Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo treinta y nueveFarrow
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Capítulo treinta y nueveFarrow

Capítulo treinta y nueve

Farrow

La mansión se había transformado en un castillo de Disney.

Una tira de guirnaldas de una luz tenue cálida colgaba del ejército de arces rojos que se extendía por el camino hasta la entrada.

Dos columnas de flores rojas y doradas enmarcaban las puertas a cada lado.

En el vestíbulo, había una pared tapizada de rosas blancas para que los invitados se hicieran fotos delante de ellas.

Las bolsas con los detalles para los invitados se alineaban en la entrada como soldaditos de juguete, sujetas con lazos de terciopelo.

En el salón de baile había mesas redondas que enmarcaban la pista y el techo estaba todo cubierto de globos led que iluminaban la sala.

Había entrado en un cuento de hadas.

Un cuento de hadas al que, como de costumbre, no me habían invitado.

Me preguntaba qué se celebraría. Ojalá fuera la emancipación tardía de Zach de su madre autoritaria. Aunque no contaba con ello. Él no era capaz de sentir otra emoción que la culpa, y cortar el cordón sería admitirse a sí mismo que estaba muerto por dentro.

La buena noticia (y no es que lo fuera mucho) era que no tenía que trabajar.

Me las había arreglado para robar una caja de pastelitos de almendra blancos y rojos y me fui con ella a la habitación de invitados.

Era mi regalo de cumpleaños para mí misma.

Cerré la puerta detrás de mí, me tiré sobre las almohadas y puse la música a todo volumen: Water , de Tyla.

Incluso a través de los auriculares baratos que tenía puestos, logré escuchar todo lo que sucedía afuera: los coches que se detenían en la entrada, los aparcacoches, el tintineo de las copas de champán, la risa indulgente de esa gente que no se pagaba ni las cuentas de su propia casa, la banda en directo, el bullicio de ese uno por ciento de la población que se entretenía…

Me acosté en esa cama que no era mía y me quedé mirando el techo, sumida en mi propia ira. Esta vez, había elegido la habitación más alejada de las escaleras, no la que usaba habitualmente, con la esperanza de que el sonido de la felicidad de los otros no me alcanzara. Pero me alcanzó.

Y me abrasó el alma.

«Sola, sola, sola».

Todo me recordaba ese hecho tan simple. Es lo que tiene la soledad: no hay gente solitaria de por sí, sino que hay personas que intentaron darles una oportunidad a los demás y terminaron completamente decepcionadas.

Me metí más adentro de las sábanas, cogí el teléfono y empecé a ver vídeos antiguos de YouTube de mis combates de esgrima.

Principalmente para ver a papá en la primera fila, animándome.

Andras siempre me instaba a estudiar mis debilidades, y me decía que el camino a las Olimpíadas requería disciplina y humildad.

No sabía aún si lo conseguiría. Parecía bastante improbable, teniendo en cuenta mi pasado.

Pero la esgrima me hacía feliz de verdad.

No quería decepcionar a Andras. Además, el único momento en que mi mente se desconectaba era en la pista.

«Y entretanto, me dejaba empalar por un millonario melancólico en una sauna».

Sentí un golpecito en la puerta. Me levanté de golpe y el edredón rodó por mi regazo. ¿Quizá no había oído bien? ¿Por qué me buscaría Zach en medio de su fiesta? Me quedé mirando la puerta. El golpe volvió a sonar, esta vez más fuerte.

Me aclaré la garganta:

—¿Sí?

Oí una voz dulce y femenina que provenía del otro lado de la puerta.

—¿Farrow?

«Dallas Costa».

—Sí.

—¿Puedo pasar?

«¿Por qué?».

—Eh, sí, claro.

La puerta se abrió sigilosamente y entró Dallas, caminaba como un pato, con su embarazo de cien siglos.

Llevaba un vestido dorado brillante, con falda ancha y escote corazón.

Tenía los pechos tan descontrolados que ni el mismísimo ejército de Estados Unidos hubiese podido doblegarlos.

Con una mano, se abanicaba la cara con algo que parecía un cheque de cuarenta mil dólares.

—Por fin te encuentro. —Con la otra mano, me acercó una bandeja que tenía tal cantidad de comida que hubiera alcanzado para alimentar a todo el vecindario y se lanzó sobre la cama a mi lado—. Te he buscado por todas partes. He mirado en todas las habitaciones… Pero ¿cuántas son?

—Trece. —«Y hoy he pasado de limpiarlas todas y cada una de ellas»—.

Además de un montaplatos que lleva a una bodega secreta.

Pero esa no la limpio, no puedo arriesgarme a encontrar los restos de la gente que Zach ha ido matando por haber pronunciado mal alguna palabra en latín o haber calculado mal sus impuestos.

