Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo veinticincoZach
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Capítulo veinticincoZach

Capítulo veinticinco

Zach

—¿Pero qué cojones…? —Brett miraba atónito a la punta faltante de su dedo—. ¿Qué cojones? ¿Qué cojones… has hecho?

Buena pregunta. ¿Qué cojones estaba haciendo realmente?

«No hay de qué preocuparse. No hay segundas lecturas, solo protejo mi antídoto. Sin duda un caso de protección de la propiedad privada y así lo defenderá la ley en un tribunal».

—Ay, ¡¡¡nooo!!! —Derramaba las lágrimas sobre la mano herida y la levantaba en dirección a la luz—. Justo la Palmela Andelson, ¡no!

Qué pena que mi puntería nunca fallara. Le había dado justo en la punta de los dedos índice y medio; nada que le dejara ningún daño profundo, solo un poco de tejido y nervios faltantes. Lástima . Un poco más a la derecha y no habría tenido que escucharlo chillar.

—¿Qué cojones, hermano? —Se apretaba la muñeca, colapsado, y lloriqueando con unos gritos angustiosos—. ¡Me has cortado la mano! ¡Me has cortado la mano!

«Lo he hecho, y desearía poder hacerlo de nuevo».

Brett tocaba el suelo tratando de encontrar las yemas de sus dedos caídas. Se habían dispersado por las baldosas como confeti, y todavía seguía saliendo la sangre a chorros del hueco del que habían salido.

Este evento había marcado la primera vez en que tiraba un cuchillo fuera del círculo de práctica de tiro al blanco.

La primera vez que le había dado a un blanco con este cuchillo en particular —regalo de papá— en toda mi vida .

Sabía que el papeleo sería una pesadilla, pero no me arrepentía ni un poco.

—¿Pero qué mierda…? —Ahora Brett había empezado a gritar y dar patadas en el suelo, y seguía mirando fijamente el chorro de sangre que le caía por los dedos. Me pareció que al final había dejado de buscar los pedacitos faltantes.

—La única mierda aquí es que se te ha ocurrido tocar los cojones a la persona equivocada. Te he dicho que no te acercaras a esta mujer. Es mía.

—No ha sido más que un apretón amistoso…

—Ah, pero qué coincidencia. —Di un paso adelante, levanté el cuchillo del suelo y se lo agité delante del rostro, sosteniéndolo por el mango con dos dedos—. Solo un apretón amistoso, ¿no? Ahora no podrás usar la mano derecha ni para masturbarte mientras piensas en ella.

—Llamaré a la policía.

—¿Y qué piensas decir? —Limpié la hoja del cuchillo sobre el borde de su camisa y lo metí en el estuche—. ¿Que te has metido en mi casa drogado hasta las cejas y que has acosado sexualmente al personal?

—Estoy perdiendo sangre —gimoteó y salió de la cocina dando tumbos, gritando a un volumen inaudito y aferrando la muñeca contra el logo de Gucci que tenía en el pecho— ¡Papi! ¡¡Papá!!

Por fin, dirigí la mirada hacia Farrow. Se había mantenido en silencio todo el tiempo, evaluándome con esa mirada tan única que me hacía sentir preocupado de que desentrañara todos mis secretos más ocultos con solo mirarme a la cara.

Di un bostezo y dije:

—¿Qué?

—Has perdido el control.

—No he perdido el control ni por un segundo —le contesté—. Es este tipo, que no sabe tener las manos quietas.

—No soy tuya. —Los ojos celestes se le encendieron de furia—. ¿Por qué se lo has dicho a Brett?

—Lo serás. —La verdad se me escapó sin querer, sin previo aviso, ni consentimiento por parte de mi cerebro.

—No lo seré.

—Sí lo serás.

—¿Por qué estás tan seguro de ello?

—Siempre consigo lo que deseo. —Saqué la lengua y me la pasé por el labio inferior—. Y te deseo como nunca he deseado nada en mi vida.

Si en algún momento había pensado que ella caería rendida ante mi confesión inusual, me esperaba otra cosa. Ella no era una de esas fans. De hecho, mi respuesta parecía enfurecerla aún más.

Cogió un trapo que colgaba del grifo y se puso a limpiar la sangre de Brett del suelo.

—¿De verdad ha valido la pena?

No quería que ella tocara nada proveniente de ese tipo, pero me contuve de arrancarle el trapo de las manos. Necesitaba tomar las riendas en lo referente a mi obsesión antes de que se descontrolara.

—Ahora te meterás en problemas, ¿y para qué? —dijo Farrow, y roció un limpiador orgánico sobre los azulejos—. No es la primera vez que me pellizcan el culo. Y siempre termina igual: un ojo morado para el tipo que lo hace y los nudillos hinchados para mí.

El solo pensamiento de que algún hombre pensara que podía tocar a esta mujer sin su consentimiento me hacía querer hacer cosas terribles. Necesitaba nombres, direcciones, horarios. Y cuchillos. Muchos cuchillos, mierda.

—No me meteré en problemas.

Desde el salón, oímos a Brett padre que perdía la compostura a un nivel descomunal.

—¿Cómo has podido ser tan estúpido?

Estiré un pulgar en la dirección de Jasper y Brett padre que no paraban de regañar a Brett hijo, lo cual demostraba mi postura.

