Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo treinta y seisFarrow
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Capítulo treinta y seisFarrow

Capítulo treinta y seis

Farrow

El resto de la semana fluyó como un río de aguas tibias contra mi piel.

El lunes, Zach me pidió que lo acompañara durante sus almuerzos.

Usó el plural. Su intención era bien clara: pasar más tiempo juntos.

Acostumbrarse a la vida compartida con una mujer.

En otras palabras, me había convertido en su mascota.

Una compañera obediente que lo seguía como una sombra a todas partes, a la espera de instrucciones.

Me dije a mí misma que lo aceptaba por el equipo de abogados increíble que me había contratado, pero lo cierto era que disfrutaba de su compañía.

Lo cual no era demasiado cumplido para él teniendo en cuenta la competencia que enfrentaba.

Antes que pasar tiempo con Vera, era mejor contraer una enfermedad venérea mortal; antes que Tabby y Reggie era preferible probar las torturas de la Inquisición; y la idea de Andras de pasar un buen rato era equivalente a horas de un entrenamiento tan intensivo que me dejaba moretones del tamaño y la forma de un plátano.

Y mi dulce y amada Ari vivía al otro lado del planeta.

En ese momento, estábamos sentados en la oficina de Zach, mordisqueando porciones de pescado crudo y discutiendo sobre arte abstracto. Y no me estaba gustando ni la comida, ni el paisaje, ni el hombre con quien tomaba el almuerzo.

—¿Por qué comes junto a tus pantallas? —me moví, nerviosa, sobre mi asiento, con las piernas sobre el apoyabrazos de terciopelo, mientras miraba el plato de comida. Sashimi , ensalada de pepino de algún tipo, y un zumo verde.

—Porque el trabajo no termina nunca. —Una pieza de atún toro desapareció en su boca. Pero no estaba mirando a la pantalla. Me miraba a mí.

Yo tomé el sashimi de unagi con dos dedos y me quedé mirándolo como si fuera una ofensa personal. Al tenerlo así, frente a mí, no veía otra cosa que un pulpo. Zachary Sun me había arruinado el sushi de un plumazo.

—Si no te das un descanso para disfrutar de todo ese arduo trabajo, ¿qué valor tiene en realidad?

—No comas como las bestias —dijo Zach, con un suspiro—. Usa los palillos.

—No sé usarlos. —Ensarté un palillo en un trozo de salmón y lo usé como pincho para metérmelo en la boca—. ¿Y no era que soy un pulpo para ti?

Él exclamó, con los ojos casi salidos de las órbitas:

—¿Viviste en Corea y nunca aprendiste a usar los palillos?

No sabía por qué, pero todo lo que hacía este hombre me producía calor y rabia, aun si no hiciera más que fruncir el entrecejo, gruñir, resoplar y regañarme.

Quizás yo tenía algo parecido al síndrome de Estocolmo, pero eso hubiera implicado que había un secuestrador y en este caso yo misma había enloquecido por completo y estaba ahí por propia voluntad.

—Pues no. ¿Quién iba a decirlo, eh? —le contesté, con un resoplido de exasperación mientras empujaba el plato sobre el escritorio—. Siempre usaba cuchara y tenedor para comer. Ari me regañaba todo el tiempo por eso.

—¿Se supone que debo saber quién es Ari?

—Mi alma gemela de Seúl.

Arqueó una ceja:

—¿Sexo?

«¿Estás celoso?», me dio tentación de preguntarle.

—No, gracias —fue mi respuesta.

—No me hagas enfadar, Farrow, te he preguntado algo.

—¿Y qué? No soy tuya, Zachary Sun.

—De hecho, sí, ya te lo dije. Lo serás… Además, soy tu jefe, estamos en horas de trabajo y te he hecho una pregunta… —Apenas si movía los labios al hablar. Me di cuenta de que lo tenía al borde de la locura.

Me encogí de hombros.

—Los chismes íntimos son más caros.

Se le trabó la mandíbula. Abrió un cajón de su escritorio, sacó la cartera y echó un billete de cien dólares entre ambos.

—¿Ari es un hombre o una mujer?

—Una mujer —le dije y me encogí de hombros—. Pero eso no dice nada de su orientación sexual.

Puso los ojos en blanco, me arrojó otro billete y me guardé los dos en la cintura del uniforme.

—Es hetero —dije con una sonrisa—. Y está a punto de casarse.

—¿Y no podía haberte enseñado a comer con palillos?

—Ah, lo intentó. Pero una vez que me di cuenta de que si como con palillos no puedo tragar tan rápido como me gustaría, perdí el interés.

—La comida no hay que tragarla, hay que consumirla tomándose un tiempo.

—Ah, claro, lo dice alguien que no hace dos cosas a la vez…

Sacudió la cabeza.

