Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo diecinueveZach
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Capítulo diecinueveZach

Capítulo diecinueve

Zach

«Débil, inútil y patético».

No tuve tiempo de pensar en lo inútil que resultaba mi cuerpo quebrado para la civilización, una cáscara rota y vacía; en cuanto Eileen desapareció, corrí hacia la tetera y vertí su líquido caliente sobre mi mano. Cuando se acabó, me dirigí a toda prisa hacia el baño más cercano.

Natalie me alcanzó a mitad de camino, con un montón de documentos en la mano.

—Ah, hola. El señor Costa y el señor von Bismarck querían saber si…

La esquivé y le ladré por detrás de mi espalda:

—La respuesta es no.

Con el apuro, la puerta del baño se abrió de golpe y dio con fuerza contra la pared.

El pomo de cristal del lado interno se rompió en pedazos sobre los azulejos.

Cerré la puerta de una patada y pisé descalzo sobre los fragmentos de cristal, en una carrera frenética hacia el lavabo.

Los talones se me llenaron de sangre, pero ni siquiera noté el dolor.

Todo lo que me importaba era quitarme de encima a esa maldita mujer.

Giré el grifo hasta la temperatura máxima, metí la mano debajo del chorro caliente y eché la cabeza hacia atrás, gimiendo.

El agua hirviendo me laceraba la carne y me pinchaba cada milímetro como un cable pelado.

Cerré los ojos y respiré hondo varias veces.

El pulgar «bueno», el que no había quedado contaminado por el contacto con Eileen, me hacía unas caricias suaves sobre la piel infectada.

Me asaltaban las imágenes de cuerpos muertos, de carne putrefacta pegoteada sobre mí.

Sangre. Piel chamuscada hasta el músculo…

«Aguanta, Zachary, vamos a sacarte de ahí».

«Demonios, Stan. Ese chico no saldrá bien de esta. Va a salir hecho polvo…»

«Si fuera él, querría morirme yo también».

Golpeé el grifo con mi mano libre y temblorosa, intentando que saliera más caliente, pero ya estaba al máximo. El agua silbaba mientras me quemaba la piel hasta el hueso. No la retiré, no podía. No cuando necesitaba quitarme su tacto. No importaba el precio.

Detrás de mí, la puerta se sacudió, un traqueteo de las bisagras.

—Ey, tú, intento de G. I. Joe, ¿estás bien? Te he visto correr… —Obviamente, era ella. Estaba claro que no iba a tener ni un respiro. Otro traqueteo—. Uy. Se ha atascado la puerta.

—Vete —le gruñí.

Pero no se iba. Claro que no. Ella no seguía nunca las indicaciones que se le daban.

—¿Pero qué dem…? —Me llegó la voz por detrás de la espalda, pero estaba demasiado sumergido en mi trance para entender cómo había logrado entrar con el pomo roto—. Por Dios, Zach…

El agua se cerró. Yo todavía tenía los ojos cerrados con fuerza y la mandíbula dura como una piedra para evitar que la bilis que seguía alojada en la garganta se me saliera y se proyectara por todo el mármol de alrededor. Me quemaba la laringe con su acidez.

—Mierda y más mierda. Tienes la piel al rojo vivo.

Farrow . Ella estaba ahí. Adentro. Justo a mi lado.

Se me abrieron los ojos de golpe. Enfoqué la vista en ella y se me apareció como una pintura restaurada, como una figura conocida y que, a la vez, veía por primera vez.

Con los ojos azules encendidos y la boca abierta por completo.

¿Por qué sería que ese uniforme de asistenta manchado me resultaba más apetecible que un traje elegante de Burberry?

En serio, ¿en qué momento Farrow Ballantine había empezado a parecerme tan descomunalmente preciosa?

Incluso ahora, con el pelo atado en un moño caótico y ese flequillo todo torcido y ondulado pegado a la frente por el sudor.

—¿Cómo has entrado? —le gruñí, sacudiéndome esos pensamientos tan inútiles—. El pomo está roto.

—El cerrojo exterior sigue intacto —me dijo y me mostró una horquilla del pelo antes de arrojarla al lavamanos.

Pude darme cuenta del momento exacto en que se daba cuenta de mi estado de angustia.

Se tapó la boca con una mano y se le desorbitaron las pupilas—.

¿Qué demonios pasa, Zach? Mira cómo estás.

Luego echó un vistazo a su alrededor, encontró un jarrón decorativo y lo usó para alejarme del lavamanos, arreándome como un pastor al rebaño.

«Sabe que no me gusta que me toquen. Se ha dado cuenta».

La idea de que conociera mi secreto más oscuro y depravado, y de verla respetarlo, me hizo un nudo en el estómago.

Era tan típico de esta vida cruel empujarme a situaciones como esa…

Y solo para enseñarme lecciones aún más crueles.

La salvación podía llegar de los lugares más inesperados.

A veces venía de la religión. A veces, del perdón.

Y, a veces, de la chica que finalmente te diste cuenta que en realidad no odiabas.

Farrow me empujó contra la pared opuesta del baño.

—Tienes la piel en carne viva. Te van a salir ampollas. Son quemaduras como de tercer grado. Se te va a caer toda la piel si no hacemos algo.

Volvió al grifo, lo abrió y ajustó la temperatura del agua para que estuviera fresca pero no fría. Mientras esperaba, empezó a rebuscar en los armarios abiertos.

