Capítulo treinta y cuatroZach
Capítulo treinta y cuatro
Zach
El pedazo de papel arrugado y enterrado en el fondo del bolsillo delantero de mis pantalones me quemaba tanto que parecía que iba a agujerear la tela. Casi podía sentirlo arder sobre mi piel.
—Por el amor de Dios, este lugar es de lo peor.
—Oliver pasó rozando con los dedos las vitrinas de la joyería boutique y se detuvo frente a un collar antiguo de esmeraldas que debía costar unos buenos diez mil y que estaba protegido tras un vidrio grueso—.
¿Cómo puede ser que todas las joyas sean iguales?
—bostezó provocador, con su traje color borgoña ceñido al cuerpo y su pavoneo arrogante—. ¡Qué insulso todo!
—¿Qué más necesitas? —dijo Rom, con una risa socarrona, inclinándose sobre un par de pendientes que sin duda alguna pretendía comprar para su esposa—. ¿Una pulsera con forma de pene?
—Claro, algo así. —Oliver se encogió de hombros—. No estaría mal algo de variedad.
—Golpeteó con los dedos sobre el vidrio y siguió inspeccionando la joyería de lujo. Pequeña, exclusiva y abierta solo con cita previa. Ofrecía algunos de los anillos de compromiso más caros del mundo.
«Será mejor que zanjemos este asunto cuanto antes».
Saqué el papel arrugado del bolsillo y me lo estiré sobre un brazo, tratando de leer la lista sin ceder a la tentación de prenderle fuego.
Diamante lágrima blanco
20 quilates
A partir de 1,8 millones
Banda delgada
Y por favor ten en cuenta que no quiero nada que no sea hecho a medida.
Si tienes alguna duda, llámame al móvil sin problema.
Eileen
La bilis me llegó a la garganta pero no le hice caso. La promesa a papá. El compromiso con mamá. Así era como habíamos llegado hasta aquí.
Una empleada de unos cuarenta años, vestida con un traje, se acercó a Ollie con las manos entrelazadas por delante del torso.
—¿Busca algo especial para alguien especial, señor?
Romeo contestó por él:
—Si Oliver tuviera que comprar joyas a cada persona con quien está, se quedarían sin stock . Este hombre tiene más proteína repartida que una carnicería.
A la mujer se le frunció la nariz. A su lado, Oliver rio y puso un brazo alrededor del hombro de Rom.
Los ignoré a ambos y fui hacia el joyero que había detrás del mostrador, con cada paso, la suela de mis zapatos Oxford se oía sobre el suelo de porcelana.
—Necesito uno de estos. —Arrojé el papel sobre el mostrador que nos separaba, con la esperanza de que con la caída se prendería fuego. No tuve suerte.
El hombre, sudoroso, se la llevó a la altura del rostro y arrugó los ojos por detrás de sus gafas de aumento.
—¿Aquí dice «dos quilates»?
—Veinte —lo corregí—. Y de entre uno punto ocho y dos millones, por favor.
Tragó saliva. Solo con la comisión del seguro de esta venta se compraba otra casa.
—Ah, sí, claro, señor. —Fue hacia la oficina—. Déjeme mostrarle un par de opciones.
—No hace falta. —Le sacudí la mano en la cara y miré la hora en mi Philippe Patek—. No necesito verlo. Con tal de que cumpla con todos los requisitos de la lista, puede envolverlo y traerme los papeles del seguro. —Hice una pausa y continué—: Voy a necesitar también el certificado.
Eileen parecía exigente con esas cosas, tanto como yo. Eso debería haberla convertido en alguien más afín para mí, pero no lo logró.. El rasgo me resultaba tedioso y agotador. ¿Acaso era así como me veían todos (es decir, Fae) ?
Al joyero se le cayeron las pinzas que tenía en la mano y se le abrió la boca. Parpadeó.
—¿No desea ni ver el anillo de compromiso de dos millones de dólares que va a comprar?
—¿Acaso no he sido claro? —lo reté—. ¿No es lo que acabo de decirle?
—Disculpe a nuestro amigo —dijo Ollie riéndose y apareció a mi lado—. Lo que pasa es que lo obligan a casarse con la versión humana de una declaración de impuestos.
Lo acribillé con la mirada y le dije:
—Si tú no la conoces…
—Me dijiste que te recuerda a ti mismo —me dijo con voz y gesto de lástima—. Así que debemos concluir que ella no es el alma de la fiesta.
«Lo que debemos concluir es que mi amigo debería rogarle a Dios que lo perdone por ser un maldito mujeriego depravado, y que yo debería organizar ese encuentro entre ellos dos para que el Todopoderoso pusiera a Ollie en su lugar».
Lamentablemente, un budista jamás recurre a la violencia; al menos un budista que no haya conocido a Farrow Ballantine, como yo.
—Llegaremos tarde a la subasta de la agencia Frestone. —Di unos golpecitos sobre mi reloj de pulsera y miré de nuevo al joyero—. Solo envuélvalo un poco y dese prisa.
—No entiendo ni para qué vamos. —Romeo le hizo una seña a una de las empleadas para que le envolviera el collar que había visto para Dallas—. El arte que tienen es de lo peor. Siempre lo ha sido.
—Y el sexo, inexistente. —Oliver se acarició el rostro, de arriba hacia abajo—. La edad promedio es de ciento dos. Hasta yo mismo tengo mis límites.
—Siempre dices que en Frestone no tienen ni una pieza de arte de buen gusto. —Romeo levantó una ceja—. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Vi al perplejo joyero meter una cajita cuadrada de terciopelo negro dentro de un estuche de satén color beige.
—Tienen una pieza que quiero.
Me entregó el paquete y yo le pasé la tarjeta.
Romeo hizo una pausa. Después dijo:
—Una pieza, ¿de qué? ¿De mierda?
—Una réplica del Salvator Mundi , de Da Vinci.
—¿Qué? —Oliver se atragantó con su propia saliva—. ¿Vas a comprarte una réplica? Estás a un paso de comprarte imitaciones de Gucci y de Prada, de las que llegan en un camión clandestino.
No era el momento de admitir que Celeste Ayi poseía algunos bolsos de Hermés de edición limitada de origen dudoso.
Los había comprado en una venta de garage de un exsocio, el dueño de una tienda de artículos del hogar de lujo, que le había insistido con que era una oportunidad.
Mi intención era llevar el secreto hasta la tumba, y sacar los trapitos al sol ahora mismo era adelantar el cavado de dicha tumba.
—Es un cuadro horrendo. —Romeo recogió su bolsa—. Soy fan de Da Vinci, pero, en ese, el buen amigo Salvi tiene un escote bien visible.
Oliver se llevó la mano al pecho y dijo:
—Yo me caliento cada vez que veo ese cuadro, la verdad.
Lo pinché con el dedo índice en la frente y contesté:
—Tú te calientas cada vez que ves El grito , de Munch.
Chasqueó los dedos y me señaló.
—¡Oye! Esa boca tiene forma de O, perfecta para una mamada.
Miré al techo con gesto de hartazgo y cogí la tarjeta y la bolsa del mostrador.
—Vosotros dos no entendéis nada de arte. Vamos.
—No puedo creer que nos lleves a ese antro a la fuerza. —Oliver negó con la cabeza mientras me seguía fuera de la tienda, con Romeo totalmente indiferente detrás de él—. ¡Las cosas que uno hace por los amigos verdaderos!