Capítulo veintitrésZach
Capítulo veintitrés
Zach
Brett hijo irrumpió en mi casa con unas gafas de sol de Prada de neón y un conjunto deportivo de Gucci en color dorado.
—Hola, ¿cómo te va, mi amigo amarillo? —Era un milagro que hubiera sobrevivido a ese nivel de incorrección política, y que a sus veintitantos todavía no le hubieran clavado un cuchillo de cocina en la cara.
Levantó un puño a modo de saludo, con su sonrisa idiota tan característica; el único indicio de que había alguna función cognitiva funcionando—.
He traído champán de Italia. Del verdadero.
No tenía ni ánimos de decirle que el verdadero champán era francés.
La verdad es que no tenía ánimos de decirle nada.
Y si hubiese tenido ánimos de cualquier tipo, no los habría desperdiciado en ese individuo.
Ya cargaba con la tragedia de que mi ánimo tampoco se viera afectado en lo más mínimo por la señorita Eileen Yang, que se había pasado los dos últimos días enviándome enlaces de agencias inmobiliarias de Shanghái; lo que dejaba claro que iba a ser un dolor de cabeza.
Brett padre venía detrás del subproducto tan insatisfactorio de su esperma, seguido del director de finanzas de la empresa, un tipo trajeado llamado Jasper.
Como no le respondí el saludo de puño, Brett hijo se contoneó cerca de la estatua de Guan Yu que había en el vestíbulo y extendió los brazos con la intención de darme un abrazo fraternal.
Me aparté en el momento justo en que se lanzaba hacia mí, lo cual hizo que terminara desparramado en el suelo.
—¡Eh! —dijo con las manos sobre las pelotas, todavía en el suelo, boca abajo—. ¿Por qué has hecho eso?
—No me van los abrazos. —Lo empujé un poco con la punta de mi zapato para darle la vuelta—. Por favor, no babees sobre mi suelo. No quiero darle trabajo extra a quien limpia. Y en el futuro, no vuelvas a llamarme amigo amarillo, a menos que quieras que te llame piel pálida inservible.
Brett hijo se acarició la rodilla y frunció el entrecejo.
—¿Pálida? Pero si no soy tan blanco…
Cerré los ojos y respiré hondo. El padre hizo una mueca de desagrado, inclinó la cabeza y estiró el brazo para darme la mano, pero se acordó de inmediato que yo tampoco daba la mano. Entonces se metió la mano de nuevo en el bolsillo.
—Disculpe, señor Sun. Mi hijo está algo… sobrepasado por las responsabilidades corporativas. —Se quitó el sombrero que llevaba y se alisó hacia atrás los mechones de pelo blanco—. Imagino que usted hará algunos cambios en la cúpula directiva si avanzamos en nuestro acuerdo, ¿verdad?
Les di la espalda a los tres y me dirigí al sector comedor.
—Nombraré a mi propio equipo.
Había optado por una cena tranquila en lugar de una reunión oficial.
Los datos que necesitaba ya estaban en una caja fuerte dentro de mi cabeza.
Esa misma mañana había decidido el precio que deseaba pagar por la empresa; una cifra imprecisa en algún punto por debajo de la mitad de la cotización prevista por Forbes.
Ahora no era más que cuestión de tiempo: doblegar a los Brett y darles bien duro por el culo; el único tipo de sexo que yo practicaba.
—Gracias por su hospitalidad, señor Sun. —Jasper me alcanzó, seguido de cerca por Brett padre, apenas unos pasos atrás—. Podríamos haber afinado los detalles en una oficina, así que aprecio el toque adicional…
—Por favor, quite su lengua de mi culo ahora mismo. No me interesa ese fetiche con usted. —Los pies me llevaron a través de la galería grandiosa toda decorada en cobre y marfil—. Ah, y le ahorraré la pregunta incómoda: usted tampoco estará en la lista de contratados.
El hombre cerró la boca con fuerza.
Brett hijo se levantó del suelo de madera y nos alcanzó con un trotecito ligero.
