Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo veinteFarrow
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Capítulo veinteFarrow

Capítulo veinte

Farrow

La mansión Sun brillaba lustrosa para cuando terminé.

Era verdad que había dado una vuelta en el detestable vehículo de guerra de Zach y también que le había dado la vuelta al pene de la estatua romana de piedra del laberinto del jardín (si bien no fui yo quien lo rompió), pero, en líneas generales, había dejado la casa en mucho mejor estado del que la había encontrado, aunque ya estaba en perfecto estado.

Nada fuera de lugar. Ni siquiera un palillo.

Cuando abrí el portón de salida para ir a buscar el antiguo Mercedes Prius que era mi coche, la pantalla del teléfono mostraba las siete treinta.

Era tarde. Demasiado tarde para recorrer cuatrocientos metros a oscuras en cualquier otra ciudad que no fuera Potomac.

Todas las demás casas de Dark Prince Road estaban iluminadas.

La de Zach, no. Él prefería mostrar la existencia tenebrosa en la que vivía.

Recorrí el penoso camino al tiempo que maldecía a mi nuevo jefe.

Esa mañana, al detenerme frente al portón de hierro, un guardia me había indicado que debía aparcar fuera de la propiedad. El hombre se encogió de hombros y dijo:

—Órdenes del jefe.

No lo dudé ni por un instante. Parecía algo que Satanás haría para torturarme solo por diversión.

Entretenimiento barato al verme corriendo hasta su mansión bajo la lluvia.

Qué idiota. Y sin embargo, había algo frágil debajo de su superficie que no podía explicar.

La forma en que se había encogido por el contacto humano me había roto el corazón.

No podía odiarlo del todo, aunque sabía que probablemente debería hacerlo.

Las hojas de otoño crujían bajo mis pies y el sonido del agua de la fuente me llegó al pasar junto a ella. Logré llegar hasta la garita de seguridad y esta vez la crucé en lugar de saltarla por encima como la vez pasada.

Al otro lado de la calle, la mansión Costa brillaba con luces cremosas, visibles incluso desde la distancia. Me detuve y miré desde lejos, demasiado agotada como para preocuparme de mi aspecto patético.

Un camión de comida atravesó el portón privado y subió el largo camino, dejando a su paso el aroma de jengibre, citronela y canela. Servicio de catering . Para una cena normal de un día entre semana. Una corriente de saliva luchaba por escapar de mis dientes; no había comido nada en todo el día.

A lo lejos, vi la figura borrosa de una mujer muy embarazada.

¿Dallas Costa, tal vez? Saltó a la calle principal, en dirección al camión vestida con un glamuroso vestido amarillo canario de hombros descubiertos.

Su marido la alcanzó por detrás y la alzó en sus brazos para que no tuviera que caminar.

Se quedaron así, acurrucados, diciéndose secretos al oído mientras un ejército de sirvientes sacaba bandejas del camión y las entraba en la casa.

El corazón se me estrujó de celos y me pregunté por enésima vez cómo podía ser que hubiera personas tan diferentes, viviendo vidas tan diferentes, todas dentro del mismo barrio, con el mismo código postal.

A mi izquierda, las puertas de Oliver von Bismark permanecían siempre abiertas mientras una fila de coches de lujo se agolpaba para pasar. La música retumbaba hasta la calle. Seguramente estaba en medio de otra de sus fiestas salaces; de esas que son más orgía que fiesta.

En esta ciudad se sabía todo.

«Oliver es un vaginívoro autoproclamado», le había dicho Reggie a Tabby un día. «Encuentra placer con la que sea que considere suficientemente bonita como para convertirse en su siguiente comida».

Apostaba a que no tenía ni una preocupación en la vida. Que jamás había tenido que preguntarse cómo pagar una deuda o cómo preservar el legado de su padre.

«Ya vale de regodearte con la autocompasión, Fae. No está mal luchar por los logros. La vista se disfruta más si hay que escalar hasta verla».

El sonido de un claxon me distrajo de la mansión.

Un barro espeso me salpicó las zapatillas cuando un Mercedes Maybach pasó rugiendo y se detuvo a mi lado.

Se bajó la ventanilla trasera y reveló una mujer de edad indescifrable.

Llevaba una chaqueta deportiva sobre un body de diseño parisino que mostraba su cuerpo moldeado a fuerza de Pilates.

Un bolso de deporte Burberry de tartán completaba el cuadro.

Me chocó que esta mujer despampanante hubiera sido quien diera a luz a un hijo cuya sonrisa feroz se parecía a una enfermedad crónica terminal.

—Farrow —se quitó los auriculares—. ¿Tienes un minuto?

