Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo treinta y sieteFarrow
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Capítulo treinta y sieteFarrow

Capítulo treinta y siete

Farrow

La noche anterior a mi cumpleaños, decidí quedarme a dormir en casa de Zach.

Supongo que me había vuelto adicta a los pequeños placeres de las tantas habitaciones de invitados de su mansión: el colchón amplio y firme, las lujosas almohadas, el tocador enorme y el aroma de las flores frescas y las velas decorativas que flotaba en cada rincón.

El chef mantenía llena la nevera y, últimamente, las provisiones también contemplaban las cosas que me encantaba comer.

Zach me dejaba circular a mi antojo y se ocupaba de esconderse de mí para luego buscarme espontáneamente.

Por primera vez en casi dos años, tuve un sueño largo e ininterrumpido.

Sin despertarme ante los gritos de Vera que me ordenaba fregar los platos, ni los lloriqueos de Tabby y Reggie para que preparara el desayuno.

Solo… paz. Me desperté rodeada de un silencio delicioso y abrí los ojos con un parpadeo delicado.

«Tienes veintitrés años. Felicidades. Un año más. Para disgusto de tu supuesta familia».

Me permití veintitrés segundos para llorar mi carrera de esgrima. Valentina Vezzali ya tenía dos medallas olímpicas a esta edad. Cada día, avanzaba mi reloj biológico. Seguramente no tenía importancia. Aparecer en una competición sería algo descarado.

Después, me di golpecitos en el puente de la nariz hasta que no olí nada para luego pasar dos minutos convenciéndome a mí misma de que me había llegado el aroma de las tortitas de cumpleaños con virutas de colores, que eran la especialidad de papá. Las echaba de menos. Le echaba de menos.

Y por último, sin ninguna razón lógica, alcancé el teléfono de la mesita de noche y miré los mensajes.

La decepción me hizo cosquillas en los conductos lagrimales al abrir los últimos mensajes con papá y no encontrar ninguno nuevo.

Él acostumbraba a dejarme un mensaje largo cada mañana de mi cumpleaños, lleno de afirmaciones positivas.

Y por la tarde, cuando yo llegaba a mi dormitorio, me encontraba con una cesta llena de golosinas.

Releí sus últimos mensajes de texto, aunque ya los tenía grabados en la memoria… con resaltador permanente.

Papá: ¿Recuerdas a la señora Langer?

Farrow: ¿Mi maestra de primer curso?

Papá: Sí, ella. Finalmente se ha casado. Anoche fui a la boda.

Papá: Los votos fueron tan emocionantes que hasta el helado de los postres se derritió.

Farrow: Enseguida vengo, voy a arrancarme los ojos.

Farrow: Tus chistes son de lo peor, papá.

Papá: Hablamos de ti un rato. (Bueno, más bien yo hablé de lo maravillosa que eres y ella escuchó amablemente).

Papá: Estoy tan orgulloso de ti, pequeña. Me muero por verte patear traseros en tu competición este fin de semana.

Farrow: Elige la primera fila esta vez. :(

Papá: Lo prometo.

Farrow: Te quiero.

Papá: Yo te quiero más.

Suspiré y salí de los mensajes. Revisé dos veces que no hubiera borrado nada por accidente.

Me había vuelto paranoica de llegar a perder algún recuerdo tangible de papá.

Especialmente, con todas sus pertenencias empeñadas.

Una lágrima amenazó con resbalarme por la mejilla.

Era cierto lo que decían… Los recuerdos más felices al final se convierten en los más tristes.

Ahora, solo tenía una persona en el mundo que me deseaba feliz cumpleaños…

Ari: Feliz cumpleaños, mujer increíble.

Ari: No olvides lo mucho que te quiero. Aunque estaré aquí para recordártelo todos los días durante el resto de tu vida.

Ari: De acuerdo, eso ha sonado un poco raro, pero sabes lo que quiero decir. Oh. Y también, te he mandado un cheque. No es demasiado, pero suficiente para reservarte un día de spa. Sabes que te lo has ganado.

Ari: Y no me vengas con lo del dinero. No estaba segura de tus horarios, así que no he querido reservarte nada por mi cuenta.

Sonreí frente al teléfono y luché contra las lágrimas de nostalgia y autocompasión.

La verdad era que quería estar con ella en ese momento.

