Capítulo veintidósFarrow
Capítulo veintidós
Farrow
Tomé el huevo lanzado a mi sien como una señal de Dios de que había tomado la decisión correcta al entregar mi alma a Zachary Sun. Al menos, poder echar a mis monstruonastras de la casa de papá me daría la paz y tranquilidad que tanto necesitaba.
Los lamentos de Reggie retumbaban desde la cocina hasta la entrada.
—Creo que me va a dar un ataque de pánico.
Yo estaría igual si, como ella, hubiera desperdiciado mi vocación en el béisbol.
Con ese brazo, podría haber sido la digna sucesora de Spencer Strider.
Cerré la puerta de entrada con una indiferencia total hacia la yema salpicada.
Sentía como si un camión me hubiera atropellado varias veces antes de que alguien me recogiera de la carretera, me lanzara a un basurero en llamas, y luego disparara a mis restos.
Cada centímetro de mí se sentía magullado, desnutrido y agotado.
Me arrastré a la cocina, donde el contenido del congelador me dio la bienvenida: verduras congeladas, bocaditos de pollo y antiguas porciones empezadas de helado; todo desparramado por el suelo.
—No encuentro mis macarrones. —Reggie salió de la despensa de golpe con la cara llena de maquillaje y un vestido sacado de alguna serie de amas de casa ricachonas—. Por favor, dime que no te los comiste, Tab. ¿Cómo termino mi vlog ?
—Esa mierda… Suerte si tiene trescientas visitas en los mejores días.
—Desde un rincón, sentada sobre un taburete, Tabby se pasaba la lengua por los dientes delante de un espejito.
Después tomó las llaves del coche de una frutera fea—.
Vamos, Reggie, eso no es una carrera. Es dinero fácil. Sé una Elsa, no una Ana.
—¿Una Elsa?
—La de «libre soy».
Suspiré y abrí la nevera de un tirón, tomé un yogurt y me apoderé de una bandeja de frambuesas empezada.
Ni Cosa Uno ni Cosa Dos se percataron de mi presencia, tampoco cuando cerré la puerta de golpe con la cadera y empecé ir lentamente hacia mi habitación.
Ya lo limpiaría todo al día siguiente. Estaba molida a palos.
Reggie pataleaba a mis espaldas.
—Lo que te pasa es que estás celosa de que yo sí tenga una carrera.
Me metí unas cuantas frambuesas en la boca y me pregunté qué tipo de cena deliciosa habría preparado el chef de Zach para él esa noche.
Me agarré del pasamanos y subí los escalones de dos en dos, sacudiendo la cabeza.
A medida que avanzaba por el pasillo largo y estrecho, la temperatura iba en aumento.
Yo tenía la última habitación y, de lejos, la más pequeña.
Me venía bien, más fácil de calentar en invierno.
Abrí la puerta con el pie, sin darme demasiada cuenta de que ya estaba algo entreabierta, y me encontré a Vera muy cómodamente sentada con las piernas cruzadas sobre mi cama, rodeada de cantidad de documentos esparcidos por todos lados.
Dejé la cena sobre mi escritorio y me lancé sobre la cama, a recoger todos los papeles.
—¿Qué demonios haces?
Mi partida de nacimiento; una carta de compromiso con una abogada que ya me había dejado seis meses atrás, cuando no pude pagarle el anticipo; algunos documentos legales de la sanción que me había dado la federación de esgrima… Todo ahí. Lo había visto todo.
Vera se levantó y se acomodó el cinturón Gucci que tenía puesto, un tesoro de segunda mano que se había encontrado en una canasta de ofertas de un negocio cualquiera.
—No te escandalices, nena. Ya sabía que andabas en algo, así que decidí husmear un poco.
—¿Has estado toqueteándome las cosas? —le solté, mientras recogía todo lo que podía con los brazos y lo metía en la carpeta azul donde lo tenía organizado—. Nadie te ha dado permiso.
Sacudió la cabeza y se echó el pelo decolorado a un lado.
—Esta es mi casa, ¿recuerdas?
— Nuestra casa —la corregí, cerré la carpeta con todos los documentos dentro y la apreté contra mi pecho—. A mí también me pertenece.
Vera miró a su alrededor con desagrado, calculaba qué podría hacer con el espacio de mi habitación.
—Llegará el día en que te compre tu parte.
—¿Con qué dinero? Soy la única que trabaja aquí.
Se dirigió a mi armario con pasitos de baile. Las bisagras crujieron y gimieron.