—La verdad es que las declaraciones de impuestos se las hace él mismo —dijo Dallas, agitando una mano—. Es como un pasatiempo para él. Una forma de relajarse. Algo así como un sudoku o un puzle de seis mil piezas.

La miré de reojo, con la cabeza inclinada hacia un lado, todavía confusa.

—¿Qué haces aquí?

Traducción: Si ha habido un desastre ahí abajo y se necesita que limpie con urgencia, voy a estrangular a alguien.

Estaba fuera de servicio, eran casi las ocho y media.

—¿Cómo que por qué? ¿No es obvio? —Se sirvió una porción de pastel de la bandeja y los ojos claros le brillaron con calidez—. Allí abajo son todos unos aburridos.

Me mordí los labios para no sonreír. Me caía muy bien Dallas, aunque sentía que no debería ser así.

Todo el mundo sabía que había nacido en cuna de oro, pasaba los veranos en Europa, iba a los bailes más exclusivos del país y se codeaba con gente cuyas declaraciones de impuestos anuales tenían tantos ceros que uno perdía la cuenta.

Había tenido todas las oportunidades de ser exactamente como Tabby y Reggie: una mocosa rica y malcriada.

No teníamos nada en común: ni intereses, ni amigos, ni gustos ni disgustos.

Pero, sin embargo, me daba cuenta a primera vista de que ella podía ser una amiga fiel.

Dallas metió el dedo en un dónut, lo levantó y se lo metió en la boca.

—La forma en que le contestaste al tipo ese de la cena del otro día… Inolvidable. No es fácil encontrar mujeres con agallas en este lado del país. Es como si hubieran pasado con los aviones de la fuerza aérea y les hubieran aspirado la personalidad a todas.

—Gracias. —La miré con interés, aún algo perpleja, y señalé la bandeja que tenía al lado—. ¿Esto es para mí?

Soltó una risa alegre y contagiosa.

—¡Claro!

Sentí cierta admiración por los rayos de sol que emanaba. Me pareció el tipo de persona que era capaz de quemar todo el lugar si una le entraba por el lado equivocado, pero que también podía iluminar toda la habitación. Me gustaba su energía.

Cogió otro dónut.

—Te he preparado una bandeja con todo lo que merece la pena comer. Me he encargado de probarlo todo antes. ¿Eso es ser una buena amigo o no?

—La mejor —murmuré.

—¡Soy de las de todo o nada! —dijo y agarró su pequeño bolso Hermès, de donde sacó algo—. Por cierto, nos he hecho estas pulseras de la amistad.

Una pequeña bolsa de plástico aterrizó en mi regazo. Y apareció una idéntica colgando de su mano, la agitó frente a mí y el círculo de cuentas ondeó en el aire.

—Sin juicios de valor, por favor. Estar muy embarazada es muy aburrido. Tuve que cancelar el puenting que tenía programado en Nueva Zelanda la semana pasada. ¿Puedes creer lo sobreprotector que es Rom?

Se me dibujó una sonrisita en los labios.

—Inaudito.

No podía creer que me hubiera hecho reír en un día en que sentía tanta lástima de mí misma.

Como no me moví, me arrebató la bolsa, sacó una pulsera Swiftie de cuentas violetas y verdes (se había acordado de lo que le había dicho) y me la puso en la muñeca; después puso la suya al lado.

Combinaban. El nombre de cada una nos guiñó el ojo desde las cuentas de plástico barato.

Le quedaba ridículo mezclado en medio de las marcas de lujo que llevaba de pies a cabeza.

Tomé un spam musubi y lo desenvolví.

—¿Qué es?

— Spam musubi , cerdo con arroz o algo así. Tendría que haberte traído un poco del sushi de ahí abajo. Se ve tan increíble que debería prohibirse; pero no puedo comer pescado crudo ahora mismo —suspiró.

—Me refiero a tu embarazo.

—Ah. Una niña. O eso espero. —Se le iluminó la cara—. Rom dice que le preocupa quedar en minoría en casa, pero yo digo que siempre fue así; tengo múltiples personalidades, según mi estado de ánimo y la época del mes.

—Serás una madre increíble. —Se lo dije en serio.

—Voy a hacerlo lo mejor que pueda. —Sonrió—. Si una cosa he aprendido de mi propia madre es que tienes que enseñarle a tu hija a ser extremadamente poderosa, de modo que pueda protegerse por sí sola.

Me dio una punzada en el vientre, un anhelo profundo de tener una madre. Una de verdad. Y no una que me abandonara, ni tampoco que se pasara toda la vida intentando echarme.

Incliné la cabeza y jugueteé por un instante con las palabras que iba a decir:

—¿Y no has notado nada extraño de las madres de por aquí…?

