Capítulo treinta y dosZach #2
—Lo haré. —Pausa. Me pregunté si sabía que mi madre nos estaba mirando. Seguramente no. Parecía sumergida en sus propios pensamientos. Farrow levantó los ojos hacia los míos—. ¿Tengo que pagar algo? ¿Un anticipo o algo así…?
—Yo me encargo de todo —negué con la cabeza—. Tú solo tienes que venir a la reunión y relatar un poco lo que sucede.
Asintió. Me sentía desesperado por algo; no sabía qué. Apreté los puños a cada lado del cuerpo.
«Da la vuelta, Zach. Aléjate de aquí».
En cambio, me quedé mirándola. La hostilidad emanaba de mí a la espera de… ¿de qué? ¿Un agradecimiento? Si yo no quería que me diera las gracias. Recibir un agradecimiento era un trato formal en la cultura china. Indicaba una distancia entre dos personas. Y yo a ella la quería cerca.
—¿Y bien? —Se humedeció los labios y me observó, atenta, con un gesto incierto—. ¿Necesitas algo más?
«Tu atención. Tus palabras imposibles. Tu dulce entrepierna. En particular, tu dulce entrepierna».
—Que dejes de asesinar esas rosas —fue lo que dije mientras le quitaba las tijeras de podar con delicadeza—. No tienes ni idea de lo que haces.
Ella se rio.
—He terminado de limpiarlo todo y estoy aburrida. Distráeme un poco, hazme el favor.
No dije nada. De hecho, ya era lo que estaba haciendo: favores. Dejando que hiciera cosas que no le permitiría hacer a nadie en el mundo.
—Zach… —dijo Farrow, y frunció el ceño—. ¿Quieres que te toque?
«Sí. No. Por Dios, no tengo ni la menor idea».
Sentí que volvía a la secundaria, retrocediendo en el tiempo como Benjamin Button en la película, y no sabía cómo pensar, sentir o comportarme con una chica. Arrojé las tijeras a uno de los cubos lleno de las rosas recién cortadas que ella acababa de mancillar.
—Sí, supongo que puedes tocarme. —Pero el tipo de contacto que me imaginaba no era necesariamente el que quería que mi familia más directa presenciara.
Los labios se le torcieron, pero no con forma de sonrisa.
—Inténtalo otra vez —dijo.
Se me abrieron las fosas nasales y respiré con fuerza.
—Por favor, tócame.
Ella levantó una ceja; era obvio que se divertía.
—¿Dónde?
«En cualquier parte. En todas partes». Pero tenía que mantenerme dentro de los márgenes del contenido apropiado, teniendo en cuenta que Celeste Ayi seguro que ya estaba lista para hacer salir su cámara y empezar a dar consejos.
—En la cara —dije con voz ronca y firme; humillado y alborotado al mismo tiempo. Me temblaba el cuerpo entero ante la confesión—. Quiero sentir una piel sobre la cara.
Sería la primera vez desde el accidente. Desde que su sangre me goteó en los ojos y se me escurrió por las mejillas como si fueran lágrimas.
Nos miramos y, por un momento, el mundo dejó de existir. No había trinos de pájaros. No había nubes que nos sobrevolaran despacio. No nos miraba mi madre con ojos de desaprobación.
El pecho de Farrow tembló con la respiración agitada. Dejó el cubo de rosas en el suelo y las manos se elevaron hasta mi cara.
—Dime algo que te distraiga —fue su instrucción, con una sonrisa suave, con una voz sedosa—. Algo sobre los pulpos.
Yo cerré los ojos.
—Tienen tres corazones.
—Pues deben amar a lo grande.
Sus manos estaban casi sobre mi rostro. Las sentí sobrevolar frente a mí. Dejé de respirar por completo, como si me preparara para una sacudida.
