Capítulo veinticuatroZach
Capítulo veinticuatro
Zach
Dejando a Dallas de lado —en otro continente, a ser posible— me concentré en el roce de Farrow, que se abría camino por mi carne y mis huesos. Reprimí un silbido, aparté la mano y la fulminé con la mirada.
—¿Qué haces?
—No sé. —Me lanzó una mirada juguetona y una sonrisita—. ¿Sacarte de tu zona de confort quizás?
—Pues no lo hagas. Es donde quiero estar, demonios.
Pero mi tono de voz carecía de mordacidad.
Y tampoco podía encontrar en mí ese impulso inmediato de correr al baño y frotarme la piel hasta arrancarme la capa infectada.
Un destello de mi padre, muerto y rígido sobre mí, cruzó por mi mente, pero no se quedó.
Y no tuve la misma reacción horrible que normalmente tenía cuando alguien me tocaba.
Solo me sentí… aturdido. Y un poco mareado.
Farrow retrocedió, se sopló un mechón de pelo suelto del ojo e hizo una salida teatral.
Dallas se inclinó hacia mí y le dio besos al aire.
—Mira toda esta comida. —Su barriga de embarazada invadió mi espacio personal. Un terrible recordatorio de lo que mi madre esperaba de mí. Un heredero, alguien que continuara la línea de sangre Sun.
Romeo soportó el abrazo de Brett hijo y después lo alejó con un dedo sobre la frente.
—Mira si todavía tienes la cartera en el bolsillo —le susurré a Rom mientras espantaba a un camarero que intentaba recoger el cuchillo clavado delante del plato de Brett hijo. Que le sirviera de advertencia para el resto de la noche (que con suerte no duraría mucho más).
—Todo se ve delicioso. —Dallas aplaudió y dio unos saltitos en el lugar, tanto como podía con la cosa enorme que se le cocinaba en el estómago—. Sin contar la compañía, por lo que he oído.
Dallas Costa era una criatura encantadora.
Con esos exuberantes rizos castaños que le caían sobre los hombros, los ojos color esmeralda, esa sonrisa amplia y una figura por la que casi todo hombre hubiera ido a la Tercera Guerra Mundial.
Y aun así, no despertaba nada en mí. Demasiado ruidosa, feliz y simple para mi gusto.
—¡Trufas blancas! —Cogió uno de los fideos rizados de un plato para compartir con la mano y se lo metió en la boca—. Lo has pedido para mí, ¿verdad?
—Todo tuyo ahora.
Le hice un gesto a un camarero para que me trajera otro cuchillo para la carne, aunque se me había ido el apetito por completo.
Dallas estampó su Birkin contra el pecho de Romeo y se llevó toda la bandeja de fideos hasta su sitio.
En medio del caos, tanto Brett padre como su hijo permanecían en silencio.
Demasiado embelesados por el hombre que tenían enfrente, sin preocuparse de que nuestra reunión se viera interrumpida. Supuse que requería una explicación.
Como Farrow ya se había ido, me relajé, abrí la servilleta sobre mi regazo y dije:
—Rom y Oliver me asesoran extraoficialmente.
Era mentira, desde luego. A Oliver yo no lo llevaría ni a un burdel sin que me preocupara su conducta, mucho menos lo haría a una reunión de negocios. Pero Ollie y Rom me mantenían atento, al menos en líneas generales.
—Usted debe ser Oliver von Bismark, ¿no? —Brett padre, que no venía de familia de dinero y no podía dejar de fascinarse por quienes sí lo hacían, se inclinó hacia delante apoyado sobre los codos y me devoró con la mirada—. ¿Es el duque?
—De la nobleza prusiana. —Oliver hizo su entrada, vestido con un traje de tres piezas color gris, pasándose una mano por los rizos dorados.
Teniendo en cuenta que no trabajaba, no supe ni por qué venía vestido así ni de dónde vendría—.
Un título bastante inútil para ser honesto, una vez que conoces a todas las mujeres dispuestas a dar su consentimiento para el sexo.
Le robó a Jasper la copa de vino blanco intacta mientras iba a su asiento y le dio un beso en la cabeza a Dallas al pasar por su lado.
—Te ves fabulosa, señora Costa. ¿Cómo le va a mi ahijada ahí dentro?
—Vamos bien —respondió Dallas, al tiempo que masticaba una salchicha Boudin Blanc; la chica tenía menos glamur que una mancha de semen en los pantalones.
—Estás loco si crees que te confiaría a cualquier mujer, y mucho menos a mi hija. —Romeo se apresuró a sentarse al lado de su esposa y Oliver se desparramó al lado de Brett hijo, al otro extremo de la mesa—. Zach será el padrino.
—Quita esos pensamientos podridos de tu cabezota. —Oliver hizo un gesto forzado de asco y miró a Romeo con desdén—. Jamás intentaría nada con la hija de mi mejor amigo.
Romeo levantó una ceja:
—¿Ah, no?
—No. Eso sería de muy mala educación, teniendo en cuenta que pondré toda mi energía en seducir a su cuñada. —Ollie dio un golpecito sobre su copa y miró a un camarero—. Un martini con vodka. Con tres aceitunas. Mejor que sean dos los martinis, me tomaré el de Daytona Beach también.
