Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo veintiséisFarrow
33%

Capítulo veintiséisFarrow

Capítulo veintiséis

Farrow

Me solté del contacto de Zach y salí a toda velocidad de su vestidor como si mi trasero estuviera en llamas.

Siempre había sido muy valiente, pero oír que mi jefe —que era más sexi que el mismísimo Hades— me decía que planeaba darme sexo hasta el hartazgo para poder superar algún trauma misterioso y estar con otra persona estaba muy por encima de mi escala salarial.

¿Pero qué mierda era eso…? En serio, ¿qué pedazo de mierda era eso?

La peor parte era que yo tenía la entrepierna pegajosa, goteando de necesidad por él.

Se me enrojeció la cara, sofocada por el deseo.

Tenía la piel tensa y cosquilleante del anhelo de que la tocasen.

Vacía . Me sentía vacía, más que ninguna otra cosa.

Apoyé una mano en la pared del pasillo y me esforcé por caminar derecha. El estómago se me había encogido al sentir la yema de su dedo sobre mi mejilla. Y esa sensación de vacío y calor anidó en mi centro, suplicando que la desataran.

Necesitaba descargarme. Cuanto antes .

Aturdida, llegué hasta la puerta más cercana, la abrí de un empujón y entré dando tumbos. La cerré y pegué la espalda contra la madera fría; cerré los ojos e intenté regularizar la respiración. El matiz elegante de las velas Christian Dior y de la limpieza general me punzó dentro de la nariz.

«Concéntrate, Fae». Se me abrieron los párpados de pronto, estudié el entorno y me di cuenta de que había entrado en la biblioteca de arte de Zach.

A diferencia de las de su oficina, aquí las piezas de arte adornaban cada centímetro de los estantes de madera de arce que iban de una pared a la otra y desde el suelo hasta el techo.

Esculturas, cuadros, joyas antiguas y primeras ediciones.

Por desgracia, ni la escultura de Brancusi ni la primera edición de Alicia en el país de las maravillas impidieron que mi cuerpo traidor se amotinara contra mí. Mi clítoris desleal palpitaba y exigía ser tocado, tironeado y masajeado. Ya había tenido suficiente.

«Tendrás que ocuparte de esto antes de volver al trabajo».

Giré la cerradura, la moví tres veces para comprobar que estaba bien cerrada y me fui hasta el rincón más alejado de la biblioteca, apurada por el líquido de mi entrepierna que se deslizaba y me empapaba la ropa interior.

Quizás debería haberme sentido mal al profanar la biblioteca de antigüedades de Zach, pero tal vez él no debería haber llamado indirectamente a mi coño su cura.

Las estanterías traquetearon por detrás de mí cuando me apoyé de espaldas contra ellas e hice caer un libro manuscrito de edición limitada del Renacimiento.

Me deslicé hasta la alfombra, con mi propio pulso zumbándome dentro de la cabeza.

«Es la última oportunidad que tienes para detener esta locura, Fae».

Demasiado tarde. Las rodillas se me abrieron por sí solas. Unas gotitas de sangre me saltaron sobre los muslos y quedaron ahí como pecas. Tendría que haberme preocupado más por el desastre que había dejado atrás con lo de los Brett. Hasta podía haber llegado la policía…

Pero no me preocupaba en absoluto.

Me zumbaba el pulso por dentro mientras me metía la mano entre las piernas, apartaba las bragas de algodón y me metía los dedos bien adentro.

Por lo general, iba directa al clítoris, pero nunca me había sentido tan vacía en toda mi vida.

Los dos dedos que introduje en mi vagina empapada no encontraron resistencia a medida que avanzaban.

Ay, Dios, no me bastaría con los dedos. Sacudí la cabeza.

Unas lágrimas desesperadas me mancharon la comisura de los ojos.

Miré a mi alrededor y me detuve en un estuche para cigarros bien grueso.

Me desplacé hasta el escritorio, lo agarré y volví a mi sitio, metiéndolo dentro de mí mientras comenzaba a masajear mi clítoris.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me sentí llena, recargada, deseosa de arder.

No tenía sentido. El estuche era de metal, helado al tacto.

Y totalmente inerte. Inmóvil por completo.

Tal vez me ocurría porque era un objeto de Zach, o porque estaba en la biblioteca de Zach, en la mansión de Zach.

En cualquier caso, podía sentirlo a mi alrededor, sobrevolándome, susurrándome palabras sucias al oído.

El dolor entre mis piernas se intensificó. Sabía que, sin importar lo que yo hiciera en ese momento, nunca estaría a la altura de lo que quería de verdad.

Quería a Zach empujándome contra el tablero de go. Quería desparramarme sobre él y que se me incrustaran las piedras en la espalda y se hundieran en mi piel sensible a medida que su boca fuera recorriéndome todo el cuerpo y su cabeza fuera desapareciendo entre mis muslos…

Mis dedos tomaron velocidad contra el clítoris. Me moví, y subí el trasero lo necesario para que el estuche metálico diera en mi punto G.

—Oh, Dios. —Se me arqueó la espalda como si fuera un arcoíris—. Sí.

