Capítulo treinta y ochoFarrow
Capítulo treinta y ocho
Farrow
Cualquier atisbo de esperanza de que Zach supiera que hoy era mi cumpleaños voló por la ventana cuando volví a su mansión.
La casa parecía un globo de nieve, tan bella a lo lejos, envuelta en una capa fina de hielo.
En el interior, el zumbido cálido de las luces y las ráfagas de aromas me hacían la boca agua y me envolvían como una manta.
A estas alturas, el humor de perros me había calado hasta los huesos y no hubiese podido extirpármelo ni con una pala mecánica.
No ayudó que, mientras iba hacia la cocina, la poderosa voz de Zach cortara el aire desde el cuarto de arriba, haciéndome estallar los oídos. No había llegado al rellano siquiera, que ya me había dado una orden.
—Farrow. A mi oficina. Ahora .
¿Esperó hasta que yo llegara a un paso de la cocina para hacerme subir? Qué imbécil. Con un gruñido, subí los escalones y abrí de golpe las puertas dobles de su oficina. Estaba sentado detrás del escritorio, despatarrado en el asiento como un gato grande, jugando con algo en la mano.
Apoyé un codo en el marco de la puerta y me resistí a acobardarme o encogerme ante él.
—¿Qué pasa? —Exploté un globo de chicle rosa sobre mi boca.
Él parecía horrorizado. Siempre parecía horrorizado.
—¿Eso es chicle?
Arqueé una ceja.
—Sí. ¿Algún problema?
Sacudió la cabeza e ignoró la provocación.
—Hoy tienes que prestar especial atención a la sala de baile. El decorador y el personal de catering ya están allí, cambiando las cosas de lugar. Es un desastre.
¿Otra fiesta? ¿Por qué? Si hasta los extraterrestres de las galaxias más remotas se daban cuenta de que él detestaba las reuniones con mucha gente.
Pero yo ya sabía la respuesta: Constance. Siempre Constance.
—Entendido. ¿Algo más?
Me dedicó una mirada y me asaltó un pensamiento extraño: «Me pregunto cómo se ven esos ojos si están enamorados».
—Aún no me has hecho la cama.
—He tenido que madrugar para ir a otro lado. Lo haré ahora. ¿Algo más?
Recorrió su mandíbula con el dedo, pensándolo. ¿Estaba intentando encontrar más tareas para mí? ¿Por qué estaba siendo tan justamente insoportable hoy?
—Tienes que limpiar todas las ventanas del primer piso. No podemos permitir que se vean marcas de gotas de lluvia o huellas dactilares en los cristales en las fotos con flash .
Fruncí el ceño.
—Pero si ayer limpié todas las ventanas.
—Hazlo otra vez.
Me di cuenta, por primera vez, de que lo que Zach tenía en la mano era el estuche de cigarros que yo había usado para masturbarme. Lo reconocí por el cuerpo metálico y el capuchón dorado. Jugueteaba con él y lo movía entre los dedos.
—Pero si están limpísimas. —Levanté las manos y perdí la paciencia—. No tengo por qué hacerlo de nuevo. No tiene sentido.
—No tiene que tener sentido, Pulpi. Estás aquí para cumplir mis órdenes.
Zach se metió el tapón en la boca. Tragué saliva.
Esa cosa había estado dentro de mí. Por eso me había dicho que no me la llevara.
Así podía saborearme. Algo me hervía en las venas.
¿Deseo? ¿Furia? No lo sabía con certeza.
Lo único que sabía era que me hervía la sangre por dentro y que amenazaba con derramarse.
Cerré los puños con fuerza a los lados del cuerpo.
—¿Qué demonios te pasa?
—Todo, diría yo.
—Hoy estás más insufrible que nunca.
Volvió a concentrarse en las pantallas y se puso a escribir en el teclado con el estuche entre los dientes blancos y rectos.
—Sea como sea, tienes trabajo que hacer. Así que, en marcha, pulpita.
Me quedé mirándolo con la boca abierta, estupefacta.
Sentía unos latigazos cada vez que le hablaba.
Caliente un segundo; frío al siguiente. No era el mismo hombre que se había pasado horas en una reunión conmigo y un equipo de abogados, trabajando sin descanso para sacarme del lío en el que Vera me había metido.
No era el mismo hombre con el que almorzaba todos los días, cuya garganta se estremecía cada vez que nuestras miradas se cruzaban.
No era el mismo hombre que ansiaba mi contacto con tanta fuerza que a veces yo sentía que con solo mirarme me lamía la piel.
Sacudí la cabeza, me di la vuelta y bajé las escaleras para empezar mi jornada laboral.
Las lágrimas me quemaban en el fondo de los ojos mientras fregaba las ventanas ya limpias.
Papá no había respondido a mis plegarias este cumpleaños, eso era seguro.
Cerré los ojos y envié otro mensaje al universo. Una disculpa.
«Lo siento, papá. No era mi intención. No fue culpa tuya que rompieras la promesa. Pero sí es culpa mía haber hecho algo de lo que sé que te avergonzarías».