Capítulo dieciochoZach
Capítulo dieciocho
Zach
—Entonces, ¿cuál era el tuyo? —Eileen se sentó en el asiento frente a mí en la sala de desayunos del invernadero y nos sirvió otra taza de té.
Los pasteles de luna entre ambos, intactos.
Devolvió la tetera a su lugar en la bandeja dorada, con el asa en el punto medio simétrico entre nuestras dos tazas—.
Me refiero a la variedad de artículos domésticos que aparecían como por arte de magia cuando nos portábamos mal. ¿La chancleta?
Me recliné, sorbiendo el té a granel, y la analicé por encima del borde de mi taza.
—Te lo creas o no, mis padres nunca me amenazaron.
Quizás lo nuestro sí tenía futuro. Que no despertara nada en mí era una ventaja, no un defecto. Nunca podría meterse bajo mi piel, nunca podría influenciarme de ninguna manera.
—Ah, entiendo. —Asintió, casi para sí misma—. Te ponían de cara a la pared, ¿no?
Apoyé la taza de té en su plato y quité una gota que se derramó por el borde.
—Tengo los cuádriceps duros como piedras desde que empecé a hablar —dije.
Se tapó la boca con las manos y soltó una risita.
Por primera vez en años, me sentí a gusto.
Seguro de que cumpliría la promesa que le había hecho a mi padre.
Sabía que Eileen no me haría pedazos si la ofendía.
Podía sentirme seguro. Era una elección inteligente y lógica.
El golpe de gracia era que me recordaba a mi madre, tanto por su personalidad como por su experiencia, y eso quería decir que jamás tendría sentimientos por ella a largo plazo, sin importar cuánto tiempo pasáramos juntos.
—Siempre pensé que el señor Sun era imponente. —Eileen inclinó la cabeza, había una capa de brillo distante en sus ojos—. Lo recuerdo tan severo de cuando era niña…
—Era estricto —confirmé—. Pero tenía un lado tierno también, que solo nos mostraba a mamá y a mí. ¿Qué más recuerdas de él?
—Recuerdo que te adoraba. Siempre le hablaba de ti a mi padre.
—Eileen me miró a los ojos y se puso seria.
Sus dedos de manicura se hundieron en el terciopelo rojo del asiento donde estaba.
Los dos intentábamos compartir un momento de ternura, sin ningún éxito—.
Yo siempre escuchaba porque sabía que ambos querían que nosotros dos nos casáramos.
Se produjo un silencio que crepitó entre ambos, lleno de tensión e inquietud.
Mi encuentro con Eileen Yang estaba destinado a producirse desde siempre. Ahora que había sucedido, debíamos tomar una decisión. En nuestro círculo, la gente desaprobaba los noviazgos largos. Importaba más la lealtad, el compromiso y la preservación de la línea de sangre.
—Nunca te amaré. —Apoyé el tobillo sobre la rodilla opuesta y me recosté en el respaldo del asiento—.
Ni te tocaré tampoco… nunca. Ni para besarte en el altar.
Ni mucho menos para dejarte preñada. De hecho, es poco probable que alguna vez me sienta lo suficientemente cómodo como para abrazar a mi propia descendencia.
«No es verdad», me recordé. «No si Farrow te cura».
Quizás algún día, dentro de mucho, pero muchísimo tiempo, me sentiría tan cómodo que podría darle la mano a mi futuro hijo para cruzar la calle.
—El afecto no es algo que me… —me aclaré la garganta— salga con naturalidad.
Al decir esas palabras, me asaltaron con violencia las imágenes del pasado.
«La carne quemada, la sangre por todas partes, los gritos, el olor de la piel chamuscada que me recorre las fosas nasales. Papá, papá, papá».
Por eso tenía que soportar a esa pulpita, para arreglar el daño que papá había dejado en mí.
Eileen asintió con la cabeza y se miró las manos. Se le enredaron los dedos entre sí; largos y delgados, como el resto de su estructura ósea. Haríamos unos niños bien apuestos, sin duda. Y no serían nada tontos, lo cual siempre es una ventaja.
—Quiero probar cómo es tener sexo. —Miró a su alrededor como si alguien pudiera escucharla susurrar sin entrar en su burbuja personal—. Ver si tal vez me acostumbro con el tiempo.
—Adelante, hazlo. —Empujé el plato hacia el centro de la mesa—. En tanto seas discreta, y siempre y cuando él o ella esté de acuerdo en firmar todo el papeleo necesario, no me importa que tengas algún amante.
Me negaba a ser un hazmerreír, pero tampoco esperaba que mi futura esposa se sentara con las piernas cruzadas, por el mero hecho de complacer mis fobias.
Eileen empezó a darse golpecitos en la rodilla. Un pequeño vicio que encontré bastante molesto. Me pregunté si Farrow también tendría alguno. De ser así, ¿cuál sería? No podría sorprenderme con nada. Ni siquiera que le diera por matar cachorros.
