Capítulo treinta y tresZach
Capítulo treinta y tres
Zach
—Debes cerrar el acuerdo con Eileen antes de que se lo repiense. —Mamá apoyó los palillos en su lugar, con la espalda recta como un centinela—. Tus días de escabullirte con el personal de servicio deberían haber terminado. Ya tienes treinta y tres años.
Celeste Ayi se metió un dumpling en la boca, y sus ojos rebotaron desde mi cara hasta la de mamá.
—¿Y quién te ha dicho que se escabulle? Ese abrazo iba proyectado a la gran pantalla.
—No seas ridícula. —Mamá se arrancó la servilleta del regazo de un tirón y se la llevó a la comisura de los labios para limpiarse una mancha invisible—.
Mi hijo es incapaz de romperme el corazón de ese modo.
Una mujer que no ambiciona nada en la vida no puede elegirse por esposa. Es ilógico. Y demasiado peligroso.
Tomé una rodaja de pepino, me la arrojé a la boca y empecé a masticarla. Mamá miró en dirección a mí, a la espera de mi confirmación. Como no la tuvo, prosiguió:
—Él sabe que su padre tampoco la hubiera aceptado nunca. Y eso le importa muchísimo, dado que Lao Bo ya no está entre nosotros para darnos su opinión.
Esa frase la decía a menudo y a mí me ponía muy nervioso. En particular porque más de una vez hubiese deseado ser yo quien muriera en el accidente. Tomé mi copa de vino.
—Lo tengo presente, mamá.
—¿Y desde cuándo tomas vino con el almuerzo? —Ayi se llevó una mano al pecho—. ¡Pero si podríamos haber compartido muchas happy hour !
No me necesitaba para eso, tenía más amigos de los que nadie podía necesitar.
A la mayoría, los había adquirido después de patrocinar ella sola un desfile local por el orgullo hacía unos veinte años.
Recién llegada a Estados Unidos, no estaba acostumbrada a los acrónimos y las abreviaturas, y pensó que LGTB significaba let’s get boba tea (tomemos un té de burbujas). Lo demás, es historia.
Mamá ignoró a su hermana por completo.
—¿Hay algún problema del que deba saber?
—Sí, yo diría que un problema sí que lo hay. —Ayi sacó un espejo de bolsillo de la cartera y se miró el maquillaje, aunque no éramos más que nosotros tres—. El problema es que Eileen le parece menos atractiva que el pescado frío. Y ni siquiera enlatado.
—Eso no es cierto. —Mamá volvió a estirar de golpe la servilleta sobre su regazo—. Él la adora y ella es despampanante. —Se volvió hacia mí y me dijo—: ¿No es así, Zachary?
—No está mal de apariencia. —Agité la copa de vino, con una sensación de desagrado pensando en que mi madre tenía razón.
En términos pragmáticos, no había razón para retrasar lo inevitable por mi parte.
Tenía un acuerdo con Eileen. Desde entonces, me había enviado varios correos electrónicos y hasta mensajes de texto.
Esperaba que yo diera el siguiente paso.
¿Y por qué no hacerlo? Teníamos un trato.
Ella me daría herederos. Estabilidad. Tranquilidad mental frente a mi madre. Y lo más importante, me ayudaría a cumplir con la promesa que le había hecho a papá. Mamá empujó el plato hacia delante y perdió la paciencia.
—Zachary, ¿estás escuchando al menos?
Me desperté de mis ensoñaciones y apoyé la copa de vino.
—Siempre.
Se puso de pie, su plato estaba todavía lleno, su té intacto.
—Cierra el tema con Eileen Yang. —Se echó el bolso al hombro—. Es una buena chica. Ni se te ocurra arruinarle la reputación.
Y salió como un relámpago, dejándome con mi tía ajena a todo.
—¿Vas a comerte ese pincho? —Ayi apuntó a mi plato con sus palillos—. Estoy a dieta y no como carbohidratos.
Acababa de comerse un dumpling , pero lo último que yo quería era charlar con ella.
—No, adelante —dije, levantándome y abotonándome la chaqueta—. Cómetelo.
A las tres y media avancé con calma hacia una de mis salas de conferencias. Había programado la reunión media hora antes de lo que le había dicho a Farrow a propósito; no quería que viera esa parte.
En el momento en que entré, todos se levantaron de sus asientos.
Dos abogados especialistas en derecho inmobiliario: Dan Harlow and Bryan Di Pietro; que eran los mejores de la zona.
Mi abogada personal ya contratada por adelantado: Deanne Tibon.
Y un investigador privado: Tom Coates. Estaban todos juntos, sentados uno al lado del otro a un lado de la mesa ovalada.
Me desabroché la chaqueta y tomé asiento en la cabecera sin darle la mano a nadie. Más allá de Farrow, todavía encontraba desagradables a la mayoría de los humanos.
—¿Y bien? —Bryan miró a su alrededor con ojos atentos—. ¿Qué es eso tan grave que nos ha juntado a todos aquí como si fuéramos las Fuerzas Armadas?
—Y has interrumpido mis vacaciones en las Barbados —dijo Deanne y dio un giro con la cabeza, reclinada sobre la silla. Tenía unos sesenta años y estaba desesperada por jubilarse. De hecho, yo era el único cliente con quien se había quedado—. ¿Finalmente vas a adquirir Walmart?
—No exactamente. —Aunque era una posibilidad. Entrelacé los dedos de las manos—. Tengo una tarea para vosotros. Y el fracaso no es opción.
Los miré a los ojos uno por uno, sin apurarme. Proseguí:
—No debéis escatimar recursos. No debe quedar roca sin levantar. Vosotros cuatro vais a ganar este caso u os enfrentaréis a la expulsión total de vuestra especialidad.
Tom dio un silbido.
—Qué palabras más fuertes.
Deanne cruzó los brazos delante del pecho y dijo:
—No para mí. Lo que yo quiero es jubilarme.
—Bueno, ¿de qué se trata? —Bryann desabrochó su maletín y rebuscó un bloc de notas—. ¿Qué quieres que hagamos?
Presioné el botón del intercomunicador y llamé a Natalie, quien les repartió unas carpetas que tenía preparadas de antemano.
—Quiero que dejéis todo lo que tengáis entre manos y os concentréis en este trabajo.
Si algo iba mal, si lo arruinaban, yo los arruinaría a ellos.
Era tan simple como eso.