Capítulo treintaFarrow #2
—Funcionará —lo corté, el corazón me bombeaba tan rápido que sentí que se me saldría del pecho en cualquier momento.
Quería ayudarlo. No solo porque ya se me hacía insoportable el hormigueo entre las piernas cada vez que estábamos en la misma habitación, sino porque quería que el hombre que me protegía empezara a vivir; que experimentara la normalidad, el placer, los orgasmos.
Eché los hombros hacia atrás y lo miré directo a los ojos—. Yo me aseguraré de que funcione.
Se humedeció los labios, con una cautela evidente que acechaba a través de sus pupilas…
Pero también había algo más. ¿Curiosidad?
De pronto, parecía como si las paredes de la salita pequeña y abrasadora se nos acercaran, nos acercaran.
Decidí pasar a la acción: con un movimiento suave, agarré el dobladillo de mi camiseta y me la quité de un tirón; después la arrojé al suelo de madera.
Zach no reaccionó, salvo por el ruido que hizo al tragar que me indicó que estaba prestando mucha atención.
El corazón me galopaba dentro de las costillas.
Una gota de sudor me rodó por entre los pechos y por debajo del sujetador, bajó hasta mi ombligo y desapareció ahí dentro.
Él observó el descenso con ojos hambrientos.
Di un paso y me solté el pelo. Zach levantó la cabeza y me observó fascinado.
—Cuéntame algo interesante sobre ti. —Me desabroché el primer botón de los vaqueros y me desnudé para él—. Será una distracción hasta que tu cuerpo reaccione a esto.
—Soy… —empezó, y se detuvo.
Me desabroché otro botón. Luego otro.
—¿Eres qué?
¿Era mía esa voz gutural? No la reconocía. Me bajé los pantalones de un tirón y los tiré a un lado. Quedaron enredados con la camiseta en el suelo. Estaba segura de que mis bragas de algodón blanco se habían vuelto transparentes con lo mojadas que estaban.
Zach llevaba su vulnerabilidad como un traje a medida; de algún modo, complementaba esos pómulos altos y la mandíbula cuadrada de su rostro.
—Soy virgen —admitió, y sus ojos buscaron los míos. Iban en busca de una burla, una expresión de confusión o de lástima.
No encontraron nada de eso. Porque la verdad era que…
yo no sentía más que un fuerte dolor por él.
Dolor y un golpe punzante y posesivo que me sacudía de pies a cabeza.
No tenía derecho a sentirlo. Me había dicho a mí misma que no tendría ni un sentimiento hacia ese hombre, pero no pude evitarlo.
Parecía un niño en ese momento, no uno de los hombres más ricos y atractivos del planeta.
«Voy a desvirgarlo. Voy a poseer algo que nadie ha tenido nunca jamás: a Zachary Sun».
Me acerqué y me desabroché el sujetador de la espalda con una mano.
—No tienes por qué avergonzarte.
Él soltó una risita de amargura.
—Soy virgen y tengo treinta y tres años.
—Eres un hombre con un pasado traumático que hace que te sea difícil tocar o sentir —le contesté, un poco adivinando, pero también con algo de certeza.
Él no hablaba de esto en ninguna entrevista, pero yo había leído artículos que describían el accidente espantoso en que había muerto su padre y el estado de angustia en que lo habían encontrado los bomberos.
De haber sido yo, habría estado sin consuelo eternamente.
Hubiese cambiado para siempre. Herida para siempre.
Dejé que el sujetador bajara deslizándose por los brazos. Mis pechos se hincharon, llenos y listos para que los tocaran. Los ojos de él se detuvieron en mis pezones, que se erizaron como dos diamantes. Me miró fijamente mientras yo me acercaba.
—Eso de Eileen… —Se aclaró la garganta—. No es una relación. Es un arreglo.
—Ya lo sé.
«Y aun así, lo odio, aunque no tenga derecho».
Llegué hasta él y me senté a horcajadas por encima de sus piernas, toda desnuda excepto por las bragas. Las rodillas se me hundieron en el banco a su lado, y quedé flotando sobre él, sin tocarlo. Apoyé una mano en la pared para mantener el equilibrio.
Él inclinó la cabeza hacia arriba y me observó con los ojos impregnados de lujuria.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque vi cómo la mirabas.
—¿Y cómo la miraba?
—Como si fuera un documento financiero de seiscientas páginas que tuvieras que firmar para una adquisición.
Se le escapó una risita, lo que le acercó el cuello y el pecho un milímetro más a mí. Mi entrepierna goteó a modo de respuesta. Me sentí vacía. Muy vacía.
—Esos documentos no suelen firmarse.
Miré al techo con gesto incrédulo.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Sí. Me gusta tu sentido del humor. Si alguna vez tuviera uno, sería parecido al tuyo.
Era el cumplido más extraño y conmovedor que me habían dicho en la vida.
—De todos modos… —Fruncí el ceño, deseando tocarlo—. No deberías casarte con ella si no te gusta.
—Que te guste alguien no tiene nada que ver con casarte con esa persona —replicó, y los ojos se le posaron en mis pechos.
Las manos a cada lado del cuerpo le temblaron.