—Me parece bien. ¿Eso significa…?
Asentí.
—Inseminación. Si nos decidimos a firmar este acuerdo, claro.
Suspiró, asintiendo para sí misma.
—Es realmente muy reconfortante para mí.
El sexo ha sido, desde siempre, lo único que me ha impedido formar una familia.
Cada vez que intentaba salir con alguien, terminaba en la cama y me detenía antes de que pasara algo.
No importaba cuánto pudiera atraerme la persona en lo intelectual, nunca era como lo describía mi hermana.
Se sentía… casi como algo no consentido.
—Bueno, eso no será un problema para nosotros, porque yo no quiero tu cuerpo.
Dividió un pastel de luna en cuartos perfectos con la punta del tenedor.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Tu cooperación. Que compartas la crianza de mis hijos. Que lleves el anillo. Que estés a mi lado en los eventos sociales. Podemos tratarnos amablemente, hasta amistosamente. Al final, tendremos mucho por compartir: hijos, metas, riqueza, poder.
Eileen se alisó el vestido.
—Pero el amor, no.
Asentí.
Respiró hondo. ¿Por qué tenía que respirar tan fuerte? ¿Cómo esperaba que yo tolerara su existencia cuando todo lo que hacía me resultaba tan irritante?
—¿De verdad lo estamos considerando? —preguntó Eileen, acomodándose de nuevo el pelo por detrás de las orejas—. Quiero decir… perdóname si soy demasiado directa, pero ¿crees que es buena idea que dos personas que están tan jodidas se reproduzcan? Sé que sobre el papel encajamos bien, pero…
—Pero el papel es solo papel —terminé la frase por ella—, fácil de destruir.
Yo ya había pensado en ello antes y siempre llegaba a la misma conclusión.
—Mis hijos no serán desgraciados. Yo soy así porque mis circunstancias me hicieron así. Si me quitaran esas circunstancias, estaría tan cachondo como cualquier otro depravado de este país.
Eileen hizo una mueca de desagrado ante la vulgaridad de mis palabras.
—¿Y nos llevamos este secreto a la tumba?
—¿Acaso importa? La mayoría de los matrimonios en nuestro tramo fiscal son contratos entre conocidos que alguna vez disfrutaron acostándose juntos. En todo caso, dado que el único intercambio de fluidos corporales ocurrirá en un entorno médico, seremos la pareja más limpia de esta ciudad.
Asintió y enderezó los hombros.
—Quiero seguir trabajando.
Sentía que era demasiado pronto para establecer las condiciones de su parte. Al mismo tiempo, era exactamente lo que yo había anhelado siempre: alguien que viera el matrimonio como una oportunidad de negocios. Eileen apartó el plato y se puso manos a la obra.
—Me encanta mi trabajo. Sé que mi madre le dijo a la tuya que quiero tomarme un año sabático…
—Trabaja todo lo que quieras. —Levanté una de mis palmas hacia arriba, frenándola antes de que empezara un discurso—. A excepción del último trimestre de embarazo. Quiero a mis herederos bien cuidados y que lleguen «como nuevos».
Esta era la única parte de la reproducción que realmente tenía sentido para mí: crear una fuerza de trabajo genéticamente superior a partir de cero para continuar mi negocio cuando yo muriera. Después de todo, no podía arrastrar el dinero al infierno conmigo en un equipaje de mano Louis Vuitton.
Y añadí, como si fuera un pensamiento posterior:
—Cuanto menos te vea, mejor. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo. —Me miró—. Tengo dinero, pero…
Se interrumpió.
—Pero no tanto como yo. Estudié tus finanzas cuando revisé tus antecedentes.
—Saqué mi teléfono, abrí la aplicación y lo puse sobre la mesa—.
Vienes de una familia con seis integrantes y la mayor parte de la herencia les quedará a tus hermanos.
Te daré bienes en propiedades del vecindario por un valor de veinte millones, pero firmarás un acuerdo prenupcial blindado.
—Desde luego. E incluirá algunas de mis propias condiciones con respecto al presupuesto acorde a mi estilo de vida y las organizaciones benéficas de mi preferencia.
—De acuerdo en principio, sujeto a cambios y a lectura de la letra pequeña. Mi mujer debe participar en las juntas directivas de algunas de mis empresas.
—¿Carga horaria?
—Tres horas por semana.
—Quiero compensación por mi tiempo en forma de un apartamento de mi elección en Shanghái.
—Hecho.
Hubo otra pausa. Si esto era todo lo que mi padre quería para mí, ¿por qué me parecía tan incorrecto?
—No quiero más de dos hijos. Tres son muchos y podrían interferir con mi carrera —dijo ella, ladeando la cabeza y mirando el techo como si intentara extraer de su cerebro todas las exigencias que se le ocurrieran—.
Y una nodriza para cada niño hasta los veinticuatro meses.
