Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo veintinueveFarrow
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Capítulo veintinueve

Farrow

—Pareces feliz.

La acusación salió de los labios de Andras mientras bailábamos en la pista de esgrima.

Prácticamente podía oírlo fruncir el ceño.

Las articulaciones le crujían como ramitas pisadas por una bota.

Me hostigaba sin parar, me golpeaba con la espada todo el tiempo y trataba de empujarme al modo defensivo. Me negué a acobardarme.

Arrugué los ojos por detrás de la máscara.

—Lo dices como si fuera algo malo.

Me lancé hacia delante y lo detuve por el hombro.

—Muy bien, Fae. Entonces, cuéntame, ¿por qué estás tan feliz?

Tal vez era porque ya casi ni estaba en esa casa maldita que hasta Dios tenía olvidada. Ya no me molestaba la idea de que se pudriera y degradara, al igual que los cuerpos de la gente que vivía en ella. Papá no hubiera querido que yo sufriera para conservar una casa en ruinas.

O tal vez porque Zach no me decía nada cuando me entrometía en sus dominios.

Me había acostumbrado a dormir la siesta en una de sus habitaciones de invitados cuando me apetecía.

Pasar tiempo en su casa —aunque él no estuviera allí— me hacía sentir segura.

Por primera vez, entendía por qué la gente se asentaba, confiaba en otros y se aferraba con fuerza.

Esa sensación de seguridad me hacía muy bien al cuerpo. Hasta me sentía más ligera en la pista.

O tal vez porque estaba a punto de terminar mis dos primeras semanas de trabajo y mi primer sueldo estaba a la vuelta de la esquina. Mi plan era cobrarlo y pedirle a Zach el contacto de un buen abogado.

No tenía sentido guardarme las buenas noticias para mí sola.

Jadeé y di un giro de golpe para evitar el ataque.

—Por fin voy a conseguir un abogado para ir contra Vera.

—Postura. Extiende. —Me corrigió y me golpeó el brazo con la espada. Mientras me recolocaba, él se subió la máscara, aunque aún faltaba para terminar el combate. Su rostro se apareció ante mí, teñido de confusión—. ¿De dónde has sacado el dinero?

Me enderecé para volver al eje después de mi embestida.

—Mi nuevo jefe y yo tenemos un… acuerdo.

— Remek . Con que tienes un trabajo nuevo… —Se quitó la máscara por completo—. ¿Y quién es el afortunado jefe esta vez? —No sonrió, ni me felicitó.

Un nudo de inquietud se formó en mi estómago, pero me negué a dejar que su reacción me afectara. Ese hombre sabía que yo deseaba impugnar el testamento con toda mi alma. Y se preocupaba por mí. Quería verme alcanzar mis sueños. Y me ayudaba a ir en esa dirección, aun cuando yo ya no podía pagarle.

—Zachary Sun. —Andras silbó por lo bajo, se dio la vuelta y empezó a alejarse de la pista—. ¿El multimillonario de todas esas citas a ciegas?

Fruncí el entrecejo.

—Entre otras cosas.

—Y digo yo, ¿por qué está dispuesto a financiar este pequeño proyecto tuyo?

A juzgar por su movimiento de salida, supuse que terminábamos la práctica. Me quité la máscara, la arrojé sobre la línea lateral y desenchufé el cable que unía el traje con la espada con más fuerza de la necesaria. Se enroscó de golpe.

Me cargué la espada al hombro y troté para alcanzar a Andras.

—Oye, ¿pero qué insinúas? Soy su asistenta nada más…

Aunque a estas alturas yo ya tenía una idea muy clara de por qué me había contratado Zach.

Él lo había dicho con todas las letras: para curarlo de su repulsión a los humanos.

De todos modos, si llegábamos a acostarnos, iba a ser consensuado y sin ninguna relación con su cartera.

Últimamente, me sentía vista a su lado y eso no me hacía ningún daño.

Bajo la intensidad de su mirada persistente me sentía hasta protegida y adorada.

¿Acaso pensaba que ese nivel de atención le duraría?

Para nada. El tipo había pasado toda su vida adulta centrado en adquisiciones hostiles, saltando de una empresa a otra.

Podía cambiar de rumbo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Y qué?

¿Por qué no debería tener sexo ardiente con un hombre guapísimo?

Mi vida no tenía por qué girar solo en torno a la esgrima y el trabajo.

Yo no tenía novio y su madre había colgado su foto en los catálogos de todas las agencias de citas exclusivas al este del Misisipi.

Nada cambiaría para mí, excepto la oportunidad ocasional de relajarme y sumar unos puntos de karma por realizar un acto de caridad para alguien que claramente lo necesitaba.

Andras presionó el botón plateado y abrió las puertas.

Entramos al pasillo amplio del club y empezamos a recorrerlo, pasando junto a los distintos socios vestidos con sus equipos de tenis o básquet.

