Capítulo cuarentaFarrow
Capítulo cuarenta
Farrow
Parecía la Bestia después de arreglarse para cenar con Bella: demasiado emperifollada y con un peinado excesivamente rizado. Me veía ridícula . Un vestido esponjoso color rosa pálido se me derramaba por todas las extremidades y me sentía como una tarta Pavlova.
—Me lo compré la semana pasada, pero no puedo usarlo por… —Dallas se señaló la barriga de embarazada y suspiró—. ¿No es ostentoso y discreto a la vez?
«Igual que una tarta con merengue, que es lo que parezco».
Pero sonreí porque, si bien me sentía ridícula, también enormemente feliz .
Mi nueva amiga revoloteaba por todas partes, me ponía horquillas de mariposa en el pelo y cantidades industriales de brillo en los labios, hasta el punto que parecía que me hubiera explotado un panal de abejas en la boca.
No recordaba la última vez que había usado maquillaje. Ni siquiera había tenido nunca rímel.
Dallas atrapó otro rizo, lo apretó con una horquilla y dio un paso atrás, sacudiéndose las manos y admirando su obra.
—Nena, te pareces a Candice Swanepoel.
Estreché los ojos.
—¿Quién es esa?
—La modelo de Victoria’s Secret —rio.
—No miro la televisión —murmuré.
Se rio más fuerte. Esa era la razón por la que Ari era mi única amiga.
Dallas tiró de mis manos y me arrastró por la habitación de huéspedes con una sonrisa satisfecha.
—Ven. —Todavía teníamos puestas esas pulseras ridículas—. Quiero que todos en ese salón te vean así de sexi. Y después quiero que alguien trate de seducirte y que Zach tenga otro ataque posesivo por tu culo, como el otro día cuando le rebanó el dedo a ese imbécil…
Pegó el dorso de la mano a la frente como si fuera a desvanecerse:
—¡Me desmayo!
—Todavía no sé cómo no le pasó nada por culpa de aquello. —Fui recolectando las varias faldas de mi traje de noche a fin de no romperme una pierna con la caída al caminar. Eran más pesadas de lo que pensaba.
Dallas se apretó una mano sobre los labios.
—Oh, mi niña inocente. Zachary Sun es más grande que la ley.
«Ah, pero qué noticia tan fantástica. ¿En qué lugar quedaría yo si llegaba a cabrearlo?».
Bajé uno por uno los escalones, sujetándome a la pared y al brazo de Dallas para no caerme. ¿Cómo podían las mujeres usar tacones? Me parecería más fácil llevar unos zancos del circo.
Ella enlazó su brazo con el mío.
—Así que… ¿tienes muchos amigos en Seúl?
Debía ser agradable ser el sol personificado. Charlatana. Dulce. Toda la cosa de estar entre la gente le salía con total naturalidad. Me era fácil ver por qué Romeo estaba obsesionado con ella: poseía la extraña habilidad de hacerle a uno sentirse visto, importante, digno.
—No muchos, pero sí algunos. Mi mejor amiga, Ari, se va a casar dentro de unos meses. Tengo muchas ganas de verla. —De hecho, había ahorrado durante más de un año para pagarme el billete de avión y un pequeño regalo que no estaba en las listas de boda.
Dallas asintió.
—Ari… Qué nombre más bonito.
—Es la abreviatura de Arirang. Ella lo odia, porque se llama así por una canción popular antigua que sonaba en la habitación de al lado cuando sus padres la concibieron en un hotel.
La canción es buenísima, dicho sea de paso.
Pero cada vez que tiene que explicar que sus padres lo hicieron al ritmo de esa canción, se pone más roja que un tomate.
—Solté una risita en la palma de la mano—.
Ari es bellísima, divertida y, simplemente, la mejor del mundo.
También es esgrimista. Ojalá la conocieras.
—Seguro que lo haré algún día.
Llegamos al salón de baile y sentí que entraba en un lugar casi prohibido, aun cuando la mujer con quien entraba prácticamente tenía las llaves de la ciudad.
Por no decir que el día anterior había fregado literalmente esa habitación de pared a pared.
Vacilé, con los dedos sobre la tela brillante del vestido.
Dos empleados de traje nos abrieron la puerta y, en un abrir y cerrar de ojos, fuimos absorbidas por el torbellino de la deslumbrante fiesta.
Vestidos en tonos pastel barrían el suelo mientras las parejas bailaban.
Los camareros entraban y salían de la muchedumbre como pequeñas motas que se arremolinaban entre los diamantes.
Las mujeres se inclinaron entre sí para susurrarse cosas al oído en cuanto entramos.
La columna de Dallas se tensó. Se puso bien cerca de mí, y por poco me abraza. En ese momento me di cuenta de que éramos más parecidas de lo que hubiera esperado. Ella era demasiado colorida y demasiado valiente para encajar ahí. Y yo era demasiado pobre y feroz para desearlo siquiera.
—No les hagas caso. Las únicas personas que se llenan de odio son las que no tienen amor en su vida. —Deslizó su mano dentro de la mía y me llevó dentro—. Te enseñaré a bailar el vals.
Mi primera reacción instintiva fue negarme, pero después pensé: ¿por qué no? Demonios, era mi cumpleaños. Me merecía bailar así vestida, con un vestido precioso.