—Constance te desheredaría.

—Me alegro de no ser su hija, entonces. Mejor no tener ninguna madre que tener una que lo único que hace es querer doblar tu voluntad en la única dirección que conoce para quererte.

—Me puse de pie y señalé el plato que había dejado a un lado; me pregunté si mis palabras le habrían llegado hasta donde me había propuesto.

Su corazón estaba recubierto de tantas capas que no estaba segura—. Lo siento, pero esto está incomible.

No había modo de sentirme llena después de seis rebanadas finas de pescado frío.

Ansiaba comer cosas deliciosas, ricas en calorías y malas para la salud.

Algo que no fuera bueno para mí, como Zachary Sun.

«No, Fae», me retaba el lado lógico de mi cerebro.

«Como una sopa espesa tipo jajangmyeon o unas pupusas».

Cuanto antes me comiera algo de eso, mejor me sentiría.

—Esta comida es perfectamente nutritiva. —Él siguió masticando con la boca cerrada. Treinta y dos veces por bocado. Sin falta—. El combustible ideal para el cuerpo.

—Tal vez si fuera una máquina… —Como pensaba yo en serio del cuerpo de Zach—. Pero yo me conozco, y en este momento necesito algo que me bloquee las arterias al punto de que haga falta echarles acetona para destaparlas.

Andras me mataría.

«Pero Andras no está aquí».

Abrió la boca, sin duda a punto de regañarme, pero la cerró; después, la volvió a abrir y me preguntó:

—¿Como qué?

Buena pregunta. Cualquier cosa sería mejor que lo que solía robar de la nevera de mi casa: la comida sin gluten, sin sodio, sin carbohidratos y sin sabor de Vera, Reggie y Tabby.

Como dudaba poder soportar las consecuencias de pedírmelo a él servido en bandeja, las pupusas requerían quince buenos minutos de recalentado en la freidora y mi jajangmyeon predilecto lo servían en Rockville, me contenté con lo más grasiento que se me ocurrió.

— Pizza . —Sentí cómo se me arrugaban los ojos con la sonrisa de recordarme devorando varias porciones de pizza antes de entrar al teatro con papá—.

Quiero una pizza al estilo de Nueva York.

Gruesa, de masa crujiente, con tanto queso encima que podría moldearse una estatua a escala real de un niño de cinco años.

—Se me hizo agua la boca de solo pensarlo. Añadí—: Mejor que sea de once años.

Se horrorizó. Como si le hubiera dicho que me iba a comer un niño de verdad. Así que, ¿por qué no provocarlo un poco más todavía? Zach estaba tan ofendido por los placeres de la vida que quería obligarlo a probarlos todos, que entendiera por qué valían la pena.

Me crucé de brazos y me recliné en el asiento.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste pizza ? —dije.

Frunció el ceño mientras buscaba en los archivos perfectamente organizados de su memoria.

—Tercero o cuarto de primaria tal vez… En la fiesta de cumpleaños de Trevor McKee. La trajeron de Sicilia, pero era bastante mala.

Traté de pasar las hojas de su calendario de mesa vacío con el palillo. Negué con la cabeza.

—Oh, Zach…

—Sí, lo sé. ¿Por qué no trajeron al chef y los ingredientes en avión desde Italia?

—Vamos a pedir pizza ahora mismo. Y más te vale que sea tan grasienta que necesitemos cuatro trapos absorbentes debajo de la caja para no manchar nada.

Y también… —alcé las manos en el aire y me encendí como el famoso árbol de navidad enorme del Rockefeller Center— ¡Cerveza!

Vamos a pedir cerveza, de la más aguada y barata que haya.

—Cerveza belga —contestó él.

Negué con la cabeza.

—Lo siento, hoy vas a hundirte conmigo.

—Fantástico. —Apretó los labios en una línea fina—. ¿Y qué sigue en la lista? ¿Vamos al Aldi y pillamos una sobredosis de Fentanilo?

—Dios, ¡los supermercados Aldi son lo máximo!

—¿Lo dices en serio?

Estaba horrorizada con lo estricto de su estilo de vida, pero me eché a reír de todos modos.

—Ah, y pagas tú, dicho sea de paso.

Parecía que iba a vomitar, tenía los pómulos pálidos y marcados. Se me subió el corazón a la garganta. Estaba segura de que iba a decir que no.

Después de varios minutos de silencio total, empujó el plato de sashimi .

—Está bien. Comeremos pizza .

—¡Por fin has visto la luz!

Levantó un dedo.

—Con una condición.

Se me aceleró el corazón.

—¿Cuál?

«Por favor, di algo sucio que yo también quiera hacer».

—Sin complementos asquerosos.

—Solo piña.

—Concretamente , que no tenga piña.

—¿Siempre eres así de duro para negociar?

