Capítulo diezFarrow
Capítulo diez
Farrow
Con un golpe seco, mi columna chocó contra la pared.
Mal momento para darme cuenta de que me había hecho caminar hacia atrás, paso a paso, hasta acorralarme.
Había invadido mi espacio sin siquiera tocarme.
Eso era lo que pasaba: Zach no traspasaba ni una vez mi burbuja personal; al menos no con su cuerpo.
Con la hoja plana de su cuchillo, me inclinó la cabeza a un lado, hacia la sala de estar.
Desde ese ángulo, vi con claridad a mis monstruonastras.
El nivel de precisión de cada movimiento que hacía Zachary Sun me asombraba muchísimo.
Había comenzado a moverme hacia esa dirección diez minutos atrás, con total consciencia de su meta.
Durante todo el tiempo que yo me había pasado parloteando sobre las almas.
Vera, Reggie y Tabby, de pie en un círculo cerrado, discutían como tres gallinas frenéticas, así que no habían estado escuchando. Andaban demasiado ocupadas echándose la culpa una a otra por lo que había pasado.
—… me miró como si fuera a invitarme a salir. —Tabby levantó las manos al aire. Su falda Dior se le enroscó por las piernas y reveló un generoso tramo de sus muslos—. ¿Qué se suponía que debía hacer?
—… juraría que me sonrió cuando le dije que el zapato era mío. —Reggie resoplaba dentro de un pañuelo, sonándose la nariz a decibelios más acordes a los de un elefante resfriado—. Además, ¿esa falda no es mía? ¿Qué te hizo pensar que te saldrías con la tuya, Tabs?
—Míralas —ordenó Zach, frío y gélido en cada milímetro de su ser—. Estas son las payasas que te tienen de rehén. Vives en un mundo al revés: el perro tiene al humano por la correa.
—¿Es tu modo de castigarme? ¿Hacerme sentir que soy una mierda? —Me aparté el cuchillo del rostro con una palmada—. En ese caso, misión cumplida. Ahora, ¿puedes irte, por favor?
—No. Quiero contratarte para el servicio doméstico. Quiero que me asistas, asistenta.
La conmoción no me duró más de un segundo. Enseguida me vino el ansia de estrangularlo con mis propias manos, pero no se merecía ni la más mínima emoción de mi parte; así que, en vez de eso, le ofrecí mi actitud más desafiante. Volví a inclinar la cabeza hacia la pared y forcé una sonrisa vacía.
—Vete de aquí antes de que te mate. Ni siquiera necesito un arma, créeme.
—Trabajarás para mí, estarás bajo mis órdenes, responderás a mis antojos —continuó, imperturbable e inmutable ante mi rechazo—. Me servirás, obedecerás y complacerás. Y así pagarás tu deuda por haber intentado robarme y, encima de eso, fracasar estrepitosamente…
—Escúchame, pedazo de idiota. En realidad, no te robé. Sin prueba, no hay delito. No tienes más que una abolladura diminuta en una vitrina. Y yo no soy como mis hermanastras, no puedes presionarme para que me convierta en tu puta a sueldo.
—Yo no he dicho nada de una abolladura en una vitrina.
¡Mierda! Yo jamás cometía esos errores estúpidos; nunca me había acalorado tanto que se me nublara la inteligencia.
Zachary Sun había logrado derribar años de autocontrol estricto, de la calma profunda y ejercitada a fondo que se espera de una esgrimista de nivel internacional.
Bueno, exesgrimista de nivel internacional.
El pulso delator del arrepentimiento me crispó el cuello.
—Sí, lo has hecho hace cinco segundos. —Me reafirmé en mi mentira y levanté una mano para detener su réplica, negándome a caer en el foso que yo misma me había cavado—.
Antes de decir nada, recuerda: sin pruebas no hay delito.
Yo me perdí por tu biblioteca y nada más.
Esa marca del cristal ya estaba de antes.
—No es lo que dicen las cámaras de vigilancia. —Levantó el móvil con su mano disponible y lo agitó frente a mí. Mi cara apareció en la pantalla con total nitidez.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
Yo me había asegurado de no ver cámaras por el techo, pero no se me había ocurrido que tuviera alguna escondida. Bueno, pues tenía una. Pero, ante la desesperación, saqué lo mejor de mí. Eché los hombros hacia atrás y me mostré confiada.
—Las cámaras de vigilancia no tienen boca. Sin embargo, mi abogada sí la tiene, y apuesto a que podrá ser muy creativa con lo que sucedió allí: un hombre poderoso, una mujer acorralada en un camisón… —Doblé la cabeza a un lado—. Si sumas uno más uno…
En realidad, la abogada en cuestión no tendría que inventar nada.
Zachary Sun me había atrapado en su oficina y me había encerrado ahí, con mi lencería fina como única vestimenta.
Había una figura bastante molesta llamada detención ilegal; un delito por el que podían caerte hasta treinta años de cárcel.
Ya lo había investigado desde la mañana siguiente a la fiesta.
Zach arqueó una ceja.
—¿No tienes ni para un par de zapatillas que no se te salgan de los pies y esperas que me crea que hay una abogada de quien deba preocuparme? Hasta donde yo sé, Google no puede representarte en un juicio. —Me miró de arriba a abajo—. ¿Quién está dejando ahora que el orgullo se interponga, Pulpi?
