Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo veinticincoZach #2
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Capítulo veinticincoZach #2

Me di cuenta de que sus cejas eran de un tono más oscuro que el de los rizos rubios casi tan blancos como el hielo, y resaltaban aún más la belleza salvaje de sus facciones; la extremaban.

Su mirada tampoco era de un azul tradicional, sino de color pastel, del más pálido de los tonos azules, y tenía un contorno azul marino.

De repente pensé que podría mirar ese rostro durante horas sin aburrirme. Aquello era absurdo. Por lo general, las mujeres me aburrían. Su cara, al igual que su cuerpo, me resultaba indiferente y no me generaba la más mínima excitación.

—Ríete otra vez —le ordené.

Las delicadas cejas se chocaron entre sí.

—A ver, hazme reír.

—Imposible. No tengo nada de sentido del humor.

—Pues tendrás que desplegarlo.

—Eso no es una película, Farrow. Puede que me lleve algunas horas.

—De todos modos, ¿para qué quieres que me ría?

«Porque he sentido algo dentro del pecho y estoy desesperado por sentirlo otra vez».

Era la primera vez desde que papá había fallecido. Y posiblemente la última. Pero quería intentarlo.

—Tú solo hazlo.

—No puedo fingir. —Farrow se encogió de hombros y se echó hacia atrás—. Apuesto a que estás acostumbrado a que las mujeres finjan por ti.

«No, no lo estoy. Nunca las dejo acercarse tanto».

—No soy gracioso. Ni tú tampoco, a juzgar por tu último chiste.

—Esfuérzate. —Levantó el mentón sin quitarme los ojos de encima—. Has prometido protegerme. Has dicho que era tuya. Bueno, pues el camino al corazón de una mujer pasa por su boca. Tienes que hacerme reír.

«No es tu corazón lo que persigo», quería recordárselo.

Lástima que ella no fuera Dallas Costa. Esa boca no necesitaba risas, solo pasteles gourmet .

Ahora estábamos pecho con pecho. Sin tocarnos, pero tan cerca que sería suficiente si ella lo intentaba. Y yo quería que lo hiciera. Desesperadamente.

El corazón me latía con tanta fuerza que temí que se me saliera del pecho.

Bum, bum, bum. Parecía que iba a despegarse de las arterias.

Me adentré en mi mente, buscando algo gracioso.

No me reía mucho. A decir verdad, no me reí nada.

Había muy pocas cosas que me gustasen. De hecho, si lo pensaba detenidamente, Farrow estaba primera en la lista.

Pero supuse que burlarme de ella no la haría reír a ella precisamente.

—Esto es ridículo.

Farrow levantó un hombro.

—No es culpa mía que nunca hayas tenido que impresionar a una chica en toda tu vida. Los treinta y tres es una buena edad para empezar.

Me había buscado en Google; yo nunca le había dicho mi edad.

Al darme cuenta de ello, algo caliente se extendió por mi pecho.

—Cuando Ollie fue a Oxford, tuvo un rito de iniciación en un círculo de masturbaciones: todos acababan en una taza y los novatos tenían que bebérsela. Ollie pidió repetir.

Farrow tuvo una arcada.

—Eso no es gracioso. Es un asco.

—Sí que es gracioso. Por dos razones: una, que Ollie sea tan espantosamente decadente. Y dos, que, de hecho, tiene dos títulos universitarios.

Ollie se había ido a Inglaterra a hacer un máster porque quería hacer una investigación en paralelo durante los dos años que duraba el curso: los fetiches sexuales de las europeas.

En otras palabras, quería más libertad para perder el tiempo y tener todo el sexo posible sin tener que inventarse un trabajo.

La poca lástima que podía sentir la tenía reservada para los futuros engendros de Oliver von Bismarck.

La misión de su vida era repoblar el mundo.

Un día, sus hijos y nietos se despertarían y se darían cuenta de que su árbol genealógico era, en realidad, una espiral.

—Si tienes que explicar el chiste, no tiene gracia. —Me miró severa y me copió las palabras—. Siguiente intento.

Se me escapó un suspiro entrecortado. No me extrañaba que los comediantes estuvieran siempre deprimidos. El humor me agotaba.

—Una vez me comí una bolsa entera de naranjas y sufrí las consecuencias.

—Otra vez, un asco. No tiene gracia.

Estaba empezando a desesperarme, lo que me enfurecía y emocionaba a la vez. Nunca en la vida había estado desesperado por nada.

—Mi tía solía esconder sus bolsos de diseño de su marido y los metía en el maletero de su coche.

Una vez, dejó la llave en el contacto y le robaron el coche.