—El de arriba a tu izquierda. —Deslicé la espalda por la pared, me senté en el suelo y me agarré la muñeca—. ¿Qué clase de idiota guardaría el botiquín de primeros auxilios en el nivel inferior?

—Tal vez el mismo que se ha hecho una quemadura de tercer grado voluntariamente porque no le gusta que le toquen, pero no tiene los cojones como para admitirlo.

Abrió una caja roja y blanca y rebuscó en ella.

Intenté tragar saliva y fracasé. Era más perspicaz que todos mis amigos de la infancia; ellos habían tardado mucho más en descubrir mi secreto.

Era la primera vez que Farrow Ballantine no me divertía, más bien me preocupaba.

No había nada más peligroso en este mundo que una mujer inteligente.

—Vaselina. —Sacó un bote del botiquín—. Bingo. Uf, ¿pero por qué casi no hay?

«Maldito Ollie».

Me armé de valor para examinar la piel que se me derretía lentamente por la mano.

Rojo brillante, tirando a púrpura en los bordes.

Los dedos hinchados y ampollados. Yo había visto cosas peores, pero era probable que ella no.

Farrow depositó la vaselina sobre la encimera y siguió rebuscando en el botiquín.

Maldijo. Volcó el contenido sobre el mármol y chasqueó los dedos.

—Levántate.

Me levanté sin chistar. Me pregunté en qué momento había empezado a recibir órdenes de mi propia asistenta, pero así estaba la cosa.

Pasó el dedo por el chorro de agua y volvió a comprobar la temperatura.

—Pon la mano bajo el grifo. Vuelvo enseguida. —Y apuntó un dedo a mi rostro—. Te juro por Dios, Zach, que, si te mueves un milímetro de este lugar, voy a buscarte y asfixiarte con mis propias manos.

Dicho esto, se fue.

El agua fría se sentía bien contra la piel, lo cual me sorprendió, ya que rara vez sentía algo.

Oí que Farrow se movía en la cocina, abría y cerraba cajones, y maldecía…

¿en húngaro? Me di cuenta de que no me sentía demasiado molesto de que ella supiera mi secreto.

Tal vez era porque yo sí sabía todos sus secretos y podía endilgarle sus propias debilidades en la cara.

No, no era eso. La verdad era que, de alguna manera, confiaba en esa pequeña peste que era Farrow.

Ella abrió la puerta del baño de golpe, tenía un rollo de papel film en la mano y un frasco gigante de analgésicos en la otra.

Dejó los analgésicos sobre la encimera y apagó el grifo.

Luego, sacó un bastoncillo de algodón, lo untó con vaselina y aplicó una capa fina sobre la zona escaldada con movimientos largos y suaves.

Después sacó una tira del papel film y la rasgó con los dientes.

—Vas a tener que pagarme un extra por todo esto.

La ignoré. Abrió una almohadilla de hidrogel y la sujetó contra mi mano, con cuidado de no entrar en contacto físico conmigo. El dolor de la quemadura aumentó y me lamió la carne como una llamarada. Gemí de dolor.

—Quédate quieto —me dijo—. No te preocupes. Te envolveré sin tocarte.

Estuve a punto de decirle que una mujer como ella no podría preocuparme nunca, pero no era el momento de ponerme orgulloso.

Cerré el pico y extendí el brazo hacia ella.

Maniobró el rollo del plástico con precisión quirúrgica y consiguió envolver la zona afectada y la almohadilla de hidrogel sin tocarme la piel con la suya.

Se me disparó una sensación extraña desde la mano hasta las entrañas.

¿Sería dolor? No lo había sentido en tanto tiempo que casi no lo reconocí.

No sabía si me gustaba u odiaba sentir dolor con ella cerca.

Los hábiles dedos me aplicaron otra capa plástica sobre la piel.

—No sabía que planeabas una cita ardiente…

Fruncí el ceño y me apoyé en el lavamanos.

—¿Es un juego de palabras?

—Y no está nada mal, ¿no crees? Una cita «ardiente» —repitió—, porque te has quemado.

—Si tienes que explicarlo es porque el chiste no es gracioso. Y no era una cita.

—Ah, menos mal, porque estabas especialmente frío e inaccesible.

Yo me hubiera ido apenas llegar. ¿Y ese tour por la casa?

¡Ni que fueras el presidente! ¿A quién puede importarle la madera de los muebles del dormitorio principal?

—La fulminé con una mirada que intentaba ser una advertencia.

Ella me ignoró—. Si no era una cita, ¿qué era?

—Un potencial acuerdo de negocios.

No había ninguna razón lógica para ello, pero me sentí profundamente mal por hablar con ella sobre Eileen.

—¿Y Natalie lo sabe? —La comisura de los labios de Farrow tomó la curva de una sonrisa inteligente—. Ella siente algo por ti.

—Y yo por ella.

—¿En serio?

—Sí, un aburrimiento total.

—Pobre Natalie. —Farrow sacudió la cabeza y me aplicó una tercera capa de papel plástico sobre la piel. Después, señaló el envoltorio con un gesto de cabeza—. ¿Puedo sujetarlo con el dedo? Tendré que tocarte.

Tenía que tocarme a través de tres capas de polietileno. Podía sobrevivir a eso. A pesar de todos mis esfuerzos por evitarlo, una leve sensación de calor se coló en mis mejillas.