Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo treintaFarrow #3
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Capítulo treintaFarrow #3

Quería que me hiciera exactamente lo que yo me había hecho a mí misma para aliviar la necesidad del otro día.

Se pasó la lengua por el labio inferior y con el pulgar me masajeó el clítoris lentamente, estimulándome con confianza.

Se me puso la piel de gallina; el placer era intenso hasta lo absurdo.

Empecé a cabalgar sobre su dedo, con los ojos cerrados, mientras me palmeaba mi propia teta y fingía que su dedo era la punta de su pene.

Listo. Oficialmente había perdido el control.

—Quiero tocarte la piel. —La necesidad desesperada le espesaba la voz. Abrí los ojos para mirar entre sus piernas. De tan hinchado que estaba, el pene se le había puesto violeta. Eso tenía que doler.

—Hazlo.

—No… no puedo. —Su voz era una súplica.

—Solo piensa en otra cosa. Cuéntame algo.

«Preferiblemente que no sea sobre Eileen».

Yo sabía que no era más que un acuerdo de apariencias. Un matrimonio por conveniencia. Pero seguía sin gustarme que él estuviera con otra mujer.

La presión entre mis piernas aumentó. Me daba vueltas la cabeza, los pensamientos se arremolinaban como un ciclón, todos en el mismo sentido. Estaba al borde del orgasmo más intenso de toda mi vida y ni siquiera me había tocado directamente.

—No he vuelto a poner los pies en un vehículo normal desde… desde lo que me pasó. —La garganta se le movió cuando tragó saliva, las yemas de los dedos se deslizaban hacia la unión entre mi culo y mis muslos, hacia mi carne desnuda—. Solo conduzco vehículos blindados militares.

«¿Pero qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?», quería gritar, pero sabía que tenía que mantenerle la conversación. Para que se distrajera.

—¿Quieres que deje de ser así?

La punta de un dedo me tocó la piel y prendió un fuego en ese mismo punto que disparó un zumbido difuso por todo el cuerpo. Con la otra mano seguía presionándome el sexo a través de las bragas y me acariciaba el clítoris con el pulgar.

—No lo sé. Sí. No. Tal vez. —Su dedo meñique descansaba por completo sobre mi piel—. Quiero experimentar lo que es ser normal. Quiero ser… —Hizo una pausa, me miró con ojos de lujuria candente. Completó la frase—: … humano.

«Eres humano».

Quería gritárselo. Quería tatuárselo en el pecho, justo por encima del corazón, para recordarle que tenía sangre, carne y huesos. Al igual que el resto de nosotros.

«Buen trabajo, Fae. Hasta aquí ha llegado tu intento de mantener la distancia emocional».

¿Qué me importaba si Zachary Sun se sentía humano o no en ese pecho oscuro y desalmado que tenía? Me había metido yo sola en las aguas fangosas y fingía no ver el tsunami que se precipitaba hacia mí.

Alejé los pensamientos maliciosos y me concentré en el meñique que tenía contra mi muslo. Le pregunté:

—¿Cómo te sientes?

Él sabía exactamente a qué me refería: mi piel.

—Me siento… No es horrible. Extraño, quizás. Como si experimentara una textura nueva por primera vez.

—Guau, eres bueno con las palabras sucias. Juegas fuerte.

Se le levantó una de las comisuras de los labios. Eran hermosos. Dibujados a mano y rosados. Me pregunté si alguna vez llegaría a besarlos y cómo sería sentirlos contra los míos. Lo deseaba, pero nunca habíamos acordado besarnos. Solo sexo.

Miró al espacio entre nosotros, donde me tocaba con el dedo.

—¿Qué quieres que haga ahora?

—Me siento… vacía —admití.

El pulgar que tenía sobre mi clítoris se detuvo, y yo pensé que me caería de espaldas y estallaría en llamas. Me aferré a las paredes, luchando contra el palpitar intenso de mi entrepierna. Las gotas de nuestro sudor se mezclaron e intercambiábamos alientos como si fueran besos.

Y entonces, él hizo lo más glorioso, sexi y enloquecedor que podía hacer.

Quitó el pene de debajo de la toalla, lo agarró por la base, lo acercó a mi vulva y presionó contra las bragas justo ahí.

Se le cerraron los ojos de un parpadeo. Y a mí también, con la presión creciente de tan solo la punta de su pene ya se me tensaba el cuerpo entero.

Me aferré a la nada misma, al borde de la liberación y con una necesidad creciente de que me llenaran.

—N-no tienes que hacer esto si no quieres. —Apenas si me salían las palabras por la boca.

—Farrow —dijo él con tono firme, con la cabeza apoyada contra la pared y el mentón inclinado hacia arriba. Empezó a mover el pene con la mano hacia arriba y abajo por la abertura de mi vulva, con movimientos deliberados—. Ni el puto fin del mundo podría impedirme hacer que te corras.