¿La madre de Zach sabía mi nombre? Esta familia sí que hacía los deberes. También era cierto que la había reconocido por mi propia investigación.

Asentí, pero no importaba. El chófer ya había aparcado.

Salió, abrió de golpe la puerta de la señora Sun y le ofreció su mano.

Ella la aceptó y salió con elegancia. A juzgar por lo plano de la línea de sus labios, sospeché que disfrutaría tanto de su conversación como de la de su engendro.

Aun así, le di el beneficio de la duda y me dibujé una sonrisa amable en los labios. Ella arqueó una ceja.

—Eres la nueva asistenta de Zachary, ¿verdad? —Asentí, pero no dije nada—. Soy Constance, su madre.

—Lo sé.

No me extendió la mano, y sabía que no era por ninguna fobia de algún tipo, pero no me importó. Papá siempre decía: «nadie puede menospreciarte sin tu permiso». Pues bien, permiso no concedido.

Constance se ajustó la cola de caballo perfecta sobre la cabeza.

—Estuviste en la fiesta de Zach, ¿no es así?

Asentí otra vez. Y después oí un… ¿ladrido? Tres perritos esponjosos de raza corgi asomaron la cabeza por la ventanilla abierta. Llevaban puestos unos conjuntos a juego, mejor vestidos de lo que yo había estado jamás.

Constance le acarició la cabeza a uno de ellos a través de la ventana, sin sacarme de encima esos ojos con los que me tenía presa.

—Zach parece haber expresado cierto gusto por ti.

La verdad es que no hacía falta que empleara ese tono de asco. Además, sus palabras no tenían sentido alguno.

Por detrás de ella, el Mercedes me bloqueaba el acceso a mi coche. Aun así, rebusqué la llave en la mochila y presioné el botón del seguro. El coche dio dos pitidos. Me pareció suficiente respuesta.

—No eres muy habladora, por lo que veo. —Se sacudió las manos y asintió con la cabeza—. Voy a ir al grano: mi hijo es un depredador insuperable. Y, como tal, decidió traer a su presa a casa. Pero tú no eres la persona adecuada para él.

—Ah, ¿no? —Me anudé una bufanda barata al cuello. La calefacción del coche era uno de los muchos lujos que no podía permitirme.

—Sin ánimo de ofender.

—No me ofende. Lo tomo como un cumplido. Su hijo es muy… peculiar , por así decirlo.

El comentario le rebotó como si nada, probablemente amortiguado por la verdad que llevaba consigo.

—No tengo nada contra ti.

—Me alegra oírlo.

—Es solo que… Zach está en un momento clave de su vida.

Y yo me temo que puedes llegar a interferir con sus decisiones.

Que pudieras confundirlo o cegarlo con tu…

tu… —Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo desde el pelo pajoso hasta las zapatillas embarradas, en busca de algo positivo que decir sobre mí—. Tu astucia, quizás.

Me pregunté cuánto más iba a durar la conversación. Yo aún tenía que hacer mis estiramientos y quería correr unos kilómetros antes de cenar. Ella jugueteó con el colgante sencillo de Chanel que descansaba entre sus clavículas.

—A ver… Estoy segura de que eres una chica adorable y que harás a alguien muy feliz. Pero ese alguien no será mi hijo.

El frío me caló hasta los huesos como un animal ponzoñoso. Arqueé una ceja, con la esperanza de que todo terminara antes de morir de hipotermia.

—Usted tiene presente que me he pasado el día limpiándole los baños, ¿verdad? Ni que hubiese estado haciéndole un baile erótico entre las columnas griegas del salón…

—Son de estilo francés. En cualquier caso, tienes que renunciar.

—Es posible. —Rodeé su Mercedes y me dirigí hacia el mío, eché la mochila en el asiento del acompañante y abrí la puerta del asiento del conductor—. Pero necesito el dinero.

«Y toda la ayuda que Zach prometió darme junto con el trabajo».

—Te haré un cheque ahora mismo.

Constance cerró de un portazo antes de que yo pudiera pasar y se pegó contra el metal oxidado de la puerta.

Su figura torneada apenas llegaba a cubrirla en una fracción mínima.

Se me vino un pensamiento ridículo: ¿cómo podía ser que algo tan pequeño diera vida alguien tan grande?

Después, extendió los brazos al máximo y me bloqueó el paso:

—Dime tu precio.

—Aquí está el problema… —Me crucé de brazos—. Mi integridad no está en venta.

Era un comentario algo irónico, teniendo en cuenta lo que había hecho para ser expulsada de la esgrima de competición, pero ella no necesitaba saberlo.

