Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo diecinueveZach #2
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Capítulo diecinueveZach #2

—No pasa nada.

Su pulgar presionó el film en mi pulso y observé con asombro cómo sus dedos ágiles trabajaban con la lámina transparente. Seguía incomodándome que me tocaran, pero no me molestaba tanto a través de una barrera.

Recogió el frasco de calmantes, tomó dos pastillas y las arrojó en mi mano sana.

—Trágatelas mientras ajusto el papel film.

Me los metí en la boca y los tragué en seco, mirándola con desdén.

¿Por qué el hecho de que Farrow se ocupara de mis heridas me excitaba más que comer pastelitos de luna con triple yema con mi inmaculada futura esposa?

Esto no tenía ningún sentido. Y el sentido era lo único en lo que siempre había confiado.

Incliné la cabeza, observando cómo se ondulaba el film mientras su aliento lo acariciaba.

—Lo que no entiendo es cómo puedes ser tan pobre cuando no tienes que pagar ni alquiler ni servicios, eres copropietaria de una empresa relativamente exitosa y tienes un trabajo extra de entrenadora de esgrima.

—Yo ya sabía la respuesta, se me había aparecido así sin más cuando investigaba sobre su vida, pero me imaginé que tenía que establecer algún tipo de diálogo cercano antes de pasar al tema de acostarme con ella.

Farrow tragó saliva, con los ojos fijos en mi mano herida sin dejar de trabajar.

—La casa está pagada y la escritura está a mi nombre y al de mi madrastra, pero tengo que pagarle un alquiler en concepto de impuestos y la mitad de los servicios.

Y, bueno, además me vi involucrada en una situación algo extraña…

o incómoda . Así que me tocó pagar una suma importante, y todavía estoy con ello.

—¿Qué hiciste? —le pregunté, pero ya lo sabía. Lo que en verdad quería preguntarle era «¿por qué lo hiciste?». No parecía de las de ese tipo.

—No es de tu incumbencia.

—Estás en mi casa. Todo lo que hagas es de mi incumbencia.

—Debiste haber pensado en eso antes de contratar a alguien que intentó robarte. Supuestamente.

Los nudos que sentía por toda la espalda empezaron a aflojarse aunque ella seguía tocándome a través del film.

—¿Tienes novio? —En realidad, no me importaba. No era un factor que afectara mi toma de decisiones, pero podía llegar a convertirse en un dolor de cabeza a la hora de usar a la mujer de otro hombre.

Farrow entrecerró los ojos.

—Te lo repito: no es asunto tuyo.

—¿Podemos aclarar una cosa? —Apoyé una cadera contra el tocador—.

Todo lo que hagas, toda persona con quien te comuniques y cada puto aliento que tomes es de mi incumbencia, ¿queda claro?

Te hice de mi incumbencia el día en que te contraté, y soy muy bueno para los negocios.

Ahora que eso está fuera de discusión, puedes darme la información voluntariamente o puedo extraerla por otros medios. Tú eliges.

—¿Yo elijo? No me dejas ninguna elección aquí. —Dio un paso atrás y recogió el teléfono que había dejado tirado en el suelo al irrumpir en el baño y se lo guardó en el bolsillo—. Ya te espabilarás para obtener la información.

Me encogí de hombros.

—Será mejor que lo confieses.

—No tengo novio. —Las fosas nasales se le abrieron al respirar con fuerza—. Ni me interesa tenerlo.

—La población masculina mundial está devastada con la noticia —dije, pero mi ocurrencia no pareció importarle en absoluto. Tal vez hasta parecía un poco aliviada.

—Qué pena —dijo, y sonrió un poco—. Ya sabes el refrán ese que dice «si no puedes conmigo en mis peores momentos, pues ten en cuenta que mi personalidad solo irá de mal en peor de aquí en adelante».

—El dicho no es así.

—Lo es para mi personalidad. —Se limpió las manos sobre el delantal del uniforme—. En cualquier caso, ¿te gusta ella?

«¿Por qué? ¿Acaso te importa?».

Me hice el tonto.

—¿Quién?

—Audrey Huffborn.

—Es Hepburn —la corregí.

—Pues esa no es tu novia. Se la ve toda arreglada y elegante, pero es obvio que es deprimente. —Farrow ladeó la cabeza—. ¿Y qué? ¿Te gusta o no?

—Sí — mentí.

Tenía que mentirle. No paraba de verme por dentro, en lo más profundo de mi alma, veía algo que yo no creía que existiera, buscaba en mi cara algo que yo jamás creí que iba a encontrar: emociones.

—Es muy hermosa. —El ceño de Farrow se suavizó—. El pelo brillante, los labios rojos, esos ojos almendrados…

—Vamos… Eres mejor que eso —intervine, y me pregunté por dentro si en verdad lo era.

—¿Mejor que qué?

—Que hablar de las minorías étnicas con metáforas alimenticias.

Farrow pareció sorprenderse, pero no se puso a la defensiva.

—Nunca lo había pensado así.

Arqueé una ceja.

—¿Cómo te sentirías si yo dijera que tienes ojos de tortita?

Echó la cabeza hacia atrás y resopló.

—Muy bien, buen punto, solo que…

—¿Qué?

—Quiero aclarar que me encantan las almendras. ¡Y también las tortitas! —Hizo un gemido de placer—. ¡Dios, me encantan las tortitas! Las de chocolate derretido, bien pegajoso, con cobertura de almendras extra.

Era ridícula y estaba totalmente desequilibrada, pero mis labios se movieron y luché contra la tentación de sonreír.

—Ya puedes irte.

Entrecerró los ojos.

—¿No vas a darme las gracias siquiera?

—¿Por qué?

—¡Por curarte la mano!

—¿Curarme la mano, dices? —Parpadeé varias veces, en verdad no lo entendía—. Tampoco es que me hayas puesto puntos, Pulpi. Solo la has envuelto en papel film.

—Ay, Dios, eres un completo gilipollas. —Se dio la vuelta y salió del baño de un golpe.

«Y tú eres mía. Me aseguraré de que así sea».

—No te olvides de limpiar el invernadero —se lo dije en un volumen fuerte por detrás de la espalda—. Mi cita dejó algunas migas.