El campo de golf se extendía de lado a lado como una sábana verde perfectamente ajustada, apretada por montículos artificiales y salpicada de banderines.

—No insinúo nada —dijo, y suavizó la voz—. Solo me preocupo de que tengas la cabeza en su lugar.

Los hombros se me aflojaron. Tenía que dejar de desconfiar de la gente y asumir siempre lo peor.

Me había olvidado de que la mente de ese hombre era unidireccional.

Andras no quería que me desconcentrara de mi objetivo; era lo único de lo que hablábamos.

Se detuvo frente al vestuario masculino y se volvió hacia mí.

—Si impugnas el testamento, pondrás todo tu tiempo, esfuerzo y dinero en ello, y ya estás demasiado dispersa. Necesitas estar enfocada. —Frunció el entrecejo y se le marcaron las arrugas de las mejillas—. ¿Por qué te es tan difícil pasar página y seguir adelante?

Me torcí los dedos y reboté de lado a lado con el peso, de un pie a otro.

—No es justo que se haya quedado con la mitad de la empresa.

Andras miró hacia arriba en un gesto de cansancio.

—No es más que una empresa de limpieza. Abre otra.

—No es solo una empresa de limpieza. Es el legado de papá.

Le inventamos el nombre juntos, le elegimos el logotipo, los productos, los servicios…

Teníamos planes que ya no sucederán. —Levanté las manos, el calor se me deslizaba por el cuello cuanto más me alteraba con el tema—.

Y los recuerdos. Los vendió todos. Los quiero de vuelta.

Papá siempre decía: «Los recuerdos son un segundo corazón. Una vez que te vas, se quedan latiendo dentro de la gente que dejas atrás».

Esa mujer había vendido el segundo corazón de papá. Y yo iba a recuperarlo.

—Ya está, debes olvidar. —Andras sacudió la cabeza—. Las joyas. El arte. Todo eso debe estar ya en Siberia o quién sabe dónde. Incluso si lo rastrearas hasta encontrarlo, jamás podrías volver a comprar cada pieza.

Tenía razón. Y aun así, no podía dejarlo ir.

Quería luchar contra Vera con todas las fuerzas que me quedaran hasta el último suspiro, incluso si no eran muchas.

Por rencor. Por justicia. Por venganza. Por dolor .

Veintidós años de ataques desde el primer momento en que aterricé en su vida como un bebé recién nacido.

Veintidós años de lograr esquivar cada uno de sus planes para echarme de casa.

Si dejaba pasar esos veintidós años y no hacía nada, era como dejarme pisotear como un felpudo.

«Esa es mi niña». La voz de papá se me llegó como si fuese una tormenta repentina. Casi se me caen las lágrimas al oírla. «Defiéndete. Hazte valer, incluso ante quienes amas. Si te encuentras sola, es porque en el fondo no te querían».

—No es el testamento verdadero —le dije con firmeza y con los dientes apretados—. Es la razón principal que tengo para impugnarlo. Ella mancilló su legado y le robó los últimos deseos.

Andras se agarró la cabeza como si le fuera a explotar.

—¿De qué hablas?

—Este escrito de ahora lo redactó ella.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conozco a mi padre. Ese no es su testamento. Lo siento en las entrañas, con el corazón. Hasta en los huesos.

El texto leído en la lectura de su testamento se refería a su colección de arte como «artículos varios».

Artículos que serían vendidos en una subasta, con todas las ganancias entregadas a Vera Ballantine.

El cuadro que papá juró que nunca vendería, incluso si el presidente en persona se lo suplicaba de rodillas.

La escultura de nariz peculiar por la que juró que desataría la Tercera Guerra Mundial, porque le traía a la mente la que me había legado.

Y el colgante que me prometió para el día de mi boda, para dármelo en el altar.

No era solo que no creyera que ese documento fuese el testamento, sino que me negaba a creerlo. Porque, de hacerlo, significaba que todas las promesas que papá me había hecho eran mentira. Y mi padre no mentía.

—¿Qué importa? —Andras levantó los brazos—. Ya está. Han pasado casi dos años. Enfócate en lo que puedes cambiar.

—Puedo cambiar esto. —Apreté los puños—. No tengo por qué soportarlo como si nada.

—Si pasas tiempo con este señor Sun, lo que tendrás que soportar será algo mucho peor, te bolond —gruñó, bajando la cremallera de su traje de esgrima.

¡Alto! ¡Un momento! Abortar misión. Rebobinar. Pausa. Andras acababa de llamarme zorra. Para empezar, una zorra no es más que una mujer que sabe que tiene permitido hacer todo lo que se le permite a un hombre. Y en segundo lugar, yo no tenía por qué aguantar esto.

Me enderecé y hablé lo más lento que pude, para asegurarme de que mis palabras se le quedaran bien dentro del cráneo.

—Lo que acabas de decir no está bien. Para nada.

—Lo que acabo de decir es la verdad.

Nunca lo había visto tan agitado por algo.