—Vale, ya lo pillo. Entiendo ese jueguecito de mostrarte como un tipo duro, sí. Pero no voy a dejar que te comas nuestro almuerzo ni nada. Ponme una alfombra roja bajo el culo y luego quizá consigues un trato. —Hizo girar un dedo en torno a su cien—. No te hagas el loco, ¿eh?
No había nada en el mundo —y no tenía ninguna duda al respecto— que pudiera hacerme odiar más todavía a este tipo. Que habláramos el mismo idioma y aun así no pudiéramos entender ni una palabra de lo que el otro decía era un testimonio de lo bajo que había caído nuestro idioma común.
—El hecho de que quieras comprarnos la empresa lo dice todo. —Brett hijo se golpeó en el pecho—. Hemos hecho un buen trabajo, nos merecemos seguir en el equipo.
—No confundas la suerte con el talento. Tropezasteis con un hueco del mercado de pura casualidad, sin más.
Tenéis tres desarrolladores de lujo que no os dan respiro y una lista interminable de empleados incompetentes corriendo esta carrera por vosotros.
Vuestro competidores os van a alcanzar tarde o temprano y, cuando eso suceda, ya puedes ir despidiéndote de la tarjeta premium de papá.
Se rascó la cabeza.
—¿Qué competidores?
—Las otras empresas, vuestros adversarios, vuestros rivales. Gente mucho más inteligente que trabaja en lo mismo que vosotros. Vosotros no tenéis ni idea de cómo monetizar la marca. Yo soy el Jesús para vuestro Lázaro.
Pasé de largo al lado de dos camareros que sostenían cada una de las puertas dobles y llegué al comedor enmarcado por las altas columnas y las ventanas francesas que llegaban al techo.
—No estás en posición de negociar precios. Estás aquí para jugar con los niños en el suelo y dejar que los adultos nos encarguemos de lo demás.
—Ya me habían dicho que eras un tipo frío y despiadado, pero pensé que eran puras exageraciones.
—No lo eran. —Me detuve frente a la silla que encabezaba la larga mesa ovalada—. Es más, posiblemente se quedaban cortas.
La gente me perdonaba el estilo sanguinario porque era demasiado rico y poderoso para hacerme enfadar Y también porque había acumulado una lista larga de favores a lo largo de mis treinta y tres años de vida, y la posibilidad de que les reclamara el alma a cambio les quitaba el sueño.
Cuatro camareros llegaron corriendo a apartar las sillas.
El personal del servicio de comidas iba y venía con las botellas de vino y vertía su contenido en nuestras copas.
Brett hijo le hizo un gesto a una camarera para que le sirviera más.
A ese imbécil le hacía tanta falta el alcohol como a mí me haría falta un segundo pene.
Jasper y Brett padre jugueteaban nerviosos con las servilletas y me miraban sin saber qué hacer.
—Sentaos —les ordené. Y se sentaron.
Sacudí la cabeza y saqué mi teléfono del bolsillo.
Zach Sun: SOS.
Ollie VB: ¡POR FIN, JODER! Te dije que esas clases de Pilates darían sus frutos. Y no era por el sexo jugoso con esa panda de esposas-trofeo aburridas.
Romeo Costa: ¿Qué demonios…? ¿ Qué piensas que significa SOS, Ollie?
Ollie VB: ¿No es Sexo Oral y Sucio?
Zach Sun: Rom.
Ollie VB: ¿Rom? Pero si ni siquiera tiene una S en su nombre…
Romeo Costa: Dime, @Zach Sun.
Zach Sun: Necesito que revientes mi cena de negocios.
Romeo Costa: ¿Quiero saber por qué?
Zach Sun: Porque puedo llegar a matar a alguien.
Romeo Costa: ¿Los Asters?
Zach Sun: Peor. Los Conner. El hijo es una pesadilla.
Ollie VB: Tuve sexo grupal con él. Seguro que está sobreactuando; es su mecanismo de defensa.
Romeo Costa: Eso lo explica todo. Voy a llevar a Galletita.
