Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo diecisieteZach
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Capítulo diecisieteZach

Capítulo diecisiete

Zach

La noticia de mi cita a ciegas sorpresa arruinó el ritmo acompasado de mi agenda. En un día normal, ya habría estado a medio camino en el proceso de selección de una toma de control hostil de alguna compañía. Eileen Yang acababa de salvar una empresa a expensas de mi mal humor.

El timbre sonó exactamente a las tres en punto.

Al menos, había llegado a tiempo. Valoraba la puntualidad.

Mostraba carácter. Bueno, un mínimo de carácter, en todo caso.

Caminé hasta la ventana y pasé al lado del almuerzo sin comer.

Había un Bentley blanco aparcado al lado de la fuente, reluciente por un lavado reciente.

Una elección elegante. Nada demasiado ofensivo ni llamativo.

Nada de Range Rovers color rosa ni Lamborghinis color verde-neón.

Metí las manos en los bolsillos delanteros y salí del despacho en dirección a la escalera para ir a saludar a mi cita a ciegas.

A decir verdad, no podía considerarse demasiado a ciegas .

No cuando acababa de atravesar la capa ínfima de seguridad para acceder al expediente de Eileen de la agencia de citas…

Eileen Yang. 33 años. Neuróloga, efectivamente; con domicilio en Manhattan.

Titulada de tres carreras de dos universidades de la Ivy league.

Varios períodos en Médicos sin Fronteras.

Autora de un manual de biología de cierto renombre.

El año pasado había agotado sus recursos financieros para pagar una hipoteca de doce millones de dólares para comprarse un apartamento en el barrio más lujoso de Nueva York.

Parecía que mamá había encontrado a la candidata perfecta para ella; lo cual quería decir la candidata perfecta para mí también.

Ahora, todo lo que yo tenía que hacer era no meter la pata.

Fácil de decir, difícil de hacer. En lo referente a humanos, yo estaba más calificado para meter la pata que para tener éxito.

Las mujeres, en especial, veían en mi existencia entera un desaire personal.

Nunca les prestaba ningún tipo de atención y, cuando lo hacía, me salía en forma de honestidad brutal para informarles que encontraba su conversación tan soporífera como el acto de clasificar granos de arena según el tamaño.

«Tú eres capaz de todo, Zach, hasta sabes separar un átomo, literalmente. No puede ser que no logres que esta chica no te odie».

Bajé las escaleras con paso tranquilo, notando que la casa se veía particularmente limpia.

Me decepcionó un poco que Farrow no hubiera intentado nada raro; estaba convencido de que íbamos a pelearnos desde su llegada.

Tal vez maquinaba algo para más tarde. No había parte de mí que se tragara la idea de que se sometería y aceptaría la situación de tenerme por jefe y comportarse.

Cuando abrí la puerta, me encontré con la mujer ideal según mamá: alta y delgada, de cabello oscuro y brillante que le llegaba a los hombros y un traje verde salvia de Burberry.

Llevaba el pelo con la raya al medio, recogido por detrás de las orejas, en un corte que solo podría lograrse con regla.

Una expresión neutra le adornaba el rostro, su postura era orgullosa y lineal.

—Buenas tardes. —Sonó casi robótica. No necesariamente algo malo para alguien que no era fanático para nada del Homo sapiens —. ¿Zachary?

«Lamentablemente». Hice una leve reverencia, me hice a un lado y la invité a entrar con un gesto.

—Eileen.

Cada fibra de mi cuerpo se contrajo ante la idea de que intentara abrazarme o besarme.

Por suerte, entró con una desenvoltura ensayada, sin molestarse siquiera en mirarme mientras colocaba su bolso negro de Ferragamo sobre el aparador.

Se quitó los zapatos de Malone Souliers, que tenían un tacón de altura considerable, los ordenó uno al lado del otro y los colocó junto a la puerta.

Tenía un pañuelo Hermès alrededor del cuello, destinado a proteger la delicada piel del sol.

Se lo desató y volvió a anudarse la seda en la muñeca, convirtiéndolo en una elegante pulsera a la moda.

Apreté los labios para reprimir la risa; era como si mi madre la hubiera educado en persona.

—No te robaré demasiado tiempo. —Las palabras le salieron con una soltura muy practicada, como si las hubiera dicho decenas de veces.

¿Cuántas citas a ciegas había soportado Eileen para llegar a estar a este nivel de automatismo?

—. Si fueses tan amable de darme el collar, me iré enseguida.

Informaré a nuestras madres que conversamos y llegamos a la conclusión de que no coincidimos en los planes de futuro.

Pero te agradecería que me des el collar; hay un evento de caridad por la tarde y, si no lo llevo puesto, tu madre querrá saber por qué.

Todo lo que yo quería era que se fuera de inmediato, de mi vida y con ese collar puesto. Pero había prometido casarme con la novia que mi madre me eligiera y Eileen cumplía con todos los requisitos; una piñata repleta hasta el tope con modales perfectos y una educación del más alto nivel.

