Capítulo treintaFarrow
Capítulo treinta
Farrow
Me dejó plantada.
Los inconfundibles signos de la decepción se enroscaron alrededor de mis tobillos y tiraron de mí.
Qué estupidez. No tenía razones para estar molesta.
Después de todo, iba a cobrar la sesión de entrenamiento igualmente y ahora tenía unos noventa minutos libres (y casi nunca tenía tiempo libre) para hacer lo que quisiera.
Sin embargo, ya habían pasado casi diez minutos de la hora acordada, y yo seguía merodeando por nuestra pista, toda ataviada con el traje y el equipo completo de esgrima, y el casco aferrado en un puño, sin dejar de mirar de un lado a otro por todo el gimnasio.
¿Seguiría esperando?
«Solo si eres idiota».
Hmmm… Últimamente no estaba muy claro.
Resoplé y me dejé caer en la pista, con los codos clavados en las rodillas. Pasaron otros diez minutos. Luego quince. Después de veinte. Y me pareció suficiente. No iba a venir.
«A la mierda».
Me levanté de un salto, me colgué el porta armas al hombro y salí del gimnasio.
Los esgrimistas a mi alrededor luchaban con todas sus fuerzas.
El zumbido del aire acondicionado y el tintineo de las espadas me asaltaban en los oídos.
La envidia me lamió el pecho, algo oscuro florecía en mi interior.
La ira . Podría haberme mandado un mensaje.
Tendría que haberme mandado un mensaje. Hubiese podido irme a casa, meterme en la cama, quizás dormir cuatro horas seguidas por primera vez en dos años…
Cuanto más pensaba en ello, más rabia sentía.
¿Cómo se atrevía? La última vez que había dormido largo y tendido había sido en el útero de mi madre.
El suelo de baldosas retumbó cuando entré en los vestuarios, me cambié el equipo por una camiseta básica y unos vaqueros, y me dirigí hacia la salida a toda prisa.
Pasé por las canchas cubiertas de básquet, las salas de Pilates, los campos de pickleball y los simuladores de golf.
Cuantos más idiotas multimillonarios me cruzaba que me recordaban a Zach, más aumentaba el calor que sentía por dentro.
Hubiese podido freírme un huevo en las venas.
Para cuando llegué al spa del club, ya había añadido el hambre a mi lista de razones por las que Zachary Sun había aterrizado en mi lista negra.
Tal vez estaba comenzando a alucinar, porque juraría haber visto a Andras entrar. Qué raro. Ese hombre no reconocería una aguja de bótox ni aunque le pinchara en el ojo.
Fruncí el ceño y corrí detrás de él, lanzándome a alcanzar la puerta antes de que se cerrara y colocando una mano sobre su hombro.
—Escucha, sobre nuestra conversación… —El hombre se dio la vuelta y me di cuenta de que no era Andras. Retiré la mano de su hombro—. Ah, lo siento. Me he confundido.
—Hola, Fae. —Stacey, la recepcionista, me sonrió desde detrás de su escritorio—. ¿Qué tal?
—Muy bien. —Le devolví la sonrisa. Las mentiras no sabían a nada últimamente—. ¿Y tú?
Me arrastré hasta la puerta sin darme la vuelta, demasiado cansada para mantener una conversación con alguien que casi no conocía. El club nos daba trabajo a las dos, pero no habíamos hablado casi nunca; las veces se contaban con los dedos de una mano y aún sobraban dedos.
—Nada mal. Mi novio me va a llevar a España el mes que viene.
Creo que se me va a declarar. —Se dio unas vueltas a un rizo con el dedo y barrió el techo con los ojos como si la pared de yeso tuviera el planificador de bodas impreso ahí arriba—.
Casi me olvido, ¿estás enferma o algo? ¿Necesitas algo?
«Un poco de sentido común tal vez, por el modo en que pienso en el maldito estúpido de mi jefe».
Fruncí el ceño.
—No, ¿por qué?
—No, por nada. —Se metió el bolígrafo detrás de la oreja—. Como he visto a tu alumno entrar a la sauna, he pensado que habías cancelado la clase.
—¿Qué quieres decir con que has visto a mi alumno? —Me rasqué las sienes—. ¿Ha estado aquí?
—No se ha ido todavía. —Dio un golpecito de cabeza hacia el fondo del spa—. Está en la sauna. Bueno, si no se ha evaporado ya a estas alturas. —Soltó una risita y añadió—: Lleva cuarenta minutos ahí dentro.
«Hijo de…».
¿Había llegado hasta aquí pero no había entrado? ¿Por qué? Me mordí la comisura de la mejilla y me maldije por ser tan estúpida. Me había olvidado la regla número uno de la vida: nunca esperes nada de nadie; solo te lleva a la decepción.
—Disculpa. —Agrandé mi sonrisa falsa a la vez que arrancaba en dirección a la sauna—. Creo que me he olvidado algo ahí.
Stacey frunció el ceño.
—Pero si nunca has entrado en…
Me alejé tan rápido de ella que su voz se apagó en la distancia. Sentía una ira latente que me palpitaba por dentro de las venas. Y había algo más entremezclándose con esa sensación: entusiasmo ante la idea de verlo sin ninguna otra ropa puesta que una toalla.
Corrección: ante la idea de mutilarlo sin más ropa que una toalla.
