Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo diecisieteZach #2
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Capítulo diecisieteZach #2

Me sorprendió encontrarme con que deseaba ser parte de sus fantasías eróticas.

De hecho, me estaba costando conjurar cualquier otra cosa que no fuera verla con las piernas abiertas, desnuda, mostrándome lo mojada que estaba.

Era oficial, ahora sí estaba chiflado. Navegaba en aguas turbias y desconocidas con estos pensamientos extraños y estos deseos descontrolados.

Por culpa de su exhaustivo fregado, una gota de agua sucia me salpicó el dedo desnudo del pie.

Me tembló el párpado. Ella agitó las pestañas y nos dedicó una sonrisa angelical.

—No confundir que me despida con que me dispare. Porque eso también lo hizo. ¿Le ha dicho que le gusta lanzar cuchillos?

Era un hecho: iba a matarla.

Pero antes iba a follármela.

Porque —y esto era lo importante— por alguna razón extraña y desconocida, ella parecía la única mujer con la que yo podía llegar a contemplar estar en la intimidad.

De hecho, descubrí que no había dejado de pensar en su rostro.

Su cuerpo. Su sonrisa sarcástica. El modo en que se movía en la pista.

Como la Campanilla de Peter Pan en versión asesina. Letal y tierna al mismo tiempo.

Eileen dio un salto hacia atrás y giró la cabeza hacia mí.

—¿Tú tienes un arma arrojadiza?

—Tengo algunos cuchillos antiguos. —Le lancé a Farrow una mirada fulminante—. Son parte de mi colección de arte.

—También tiene un tanque. —Farrow sonrió; era evidente que se divertía—. Es lo único que conduce, se cree un G.I. Joe.

—No es un tanque. Es un blindado Conquest Knight modelo XV.

—¡No es más que un montón de chatarra! —cacareó y se tocó el vientre, sin preocuparse de mancharse la ropa otra vez—. Ah, y hablando de eso, lo he sacado a pasear. No debería dejar las llaves donde cualquiera pueda verlas…

Estaba seguro de que lo había hecho. Y no supe por qué, pero me ponía de buen humor saber que se había portado mal.

—En fin, veo que ustedes dos tienen mucho que hablar, así que… —Farrow se llevó dos dedos a la frente y nos hizo un saludo militar—. Que se diviertan, chicos. Los dejo seguir con sus cosas.

Eileen frunció el entrecejo, la palma de la mano se le empezaba a tensar por detrás de la nuca; claramente disgustada por la batalla verbal en la que me había metido con el personal de servicio.

—Disculpa la escena. —Le hice un gesto para que subiera la escalera—.

La encontraron perdida en medio del bosque hace unos cinco años apenas; se crio entre los coyotes y piensa que es uno de ellos.

Acepté darle un empleo como parte de un programa de rehabilitación dedicado a reincorporar personas de bajo coeficiente intelectual en la sociedad.

—Qué interesante. Hace apenas unos cinco años… —Eileen me imitó los pasos, deslizando una mano sobre su traje como si pudiera limpiarse del encuentro con mi pulpa salvaje—. La verdad es que domina el idioma de forma impecable.

Subimos por la escalera curva con la risa de Farrow como música de fondo, una banda sonora compuesta de campanadas socarronas. El eco retumbaba por el vestíbulo cavernoso, amplificado por el tamaño de la mansión. Hasta ahora, nunca había pensado que mi casa era demasiado grande.

—Sí, su dominio del idioma está bien —la conduje al salón que daba a mi oficina—, es el contenido de lo que dice lo que me preocupa.

—Parece haber buena química entre vosotros.

—No lo creo, no.

La única química entre nosotros era la radioactividad. Farrow y yo éramos elementos corrosivos, listos para explotar de un modo espectacular en cualquier momento, pero a mí siempre me había gustado la ciencia.

Eileen me siguió al vestidor de mi habitación y se detuvo, con pudor, frente a la caja fuerte.

Haciendo gala de sus modales intachables, se dio la vuelta para darme privacidad mientras yo introducía la combinación de veintidós cifras y retiraba el collar de jade imperial que mi madre le prestaba.

No se me pasó por alto que Farrow no solo me miraría introducir el código, sino que también lo memorizaría para usarlo más tarde.

Las dos mujeres no podían ser más diferentes.