—¿No te gustaría conocer la casa antes de irte al menos? —le pregunté con los dientes apretados—. Ya que has venido hasta aquí…

Estábamos a unos dos metros de distancia y ninguno de los dos tenía la menor intención de acercarse.

—No, en serio, no deseo interrumpir.

«Traducción: por favor, no me hagas pasar por este sufrimiento ni un segundo más».

—La interrupción es bienvenida. La Bolsa cierra en cincuenta minutos y he trabajado las horas que tenía destinadas para hoy.

Me miró como si acabara de anunciarle que me bañaba todos los días en orina de gato.

—¿Tu jornada de trabajo termina a las cuatro de la tarde?

—Yo trabajo todas las horas del día —le aclaré—. Y de la noche.

«Por si en algún momento se te ocurre pedirme tiempo como esposa».

—¿Y siempre eres tan flexible? —Frunció el ceño y enseguida suavizó la expresión; no valía la pena arrugarse por mí.

—Solo por hoy. —Me esforcé por sonreír mientras la amargura me explotaba por dentro—. Entonces, ¿me acompañas?

Eileen se mostró ligeramente tensa, la exhalación traspasó sus labios y un mínimo rubor le asomó en las mejillas. Era obvio que no esperaba que se lo pidiera.

—Acepto el tour , gracias.

No quería estar aquí, en igual medida en que yo no quería que estuviese aquí.

El hecho de no tener que arrancarla a la fuerza tenía algo de reconfortante.

Asentí con un movimiento ágil e incliné la cabeza hacia el ala este.

Caminamos a una distancia prudencial el uno del otro, y yo iba soltando anécdotas y datos aburridos en cada habitación y sobre el arte que la decoraba.

Eileen asentía en los momentos oportunos, fingiendo que le importaba, pero la sorprendí varias veces mirando su Cartier de cuero delicado.

Casarme con alguien que no quería estar en la misma habitación que yo no sería lo peor que podría hacer.

De hecho, prefería esta opción a la alternativa opuesta.

Estar continuamente repeliendo a una esposa demandante se me antojaba como una tortura infernal.

De camino al comedor, pude ver a Farrow.

Lo de darle espacio en su primer día no había durado demasiado.

Estaba arrodillada en el pasillo, fregando una mancha de barro muy adherida a las baldosas de porcelana.

Me había acostumbrado a presenciarla en ese estado: sudorosa, con la cabellera más revuelta que un nido de pájaros y la ropa salpicada de pigmentos decolorados.

Tenía un aspecto lamentable, resultado de la pobreza y el agotamiento.

Totalmente opuesta a mí y a mi gentil invitada.

Y, me di cuenta, por primera vez, de que era jodidamente preciosa; tanto que al verla me costaba respirar.

Con sus rasgos afilados, el cabello dorado y el azul brillante de sus ojos.

Y ese flequillo largo, algo ondulado y descontrolado que le daba el aspecto de chica grunge , con tanto estilo que perfectamente podía salir en la portada de Vogue .

Me quedé pasmado ante esa línea de pensamiento. Yo jamás admiraba a ningún ser humano, y mucho menos por algo tan temporal como la belleza.

«Esto es bueno. Está bien. Siempre que no olvides que ella es un medio para un fin y no una persona tridimensional, puedes admirar su apariencia».

Para demostrar mi propio punto de vista, la esquivé como si fuera un charco de vómito, mirándola desde arriba y con desprecio al tiempo que guiaba a Eileen por el pasillo.

—Te has dejado una mancha.

Farrow me fulminó con la mirada; sin duda, en su mente, me estaba apuñalando.

—Lo siento, jefe, pero es que usted forma parte del paisaje.

«Ahí la tienes». Ante el comentario afilado de mi asistenta, Eileen soltó un pequeño grito ahogado y se dio la vuelta para mirarnos.

Me detuve en el cruce entre el comedor y el ala de invitados, con los ojos todavía clavados en mi nueva criada.

—Para ti soy el señor Sun.

Farrow se desplomó contra la pared y sopló un mechón de pelo que le caía sobre el ojo, mientras nos observaba a Eileen y a mí.

No se le notaba ni un atisbo de vergüenza o angustia por ser vista así, a nuestros pies, fregando el suelo de mi casa hasta sacarle brillo.

Inclinó la barbilla y ofreció una sonrisa que mostraba los dientes en dirección a Eileen.

—¿Le ha dicho lo mal que juega al go? —Salido de sus labios, sonó tal y como había sospechado mamá: como si el go fuera la palabra clave para decir otra cosa, como si me acusara de ser pésimo en la cama.

Las cejas de Eileen se dispararon hasta la línea del cabello y sus dedos delgados le besaron la clavícula.

—¿Vas a dejar que te hable así?

—Espero que no. —Farrow agarró el trapo y siguió fregando—. Mi fantasía erótica es que me despida.