Capítulo treinta y dosZach
Capítulo treinta y dos
Zach
La primera señal de que tenía que frenar a tiempo antes de que el barco se hundiera por completo con mi situación con Farrow Ballantine vino de Natalie, nada menos.
Me acorraló en el invernadero, donde estaba sentado frente a seis ordenadores portátiles abiertos, tratando infructuosamente de dar seguimiento a múltiples mercados en esas pantallitas de doce pulgadas.
—¿Ha pasado algo en la oficina, señor Sun?
«Sí. Está Farrow».
No la estaba evitando. Al contrario, ella se había pasado los últimos tres días desde el incidente de la sauna esquivándome cada vez que yo doblaba una esquina.
De vez en cuando, se metía en mi oficina, revisaba nuestro juego de go y cambiaba alguna piedra de lugar, pero solo si yo no estaba.
Lo cual, en un acto patético, me obligaba a instalarme en el ala opuesta de la mansión.
No levanté la vista de las pantallas.
—¿Hay alguna razón para que estés aquí?
—Me había preocupado, nada más.
«No eres la única».
¿Desde cuándo se me había reconfigurado la vida para satisfacer las necesidades de otra persona que ni siquiera tenía parentesco conmigo? Más aún, ¿desde cuándo Farrow Ballantine se había convertido en alguien cuyos pensamientos, acciones y emociones me importaban en lo más mínimo?
Me levanté de un salto y Natalie saltó del susto con el golpe que dio la silla al estrellarse contra el suelo.
La mandíbula casi se le sale de lugar cuando empecé a pasearme de un lado a otro junto a las ventanas que iban del suelo al techo.
De un lado a otro. Y de vuelta al otro lado.
Estaba en plena ebullición, a punto de explotar.
Tres días. Tres malditos días.
Hacía tres días desde que Farrow me había confrontado en la sauna y me había forzado a cuestionarme mis propios parámetros de cordura.
Tres días desde que había sentido sus líquidos chorreando por mis dedos y desde que le había amasado el culo, esa carne tan fresca, sin retorcerme ni vomitar.
Tres días desde que las paredes apretadas de su sexo húmedo me habían enjaulado la punta del pene, me lo habían aprisionado bien fuerte y me lo habían apretujado.
¿Qué se sentiría si me acostara con ella como correspondía?
Esa misma pregunta me consumía durante el día y me devoraba por la noche.
Estaba obsesionado y no podía concentrarme en ninguna otra cosa que no fuera volver a saborear el contacto con su piel.
De repente, no podía recordar por qué encontraba tan desagradable la carne humana, ni cuándo había empezado a pasarme eso…
Quería sentir la suya sobre la mía las veinticuatro horas del día.
Lo cual me llevaba al siguiente problema: Farrow no mostraba signos de querer entibiar la mirada fría que me dedicaba desde entonces.
Me pasaba el día desesperado por la más mínima señal de vida proveniente de ella; cualquier prueba ínfima de que ella quería mi contacto tanto como yo quería el suyo.
Y así, me encontraba dando largas caminatas por mi jardín de orquídeas, meditando cuatro veces al día en lugar de tres, y vagando por los pasillos de mi mansión como un fantasma embrujado, a la caza de cualquier signo de su presencia.
Y ella estaba en todas partes y a la vez en ninguna.
En el aperitivo inesperado que aparecía en la bandeja de mi almuerzo, que no había cambiado nunca antes en diecisiete años.
En la sábana extra que apareció en mi cama, por debajo del edredón, tras la bajada de temperaturas por el cambio de estación.
Y en las grabaciones de la cámara de seguridad de mi oficina, que yo miraba siempre para asegurarme de que había ido a hacer su movimiento de go.
Y para mi sorpresa, hacía su trabajo a la perfección.
Había contratado ya a miles de asistentas y ninguna me satisfacía, al punto de haber invertido sumas ridículas en equipamientos de robótica con la esperanza de no tener que volver a tratar con la incompetencia humana.
Pero desde que Farrow estaba al cargo, la mansión estaba más limpia que nunca.
¿Cuál era el problema? Que cambiaba las cosas de lugar, lo cual también me forzaba a cambiar a mí.
Ponía flores en los jarrones, cambiaba los muebles de sitio, corría todas las cortinas para dejar entrar luz natural…
¿Por qué no me parecía ridículo que se enorgulleciera de convertir mi casa en un hogar?
¿Que sonriera para sus adentros cuando cambiaba de sitio un frutero en una de mis islas de cocina o que inclinara los cuadros en el ángulo perfecto?
Y ella parecía tranquila de ir de un lado a otro evitándome, mientras que yo estaba a punto de arrancarme la piel a fuerza de arañazos.
¿Por qué ya no nos hablábamos? ¿Por qué no nos molestábamos?
¿No nos tocábamos ? Me sentía como un bebé que acababa de descubrir cómo es caminar.
Quería tenerla todo el tiempo. Tocarle el pelo.
Las mejillas. Los pechos. La entrepierna.
Tras cuatro días de silencio, me decidí a acorralarla.