Dallas me tomó en sus brazos, pasó una mano por la parte superior de mi espalda y, con la otra, agarró la palma de la mía. Me sentí ridícula. Yo era mucho más alta que ella, y nos separaba un vientre relleno con un bebé. Aun así, me dejé llevar.
—Hacia delante con el pie izquierdo, de lado con el derecho, cierras ambos y… ¡tac! Eso es. —Me guiaba con los pies—. Hacia atrás con el derecho. Ya lo tienes. Había olvidado que eres esgrimista. Rápida con los pies.
La música me acariciaba la piel desnuda de los brazos al ritmo del balanceo y las vueltas. Cerré los ojos y decidí ignorar las miradas que caían sobre nosotras, con todo su peso. «De incógnito, y una mierda». Volábamos bajo el radar como una banda de música en medio de una biblioteca.
—¿Tú crees en los finales felices? —le dije con voz apenas audible para que me escuchara.
—Sí. —Se aferró a mi espalda con más fuerza—. Vivo el mío cada día. No siempre es perfecto, pero sin duda es feliz. Todos podemos escribir nuestros propios finales felices. Por eso existe la esperanza. Es nuestra pluma.
—Siento que la mía se ha quedado sin tinta.
—¡Para nada! —Nos movió con un giro, sonriendo—. Solo hay que agitarla un buen rato.
Nos reímos y empezamos a dar vueltas, como dos niñas que juegan a la ronda y fantasean roles inventados. Cuando terminó la canción, Dallas me hizo una reverencia y yo la imité. Después levanté la cabeza y la sonrisa se me borró de la cara en un instante.
Porque detrás del hombro de Dallas estaba nada menos que mi jefe.
Mi jefe formidable e increíblemente molesto, al parecer.
Zach me miraba con tanta furia que podía hacer arder el aire con la mirada hacia donde yo estaba.
Me sorprendió que me reconociera con el vestido prestado y el peinado elegante.
Sus ojos me enviaron una advertencia y curvó un dedo para indicarme que me acercara.
Me di la vuelta, le di la espalda y me dirigí hacia la barra.
No. Me negaba a que me trataran como a un perro que se había portado mal, especialmente en mi cumpleaños.
A mitad de camino, una mano se aferró a mi codo desde atrás. Me giré, apartándola de un tirón.
—No te atre…
Oh, vaya. Esperaba a Zach, pero en su lugar estaba Oliver von Bismarck.
De cerca, parecía más apetecible todavía.
Tenía los ojos más claros y azules que el mar del Caribe y el cabello castaño claro peinado a un lado como en un anuncio de Tom Ford.
Tan hermoso. Tan depravado. Sentí pena por las mujeres que caían en su trampa.
Curvó los labios rosados.
—Pero si eres tú.
Arqueé una ceja.
—¿Yo?
—El antídoto.
«¿El antídoto?». Había oído que era un mujeriego, no un alcohólico. Tal vez era un hombre de múltiples facetas.
—No estoy segura de lo que quieres decir.
—Desde luego que no. —Oliver me estudió de arriba a abajo—. Tenemos que hablar.
—Va a ser que no.
—Venga, charlemos un rato. Baila conmigo.
—¿Qué gano con eso?
—Un recuerdo para atesorar. —Su sonrisa era tormentosa. Chorreaba pecado y decadencia—. Algo de lo que presumir.
Me apoyé contra la barra y agité la mano para llamar la atención del camarero.
—Bonito ego. ¿Te hacen pagar exceso de equipaje cuando viajas?
—¿Qué es eso? ¿Algo de la clase media? —Se le fruncieron las cejas—. Yo solo vuelo en avión privado.
«Ay, madre mía, esta gente…».
El camarero me ignoró y pasó zumbando con tres copas en la mano.
Oliver se acercó para que le oyera.
—De todos modos, dime tu precio.
Fácil.
—Un billete de ida y vuelta a Seúl. En primera clase.
Se rio entre dientes.
—Trato hecho.
Luego, me agarró la mano sin preguntar y me arrastró de nuevo a la pista de baile antes de que pudiera decir nada.
Casi que podía sentir la sonrisa de Dallas calentándome la nuca al tiempo que la muchedumbre se abría para él.
Nos colocó en el centro de la pista y me giró para que lo mirara.
Sus dedos presionaban mi espalda, cálidos y fuertes.
En otro mundo, en otro tiempo, los hubiese disfrutado.
En este, lo único que me preocupaba era sobrevivir.
La orquesta empezó a tocar y tomamos posición; él con una postura impecable y yo con una rigidez poco estudiada. Y así bailamos.
—El señor Sun —Oliver me hizo girar— está roto. Estoy seguro de que ya te has dado cuenta a estas alturas.
Me abrazó más fuerte y se me ocurrió que de afuera se vería como un momento íntimo y clandestino casi por definición. No sabía cómo, pero estaba segura de que Zach estaba mirando como un halcón al acecho, y de que esa era la intención de Oliver desde un principio.
No le respondí.
—Está rodeado de bordes afilados —dijo, y me dio otra vuelta—. Y no deja que nadie se le acerque demasiado, para que no se desangren.
Seguí sin decir nada y seguí dejándole darme vueltas como una muñeca de trapo. En el giro, noté que un mar de mujeres me miraba con ojos envidiosos; yo seguía aferrada a los hombros de Oliver von Bismarck. Las ignoré y seguí buscando a Zach sin éxito.