Corrección: quería viajar en el tiempo a Seúl, al momento en que papá nos visitó y nos llevó a Ari y a mí a comer cosas excéntricas y deliciosas.

Me enjugué los ojos con furia, y comencé a responder a través de una cortina borrosa de lágrimas.

Farrow: ¡Voy a estrujarte! Y, para que lo sepas, eres una sentimental. Te amo hasta el infinito. F.

Hubiera sido tan fácil volverme a dormir, cerrar los ojos y olvidarme de mis problemas… Zach me lo habría permitido y Andras habría hecho la vista gorda por ser mi cumpleaños.

Pero no lo hice, agarré mi mochila y salí en mi coche al club de campo a entrenar.

Llegué puntual, concentrada y hambrienta.

Andras parecía un poco distraído, así que no lo molesté por haberse olvidado de mi cumpleaños.

De todos modos, era mi entrenador, no mi mejor amigo.

No podía echar las culpas a nadie por mi falta de amistades, a nadie más que a mí.

La mayoría de mis amigos vivían en Seúl, donde había pasado los años de la universidad.

Y ahora estaba demasiado hundida en la bancarrota, además de acobardada y deshonrada hasta el tuétano, como para pensar en viajar.

Terminado el entrenamiento, me fui al vestuario a cambiarme rápido la ropa antes de la clase de Zach.

Pero, cuando saqué el teléfono, vi que me había mandado un mensaje.

(Había hecho todo un show para pedirme mi número después de haber estado buscándome un lunes para nuestra supuesta cita de almuerzo y regañarme por no haber llegado puntual; cuando, en realidad, por un lado, ambos sabíamos que él tenía mi teléfono, como resultado de sus habilidades de hackeo y su indiferencia total por mi privacidad, y, por otro, ¿quién almuerza a las once y media de la mañana? Solo los jubilados sin nada que hacer).

Tuve un segundo de patetismo y se me subió el corazón a la garganta. ¿Se habría acordado de mi cumpleaños?

Zach: Tengo que cambiar la clase de hoy. Mi madre da una fiesta y parece que necesita que vea el menú con ella.

Se me estrujó el corazón en el pecho. ¿Y qué esperaba?

Él no sabía cuándo era mi cumpleaños. No tenía ni idea de que acababa de cumplir veintitrés años.

Supongo que tendría una copia de mi documento de identidad archivada en alguno de sus ordenadores de cuando me había contratado, pero ¿por qué iba a mirarlo?

Con dedos temblorosos, le contesté:

Farrow: Vale, que te diviertas.

Ahogué mis penas en un dónut de chocolate acompañado de un café helado grande que me resultó particularmente glacial bajo el aire helado. Conduje hasta Swallow Falls para ver fluir el río, metí una vela en el agujero del dónut y pedí un deseo.

—Papá, si estás ahí arriba, por favor, dame una razón para despertarme mañana. Cualquier cosa. Por pequeña que sea. Considéralo mi regalo de cumpleaños.

Se me cayó una lágrima sobre el dónut y le pintó una línea brillante sobre el glaseado de chocolate. Cerré los ojos y levanté el rostro al cielo.

—Si lo haces, te perdonaré por romper tu promesa y perderte mi última competición.

El aire helado del comienzo del invierno me abrasó las vías respiratorias al inspirar una bocanada y me recordó que no debía llorar. No tenía motivos para hacerlo. Muy pronto, vería el final de Vera.

«Sí tienes una razón para hacerlo», me recordó la parte solitaria y amarga de mi alma. «Estás sola en este mundo. Tu mejor amiga está al otro lado del planeta y has apostado todas tus fichas por un hombre que quiere tener sexo contigo y, después, dejarte».

Mi teléfono sonó con un mensaje, interrumpiendo mi fiesta de autocompasión. Lo saqué del bolsillo trasero y mordí el dónut.

«Por favor, que sea alguien que me quiere».

Vera: Veo que has conseguido representación legal nueva.

Vera: He encontrado a uno de tus sabuesos hurgando en la basura.

Vera: ¿Y quién paga la factura de esta ridiculez? Dímelo.

Vera: Muy bien, Farrow. Aun así voy a aplastarte. Sin guantes esta vez. Como a mí me gusta.

Me quedé mirando la pantalla. Los tres puntitos seguían bailando en la parte inferior. Se me cortó la respiración. Apareció otro cuadro de texto.

Vera: Feliz cumpleaños, Farrow. Ojalá que sea el último.