—¿Dices de por aquí en referencia a esta casa, a la ciudad, al estado…?

—A nuestro alrededor.

No es que yo perteneciera a su mismo círculo, pero, en ese momento, Dallas me parecía una amiga de verdad y no pude evitar aferrarme a su calidez.

—Ehm… —Se dio unos golpecitos en el labio e hizo una pausa—. La verdad es que no sé mucho de la madre de Oliver, pero la de Romeo deja mucho que desear. Podría decirse que, para él, Constance es su madre.

—¿Constance? —Me quedé boquiabierta—. ¿La Constance de Zach?

Ella sonrió y asintió con la cabeza.

—Sí, suena imposible, pero Romeo dice que no siempre fue como es ahora.

La Constance que él recuerda era de una calidez maternal.

Le preparaba el almuerzo todos los días para que no comiera comida basura, lo iba a buscar a la escuela con Zach y le enseñó matemáticas ella misma, porque había dado clases en la universidad.

—Constance Sun —repetí.

—Sí, la misma. —Dallas se dibujó unos círculos en el vientre—.

Rom me dijo que, cuando su marido murió, ella se volvió una zombi.

Y que, cuando por fin se recuperó, se transformó en alguien diferente por completo: rígida, llena de reglas, sin sentido del humor.

Rom piensa que Constance tiene miedo de que, si no está todo perfecto, les pueda volver a pasar algo malo.

Me recosté en la almohada y pensé en las palabras de Dallas.

Perder a alguien en una tragedia no era excusa para comportarse de cualquier modo, pero lo explicaba.

El dolor te reconecta el cerebro. Los momentos de tranquilidad se convierten en los más ruidosos.

La única manera de apagar todo ese ruido es hacer que tu vida sea más ruidosa que tu mente.

Y, de todas las personas del mundo, yo podía dar fe de ello.

Por todo ello sabía que no tenía derecho a juzgar a nadie.

Y, aun así, no podía evitar sentir resentimiento contra ella por la forma en que hacía sufrir a su hijo.

Incluso cuando él me hacía sufrir constantemente a mí.

Mordisqueé un pedacito de cieple lody sin morderlo del todo, pero supe que debía estar bueno porque a Dallas se le fueron los ojos para atrás.

Me dio un codazo en el brazo y se limpió las migas del mentón.

—Pero ¿qué te pasa? Eras una chispa de energía la primera vez que te vi y hoy te ves como… apagada.

—No pasa nada.

«¿A quién quería convencer: a ella o a mí misma?».

—Vamos a intentarlo de nuevo —dijo Dallas y resopló—. En esta amistad, no hay lugar para las mentiras.

—Hoy es mi cumpleaños —admití.

—¿¡Qué!? —Se puso pálida y se levantó de un salto. Bueno, lo más rápido que pudo con un humano entero dentro del vientre—. ¿Es broma? ¿Y qué hacemos aquí? Deberíamos estar celebrándolo.

—No hay mucho que celebrar —le dije, y me quedé mirando los postres mientras tragaba saliva—. No tengo familia, y todos mis amigos están en Corea.

—No todos. —Dallas abrió el armario que teníamos enfrente, vio que estaba vacío, y lo cerró—. Yo estoy aquí y tengo ropa preciosa para prestarte para una noche inolvidable. Solo tienes que decir que sí.

—No.

—La música de abajo es increíble. La comida es una delicia divina. Además, nadie te reconocerá. Y no me separaré de ti ni un segundo.

—La respuesta sigue siendo no.

—Vamos, Farrow. —Dobló las rodillas y presionó las palmas de las manos en señal de súplica—.

No puedes negarte. Estoy embarazada y en un momento muy vulnerable.

¿Y si rompo aguas antes de tiempo por tu culpa?

Tendrías que mudarte a otro planeta para esconderte de mi marido, y entonces no podremos atiborrarnos de comida por todo el planeta juntas.

No podía darme el lujo de atiborrarme de comida por todo el planeta, ni a nivel financiero ni a nivel práctico si quería ganar alguna medalla de oro en esta vida.

Dallas empezó a agitarse mientras enumeraba todas las formas en que su marido y sus amigos rastreaban a sus enemigos. Era implacable. No era de extrañar que pudiera con Romeo Costa. Esa mujer podía derrocar un régimen entero con una rabieta.

—¿Es eso lo que quieres que te pase? —No esperó mi respuesta. Me palmeó en el hombro y agregó—: Quédate aquí, ¿vale?

Quería decirle que no. Decirle que yo no tenía arreglo. Pero si Zach podía encontrar en sí mismo el empuje para hacer un cambio… entonces, tal vez yo también podría.

—De acuerdo. —Forcé una sonrisa—. Te espero.