complace presentarles a los futuros señor y señora Sun.
Los aplausos estallaron por toda la sala como una erupción y retumbaron en mis oídos. Los flashes de las cámaras brillaron frente a mis ojos. Me di la vuelta y empecé a caminar a toda velocidad.
—Eileen… —La voz de Constance seguía retumbando por cada altavoz que sobresalía de las paredes, a un volumen tan alto que podía oírse a través de los vítores—: Muéstrales a todos tu anillo de compromiso. Haz un pequeño paseo por la sala.
Mis piernas se movían en piloto automático y mi mente daba vueltas por lo que, en realidad, siempre había sido obvio.
Zach me había advertido todo el tiempo que se casaría con Eileen.
Cuando llegué a la escalera, me desplomé en el tercer escalón como un cisne roto, con el vestido de baile envolviéndome.
Sollocé en mis propios brazos y me di cuenta de que lloraba en serio por primera vez desde la muerte de papá.
No me reconocía en esta fragilidad; siempre me había sentido orgullosa de mi fortaleza.
—Estúpida… —Resoplé, con toda la cara hecha un mar de mocos y lágrimas—. Eres tan pero tan estúpida.
Me arranqué los estúpidos tacones de mis estúpidos pies.
—¿Cómo has podido pensar que podrías encajar de algún modo entre esta gente?
Con todo lo que me había resistido al glamour y al brillo de la élite de Maryland durante toda mi vida, y, en una sola noche de descuido, me habían servido el recordatorio que tanto había intentado ignorar: que yo podía ser el pasatiempo, pero chicas como Eileen Yang siempre llegarían a la gran final.
—Farrow. —La voz de Dallas explotó detrás de mí. Giré el cuello y la vi avanzar hasta donde me encontraba—. Por favor, espera.
Me levanté de un salto y empecé a subir los escalones de dos en dos. No quería esperar. No quería que me viera así de humillada y definitivamente no quería escuchar sus mentiras piadosas, diseñadas para hacerme sentir mejor.
Llegué hasta mi habitación, cerré la puerta detrás de mí y presioné la espalda contra la madera. Cerré los ojos y respiré hondo.
«Estás bien. No puedes llorar lo que nunca has perdido. Él nunca ha sido tuyo, Farrow».
Pero había empezado a sentirlo mío.
Era como si el pasado, el presente y el futuro conspiraran para traerme exactamente lo que yo necesitaba, y luego me lo quitaran.
Hice un esfuerzo por abrir los ojos, rogando que el dolor y la humillación desaparecieran con cada parpadeo. Y así fue, fueron desapareciendo poco a poco y siendo reemplazados por un estado de estupefacción, al darme cuenta de dónde estaba: la habitación de invitados que solía usar. Mi habitación.
Me apoyé las yemas de los dedos sobre los labios, sorprendida.
—¿Qué? Zach…
Había regalos por todas partes. En cada rincón de la sala. En cada milímetro. Sobre cada mueble. En cada hilo de la alfombra. Un mar de cajas y bolsas de lujo. Todo envuelto y atado con papel de aluminio dorado.
«Se ha acordado».
Se había acordado de mi cumpleaños.
A menos que… ¿hubiera sido Ari? Pero no podía ser. Ari no sabía la dirección de Zach. Y nadie más en este mundo se habría preocupado tanto.
Me limpié los ojos y la nariz, me acerqué hacia una montaña de cajas, agarré una y rompí el envoltorio. Apareció una caja de Chanel por debajo del papel brillante. La abrí y descubrí un par de zapatillas: piel de becerro blanca con el logotipo de la firma bordado en negro.
Fruncí el ceño.
Cogí otra caja y la abrí: unas zapatillas Tory Burch, color cámel.
Otra caja: Prada, esta vez. Unas Golden Goose plateadas, unas Balenciaga rosas para correr, unas Burberry de caña baja, unas Dior de caña alta, unas Louboutin personalizadas, diseñadas especialmente para la esgrima…
Me había llenado la habitación con cada marca de zapatillas de diseño que existía.
Y todas eran cómodas, todas eran zapatillas que yo realmente usaría.
Era dulce y considerado; y absolutamente enloquecedor.
Porque ahora, más que nunca, no quería sentirme como un caso de caridad.
Cada caja parecía burlarse de mí, recordándome la brecha que nos separaba; lo pobre que era yo en comparación con él; el zapato roto que había dejado atrás el día del baile…
«Puede que yo sea Cenicienta, pero Zachary Sun no será mi príncipe azul».
Sin más preámbulo, empecé a recoger las cajas y las arrojé por la ventana.
Quizá Zachary Sun podía comprar una entrada para muchos lugares.
Pero no para mi corazón.