Con esas palabras me desaté. Di un gemido salvaje y empecé a cabalgar la punta de su pene a través de mis bragas, moviendo el cuerpo al ritmo de nuestros jadeos.

Se oyeron unos pasos pesados y unas risas que se filtraban por las paredes de la sauna, pero ya estábamos demasiado perdidos para preocuparnos.

La mano de Zach me agarró del culo; ahora la mitad de su palma cubría mi piel. Metió el dedo meñique por debajo de las bragas y me estimuló el agujero apretado.

Giró la cabeza de un lado a otro contra la pared; cerrando los ojos.

—Mierda, voy a correrme.

Yo quería más, pero sabía que él no podría manejarlo, que habíamos llegado al límite de su capacidad.

La puerta detrás de mí se abrió de golpe y alguien entró en la sauna, cortando el vapor.

El corazón se me sacudió en el pecho. Teníamos compañía.

En mi lugar de trabajo. Giré la cabeza para ver quién era.

Zach me agarró la barbilla y la dirigió hacia él.

—Los ojos hacia mí, pulpita. Él no importa.

Él. Había un hombre allí. Dios mío.

Pero la sensación era demasiado buena, el orgasmo estaba demasiado cerca. Los dos estábamos empapados, calientes y excitados, teniendo sexo lento a través de mis bragas. Con la punta me acariciaba el culo, la vulva, el clítoris. Todo .

Clavé los ojos sobre Zach.

—¿Se ha ido ya?

Zach negó con la cabeza, con el rostro completamente tranquilo, estudiándome.

—No. Se ha sentado en el banco de enfrente. Está mirándonos.

Se me aflojó la mandíbula y me quedé boquiabierta.

Me moví para bajarme de él, pero la mano de Zach se coló de mi culo hasta mi espalda, con los dedos extendidos con fuerza.

Me hundió unos centímetros en su pene y la tela de las bragas, tan finas, se hundió hasta que podía sentirlo palpitar dentro de mí. Tocando, pero sin tocar.

Iba a explotar de placer.

«Tú no estás bien, Fae».

No, para nada bien. Se me arremolinaba la vergüenza, el pudor y el deseo, todos juntos en una pirueta sobre la piel.

No podía creer que estuviera dejando que él me penetrara con alguien mirando.

Al menos ahora sabía que no lo había hecho por el dinero ni por su ayuda.

Me habría acostado con Zachary Sun de todas formas.

—Zach —dije, con la voz entrecortada, desesperada de deseo de rodearlo por los hombros, abrazarlo, besarlo, sentirlo más—. No voy a poder recibirte del todo cuando llegue el momento.

—Sí, podrás. Recibirás cada milímetro de mí como una buena chica.

El intruso se movió detrás de mí. Zach parecía tenso, apenas bajo control, con una mano deslizaba su pene hacia adentro y afuera todo lo que le permitían las bragas, con la otra me sujetaba por la parte baja de la espalda.

Me agarró con más fuerza, en actitud posesiva.

—Ahora está masturbándose.

Yo no conocía a este hombre, ni siquiera de vista. Pero sin duda me excitaba la idea de que alguien se tocara mientras nos veía tener sexo.

—Quiero ver cómo te corres sobre mi pene ahora mismo, Farrow —me gruñó Zach en la cara, muy cerca… demasiado cerca.

Se me aceleró el corazón. Me cerré sobre la punta de su pene, me arqueé, con la cabeza hacia atrás, y me corrí. Estaba agotada y con los muslos empapados. En esa postura y con los párpados bien abiertos, vi al hombre del banco de enfrente.

No lo había visto nunca; era joven e increíblemente sexi. Tenía la toalla abierta del todo, y el pene largo y grueso dentro del puño. Se lo sacudía con fuerza, cada vez más rápido; estaba cerca de la línea de meta también.

El cuerpo se me tensó como la cuerda de un arco. Seguía corriéndome, y corriéndome, y corriéndome más. Los dedos de los pies se me enroscaron y sentí un temblor por los músculos. Tenía la boca seca. Veía estrellas por todas partes.

—Farrow —dijo Zach.

Yo no podía dejar de mirar al desconocido que tenía detrás. Hicimos contacto visual y sentí como si él también me penetrara.

Zach me agarró por la mandíbula, tocó todavía más de mi piel desnuda, y la dirigió de nuevo hacia él para que lo mirara.

—Mírame en este instante antes de que apuñale a este imbécil en medio del pecho.

—No puedes ir por el mundo apuñalando a cada persona que me mire.

—Me temo que puedo y lo haré, mierda. No me pongas a prueba.