Y aun así, me negué a retroceder. Abrí la boca, lista para lanzar una respuesta mordaz.
Pero me detuvo apoyando el cuchillo sobre mis labios.
Presionó justo con la fuerza necesaria para separarlos.
Lo que fuese que vio, hizo que sus pupilas se dilataran.
Duró medio segundo antes de que sus ojos se entrecerraran.
Sacudió la cabeza, limpiando lo que fuera que había visto.
—El pacto no es una oferta, es tu única opción para sobrevivir.
—Lo que tú quieres es que desempolve tus repisas y te chupe los pies solo para recordarte a ti mismo de que eres mejor que yo. Gracias, pero paso. No voy a cumplir ninguna de las fantasías enfermizas que habiten en esa cabeza retorcida.
—Puedo asegurarte que lo último con lo que fantaseo es con que me toques.
—Muy bien, muy bien. —Tomé distancia del cuchillo y me arremangué; un calor súbito e inusual me recorrió por todo el cuerpo—. Lo confieso.
—La verdad es que dudo que fueras capaz de reconocer la honestidad, aunque te golpeara en la cabeza con una placa de identificación.
Su retórica agresiva me resbaló sin afectarme en lo más mínimo.
—Supongamos que, en teoría, hubiese querido robarte.
¿Y qué? —Me encogí de hombros—. En todo caso, no lo logré.
No hay pruebas, tampoco. La habitación está intacta.
En el peor de los casos, me darán unos días de libertad condicional o de trabajo voluntario por invasión de propiedad privada. Lo haré y listo.
Terminé de decirlo y giré sobre mis talones, lista para salir disparada, pero él me agarró por la muñeca.
« ¿Y qué pasa con eso de que no quieres contacto conmigo, imbécil?
». Una sonrisa socarrona viajó hasta mi boca y me di la vuelta, ansiosa por señalárselo.
Pero para cuando lo enfrenté, Zach ya me había soltado y se tambaleaba hacia atrás.
La confusión total se confundía con repugnancia y le arruinaba las facciones impolutas.
Se miró la mano con la que me había tocado, después me miró a la cara y después de nuevo la palma extendida; parecía expectante de ver si se prendía fuego o algo así.
¿En serio? ¿Tan horrenda le parecía yo que por poco y pega un grito? Otra emoción desconocida se me metió en las tripas. Me sentí dolida.
Me crucé de brazos y me hundí las uñas cortitas lo más hondo posible dentro de los codos.
—Si te parezco tan desagradable, no me toques.
Enderezó la espalda y aflojó la mandíbula hasta volver a la expresión neutral terrorífica que había usado antes.
—Trabajarás para mí. —Las palabras le salieron con lentitud a medida que iba recuperando la compostura paso a paso.
—No lo haré. —Negué con la cabeza y miré a mi alrededor—. ¿Por qué demonios querrías que lo hiciera? Crees que traté de robarte. ¿Quieres que vuelva a hacerlo o algo así?
—Alguien tiene que ponerte en tu lugar.
—Mi lugar es lejos de donde tú estés.
—Tu lugar es asistir a quien te pague por ello y yo puedo hacerlo.
—No soy un objeto que puedas poseer.
—Eres un sujeto que voy a poseer —me contestó, con una mirada inerte—. Hasta que me canse de ti. Lo cual, no te preocupes, ocurrirá pronto. El pacto que te ofrezco es extremadamente corto y conveniente. Serías muy tonta de no aprovecharlo.
Al fin —sí, al fin, maldita sea— las millones de alarmas que tenían que haber sonado hacía más de una hora se despabilaron dentro de mi cabeza.
¿Por qué, de todas las personas posibles, quería contratarme justo a mí ?
Era cierto que yo lo había desafiado al go, pero eso lo habría hecho cualquier prodigio con un noveno dan del campeonato mundial. ¿Por qué yo?
«Eso no importa. Le prometiste a papá recuperar el colgante. Puedes mentirle a todo el mundo menos a él».
—De acuerdo. —Despegué con el dedo un pellejo seco de tomate que tenía pegado en la ropa y le apunté a los zapatos—. Si me devuelves el colgante, aceptaré tres meses de contrato.
—El colgante no está en juego. No lo tendrás jamás.
—Consultó su reloj de pulsera mientras negaba con la cabeza; se le había hecho tarde—.
Contrato de seis meses y seré tu único cliente.
El horario es de ocho a seis treinta, cinco días a la semana.
La tarifa de fin de semana es el triple de la regular.
¿Pero quería una asistenta o una inquilina? ¿En qué mundo aceptaría yo un horario tan disparatado?
Luché por no poner los ojos en blanco.
—Tengo una empresa que administrar. Hago tres o cuatro mansiones al día.
—Pues harás una sola, y será la mía.
—Perderemos clientes. No, gracias.
—¿Por qué habrías de perder clientes? No eres la única que limpia en toda la empresa…
Mi mirada en blanco lo dijo todo. Su rostro se trastocó y pasó del aburrimiento a la repulsión.
—¿Me estás diciendo que eres la única empleada y que divides la ganancia con tu madrastra? ¿Acaso te gusta que te pisoteen? ¿Acaso es tu propósito en la vida?