Cabalgué sobre el estuche con los muslos tensos, ardientes, desesperados por más fricción.

Me llegaron unas voces desde el otro lado de la puerta de la biblioteca.

Oliver que se reía. Dallas que gritaba algo.

Romeo que la aplacaba. Pero yo no estaba ahí.

Me había perdido en mi propia cabeza. En otro mundo…

«Zach me devoraba el coño hasta que yo explotaba sobre su lengua. Me daba la vuelta sobre el vientre una vez ya agotada y me estimulaba pasándome el pene suavemente a lo largo de la raya de mi culo durante un rato, antes de penetrarme por detrás».

Se me cortó la respiración, la presión entre mis piernas iba en aumento. Gemí mientras pintaba círculos desesperados alrededor del clítoris. Me pellizcaba. Me masajeaba. Me daba golpes rápidos…

Su nombre escapó de mis labios como un cántico.

—Zach, Zach, Zach.

No era suficiente, quería más. Abrí más las piernas y empujé y tiré del estuche dentro de mí al tiempo que con la otra mano masajeaba el manojo de nervios que tenía entre las piernas.

La brisa nocturna me acarició en los pezones, entraba por la ventana abierta.

Se endurecieron con la corriente de aire.

Simulé que era el aliento de Zach que me atormentaba y me exigía que me sometiera a él.

—Haz que me corra. —Apreté mis paredes alrededor del estuche; desesperadas, suplicaban por soltarlo todo—. Por favor, Zach.

«Por favor, por favor, por favor».

Las voces detrás de la puerta se hicieron más fuertes, más alegres.

No me importó. Se me tensaron los músculos, palpitaban al ritmo de mi sinfonía interior.

Oliver estaba justo al otro lado de la puerta y bramaba sin parar.

La risa de Dallas me resonaba por dentro.

¿Justo ahora habían decidido hacer una visita espontánea por la casa?

¿Justo cuando me había decidido a descargarme? Qué mala suerte la mía.

Y aun así, no me detuve. Más terca que nunca, redoblé el ritmo y me metí el puño entero en la boca para reprimir un grito al tiempo que me montaba sobre el estuche para cigarros como si fuera una ola.

Apreté los dientes alrededor de los nudillos, las caderas se sacudieron de atrás para adelante.

El placer me recorrió cada fibra del cuerpo como incendiándome, y se me calentó cada una de las células.

Grité el nombre de Zach en mi puño, la palabra salió confusa y tosca.

Terminé con ese orgasmo eterno y me desplomé contra las estanterías, jadeando, agotada y sin fuerzas. Intenté recuperar el aliento mientras oía las voces que provenían del pasillo, que se hacían cada vez más fuertes.

—¿Dónde demonios están? —Dallas chasqueó la lengua—. Que le haya rebanado un dedo al pobre tipo, puedo entenderlo. Hasta lo defiendo. Pero necesita responder a las preguntas de su abogado.

Unos pasos resonaron por el pasillo.

—Acaban de irse los Brett y ese tal Jasper.

—Era Romeo, con su voz neutra, casi aburrida—.

Han firmado los descargos y todos los acuerdos de confidencialidad que les hemos metido por el culo con el abogado de Zach.

Listo, está limpio. —Hubo una pausa, y después siguió—: Y hablando de acuerdos de confidencialidad…

—Sí, ya sé, ya sé —suspiró Oliver—. La primera regla del Club de la Lucha es: «No codiciarás a la esposa terriblemente sexi de tu mejor amigo».

—Oliver…

—Me ofende que pienses que iba a chivarme…

—Me ofende que creas que soy tan idiota para confiar en ti después de verte terminar la botella de tequila Clase Azul.

—Me ofende que te ofenda que…

Los pasos siguieron sonando desde el pasillo, cada vez más alejados de la biblioteca.

Mientras tanto, permanecí congelada, con las piernas abiertas todavía, sin animarme ni a exhalar.

Una bocanada de aire frío lamió mi entrepierna.

Al fin, cuando el silencio se impuso durante un minuto entero, solté el aire.

«Levántate, pedazo de imbécil descontrolada. Límpiate. Lanza ese cigarrero por la ventana. Vuelve en ti, Farrow Ballantine».

—Farrow.

Me tomó un minuto darme cuenta de que el sonido de mi nombre no venía de mi cabeza.

La voz gélida de Zach retumbó por las paredes y esta vez me sonó robótica al máximo.

Mis ojos se abrieron de golpe y recorrieron la habitación hasta encontrar la cámara en la esquina del techo. Apuntaba directo hacia mí.

Oh, Dios mío.

Me había visto masturbándome en su propia casa.

Me había visto el sexo al aire, con las piernas muy abiertas.

Con los dedos jugueteando por ahí.

Con el estuche para cigarros.

«El estuche, el estuche, el estuche».

Quería prenderme fuego ahí mismo, pero me resistí a la humillación. Me aclaré la garganta y le sonreí a la cámara.

—¿Sí?

—¿Ya has terminado de contaminarme la biblioteca? —Su tono era impasible, indiferente.