Zach estaba solo en la sauna, sentado, con la cabeza apoyada en la pared a media luz, y ajeno al intruso que tenía delante. Avancé de puntillas y me asomé por la pequeña ventanita cuadrada que daba al interior; el pulso se me aceleró al verle la expresión tan despreocupada en el rostro.
Giró el cuello y se masajeó unas contracturas; estaba cubierto solo con una toalla blanca.
Tenía el pelo negro azabache empapado de sudor que se le escurría por la cara.
Parecía un dios de bronce, con sus bíceps y abdominales abultados y brillantes.
El dolor tenue entre mis piernas se intensificó, y fue entonces cuando me di cuenta de que siempre había estado allí; que no se había ido realmente desde que me había masturbado en su biblioteca.
Mi mochila golpeó el suelo con un ruido sordo. Empujé la puerta y entré vestida.
Zach seguía con los ojos cerrados, pero, aun así, dijo:
—¿Cómo me has encontrado?
—Le he seguido el rastro a tu culo millonario.
—¿Esta es la parte en la que se supone que me ofendo?
—Esta es la parte en la que me dices por qué me has dejado plantada.
El vapor se me fue filtrando por dentro, marinado con la rabia que me hervía en las venas.
Con la humedad circundante, el pelo se me pegó a la nuca y se me humedeció toda la ropa hasta quedarse pegada a mi cuerpo.
De abrir los ojos en ese momento, Zach hubiera visto en primera fila mis pezones que lo saludaban a través de la tela blanca.
No lo hizo.
Se ajustó la toalla que tenía enrollada por detrás del cuello, con los ojos todavía cerrados.
—No tenía ganas de verte la cara.
—¿Es broma, verdad?
—Creo que ya me conoces lo suficiente para saber que no soy de los que bromean.
Di un paso adelante y sacudí la cabeza.
—No puedes dejarme plantada sin más.
—Sí que puedo. —Los ojos se le abrieron de golpe y el humor le cambió en una milésima de segundo, pasó de la indiferencia a la atención—. Y, en realidad, es lo que he hecho.
—Si me hubieras avisado, habría podido irme a descansar a mi casa.
—No, no hubieras podido. Tenías entrenamiento con Andras.
—Podría haber cambiado el horario.
—Negativo otra vez. Tienes trabajo, Cenicienta.
—Pero…
Me interrumpió en seco:
—¿Sabías que los pulpos hembra no comen ni se asean después de dar a luz? Mueren al poco tiempo de cuidar sus huevos. Los machos también, envejecen y expiran unas semanas después del apareamiento.
«¿Qué?».
—Qué dato tan deprimente. —«Y extraño»—. Gracias por esta información tan poco divertida. Retomando el tema…
—La hembra de pulpo puede poner hasta cuatrocientos mil huevos. Y pasa la vida protegiéndolos, día y noche, resguardándolos con el cuerpo hasta perecer una vez que eclosionan.
—¿Estás haciendo carrera para trabajar en el National Geographic ? —El sudor salado se me metió en la boca. La humedad del aire me empapaba todo el cuerpo de la cabeza a los pies. Ya no me sentía como para la confrontación glamurosa que me había propuesto—. ¿A qué viene todo esto?
—Pareces una persona de una lealtad feroz. —Se encogió de hombros—. Conocí a un hombre así una vez.
Me negué a dejarme embaucar. En particular porque era la primera vez que hablábamos desde que él me había visto masturbándome.
Sacudí la cabeza.
—Estoy muy cabreada contigo.
—No lo estés.
—¿Por qué?
Se le abrieron las fosas nasales.
—Porque no.
—Eso no es una respuesta, Zach.
—Porque… —Dio una palmada al costado del banco, echaba bocanadas de fuego—. La única razón por la que no aparecí es porque eres una tentación.
Los jadeos pesados que le atravesaban el pecho le movían los pectorales arriba y abajo. Era de una belleza gloriosa. Lo hubiese lamido de pies a cabeza. Y estábamos solos. Su confesión me llenó de satisfacción.
—¿Piensas que soy atractiva? —pregunté, aunque me sentía tan deseable como una servilleta sucia, sudada como estaba y con la ropa adherida al cuerpo.
Se quitó una pelusa de la toalla que llevaba en la cintura.
—Sabes que sí.
—Tienes una forma muy rara de demostrarlo.
Frunció los labios.
—Es algo duro de…
—Ay, cariño. —Me di unos golpecitos en el mentón—. Se supone que debe ser así: algo duro; a menos que se necesite Viagra.
—No estoy hablando de eso . —Los ojos se le deslizaron hacia la toalla.
Eso estaba elevándose por debajo y la cresta de su pene grueso y largo empezaba a presionar la prístina tela blanca—.
Hablo de todo eso de… Eso de tocar. Dejarse llevar.
Cambiar. Una cosa es ir intentándolo hasta tener éxito.
Pero otra muy distinta… Si fracaso… —Maldijo y se frotó la mandíbula—.
Si fracaso, será la gota que colme el vaso, la prueba concluyente para aceptar que jamás podré disfrutar de algo humano.
—Zach… —se me quebró la voz.
—Vivo la vida de un inmortal. Nada significa nada para mí, Farrow. Ni vivir. Ni morir. Ni comer. Ni beber. Ni reír. No muestro emociones por la sencilla razón de que no las tengo. Eres la única persona con la que me he cruzado en la vida que yo haya querido tocar. Así que, si esto no funciona…