Zach Sun: Si no queda otra…
Ollie VB: ¡Epa! Entonces sí que estás desesperado. Yo también llevaré a mi cita.
Zach Sun: Tú no traerás a nadie.
Ollie VB: ¿Por qué?
Zach Sun: Porque no estás invitado.
Ollie VB: ¿Y por qué yo no?
Romeo Costa: Porque entonces tendré que evitar que Zach mate a dos personas.
Ollie vB: [Gif de Kim Kardashian llorando]
Ollie vB: Pero no tengo otra reunión donde lucir la camiseta de tirantes blanca.
Zach Sun: @RomeCosta, ¿cuánto tardas en llegar?
Romeo Costa: Ya estoy en camino.
Zach Sun: @OllieVB, puedes venir, pero no traigas esa ropa ni a la cita.
Ollie vB: Buuuu, pero, papá, ¡¿por qué?!
Zach Sun: Porque es probable que sea una fugitiva.
Ollie vB: Antes que nada, gracias por la confianza.
Ollie vB: Y en segundo lugar, sus abogados están negociando su entrega, y solo fue por conducir borracha.
Zach Sun: Con todo respeto, Oliver, vete al cuerno.
Ollie vB: Está bien pero llevaré coca rosa.
Zach Sun: Ni se te ocurra.
Ollie vB: Es de mala educación llegar a una cena con las manos vacías.
Zach Sun: Entonces no vengas y listo.
Ollie vB: Me encanta cuando te haces el duro. Sabes que tengo debilidad por los agujeros inalcanzables.
Zach Sun: Estás a punto de obtener uno nuevo en medio de la frente si no cierras esa bocaza que tienes, cortesía de mi cuchillo.
Romeo Costa: Llegamos en diez minutos, Zach.
Ollie vB: Y yo llevo la coca rosa.
Mientras chateábamos, el personal servía más platos y los dejaba sobre la mesa: pollo piri piri, arroz jollof y sopa egusi; también kanpachi crudo y carbonara de miso.
—Cuánta comida, por Dios. —Brett padre se dio una palmadita en el abultado vientre, devolviéndome a la realidad—. Nos está malcriando, señor Sun.
Llevé la mirada a la entrada, siguiendo su línea de visión, y vi a Farrow atravesar la puerta doble, con su vestido de asistenta negro ajustado y cuello blanco tipo Peter Pan.
Llevaba una bandeja de plata y no me dedicó ni una mirada al pasar, pero yo sabía que con una sola palabra podía borrar esa expresión estoica de su rostro y hacer que el sudor le perlase la sien, arruinando la trenza francesa en la que había recogido su pálido cabello.
En los pocos días que llevaba trabajando para mí, Farrow se había hecho amiga de todo el personal: el cocinero, los jardineros, el mayordomo… Era una brisa de aire fresco en esa mansión inerte. El problema era que a mí no me gustaba la brisa; la asfixia me iba bien.
Volví a guardar el teléfono en mi bolsillo y dejé los dedos crispados sobre el regazo.
Con cada movimiento de ella, el aire acondicionado me enviaba su aroma.
Contuve la respiración para evitar que me entrara en el cuerpo.
Sin decir nada, colocó los tarros de caviar, inclinándose sobre mi plato con su cuerpo ágil y atlético.
Constantemente ponía a prueba mis límites acercándose un poco más cada vez.
Había mucho espacio vacío a mi alrededor, pero Farrow había decidido no ocuparlo.
Tuve que concluir que era su modo de meter el pie en el agua para sentir la temperatura.
¿Sería que lo había descubierto y ya sabía para qué la quería aquí?
Era muy probable que se hubiese dado cuenta.
El hecho de que pudiera imaginarme tocándola no me proporcionaba ningún consuelo. Al contrario, me hacía sentir como si un infierno me abrasara todo el tiempo bajo la piel.
Brett hijo soltó un silbido por lo bajo y se frotó las manos mientras recorría con los ojos el cuerpo de Farrow.
—Buena elección de personal, tío.