—No me vengas con esa actitud. Todo lo que te pasa te lo tienes merecido.
Se me contrajo cada músculo del cuerpo mientras la veía rebuscar entre la ropa, buscando…
¿qué? ¿Secretos? ¿Más documentos? Cualquier cosa que la ayudara a averiguar mis intenciones.
Ella ya sabía que yo quería impugnar el testamento tan pronto como pudiera costearlo.
No era difícil adivinarlo, bastaba con tener un cerebro pensante.
—¿Pero por qué? —Salté en dirección a ella y empecé a reordenar todo lo que tiraba, estrujaba y arrojaba—. ¿Por qué me odias tanto?
Era genuina la pregunta. No creía en los cuentos de hadas donde hay villanos que solo son malvados y héroes que solo son ángeles; yo creía en la zona gris que existe entre el bien y el mal, donde la gente buena puede tomar decisiones equivocadas y volver a intentar ser buena al día siguiente.
Vera hizo una pelota con una de mis camisas y la tiró al suelo, después se volvió hacia mí.
—¿De verdad quieres saberlo? ¿Aun cuando la respuesta es tan obvia?
—Pesadas respiraciones agitaban sus hombros—.
Tú eras su hija biológica, Farrow. Te parecías a él.
Tenías la ventaja del ADN. Y él estaba obsesionado contigo.
Te amaba mucho más de lo que merecías. Con Reggie y Tabby no era más que un sentimiento simulado.
Se llevó la mano al pecho y el anillo de compromiso del tamaño de un globo terráqueo que papá le había dado centelleó con la luz. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Ah, mis dulces niñas. Se esforzaban tanto por complacerle…
Apreté la mandíbula y luché por no llorar.
Lo extrañaba mucho; no porque fuera el mejor padre, sino porque era la única persona de mi lado.
Era odioso. La soledad que había sentido desde que había muerto la tenía aferrada a mí como un vestido de látex.
A veces, cerraba los ojos y luchaba contra la marea constante de soledad repasando los primeros recuerdos que tenía de papá.
Últimamente, se había vuelto más difícil.
Los recuerdos son peores que tu peor exnovio.
Cuando quieres que se vayan, se quedan. Cuando los quieres aquí, se van.
Vera se apartó del perchero y se abrazó a sí misma.
—Y él ponía todos sus recursos y su tiempo en tu esgrima. Nosotras siempre íbamos en segundo lugar. Iba a animarte a cada competición, pero nunca iba a las presentaciones de ballet de Tabby ni a los partidos de Reggie.
Claramente no era el momento de señalar que ambas eran pésimas en sus actividades y que habían durado unos tres segundos en cada una.
Toda la carrera de ballet de Tabby podía resumirse en un vídeo casero de menos de cinco minutos de duración en que hacía de árbol en El Cascanueces .
Para ese papel no hacía falta moverse. Es más, requería quietud.
—Tú querías que papá me diera en adopción cuando me dejaron en la puerta. —Me apreté contra el pecho una de las sudaderas de papá que ella había dejado tirada por el suelo—. Tu crueldad no tiene fin.
—Sí, lo hice. —Vera me miró directo a los ojos.
Estaba erguida, orgullosa y tiesa sin piedad—.
Eras una bebé preciosa. No tenías ni un mes.
Hubieras encontrado una familia maravillosa que te adoptara, en algún lugar donde no tendrías que competir para que te dieran atención.
Yo te hacía un favor. No eras adecuada para convertirte en hijastra.
—Oh, vaya… —Se me escapó una risa amarga—. No puedo creer que hayas dicho eso.
Pero lo había dicho. Por qué no. Vera Ballantine no tenía límites. Abrí la puerta de golpe, señalando el hueco que había dejado.
—Sal de mi cuarto ahora mismo.
Vera avanzó hacia mí y me miró muy de cerca, con la cara contra la mía.
—No impugnes el testamento, Farrow.
—No es el verdadero testamento.
Tenía la cara tan cerca que podía ver la furia inundarle los ojos e inyectarlos de rojo.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque él me habría dejado la empresa.
«Y el colgante también», el que obtendría de Zach, tarde o temprano. Papá quería que yo tuviera todo lo que él atesoraba, porque sabía que lo guardaría cerca de mi corazón, que guardaría su memoria.
—Eres una idiota. —Levantó la mano y yo me agaché, en anticipación al golpe. En lugar de eso, se le agrandó la sonrisa y simuló limpiarme algo del hombro—. Nunca jamás nos vencerás, ni a mí ni a mis hijas.
Y con eso, salió.