Sabía que quería tocarlos, pero también sabía que no lo haría.
No estaba listo. Aún no. Se mojó los labios con la lengua—.
De hecho, cuanto menos me guste, mejor será el matrimonio.
Tener sentimientos es una debilidad. Mira lo que le pasó a Romeo.
Negué con la cabeza.
—¡Pero, Zach!
—¿Pero qué?
—Lo que le pasó a Romeo es algo maravilloso: le hizo feliz.
Quise tocarle la cara, el pelo, los brazos musculosos, pero me detuve.
En lugar de eso, nos miramos a los ojos, respirando el mismo aire caliente y húmedo.
Estaba acostumbrándome a la cercanía con él.
Y también sabía que alguien podría entrar en la sauna de un momento a otro.
Y que con eso yo quedaría desterrada de este club y del equipo de esgrima. Y aun así, no me importaba nada.
—Farrow —me dijo finalmente, con un gruñido, y los ojos se le deslizaron hasta el triángulo entre mis muslos, a las bragas empapadas.
—¿Sí?
—Quiero ver cómo te mojas por mí otra vez.
—Quítamelas, entonces.
Sus fosas nasales se dilataron y se concentró, frunciendo el ceño ante mis bragas como si lo hubieran atacado personalmente. Reprimí una risita.
—Podría tocarte si lo hago —dijo después de un momento.
—A mí eso me encantaría, Zach. —Alargó la mano para agarrarlas; era mi oportunidad: encorvé la columna y me aparté ligeramente de su cuerpo—. Con una condición.
Levantó la vista, en alerta, con el pelo que le goteaba y la cara perfecta.
—¿Cuál?
—Cumple con tu parte del trato. Contrátame un investigador privado y un equipo de abogados.
—Hecho.
Asentí con la cabeza con un pequeño gesto de agradecimiento, pero lamenté recordar la cuestión pendiente justo en ese momento.
Había convertido aquello en una transacción y no lo era.
Yo deseaba a ese hombre con o sin abogados.
Pero también quería poner una barrera entre nosotros.
Para recordarme de la dura verdad: «Zachary Sun no será mío nunca».
No sé qué era más trágico: si el hecho de quererlo para mí o saber que no sucedería jamás.
Se mojó los labios y se crujió los nudillos, como preparándose para una pelea. Mis emociones oscilaban entre querer curarlo a besos (sus cicatrices, sus miedos, sus inhibiciones) y lo divertido que me resultaba ver que se lo tomaba todo muy en serio.
Zach rozó el elástico de mis bragas con la yema de los dedos, con mucho cuidado de evitar mi piel.
—Al verte tocarte, casi eyaculo ahí mismo en la oficina.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Relajé la espalda, disfrutando de la sensación de sus dedos sobre mis bragas. Parecía prohibido y clandestino, como un secreto sucio que solo compartíamos los dos.
Se le endureció la mandíbula y le tembló la mano al deslizarse por la ropa interior.
—No quería admitir el efecto que tienes sobre mí. —Para ser novato en eso, tenía perfectamente dominado el arte de estimularme y presionaba la palma por mi entrepierna hasta recubrirme el sexo entero a través de la ropa. Y todavía no me había rozado la piel ni con las yemas de los dedos.
—Joder, estás empapada. —Echó la cabeza hacia atrás y siguió, con tono firme—: Quiero clavarte en la madera hasta que te quedes pegada ahí.
¡Vaya! A ver, alguien tendría que decirle que había que tomarse con más calma lo de la charla sucia, e ir soltándola con cuidado y suavemente. Pero no era el momento de desanimarlo. Iba muy bien. Era el mismo hombre que se había provocado quemaduras de primer grado por darle la mano a una mujer.
—Necesito desesperadamente que me penetres.
—La confesión me salió a trompicones de la boca y me di cuenta de que lo decía en serio.
No había nada que deseara más en el mundo en ese momento que llenarme del pene de Zachary Sun.
Su mano sobre mis bragas casi me había arrancado un orgasmo, la presión era demasiado deliciosa, demasiado intensa para ignorarla.
Con la respiración entrecortada, Zach curvó los dedos y los hundió por mi culo a través del algodón, un poco abruptamente.
Apretó el otro pulgar sobre mi clítoris, y una oleada de placer me recorrió el cuerpo y me hizo temblar las rodillas.
Me ardían los muslos del esfuerzo de mantenerme suspendida sobre él.
—¿Esto… te gusta? —dijo casi sin aliento.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que su pene, duro como una roca, se alzaba entre nosotros. Estaba completamente erecto y la pesada corona se asomaba por una abertura de la toalla. Una gota de líquido preseminal le brillaba en la punta. Quería inclinarme y metérmela en la boca.
—Me encanta. —Tenía los pezones tan sensibles que no pude contenerme. Me agarré uno de los pechos y lo empecé a masajear, acariciando mi punto más sensible—. No pares.
Me clavó el pulgar con más fuerza en el clítoris, y casi me prendo fuego ahí mismo, sintiendo una oleada de calor líquido recorrerme desde mi bajo vientre hasta mi centro.
Se me escapó un grito.
—Masajéalo, por favor. Pero… suavemente. En círculos.