Pero no sabían que se habían llevado una mina de oro de bolsos de diseño por un valor de más de un millón de dólares, así que los tiraron todos a un lado de la carretera.

La policía los recuperó y se los devolvieron.

Farrow hizo una breve mueca, pero no se rio.

—Vamos —le dije con un gruñido—. Si casi te ríes ahí…

—Sí, y casi tuve un orgasmo cuando me acosté con Park Woo Bin en el tejado del rascacielos de su padre a los diecisiete años. Pero no lo tuve. Casi es la palabra del millón aquí, Zach.

Yo no sabía quién era Park Woo Bin, solo sabía que era hombre muerto.

—Ríete. —La orden se escapó de mis labios como un susurro semiatascado en mi garganta.

—Haz que me ría —ronroneó ella, sacando el pecho hasta casi tocarme en el torso parcialmente expuesto.

No tenía elección. Tenía que sacar la artillería pesada.

Respiré hondo, giré hacia un cajón, lo abrí y rebusqué entre unos álbumes de fotos.

Saqué el que necesitaba y extraje una foto de dentro.

Volviéndome hacia Farrow, tomé la foto por una de las puntas como si me diera asco (y así era), y se la pasé.

Ella tuvo el cuidado de cogerla por el borde y se acordó de no tocarme.

—He perdido una sola apuesta en toda mi vida. —Me abroché el último botón de la camisa y me aclaré la garganta—. Oliver y Romeo me hicieron vestirme de cuero de pies a cabeza. Cuero pero color rosa .

Mis ojos se clavaron en su cara.

—Oh, por Dios, Zach. —Los labios le estallaron con la sonrisa más grande que yo jamás hubiera visto—. Los pantalones no tienen trasero.

—Un souvenir de la educación superior de Ollie. Volvió de Europa convencido de que los pantalones son una conspiración contra los culos en todas partes.

La risa le brotó por la boca y me golpeó directo en el pecho. Otra vez. Como una inyección de adrenalina directa al corazón. Lo sentí funcionar . Latía. Bombeaba sangre. Golpeaba contra mi esternón.

Mierda, era adictivo.

Ella era adictiva.

Su risa fue apagándose poco a poco y me miró por detrás de las largas pestañas.

—¿Feliz ahora?

—Lo máximo que podría estarlo —admití—. La cuestión es que…

—Levanté la mano, y le aparté un mechón de pelo del ojo con mi dedo pulgar.

El pelo era células muertas, no carne. Más fácil de manejar para mí.

Y aun así, ambos dejamos de respirar. Nuestras miradas se encontraron.

Se sostuvieron. Entraron en un trance implacable.

—Ahora eres mía, Farrow. Para protegerte, para corromperte, para profanarte. No dejaré que nadie te maltrate. Y mucho menos Brett.

Tragó con dificultad y la saliva recorrió su garganta.

—¿Y qué quieres a cambio?

«Todo», pensé. «Quiero todo lo que tienes para dar y más allá. Cada milímetro de tu persona. Cada sonrisa. Cada risa. Cada aliento. Cada caricia».

Por primera vez en la vida, ansiaba algo más que existir.

Quería permitirme sentir de verdad.

Ignoré su pregunta.

—Múdate aquí conmigo. Olvídate de vivir en tu casa para proteger la escritura. Bajo mi tutela, lo tendrás todo. La casa. La empresa. Los recuerdos; menos el colgante. Te haré un bonito abrigo con la piel de Vera y tus hermanastras, si lo deseas.

Los pechos de Farrow subían y bajaban, llenos y sensibles, en una súplica por ser tocados. Los picos de sus pezones se clavaban en la tela barata del uniforme.

—No, gracias.

—Le compraré la casa si es necesario —aclaré.

—Ya veo, Zach. Lo tuyo es lanzar el dinero hacia los problemas y verlos desaparecer. Yo no soy uno más de ellos. Comprar mi cariño no te funcionará, tendrás que ganártelo.

Me dieron ganas de reír. Yo había ganado mucho en muy poco tiempo en mi vida. De todos los desafíos conocidos, sin duda este era para el que mejor preparado estaba.

—Lo siento. —Le pasé el pulgar por la mejilla y le limpié una gota de la sangre de Brett.

Los ojos le brillaron al entrar en contacto con nuestra piel.

Un escalofrío me recorrió la espalda, una reacción involuntaria, como encogerse ante el sonido de un tenedor que se arrastra sobre un plato—. De verdad.

—¿Por qué? —Farrow casi no respiraba.

—Por arrastrarte a mi propio infierno personal. —Mantuve el pulgar sobre su mejilla—. Tú vas a arreglarme, Farrow… Para que pueda convertirme en el infierno de otra persona.