Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cuarentaFarrow #2
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Capítulo cuarentaFarrow #2

—Pues bien, no sé quién eres… —Oliver guio cada uno de mis pasos, moviéndose lo suficientemente lento para que pudiera concentrarme en sus palabras—. Y la forma en que te infiltraste en su vida es cuestionable, por decirlo suavemente.

Su tono claro y serio me sorprendió. No se parecía en nada al del fiestero descerebrado que hubiese esperado de él.

—En cualquier caso —continuó—, si de algún modo le haces daño a mi mejor amigo, que parece francamente obsesionado contigo, te arrastraré en persona a las fosas del infierno y te arrojaré al fuego. Él ya ha sufrido suficiente en la vida. ¿Te queda claro?

Eché la cabeza hacia atrás y me reí. Debía parecer que nos lo estábamos pasándolo espléndidamente bien.

—Lo trituraré hasta convertirlo en polvo si así lo deseo, von Bismarck. A mí no me van las amenazas.

Aquello no era verdad, yo no tenía nada de poder sobre Zachary Sun. Nadie lo tenía. Yo solo era la única persona que él encontraba de algún modo tolerable como para poder tocarme. Yo era su juguete nuevo y brillante, algo con lo que pasar el rato.

—Tienes una lengua afilada. —Me miró de arriba a abajo—. Ya veo por qué le gustas.

—Pues espera a ver mi espada.

Se le iluminaron los ojos, con un brillo de curiosidad que acechaba desde el fondo. Curiosamente, su belleza no me afectaba. Me recordaba a una estatua. Perfectamente pulida, pero completamente muerta por dentro.

«Hace tiempo esa había sido mi descripción de Zach, ¿qué habría cambiado?».

Me tragué la pregunta y me concentré en Oliver.

—¿Cómo sabes que le gusto?

—Para empezar, ya no parece que la vida le esté metiendo limones por el culo, de dos en dos, durante las veinticuatro horas del día. —Lo pisé; él me atrapó por la cintura y dejó salir una risa ronca por la garganta—. Por Dios, eres adorable. Tan tosca como él.

—Es la primera vez que bailo el vals.

—Por el bien de todos los pies de la ciudad, espero que sea la última.

—¿Siempre encuentras tanta diversión en las personas que no son de tu clase social?

—Para nada. Por lo general las encuentro totalmente insignificantes. —Dios salvase a la pobre mujer que lograra domesticar a esa bestia. Qué personaje.

La canción llegó a su fin. Nos separamos unos treinta centímetros. Oliver se inclinó, me tomó la mano y se la llevó a los labios. Levantó la vista y me miró fijo a los ojos mientras me rozaba la piel con los labios.

—Recuerda, pequeña Fae. Nada de herir los sentimientos de Zachary. Puedo parecerte un osito de peluche ahora mismo, pero no te equivoques: también puedo convertirme en un león feroz.

Esbocé una sonrisa que debió parecerle una mueca.

—Como ya te dije, von Bismarck, no me intimida una cuenta bancaria abultada ni el pene mediocre que intenta compensar.

Se rio todo el camino hasta el bar. Estupendo.

Ahora no podía ir a tomarme algo. El muy imbécil iba a pensar que lo seguía; ese ego no le entraba ni en un barrio entero.

En lugar de eso, me dirigí a la cocina, abriéndome camino a través de la gente.

Todos estaban exultantes de excitación. Lo que, lejos de aumentar la mía, me sofocaba.

Estaba casi en la puerta cuando oí mi apodo.

—Pulpi.

¡Uff! No iba a poder ni tomarme un respiro esa noche.

Me detuve, pero no me di la vuelta a mirar a Zach.

—Idiota… —fue mi modo de devolverle el saludo.

Sus pasos apenas si sonaron cuando se acercó hasta quedar justo delante de mí, bloqueándome el camino a la cocina.

—¿Disfrutando de mi fiesta?

Me tomé un tiempo para observarlo vestido en su traje de esmoquin impecable, con los ojos inyectados en sangre.

Las palabras de Oliver se me agolparon en la mente.

Por primera vez, me di cuenta de que, por detrás de los trajes de diseño y los cortes de pelo de mil dólares, Zachary Sun era un hombre roto.

«Si yo no estuviera tan centrada en mi propia miseria… ».

—La verdad es que no. —Levanté un hombro—. Llevo una hora intentando pedirme algo de beber, y siempre me interrumpe alguien. —Levanté una ceja y continué—: En este momento eres tú. Por favor, sé tan amable de retirarte.

—Estoy en mi casa.

—Me doy cuenta. Si fuera mía, no dejaría que mi mamaíta se ocupara ella sola de la decoración. —Mierda, realmente estaba de mal humor esa noche.

Dio un paso hacia mí, con un temblor en los dedos de refrenar el deseo de tocarme.

—¿Qué te ha dicho Oliver?

«Me ha amenazado de muerte si te hago daño, pedazo de idiota. Tienes unos amigos geniales, según parece. ¿Qué demonios habrás hecho para merecértelos?».

—No es asunto tuyo, Zach. —Arqueé una ceja—. ¿O necesito recordarte que no tenemos un acuerdo de exclusividad?

—¿Y yo acaso necesito recordarte que soy quien manda aquí?

—No te preocupes… Me acuerdo de eso cada vez que veo tu maldita cara. No es la buena voluntad lo que me retiene aquí.