La encontré en el jardín, destripando un rosal blanco para llenar mis jarrones decorativos que valían números de seis cifras.
Pensé que no se tomaría muy bien que le dijera que esas rosas no deberían colocarse en urnas que eran esencialmente tesoros históricos, algunas de más de seiscientos años de antigüedad; que con solo exponerlas a la humedad perdían valor.
El sencillo vestido blanco y negro de asistenta le quedaba apretado en las curvas y se las resaltaba cada vez que se arqueaba o doblaba alguna parte del cuerpo.
El pelo, como oro fundido, le enmarcaba los hombros y la cara a la perfección.
Tenía unos auriculares en las orejas y movía la cabeza de un lado a otro mientras cortaba con tijeras mis flores tan bien cuidadas.
No me oyó llegar, ni siquiera cuando ya estaba a medio metro.
Me llegó su aroma hasta la nariz. Olía a verano y a pecado; al sol besando una flor recién salida del capullo.
Como llevaba ropa puesta, no lo pensé dos veces y le toqué el hombro para llamarle la atención.
Se sobresaltó un poco y se puso de pie tambaleándose, mientras se quitaba los auriculares de las orejas.
—Por Dios, Zach. Me has asustado.
«Lo mismo digo. Estoy más que asustado, estoy aterrorizado hasta las cejas por tu culpa, Pulpi».
Pero no le dije eso, sino que entrecrucé los dedos por detrás de mi espalda y le clavé una mirada de insatisfacción.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—No.
—La haré de todos modos. ¿Por qué me castigas con tu silencio?
—¿Que te castigo con mi silencio? —Echó un montón de rosas dentro de un cubo y se limpió las manos en el delantal—. No has parado de decirme que no soy más que una asistenta. ¿Por qué habría de buscarte y entablar una conversación contigo?
Le estaba restando importancia a lo que éramos y eso me cabreó. Tuve que respirar hondo y contar hasta diez. Yo nunca me enfadaba. ¿Qué demonios me pasaba?
—Tú y yo tenemos un acuerdo —dije y me levanté por encima de ella, mientras me concentraba en usar cada pizca de autocontrol que me quedaba para no arremeter contra ella.
Siempre había compadecido a los colegas y amigos que sucumbían a las emociones ante el inconveniente más trivial—.
Y ahora mismo no estás cumpliendo tu parte del trato.
—¿Y acaso tú sí? —Volvió a los arbustos, cogió las tijeras del suelo embarrado y atacó las rosas con toda su fuerza.
Eso no era podar ni recortar, era decapitar—.
Yo empecé a cumplir con mi parte del trato y aquí estoy, tres semanas después, y no tengo ni abogado, ni investigador privado ni ninguna pista a la que agarrarme para poder empezar a luchar contra Vera.
Ah, era por eso por lo que estaba enfadada y me ignoraba; porque pensaba que me había olvidado de mi promesa… Se me tensó la mandíbula y tuve que masajeármela para no ponerme a gritar.
—Ya hay unas cuantas cuestiones en marcha. —No era cierto. En realidad mi plan era prolongar lo inevitable tanto como pudiera.
—Ah, sí, claro, seguro. Unas cuantas cuestiones supersecretas que nadie sabe cuáles son.
Retomó el podado de rosas. Despiadada. A este ritmo, dejaría mi jardín completamente vacío. No tenía idea de lo que estaba haciendo.
—Qué conveniente que lo hayas mantenido todo en secreto…
—Estoy trabajando en ello, de verdad. —Mis labios apenas se movieron con mis palabras.
Por detrás nuestro, se oyó el clic de las puertas del balcón que se abrían. Eran mamá y Celeste Ayi, seguro. Siempre almorzábamos juntos los viernes. Solo que este viernes se me había olvidado debido a que acababa de descubrir el sexo y eso era lo único que quería comer.
—Creo que… —Tomé a Farrow por los brazos, sin importarme lo que podrían pensar mi madre y Ayi, y la giré hacia mí—.
Me temo que tendrás que creerme. No tienes opción.
Tú y yo hemos iniciado un acuerdo de negocios.
Eso nos convierte en socios por el momento.
Te he dicho que tengo algunas cuestiones en marcha y lo he dicho en serio.
Tenemos una reunión con mi equipo de abogados y un investigador privado hoy a las cuatro.
Estaba esperando que cerrara la Bolsa de valores para reunirnos.
La vi parpadear con rapidez, pasar de una emoción a otra por todo el espectro posible, desde la confusión hasta la esperanza. Y entonces hizo algo extremadamente terrible.
Entonces, sonrió.
Sonrió y lo sentí por todo el cuerpo.
—¿Eso has hecho?
—Sí —me quejé—. Te dije que lo haría, ¿no? Pienso que deberías cambiarte de ropa y sacarte el uniforme para la reunión.
La miré de reojo, enfadado porque me había sentido obligado a darle explicaciones. Nunca había estado en esa situación antes.
Asintió con la cabeza y acarició con el dedo los pétalos aterciopelados de una de las rosas que tenía en el cubo.