—Son criaturas trágicas —le contesté y abrí un ojo de golpe—. No pueden amar nunca. Están programados para consumar su meta reproductiva: procrear y perecer al terminar. No tiene ninguna posibilidad de sobrevivir.
—¿No podrías llamarme gatita, mejor? —Farrow se rascó la nariz; se veía perturbadoramente adorable—. Hasta aceptaría conejita.
—Ser gatita lo elige cualquiera. Y las conejitas están en la mansión de Hugh Hefner. —Abrí el otro ojo y negué con la cabeza con resolución—. Tú eres un pulpo: inteligente, sofisticada y trágica.
Y entonces, pasó. Puso sus manos a cada lado de mi rostro, enmarcándome las mejillas.
Inspiré profundo y cerré los ojos con fuerza.
Su piel tibia y húmeda se hundió sobre la mía.
Me forcé a abrir los ojos y mirarla. Sus uñas me raspaban la piel con suavidad.
Se me disparó un escalofrío por la columna vertebral.
—Mírame, Zach. —Farrow sonrió. Sonrió —. Tú puedes con esto. Tú puedes tocar y sentir.
Estábamos de pie en medio del jardín, como dos árboles, gruesos y frágiles a la vez, balanceándonos suavemente con la brisa, y no pude soportarlo. Todo me vino de golpe a la memoria, como un torbellino.
Los recuerdos. El asco. Y la culpa de seguir queriendo sentir la piel de esta mujer, aun con mi padre ya muerto y yo que no podía ni recordar sus últimas palabras.
—¿Qué fue lo que te pasó? —dijo con voz ronca. Negué con la cabeza. No podía hablar de eso. No podía repetirlo y que mis oídos lo oyeran, mucho menos los de ella—. ¿Qué tal te sientes?
Lo pensé un momento.
— Siento , que ya es mucho… —Bien. Mal. Complicado—. Y es más de lo que pueda pedir en la vida.
—Zachary —ladró mamá desde el balcón y congeló el momento con aire gélido—. Llegas tarde y tenemos hambre.
Farrow apartó las manos de mi rostro y dio un paso atrás de golpe. Se le enrojeció el cuello.
—Te veo a las cuatro. —Se alejó de mí, agarró el cubo con rosas y se escabulló hacia la puerta principal.
—No te vayas —dije con una voz ronca que salía de la nada.
Ella se detuvo, pero no se dio la vuelta.
—No vayas —dijo en un susurro. Y no supe por qué, pero, de repente, todo me pareció trágico. Como el pulpo, que engendraba vida para acabar con la suya.
Giré sobre mis talones, todavía con el aroma punzante de sus manos sobre mi rostro y, a sabiendas de que no iría a rasparme con jabón para limpiarme de su contacto, me abrí camino hacia el balcón.
Mamá y Ayi estaban sentadas junto a la baranda de mármol y me miraban como si acabara de aterrizar con mi nave espacial en medio de un campo de maíz con el sombrero propulsor de Bob Esponja en la cabeza.
Perplejas le quedaba corto como descripción; parecían haber tenido una experiencia esotérica.
—Deberías tener más cuidado con el personal. —Mamá habló en un volumen alto, para que sus palabras llegaran hasta Farrow—. No querrás tener una demanda por acoso sexual.
No respondí.
A lo largo de mi vida, la gente siempre me decía: «qué bien que sobreviviste».
Pero ¿acaso era así?, ¿había sobrevivido de verdad a ese accidente?
Yo no lo creía. Había perdido demasiadas partes de mí ese día.
Aun así, vivía sin vivir. A fin de cuentas, los supervivientes son expertos en moverse dentro del papel que la vida les exige con el peso que les dejaron sobre la espalda.
Y ese había sido mi destino durante veintiún años.
Hasta ahora.
Ahora estaba avanzando. Volviendo a la vida lentamente.
Las luces estaban demasiado fuertes y la comida me parecía saturada de sabor.
Pero ya no estaba muerto por dentro.
Y eso me atemorizaba.