—Esa boca, señorita Ballantine. Puede que la quiera envuelta alrededor de mi pene, pero no dudaré ni un instante si tengo que despedirte.

La cara debió haberme traicionado en lo que pensaba: que estaba peligrosamente cerca de que lo pateara en los huevos, porque dio un paso atrás, soltó un gruñido y se llevó una mano al pelo.

—No tenía derecho a tocarte.

—¿Quieres dejarte de estupideces posesivas? —Crucé los brazos sobre el pecho—. No tienes derecho.

—Pero sí tengo voluntad. —Cerró la boca con tanta fuerza que los dientes chocaron entre sí—. La voluntad de acabar con cualquiera que te mire o te toque.

Cerró el puño, presionándolo contra el muslo y supe que quería contacto. Un abrazo. Un momento piel con piel para calmar la ira. Su rostro se suavizó, y, maldita sea, le siguió mi corazón. Apartó la mirada por un momento.

—Hoy me he portado como un maldito imbécil, ¿no?

—Así es —coincidí—. ¿Por qué?

Abrió la boca para hablar. Desde el centro de la habitación, el tintineo inconfundible de un cuchillo contra un cristal fino nos interrumpió el momento. Giramos la cabeza en esa dirección. La música se detuvo.

Constance estaba de pie sobre un podio lleno de micrófonos, envuelta en un vestido azul marino con capa, el pelo recogido y adornado con delicadas joyas.

—Damas y caballeros, gracias por acompañarnos hoy. Permítanme un momento de atención.

Su voz —puro acero, fría y afilada— me recorrió todo el cuerpo y se me puso la piel de gallina. Le entregó su copa de champán a un camarero y escaneó la habitación hasta que sus ojos se posaron en Zach. A mi lado.

Una nebulosa se instaló frente a su rostro y se le desdibujaron las facciones; le asomó un destello de rabia, pero lo suavizó rápidamente con una sonrisa.

—Quisiera comenzar dándoles las gracias por tomarse el tiempo de venir a esta reunión de última hora.

El apoyo de cada uno de ustedes aquí presentes es un valioso tesoro.

La familia Sun y la Fundación Sun For Warmth agradecemos a esta comunidad los esfuerzos mutuos que realizamos por la preservación de la vida salvaje local.

¿Había dicho salvaje? Muy apropiado, teniendo en cuenta que era una bruja rabiosa.

«El dolor», me recordé, «cambia a las personas».

Pero con los ojos de esta mujer como dos taladros sobre mi sien, me costó evocar la descripción de Dallas de la antigua Constance Sun.

¿Preparar almuerzos para la escuela? ¿Recoger a críos en coche?

¿Dar clases de refuerzo de matemáticas? Esa no podía ser la misma mujer que me apuñalaba con la mirada ahora.

Se le dibujó una sonrisa tensa en la comisura de los labios.

—Nos hemos reunido hoy para compartir una noticia emocionante. Algo que, estoy segura, muchos de ustedes han estado esperando.

Se me hundió el corazón hasta los dedos de los pies. Presentía lo que iba a decir y, si bien no estaba sorprendida, se me revolvió todo el cuerpo por dentro.

—Como bien saben, mi hijo Zachary ha estado en el mercado desde hace ya algún tiempo, en busca de la novia perfecta. —Se rio con tal gracia que hasta a mí me pareció contagiosa—. Creo que mi búsqueda de nuera es el secreto peor guardado del país.

Una oleada de risas recorrió la sala. Y, a mí, una oleada de náuseas me estalló en el estómago. «No, no, no». A mi lado, Zach se tensó y su expresión se transformó en granito. Su meñique rozó el mío.

«Su… meñique… ha… rozado… el… mío».

Y eso era suficiente para incendiar el mundo entero.

—Hoy estoy, por lo tanto, encantada de informarles que la búsqueda ha terminado. Deseo aprovechar esta oportunidad para anunciar oficialmente el compromiso de mi hijo Zachary con la encantadora Eileen Yang. Que venga, por favor, la joven pareja.

Al principio, Zach no se movió. Ambos nos quedamos mirando cómo Eileen se deslizaba por la sala con un vestido de lentejuelas plateadas y verde oliva. La cola del vestido se deslizaba sobre el suelo de mármol. Llevaba guantes de satén hasta los codos, y su aura era etérea y elegante.

Un dolor punzante me atravesó el corazón y lo sentí como todo aquello que me había prometido que no me ocurriría: como si mi corazón yaciera ensangrentado sobre la pista, atravesado por una espada. De repente, no podía respirar.

La voz de Eileen retumbó a través de los seis micrófonos del podio.

—Oh, madre… —Besó a Constance en ambas mejillas y se abrazaron a la altura de los codos, con sus peinados idénticos—. Es un honor sumarme a su familia. Le prometo hacer infinitamente feliz a Zach.

Otra mujer —la tía de Zach, según pude reconocer— atravesó la pista de baile y apoyó la mano sobre el hombro de Constance. A diferencia de ella, no parecía encantada.

Recorrió el salón con la mirada y dijo:

—Y hablando de Zach, ¿dónde está el hombre más famoso del momento?

—A segundos de migrar a Dinamarca —tosió Oliver en su puño, provocando una mirada de advertencia de Constance.