No eran celos. Andras jamás se preocupaba por ninguna otra cosa que no fuera la esgrima.

E incluso entonces, me ponía en primer lugar.

Desde que había vuelto de Seúl, arruinada y deshonrada, él había reconstruido los pedazos por mí, haciendo tanto entre bastidores que sabía que nunca comprendería toda la magnitud de sus esfuerzos.

Pero él era pésimo con las palabras y había algunas cosas que eran inaceptables, que no se podían ni decir.

Me crucé de brazos:

—Quiero una disculpa.

No me importó que Andras fuese como un segundo padre para mí. Ni que lo más probable era que sus palabras fueran efecto de la preocupación.

—¿Acaso no te llegan los rumores? —Redobló la apuesta e hizo un gesto en dirección a la multitud de ricachones al otro lado de la pared—.

Zachary Sun y sus amigos no saben hacer otra cosa que tomar, usar y abusar.

Es un vividor. Nunca te tomará en serio.

Puede que te ayude con algo ahora, pero se detendrá en cuanto se canse de ti.

Tenía razón.

Zach mismo lo había dicho. Yo solo era la tirita sobre la herida. Un remedio. Un antídoto. Ni más ni menos. Un medio para un fin.

Levanté el mentón bien alto.

—Ya soy mayorcita.

—Ah, pero no tanto, una niña grande quizás.

—Andras me dio un golpecito sobre la nariz y me miró—.

Haz el favor de escuchar a un adulto por una vez en tu vida.

Ese asunto con tu madrastra, deberías enterrarlo junto a tu difunto padre.

Él querría que te llevaras bien con ella, Fae.

Él querría que empezaras de nuevo. Elige la paz, no la guerra.

«Yo no fui la que eligió la guerra. Me arrastraron a la fuerza, con gritos y patadas».

Negué con la cabeza. Tenía la próxima clase con Zach en diez minutos. Me preguntaba si vendría, teniendo en cuenta todo lo ocurrido.

—Tengo que irme. —Me ajusté la correa de la mochila al hombro—. Gracias por el consejo, pero voy a seguir adelante.

Me di la vuelta y me dirigí al vestuario de las mujeres. Tan pronto como empujé la puerta, me desplomé sobre un banco vacío y enterré la cara entre mis manos.

«No pasa nada. Estás bien. Zach Sun es tu billete a la redención, y a ti nunca te ha dado pudor tener sexo por una sola noche. Esto no es sucio. No está mal. Y no va a terminar con tu corazón aplastado en la pista, ni con un sable atravesado».

Eso era lo malo de crecer en un ambiente donde no existía el afecto humano: lo encontraba donde pudiera, incluso —especialmente, de hecho— en las aventuras sexuales de una sola noche.

A lo largo de mi infancia, papá había ido entregándome retazos de amor en dosis controladas, con la esperanza de que pasaran desapercibidas para las otras tres Ballantine.

Hacía todo lo posible por mantener la paz, con la esperanza de criar a sus tres hijas en armonía.

Y sí que las consideraba sus hijas también, a Tabby y Reggie; las valoraba tanto como a mí, aun cuando no tenía una gota de sangre compartida con ellas. Pero ellas se negaban a verlo.

¿Y yo? Yo no tenía problema en calentarme el corazón con el ejercicio aeróbico y las sábanas almidonadas que me ofrecía algún que otro hombre de vez en cuando.

De hecho, durante largo tiempo tuve la sospecha de que lo mío era exactamente lo contrario a lo de Zach: ansiaba sentir la piel de otra persona sobre la mía.

Me lo pasaba bien con cada aventura amorosa y pasaba a la próxima sin mirar atrás.

Las relaciones eran una apuesta demasiado alta.

Eran un riesgo. El sexo era simple. Gratificación instantánea.

Y Zach era un dios entre los hombres. Para nada iba a ser un riesgo para mí enamorarme del multimillonario melancólico y condescendiente sentado en lo alto de una torre de marfil.

Saqué el teléfono del bolso y eché un vistazo a los mensajes de mi mejor amiga.

Ari: No puedo creer que no vayamos a celebrar tu cumpleaños juntas.

Farrow: Yo tampoco. Eres mi persona favorita en todo el mundo ahora mismo.

Farrow: (No quiero sonar intensa ni exagerada.)

Ari: ¿Más que Keanu Reeves?

Farrow: Sí.

Ari: ¿Más que Taylor Swift?

Farrow: Sí.

Ari: ¿Más que Madonna?

Farrow: No te pases. Es la reina del pop.

Ari: Uy.

Farrow: Bueno, tengo que ir a chocar las espadas con el tipo con quien me masturbo bastante últimamente. Hablamos luego.

Ari: Qué manera de hacerme sentir como una perdedora. Lo mejor de mi día ha sido hacerme las uñas…

Ari: PD: ¿Hace cuánto que no tienes sexo? ¿Por qué no cambias tanta esgrima por otro tipo de espada? Ya me entiendes…