Me niego a criar retrasados con un coeficiente intelectual insuficiente.
—No hay problema, siempre y cuando nos dividamos la custodia si planeas continuar ejerciendo en Nueva York.
Mamá querría ver a sus nietos con regularidad.
Y así su atención se mantendría alejada de mí.
Dos pájaros de un tiro. Además, aún me aferraba a la estúpida esperanza de que papá quería que yo tuviera una familia por otra razón que no fuera cargarme con gastos innecesarios, dolores de cabeza y falta de sueño.
—Esto suena bastante aceptable. —Eileen me inspeccionaba la cara, posiblemente en busca de alguna señal de cuándo saldría corriendo por la puerta. La única persona que yo quería detrás de la puerta era ella—. Y… ¿estás seguro de que estarás bien con este acuerdo?
Volvió a golpearse la rodilla. Tap, tap, tap. Y siguió:
—¿Que no me dirás de pronto que quieres amor y ositos de peluche y todas esas ridiculeces? Mi hermana dice que todos los hombres acaban queriendo una sola cosa. Se…
—Dinero —terminé la frase por ella—. Los demás vicios de la vida me aburren. No cambiaré de opinión.
—Eso me recuerda… ¿camas separadas?
—Alas separadas.
—¿Tan poco atractiva me encuentras?
—No eres tú, Eileen. Soy yo.
«En realidad también eres tú. Por ser mi clon mental. Yo ya tengo sexo conmigo mismo, se llama masturbación».
Quedamos sumergidos en el silencio. Sin nada más que discutir, me puse de pie, estirándome las arrugas de los pantalones.
Eileen me imitó y se levantó hasta alcanzar su altura completa.
Imaginé que algún día me molestaría la forma en que ponía los labios —fruncidos con forma de culo— porque le daban una expresión eternamente agria.
Guardé el borrador del contrato en mi aplicación, ansioso por acompañarla fuera del lugar.
—Haré que mi gente se ponga en contacto con la tuya para cerrar la negociación y dar las últimas instrucciones.
—Yo no tengo gente que trabaje para mí. —Entrecomilló la palabra en el aire con los dedos—. Pero pueden localizarme en el móvil. ¿Qué tal un apretón de manos para sellar el trato?
Y entonces, sin una pizca de consideración por lo nauseabundo que me resultaba tocarla, ella forzó su mano en la mía y le dio un apretón firme, húmedo y caliente .
De golpe, me subió un ácido del estómago.
Me quedé helado durante unos instantes, aturdido y horrorizado, con la mirada clavada en el punto donde se conectaba nuestra carne.
Mi brazo quedó inerte y mi mano, flácida en la suya.
Odié mi aspecto patético; lo patético que me sentía .
Se me trabó la boca en forma de grito, pero no salió nada.
«Suéltame. Deja de tocarme. Vete de una puta vez».
La bilis me subió por la garganta. Tragué. Tenía todo el cuerpo rígido excepto el brazo que ella había tomado. El contrato. El matrimonio. La promesa. Quería olvidarlo todo. Borrar todo el encuentro entero con esta imbécil desconsiderada. Pero papá… «Papá, papá, papá».
Concentré todo mi esfuerzo en esperar a que Eileen retirara su mano primero en lugar de apartarla yo mismo. Cuando por fin lo hizo, casi me desplomo de las náuseas. Todo duró menos de dos segundos pero me pareció como un día entero.
Eileen presionó el pulgar sobre unas migas de pastel de luna que le habían quedado sobre el vestido y las dejó caer sobre la taza de té sin la menor preocupación. Luego, sacó una tarjeta de presentación de su cartera y la presionó contra mi mano otra vez.
«Más contacto. Genial».
—Llámame.
—Aj —tenía un grito seco atravesado en la garganta. No podía producir ni una palabra—. Vete —conseguí decir. No fue exactamente educado, pero era lo máximo que podía articular.
—Claro. Puedo encontrar la salida yo sola.
—Los ojos de Eileen iban de mí a la puerta del invernadero, con la misma indiferencia ante mi angustia que un médico en un examen de próstata—.
Te enviaré algunos apartamentos de Shanghái por correo electrónico.
Por favor, asegúrate de añadirme como contacto.
Se me cerraron los dedos en un puño; el inconfundible ardor de la carne humana se me extendía por la piel por donde ella había tocado.
Sentí como si me hubieran mancillado. Marcado, manchado y contaminado.
Nunca había tenido una reacción alérgica, pero se sentía igual: se me cerró la tráquea, no podía respirar…
Todavía sentía como si siguiera tocándome.
Necesitaba sacármela de encima, sacármela, ¡sacármela ya !
Y entonces al fin (por fin, maldita sea) Eileen se desvaneció por la puerta doble de la entrada. Y fue justo a tiempo; un segundo después y hubiera visto a su futuro marido desplomarse sobre el suelo de madera.