De repente, me enfureció que no hubiera entrado en la habitación en cuanto me había visto abrir las piernas; que no me hubiera arrojado contra la ventana y penetrado allí mismo. Me desparramé contra los estantes llenos de cosas, sin cerrar las piernas todavía.

—Más o menos.

Sabía que él seguía observándome. Todo: el clítoris hinchado, mis pliegues rosados, los fluidos que se me escurrían por los muslos y sobre la alfombra, la sangre residual del dedo de Brett con trazos desordenados pintados en mis muslos… Pero me negué a mostrar debilidad.

—¿Qué ha sido exactamente lo que te ha parecido tan fascinante de la habitación? ¿Tal vez los Dostoievski y Murakami de tapa dura o las pinturas de Degas?

Esquivé el golpe directo.

—Principalmente, tu ausencia.

Se rio al otro lado del intercomunicador; un ruido estático que todavía lograba calarme hasta las entrañas. Me sacudí las manos.

—¿Hemos terminado con la charla? —Quería levantarme y limpiarme. Luego, obviamente, esconderme debajo de una roca y pasar el resto de mi vida mortificada por lo que había pasado.

—Casi. —Silencio. Y luego—: Chúpate los dedos.

Quería desafiarlo. Y negarme. Pero… también quería hacerlo. Mis pezones ya se habían endurecido otra vez, mi cuerpo había dado un salto en respuesta a la orden gélida.

Giré la cabeza para sonreír a la cámara.

—Pídemelo con dulzura.

Hizo una pausa y se lo pensó:

—Por favor, métete los dedos en la boca y prueba lo que te hago con solo existir.

—Engreído…

—Mucho. Y todo yo, de la raíz a la punta, estoy a punto de llenar tu coño, culo y boca. Pronto, muy pronto.

Me recorrió un temblor de impaciencia y euforia: era lo que quería, lo deseaba más que nada en el mundo en ese momento. Me rodeé el pezón con el dedo húmedo.

—¿Crees que eres capaz de tocarme?

Otro silencio. Respondió, con firmeza:

— Sé que puedo tocarte.

Muy lentamente, me llevé los dedos a la boca y chupé, sin apartar la mirada fija de la cámara.

—¿Te gusta el sabor? —Su voz sonó espesa. Tensa. Apenas bajo control.

—Ni te lo imaginas.

Sonreí, junté las rodillas y me quité las bragas arruinadas. El vestido se me deslizó por las piernas al ponerme de pie. En cuclillas, recogí las bragas y el estuche para cigarros para meterlos en el bolsillo del uniforme.

—Ay, ay, ay. —Algo parecido a una risita oscura retumbó por el altavoz—. No hay que robar, pequeño pulpo. Este es tu segundo intento de golpe. ¿Acaso debo poner un cartel en cada habitación para recordarte las reglas?

Fruncí el ceño y miré a la cámara.

—Es un estuche de cigarros barato.

Había tocado fondo por segunda vez. De pie en una habitación vacía, hablando a una cámara con mi jefe, a quien quería montarme como si fuera un tronco. Y, sin embargo, de alguna manera, me sentía ligera, como si flotara.

—No importa, es mío.

—Te compraré otro.

—Me temo que es totalmente insustituible.

—Me estás tomando el pelo, ya te conozco.

—Cariño, quiero hacerte mucho más que tomarte el pelo si me dejas.

Hizo una pausa. Algo parecido a una risita ronca me hizo cosquillas en los oídos. Me crucé de brazos.

—¿Y ahora qué pasa?

—No es un estuche barato.

—A ver, ¿cuánto puede costar?

—No se trata del precio, se trata de su historia.

Resistí el impulso de escabullirme entre las sombras y por fin me di cuenta de la cantidad de antigüedades que había en la habitación.

—¿Qué? —Me eché el pelo por encima de un hombro—. ¿Era de Winston Churchill acaso?

—Casi. Thomas Jefferson. Lo sostenía en una mano mientras con la otra firmaba la Declaración de Independencia.

Joder. No había modo de arreglar un error tan grande. No tenía sentido ni intentarlo. Con más confianza de la que esperaba, me dirigí a una vitrina vacía, le abrí la tapa y metí el estuche para cigarros dentro, junto con mis bragas. Me giré hacia la cámara, arqueando una ceja.

—¿Contento?

—Solo estaré contento una vez que te tenga sobre mi tablero de go y te vea tener un orgasmo sobre mi pene. La invitación sigue en pie.

—Se te ha puesto dura, ¿eh? —le dije, con un gruñido.

—No —fue la respuesta instantánea.

—Mentiroso.

Me acerqué a la puerta, preguntándome si sería mentira o no.

Quizá yo no le gustaba. Tal vez solo le excitaba verme masturbarme, pero no quería tocarme.

Tal vez siempre hacía lo mismo y contrataba a chicas de asistenta para divertirse.

¿Qué sabía yo de ese hombre? Solo los datos impersonales que se leen en Internet.

Su voz me llegó como un cosquilleo en los oídos a medida que me alejaba.

—Puede ser, pero no podrías soportar mi verdad.