La sangre, por lo general un líquido congelado e inútil que me corría por las venas, se me agitó como lava en cuestión de segundos.
—Ya veo lo que has hecho. —Brett hijo me guiñó un ojo y se mojó los labios—. Muy listo. Así no tienes que sentar cabeza y encadenarte a una chica. Nada mejor que tener personal rotativo. ¿Y ella de dónde es? ¿Noruega? ¿Holanda?
—De la tierra de tu peor pesadilla —murmuró Farrow con un suspiro.
—Ah, y también habla. —Brett hijo se cacheteó sobre el muslo, con una risotada—. Muñeca, tú no eres ninguna pesadilla. Un sueño erótico, tal vez.
—¿Qué tal si ponemos a prueba la teoría con un objeto afilado? —Farrow sonrió dulcemente y parpadeó a toda velocidad mientras dejaba el último tarro de caviar sobre la mesa—. Se me da bastante bien manejarlos.
Se subestimaba de manera escandalosa; era la mejor.
Yo sabía bien que podía defenderse sola. Pero, aun así, quería matarlo para ella.
En cuanto se guardó la bandeja bajo el brazo y dio media vuelta para irse, la detuve con la punta del cuchillo para untar. Le besaba en el codo cada vez que ella exhalaba el aire. Me incliné hacia ella para tener privacidad.
—No deberías estar sirviendo la comida.
Los dedos se me rebelaban contra el cerebro, temblorosos, luchando por hundirse sobre su cintura y arrastrarla lejos de allí, a la vista de todos.
No me reconocía últimamente. Tenía que hacer algo al respecto.
Una lobotomía quizás, porque no había funcionado acortar el tiempo entre masturbaciones, de 48 a 24 horas.
Hasta entonces, me había masturbado por cuestiones de salud, para tener buena circulación de esperma.
No para fantasear con los labios de Farrow recorriéndome el pene.
La pulpita alejó el cuchillo.
—Les falta personal. —Reordenó mis cubiertos del lado equivocado y con el codo casi me tocó el pecho. Se me cortó la respiración—. El gerente de la empresa de catering dice que espantaste a alguien. Dice que echaste a una empleada que tomaba su descanso en el jardín, ¿es así?
—Estaba fumando.
—Igual que esta chica —dijo Brett hijo y señaló a Farrow con el pulgar—. ¡Echa humo de tan caliente que está!
Farrow le devolvió el gesto con una sonrisa.
—Arderás en el infierno, idiota.
Ella no tenía idea de lo cerca que estaba de ese destino.
—Acepto si vienes conmigo. —Brett hijo se frotó las manos—. ¿Qué me dices?
Tomé el cuchillo de carne y me lancé sobre el tipo, lo miré a los ojos e incrusté el filo a un milímetro de su dedo meñique. Dio un grito ahogado y saltó hacia atrás en su asiento.
—Solo te diré esto una vez, y te lo diré suavemente: nunca jamás, ni una sola vez, pase lo que pase, se te ocurra mirar, tocar, hablar o respirar cerca de esta mujer. ¿Está claro?
Pero sin duda no lo estaba porque el más descerebrado de los Brett respondió echando esa cabeza hueca hacia atrás y soltando una risa furiosa, que casi lo hizo atragantarse con su propio aire.
—Tranquilo, hermano, si no es más que una sirvienta. Tengo unas veinte como ella en casa, esperándome. Si quieres hacemos un intercambio.
—¡Hijo, ya basta! —El ladrido de la voz de Brett padre me llegó por la izquierda.
Mi silla dio un chirrido contra el suelo con la fuerza con que fui hacia atrás.
Empecé a levantarme, listo para incrustarle un cuchillo entre los ojos a Brett hijo, pero hubo dos cosas que sucedieron en simultáneo.
Una, la voz aguda e irritante de Dallas Costa que atravesó el aire desde el vestíbulo al tiempo que ella entraba al grito de:
— ¡Eeey, Zacharyyy!
Y dos, Farrow Ballantine me acarició la muñeca con la punta de los dedos.