—No. —Hundió las manos en un bol para limpiarse las manos de dimensiones enormes—. Por lo general yo no negocio, solo me llevo lo que quiero.

—¿Y qué problema tienes con la piña?

—Ninguno. —Se pasó una toalla por la palma de la mano—. Solo que la pizza no es su hábitat natural.

—Y cuál es, ¿entonces?

—El cubo de la basura.

«Qué grosero».

—Bueno, a mí me gusta y tú vas a adaptarte.

Pareció horrorizarse ante la idea.

—¿Por qué?

—Porque tú quieres que yo me adapte a tus treinta centímetros.

—Mide más de treinta centímetros.

—No mucho más.

—Estás anatómicamente diseñada para hacer salir a un pequeño humano de hasta cinco kilos —señaló.

—Y tú estás anatómicamente diseñado para comerte una piña.

Sacudió la cabeza.

—Esto es terrible.

—Bienvenido al mundo del cortejo, Zachary.

—Estoy por cambiar de opinión… —Zach presionó un botón del escritorio—. Natalie, encárganos una pizza grande con piña.

—Y queso extra —susurré, deslizándome hasta el borde del asiento y olvidándome de guardar las distancias.

A Zach le tembló un músculo en la mandíbula. Estiró una pierna y, de una patada, hizo rodar mi silla a unos quince centímetros de distancia. Hice un gesto de protesta. Él soltó un suspiro, pero agregó:

—Y que sea con queso extra.

—Señor Sun —dijo Natalie con tono agitado—, ¿necesita ayuda?

—Evidentemente —contestó, alargando las palabras—, para eso te pago.

—Lo que quiero decir es si está usted bien.

Sí, eso fue lo que dijo. Así de increíble era lo que estaba pasando.

—No, ni de lejos. —Zach me miró a los ojos, sin pasión ni deseo, y soltó un suspiro interminable—. Lo que pasa, Natalie, es que me estoy dejando llevar por una mujer.

Al día siguiente, arrastré a Zach al invernadero para almorzar.

Yo siempre había querido comer allí, pero además pensé que él podría necesitar pasar tiempo en ese ambiente después del incidente de la quemadura por el contacto con Eileen.

Comimos poke bowls , con ensalada en lugar de arroz y una porción extra de pepinos para él.

Era un avance. Un día después, devoramos una lubina en el balcón.

Esta vez me dejó darle una patata asada.

Estuvo con una cara larga todo el almuerzo y no paró de quejarse del contenido graso.

Aun así, antes de que terminara la comida, lo vi tragarse otra.

Y al otro día, nos preparé a ambos unos sándwiches de cerdo llamados banh mi thit nuong y los unté con una porción extra de alioli casero; y hasta les eché un poco de paté dentro cuando él miraba para otro lado.

Tiré la servilleta sobre mi plato vacío y me recliné sobre el asiento.

—¿Cuál es tu pieza de arte favorita?

—Ninguna.

—¿En serio? —Me incorporé de un salto—. Con todo el arte que coleccionas, ¿no tienes una favorita?

—Pues no. No todo tiene que medirse en función de otra cosa.

—Pero… —fruncí el entrecejo—. Todo el mundo tiene una obra de arte favorita.

—¿Tú también?

—Así es: el Teléfono Langosta .

Papá tenía una réplica que me encantaba. Vera la subastó apenas unas semanas después de su muerte.

Zach se detuvo a mitad de camino de un bocado.

—¿El de Dalí? —Me sacaba de las casillas con los bocados diminutos y mesurados que daba. Y las treinta y dos masticadas de cada uno. Asentí y Zach arqueó una ceja—. Era de esperar que esa fuera tu obra de arte favorita.

—¿Qué quieres decir con eso?

No me contestó y envolvió sus labios alrededor del sándwich.

Al terminar la hora del almuerzo, miré su plato. No había dejado ni las migas.

Cada mañana, me pasaba media hora recorriendo todo el lugar, abriendo cada una de las ventanas de la mansión para que pasara la luz del sol. Para que el mismo señor Sun sintiera algo de calidez por primera vez en la vida.

Yo me negaba a comer en silencio y siempre le contaba sobre mi vida.

La madre que nunca estuvo. El padre que sí, pero del que jamás tuve todo lo que quería.

La soledad. Seúl. La esgrima. Mi sueño de ir a las Olimpíadas.

Todo lo que extrañaba mi vida anterior. La que tenía en Asia, lejos de mis hermanastras y madrastra malvadas.

Él se quedaba allí, absorbiéndolo todo. Como si la interacción humana fuera un acto que debía soportar a su pesar. A veces, cuando me entraban ganas de reír, él se echaba hacia atrás.

Zachary Sun apenas si era humano.

Y para poder curarlo, primero tenía que volverlo real.