Y por alguna razón descabellada e incomprensible, yo prefería la que tenía los modales de un oso hambriento.

Deposité la caja tallada en la isla del vestidor que nos separaba.

Las luces empotradas proyectaban sombras frías y azules sobre Eileen.

Al verla bajo esa luz, sin un pelo fuera de lugar, toda ordenada, tan llena de estilo y de seguridad, supe que no había forma de que pudiera tocarla nunca (con o sin la ayuda de Farrow en mi vida); esto no iba a funcionar jamás.

Respiré hondo, odiándome por romper mi promesa a papá, una vez más. Y, justo cuando estaba a punto de hacer que se fuera, Eileen me sorprendió con las palabras que salieron de su boca.

—He traído pasteles de luna.

Me crucé de brazos.

—¿Qué? —No solo no era el momento de comer pasteles de luna, sino que ni siquiera era la época correcta según el calendario.

Una pequeña sonrisa le asomó por los labios. La primera cosa humana que había hecho desde que había entrado en mis dominios. Irónico viniendo de mí, lo sé.

Apoyó una mano en la isla y recorrió el vestidor con la mirada, como si la idea de que la descubrieran compartiendo el espacio conmigo le resultara tan desagradable como a mí.

—Pasteles de luna. De Chinatown. De los de verdad. Hechos por una anciana que se sintió mal porque no le quedaban del último Festival de la Luna y que me los hizo especialmente. Tienen triple yema.

«Suena como la receta perfecta para obstruir las arterias».

Me di cuenta de que había abandonado su tono formal y rígido, pero yo no tenía ni idea de por qué.

—Mi abuela me envió lejísimos, hasta un apartamento de un tercer piso en medio de la noche para recogerlos.

—Se dio cuenta de que había dejado una huella dactilar en el mostrador de cristal y la limpió con el pañuelo Hermès que llevaba en la muñeca—.

Me dijo que con eso te conquistaría. Aunque, la verdad…

Ni siquiera estoy segura de querer hacerlo.

—Se le crispó el labio inferior como si reprimiera una mueca de dolor.

Siguió—. Lo de conquistarte, digo. Esto no tiene nada que ver contigo.

Estás sobrecalificado, yo ya lo sabía. Lo que pasa es que no me gustan…

Hizo una pausa.

—¿No te gusta qué? —«¿Juntarte con nadie? ¿Que tu familia te organice la vida? ¿La humanidad?».

—No me gustan los hombres. —Terminó la frase en un susurro, mirándose los zapatos.

Eso explicaba que siguiera soltera. Y, para ser franco, su total desinterés en mi entrepierna. Se me empezó a aflojar una contractura en el hombro.

—¿Eres lesbiana? —Eso me daba algo con lo que trabajar: un matrimonio solo en los papeles, sin expectativas ni emociones, ni interacción alguna, ¡ ni sexo !

—No. —Se mordió el labio, deliberando sus siguientes palabras—. Tampoco me gustan las mujeres. No siento deseo hacia nadie.

¡Ah, bueno! Mamá en verdad había encontrado la versión femenina de mí.

Al menos hasta que Farrow Ballantine había irrumpido en mi vida.

Porque ahora yo sí quería tocar a alguien; sin duda quería hacerlo.

De hecho, quería hacer mucho más, maldita sea.

La mirada de Eileen viajó hasta mi techo.

Unas lágrimas bordeaban el contorno inferior de sus ojos.

Resopló; el sonido era casi discordante en ella.

Parpadeé.

—¿No quieres tener sexo conmigo?

—No querré ni abrazarte si alguna vez nos casamos. Que, por cierto, es algo que solo contemplo porque realmente no quiero morirme sola. Quiero hijos. Quiero una familia. Quiero experimentar lo que otras personas disfrutan.

Me rasqué la barbilla. Podía funcionar. Eileen Yang no era agradable, pero tampoco era horrible. Suficientemente tranquila. Suficientemente independiente. Y parecía que compartíamos el mismo problema.

—Esto es espantoso. —Sacudió la cabeza—. Lo siento mucho. No debí haber venido. Yo sabía que lo del collar no era más que una excusa. Estoy haciéndonos perder el tiempo a ambos…

—¿Señorita Yang?

—¿Sí, señor Sun?

—Comamos esos pasteles de luna. Tenemos mucho de qué hablar.