—Me llamo Dallas. —Ella arrancó una uva del centro de mesa y se la llevó a la boca, solo para descubrir de la peor manera que era decorativa—. Y, por favor, no me conviertas en tu excusa para descuidarte.
Dirigí la conversación a un territorio más familiar. El sexo, y todo lo que conllevaba, no era mi especialidad. Me concentré en Brett padre, el que menos me enfurecía de todos los invitados.
—Entiendo que han recibido mi propuesta formal.
—Así es. —Cortó una rodaja del wagyu mantecoso y le agregó una cucharadita de espuma de patata y chimichurri de shiso —. Si bien es una oferta interesante y estamos halagados, creemos que ha infravalorado nuestra compañía en mil millones de dólares.
En realidad, la había infravalorado en dos mil millones, pero entendí que quisiera encontrar un punto medio de donde partir.
—No he hecho tal cosa, señor Conner. —Me recliné sobre el mantel e ignoré la comida por completo. No me interesaba la comida gourmet. Solo comía para sobrevivir—. Lo que hice no fue más que deducir mi seguro de responsabilidad contractual, que sin duda entrará en juego en breve.
Brett hijo frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante:
—¿Seguro de responsabilidad contractual? —Sus gafas de sol seguían sobre su nariz, aun dentro de casa. Si Oliver hubiera venido con la camiseta de tirantes blanca, no habría sido el peor vestido.
—Sí, responsabilidad contractual. Seguro que estás al tanto del término, teniendo en cuenta la naturaleza de vuestra empresa.
—Miré hacia Brett hijo con desgana—. Ofrecéis un servicio a personas que dejan que otros las vean chupar dedos de los pies y restregarse contra los asientos del metro.
Toda esta operación es una bomba de relojería y habrá juicios de por medio; así que calculé todo el dinero que tendré que invertir en cuestiones legales para limpiar la mierda que la compañía dejará desparramada de un momento a otro.
Jasper inclinó la cabeza y buscó su copa de vino, pero se acordó de que Ollie se la había robado.
—¿O sea que usted dedujo mil millones de dólares por un juicio imaginario?
—No es imaginario —dijo Ollie y cortó un bocado de carne—.
La gente pone demandas todos los días. Si pueden encontrar razones para denunciar a una empresa de pañales, ¿qué le hace pensar que no pueden encontrar una buena razón para joder a un sitio donde cualquiera puede decir que es mayor de edad y crear contenido pornográfico?
—Por no mencionar que el noventa por ciento de los ingresos de las empresas de redes sociales como la vuestra suele venir de la publicidad.
—Arreglé la disposición de los cubiertos que Farrow había desordenado hasta alinearlos en paralelo—.
Y que cerca del ochenta por ciento de las corporaciones enfocadas en el público familiar jamás consideraría anunciarse en vuestra plataforma.
—No va a ser nada fácil que los chicos muerdan el anzuelo. —Romeo, que había perdido la cabeza dos años atrás, terminó de cortar el bistec a su esposa—. Un valor de mercado estimado para una empresa de este tipo no puede considerarse algo real y comprobado.
—Exacto —dijo Ollie y chasqueó los dedos para recibir su martini y darle a mi camarero cien dólares de propina como si estuviera en un restaurante. El tipo se manejaba por el mundo como un personaje salido de una caricatura—. Nadie querrá anunciar sus productos al lado de la imagen de un pene.
Dallas miró a Ollie con una sonrisa burlona:
—Hablando de eso, ¿el tuyo no salió en la portada de New Yorker ? —La muy chivata…
—Bueno, sí, pero es un pene fotogénico. —Ollie se metió un camarón en la boca—. Al menos se merece la portada de Vogue , rodeado de modelos que lo acaricien.
—Ah, veo que has pensado bien la cosa.
Ollie asintió.
—Sí, hasta contraté a un director de arte para que me diera ideas por si invitaban a mi fabuloso miembro a una sesión de fotos.
Dallas levantó un hombro.
—Los he visto mejores…
—Una opinión sesgada, sin duda. —Ollie bostezó y se tomó el martini de un trago como si fuera cerveza—. Estás inseminada por otro pene, tu visión no es imparcial.
Dallas le dio una palmadita en la pierna a su esposo.
—La verdad es que Rom tiene la circuncisión más bonita que he visto.
¿Por qué tenía a esta gente por amigos? ¿Por qué no había optado por vivir en una cueva en los Alpes? No tenía el más mínimo deseo de discutir sobre genitales ajenos.
—Papá… —Brett hijo finalmente se arrancó las gafas de sol de la cara y estampó sus zapatillas doradas de Versace en el suelo—. No puedes venderla a un precio por debajo del valor de mercado. Es una locura.
Brett padre miró en dirección a Jasper. Este último se pasaba la lengua por los dientes saboreando la nueva copa de vino que le habían alcanzado y no decía ni una palabra. La mirada volvió hacia mí:
—¿Mil millones es su mejor y última oferta?
—Sí, mientras me siga interesando. —Entrelacé los dedos sobre la mesa—. Soy pésimo manteniendo el foco cuando se trata de comprar nuevas empresas. La industria cambia todo el tiempo, y mi mente también.