—Tu integridad estará en venta si eso asegura la felicidad de mi hijo. —Levantó el mentón y se aferró al suelo, dispuesta a no moverse de ahí—. Y no hay nada más importante para mí que su felicidad.

Basta, ya había tenido suficiente. Había tratado de ser amable, pero la mujer me agotó la paciencia.

Los nudos de la espalda me dolían tanto que ya era una provocación.

No tenía por qué lidiar con las exigencias de su hijo y encima sumarme las de ella.

Por una vez, quería ser la espada en lugar del espadachín.

—Oh, vaya, pues lo veo difícil. —Me llevé la mano al pecho, con el entrecejo fruncido en una mueca de tristeza mentirosa—.

Hoy, después de su cita, lo he sorprendido metido en el vestidor, llorando sobre una botella de champán.

Pobre tipo. Parecía ido. Lo ha vomitado todo encima de un traje Armani recién comprado.

La cara de asombro que puso prácticamente le sacó la mandíbula de lugar. Miré a mi alrededor y me pregunté de qué otro modo terminaría de arruinarme la vida Zach si le mataba a la madre de un paro cardíaco ahí mismo.

Cerró la boca de golpe y me dijo:

—Te quiero fuera de esta casa y lo más lejos posible cuanto antes. Basta de estupideces. Toma el dinero y vete.

Como si fuera un actor que responde al pie de texto, el chófer bajó la ventanilla y le pasó un talonario. Yo me estiré hasta el Mercedes para acariciar a los perros. Uno de ellos me apoyó las patitas en la mano y me lamió la muñeca.

—Dos millones de dólares —le dije. No tenía idea de dónde me había surgido la cifra. Era una cantidad obscena de dinero, pero ella lo tenía. Podía apostarme el coche a que solo sus zapatillas costaban más que eso.

—¿Hablas en serio? —Constance ahuyentó al perrito con la mano. Aparentemente, no solo Zach no era para mí.

—Solo acepto efectivo y bitcoin. No quiero que Hacienda se quede con el cuarenta por ciento. —Me enderecé y le señalé mi coche—. Ahora, si me disculpa…

Constance Sun miró su reloj Apple de pulsera, sacudió la cabeza y miró al cielo, que había decidido empezar a rociar su lluvia sobre este encuentro ya de por sí bastante penoso.

—Millón y medio.

Oh, por Dios. Hablaba en serio.

—Dos millones o tendrá que sufrir el Día de Acción de Gracias conmigo cada año. —Sonreí—. Y le regalaré los jerséis navideños más horribles que encuentre.

—Somos ateos.

—Yo no. Y Zach respetará mis creencias. —La miré con el cuello inclinado—. ¿Usted lleva la talla S o la XS? ¿Y con qué estampado le gusta más: pizzas voladoras o luces de Navidad?

Se le llenó el rostro de pánico. En verdad se había creído lo que le decía.

—Está bien, está bien. Bitcoin.

Por un instante me quedé muda. ¿Esa mujer quería darme dos millones de dólares con tal de que yo renunciara?

Había una parte de mí —gran parte de mí— que quería aceptar.

Pero había otra parte que me decía que Zach me había ofrecido algo mucho más valioso que dinero en efectivo: los mejores abogados, los investigadores privados con más contactos y recursos ilimitados para llegar al fondo de lo que le había pasado a papá.

—Pensándolo bien —me rasqué la nariz—, prefiero quedarme un poco más. Al final, es mejor tener trabajo, y así no me pierdo los chismes del barrio.

La mano se le disparó al pecho y tuve que concentrarme con toda la energía del mundo para no reírme a carcajadas.

La gente rica no está acostumbrada a que la rechacen, en especial cuando hacen alarde de su riqueza.

Si me hubiera hablado con dulzura de entrada, sin el tono condescendiente y las suposiciones tan crueles, quizás le hubiera dicho que sí. Pero ahora no íbamos a saberlo nunca.

—Esto no se termina aquí.

—No le tengo miedo, señora Sun —alargué cada una de las palabras sin quitarle los ojos de encima—, y me niego a someterme a su hostigamiento.

Ella me clavó una mirada antes de desaparecer tan rápido como había llegado.

Entonces sentí algo extraño — o a alguien —, giré la cabeza y miré hacia arriba, a las ventanas enormes de la mansión de Zach.

Y lo vi, de pie, mirando a través del cristal.

Mirándome. Nuestras miradas se enlazaron y no flaqueó.

«No voy a retroceder», le dijeron mis ojos.

Él sonrió, y sentí casi como si pudiera escucharle contestar: «Me alegro».