—Bastará con añadir algunos millones que endulcen la oferta de compra de la empresa. —Una sonrisa lúgubre y ladeada me atravesó la cara—. Era el plan desde un principio. Les hice una oferta bajísima.

—Me has tratado como un objeto. Como una posesión. —Hizo una pausa y me apuñaló con la mirada—. Puede que trabaje para ti, pero no hay nada más.

—Te equivocas. Hay más, mucho más. Tengo muchos otros planes para ti.

Sus ojos se achicaron:

— Zachary…

— Farrow.

Arrojó el trapo pesado y empapado dentro del fregadero. La sangre salpicó los platos y las tazas.

—¿Tienes algo que decirme?

—Claro que sí. —Caminé hacia ella y me detuve a menos de dos palmos.

Todo un progreso. Vi cómo la línea de su garganta subía y bajaba ante la proximidad.

Empuñé mi cuchillo, y con la punta le toqué el cuello manchado de sangre en el uniforme de asistenta.

Y le sonreí con satisfacción—. El rojo te queda bien.

Dicho eso, salí en dirección al dormitorio principal.

Sus viejas zapatillas chirriaron contra el suelo de mármol.

Pisaban sobre mis pasos, siguiéndome de cerca, ruidosas y despreocupadas.

Si no había una fiesta o una cena formal en casa, nadie tenía permitido entrar con zapatos en la mansión; ella había hecho caso omiso de la regla desde el primer día.

Pasamos al lado de Brett hijo sin decir palabra.

Estaba enroscado contra la columna del primer escalón mientras el médico de familia de Ollie le cosía unos puntos y el padre y ese Jasper no paraban de regañarlo.

Al otro lado del salón, Ollie, Rom y Delhi se reían, hacían sonar las copas y golpeteaban los platos de porcelana con los cubiertos.

Giré el pomo dorado de mi habitación y entré.

La puerta se cerró detrás de Fae, que echó el cerrojo.

Me siguió hasta el baño, donde giré el grifo hasta la temperatura más fría y hundí las manos bajo el agua.

El agua se tiñó de rosa bajo la sangre. Nuestras miradas se entrelazaron a través del espejo.

Si se había asustado de verme rebanarle un dedo a un hombre que casi le toca el trasero, no se le notaba para nada.

Terminé de limpiarme, entré en el vestidor sin prisa y empecé a desabrocharme la camisa.

Farrow apoyó una cadera en el marco de la puerta.

Tenía el uniforme y las piernas desnudas aún cubiertos de sangre.

Lentamente, bajé los hombros y dejé caer la camisa, con total consciencia de que ella tenía los ojos clavados en la tela, que cayó sobre la alfombra sin hacer un solo ruido.

Me quedé ante ella con el torso desnudo, como una estatua expuesta a la vista del público, dejándola observar las vistas un rato más y empaparse con el paisaje de mis abdominales perfectos, el contorno de mis brazos esculpidos y la V profunda que se hundía en mis caderas por dentro de los pantalones.

Los ojos se le abrieron tanto que parecían dos platos.

El calor se me acumuló por debajo del ombligo y toda la sangre se me agolpó en el pene.

Yo conocía esa mirada. La ponía yo mismo cada vez que estaba a punto de cerrar un trato difícil. Ella tenía hambre. De mí.

«No tienes ni idea de lo que te espera, Pulpita. Tendrás primer plato, segundo plato y postre todas las veces que quieras. Y todos los entremeses que quieras en medio. Vas a estar tan llena de mí que tu sexo tendrá la forma del mío».

El pensamiento me sorprendió tanto como la idea en sí; ni siquiera lograba llegar a tocarla todavía.

Rompí el hielo y chasqueé los dedos cerca de su cara.

—¡Hola, ey! Mis ojos están por aquí arriba.

Estábamos a unos tres metros el uno del otro. Pero, a diferencia de cualquier otra vez, con cualquier otra persona, cada centímetro se sentía como un continente entero.

—No hay nada en ellos. —Farrow cruzó los brazos—. Tu torso ofrece unas vistas mucho mejores.

Elegí una camisa blanca, coloqué la percha de terciopelo vacía de vuelta al perchero y me acerqué a ella, todavía sin camisa.

—No deberías dejar que nadie te hable como lo ha hecho Brett. U Oliver, de hecho.

Se le borró la sonrisa.

—Lo hacen porque saben que pueden. Yo no soy Dallas Townsend, no tengo a nadie que me proteja.

Me deslicé la tela sobre los hombros y di un paso más hacia ella.

—Sí que tienes a alguien.

Di otro paso mientras iba a abotonando uno a uno los botones con cada paso.

—Ah, sí, ¿y quién es?

—Yo.

El silencio se clavó en el aire. Y entonces, lo oí.

Una risa que era como un cosquilleo en el viento revoloteaba desde su garganta como el sonido de campanas que anuncian una boda.

Me entró en el estómago y desde allí se expandió en todas las direcciones posibles.

No parecían mariposas, más bien murciélagos del mismísimo infierno.

—¿Qué ha sido eso?

La risa se le desvaneció, al igual que lo hizo el rumor que me había temblado en el pecho al oírla. No había sido desagradable y no se sentía como un ataque al corazón… Casi que quería sentirlo otra vez.

Ella parpadeó con sorpresa.

—¿Qué ha sido qué?

—Ese sonido.

Las cejas se le levantaron hasta la línea del cabello:

—¿Mi risa?