Lo creí sin dudarlo ni un segundo. Le había rebanado un dedo a un tipo por mucho menos; por casi pellizcarme el culo. Este estaba imaginándose conmigo mientras yo tenía sexo con Zach.

Me enderecé y lo miré a los ojos, las olas de placer del orgasmo me chocaron por toda la piel.

—¿Y a ti qué te importa? —le dije con una sonrisa provocadora, sin dejar de cabalgar sobre su pene, mezclando mis líquidos con los primeros suyos—.

Yo puedo hacer lo que quiera con quien quiera.

Tú vas a estar prometido dentro de medio segundo.

No nos debemos exclusividad. Ni siquiera estamos en una relación.

Se le afinaron los labios:

—El matrimonio no será real.

—¿Ah, no? Pero el anillo sí y en los papeles estaréis casados, y yo no pienso acostarme con un hombre casado —le advertí.

—No estaría engañando a nadie. Ambos tenemos permiso para tener amantes. —Se le contrajeron los abdominales de tanto tratar de no eyacular—. Y voy a curarme mucho antes de ponerme un anillo, así que no te preocupes. Ninguna de las dos es mi gran final. Ni ella ni tú.

Eso me dolió, pero, antes de que pudiera procesar el insulto, él se apretó el pene, hizo una mueca de dolor, se salió de mi ropa interior empapada y eyaculó.

Unos chorros gruesos de semen caliente salieron disparados y se desparramaron sobre mi vientre.

Ambos miramos fascinados cómo me marcaba con cada chorro.

Después de unos segundos, intercambiamos una mirada.

—Me has tocado —le dije con voz ronca.

Sus ojos parecían furiosos y la boca se le torció en una mueca. Por un momento, pensé que me atacaría, que saldría corriendo y se haría quemaduras de tercer grado para limpiarse de mi cuerpo por completo. Temblé de pies a cabeza del pavor de solo pensarlo.

Pero, en lugar de eso, Zach me agarró por la cintura, con los dedos temblorosos, tocando mi piel, y me levantó con él.

Sin decir palabra, juntó una a una las prendas que estaban tiradas por el suelo (que habían quedado empapadas) y me las lanzó echas un bollo sobre los brazos sin tocarme.

Me quedé tiesa, todavía de espaldas al intruso.

—Ponte el sujetador y los pantalones, Pulpi.

Hice lo que me ordenaba, aunque no tenía la menor idea de por qué. Ser obediente iba contra mi naturaleza. Tal vez realmente temía que le metiera un cuchillo entre las cejas a ese tipo. Me subí los vaqueros con dificultad y me abroché el sujetador.

Zach se enroscó mi pelo por la muñeca y lo usó como cuerda para girarme antes de que yo pudiera terminar de pasar la cabeza por la camiseta.

Caminamos hacia el intruso los dos juntos con él llevándome por la correa improvisada.

El semen blancuzco y pegajoso se deslizó por mi barriga y se me metió por debajo de los pantalones.

Fue bochornoso sentir que el clítoris se me encendía de nuevo, de solo pensar que me entraría por el sexo.

Nos detuvimos a unos metros del extraño. Arrastré la mirada del suelo hasta encontrarme con la de él. Se veía agotado, avergonzado y sudado, había escondido el pene detrás de la toalla. Miraba a Zach con la boca abierta, sin esperar que él lo confrontara.

—¿Ves esto? —Zach señaló su esperma sobre mi vientre—. Respóndeme antes de que te clave un cuchillo en el ojo.

—Y lo hará —le informé al tipo casi sin aire, temblando de terror y, sí, también de disfrute.

—Sssí, sí… —logró soltar por fin el extraño—. Lo veo, lo veo.

—Este semen es mío . Y está sobre ella. —Tiró del nudo de mi cabellera sobre su muñeca, era delicioso—. Ella es mía, ¿entendido?

—No soy suya. —Enderecé la columna y quedé bien erguida y firme. Miré fijamente al hombre con ojos de furia—. Si quiero tener sexo contigo, lo haré; si quiero tener sexo con cualquiera, lo haré.

Una cosa era ayudar a Zach con sus problemas. Otra, dejar que él me ayudara con los míos. Pero no iba a ser su juguete. Su pasatiempo.

—Bueno, bueno, tranquilos, amigos, por favor.

—El tipo levantó las manos, sus ojos iban de un lado a otro entre nosotros, con las cejas fruncidas—.

Solo quería entrar a la sauna antes de ir al trabajo.

Yo... yo... Como no habéis parado cuando he entrado, he pensado que estaba bien mirar. La próxima vez, pediré permiso.

—La próxima, si te quedas mirando lo que es mío —Zach se inclinó hacia delante y le susurró al oído—, vas a perder algo más que el orgullo.