Capítulo nueveFarrow #2
Mi cuerpo entero cobró vida y mi pulso se tambaleó debajo de cada centímetro de mi piel.
Quería más. Y al mismo tiempo, no quería saber nada de él.
La lógica dictaminaba que alguien como él debía ser pésimo en la cama.
Tenía todos los atributos del peor amante: demasiado egoísta, demasiado guapo, demasiado narcisista…
Pero, aun así, lo deseaba. Los ojos se me dispararon hacia arriba y se chocaron con los suyos.
No tuvo problema en hacer contacto visual conmigo.
No era un psicópata, no. Era algo completamente diferente, un monstruo único en su especie.
—¿Quieres hacer un pacto con el diablo? —Me miró con desdén, cada centímetro de su ser era una gélida tundra ártica—. Lo único que puede perderse en un pacto de esos es el alma y, en tu caso, no vale demasiado.
Un nudo impenetrable bloqueó cualquier palabra que quisiera salir de mi garganta. Lo despejé y hundí las uñas en las palmas de las manos.
—¿Cómo lo sabes?
Se encogió de hombros, con el cuchillo aún clavado en mi centro; en el espacio donde se me arremolinaba el calor.
—En primer lugar, la mayoría de las personas ni siquiera poseen un alma.
—Quizás yo tampoco tenga una.
«¿De verdad estás hablando sobre almas con Zachary Sun en este instante? ¿Pero cuál es tu problema?». La respuesta, desde luego era: más de uno. Un cúmulo de problemas, de hecho. Pero cada minuto que hablábamos era un minuto que no me apuñalaba.
«Ah, sí, claro, Fae. Convéncete de que es la única razón por la que estáis hablando».
Él dibujaba unos círculos sutiles con la punta del cuchillo, que enviaban una corriente de fuegos artificiales desde el centro de mi cuerpo hasta los pies.
—La tienes.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque puedo olerla. —Su mandíbula se tensó bajo su suave piel dorada—. Y yo soy un coleccionista de almas.
«¿Estará borracho?». No lo parecía, pero hablaba como si lo estuviera.
Estuve a punto de preguntárselo pero todo lo que pude decir fue:
—¿Dices que coleccionas almas?
—Es la moneda de cambio más infravalorada del mundo. Todo el mundo quiere una y no son fáciles de conseguir. Por eso la gente compra objetos de arte; el arte te hace sentir vivo.
—Solo si ya estás entre los vivos.
—Incluso si estás a un paso de la muerte —contrargumentó mientras dibujaba un patrón indescifrable sobre mí.
Justo cuando pensé que ya nada podía afectarlo, dedicó una única mirada hacia abajo.
El filo hizo un rasguño por el espacio minúsculo de piel que se abría encima de la cintura de mis pantalones—.
Una vez que poseo el alma de una persona, la tengo comiendo de mi mano.
Este hombre estaba tan mal de la cabeza que las locuras de Michael Myers quedaban al nivel de inocencia de un Teletubby.
Se hubiese requerido una tesis de investigación para saber cómo demonios lograba esconderlo bajo esa mirada etérea y esos modales impecables.
Me pregunté si Vera y las chicas estarían espiándonos.
Desde este ángulo, no podíamos ver más allá del marco de la puerta y ahí no había nadie, pero no lo descartaba para nada.
El cotilleo del bueno les encantaba casi tanto como verme castigada.
Me toqué los labios.
—¿Sabes qué pienso?
—No, y si lo que buscas es una propina por tu asesoramiento, puedes quedártela. No pareces tener mucho dinero.
Ignoré su bromita:
—Que tienes algo que esconder. No pareces del tipo que lleva un arma siempre consigo.
—Al decir esto, me di cuenta de que, en realidad, no estaba asustada.
¿Cautivada, cabreada y lista para la batalla?
Desde luego. Pero ¿asustada? Podía sonar muy loco, pero, aun cuando tenía un cuchillo apuntando directo sobre mi cuerpo, no me sentía amenazada de verdad.
Negó con la cabeza.
—No tienes idea de qué tipo de hombre soy.
Sus ojos brillantes y crepusculares recorrieron mi cuerpo, y aproveché el momento para asir el cuchillo.
Apunté a la empuñadura, pero mis dedos se rozaron accidentalmente con los suyos.
Zach siseó como una serpiente y se alejó de mí como si lo hubiera quemado.
Su expresión entera se volvió feroz. Trastabilló y dio un paso atrás, con una mirada fija que yo no había visto jamás.
Ni en él. Ni en nadie . Me sorprendió tanto su reacción tan visceral que me tambaleé también en dirección opuesta.
—Ni se te ocurra tocarme . —Las palabras le salieron con más dureza de la que jamás había usado conmigo. Por una vez, no susurró ni siseó ni hizo ruidos extraños. En esa única frase no había ningún tipo de control.
En contra de toda lógica, me enderecé, echando los hombros hacia atrás con fuerza. Me fascinó la idea de que en cierto modo se había girado el tablero.
«Si tienes un punto débil, donde sea que esté, voy a encontrarlo. Y voy a presionar justo ahí hasta que te desangres».
Presioné la espalda contra el borde de la encimera hasta interrumpir brevemente la circulación y aminorar mi sed de sangre.
El corazón me latía con tanta fuerza que temí que se me abriera la caja torácica y se me salieran las tripas.
No podría pagarme esa operación en este momento.
Me había ordenado que no lo tocara a él , no a su cuchillo.
Podía no querer decir nada, pero la intuición me decía lo contrario.
Junté todo el coraje que pude con la certeza de que ahí había algo.
—¿Y bien? ¿Vas a matarme o no?
Se me encendieron los músculos del estómago y sentí una carga intensa.
Un cable al rojo vivo, ardiendo de furia y de cólera y de vida .
Quería saltar sobre este hombre y estrangularlo, terminar ese juego de go, mostrarle realmente quién era yo…
No recordaba la última vez que alguien me había hecho sentir algo, salvo mi padre.
Amigos, novios, conocidos… todos venían y se iban.
Zach seguía con la mandíbula apretada y la movía de atrás hacia delante. Su cuchillo seguía apuntándome, por si acaso. De pronto, pareció pensativo; tenía que alejarlo de sus propios pensamientos.
—¿No tenías un pacto que ofrecerme? —Le recordé—. Te escucho.
«Con reservas».
Los labios se le curvaron en un gruñido.
—¿Y tú te crees merecedora de un pacto?
«Chico guapo, alma fea».
—Lo que creo es que sigues aquí y que te has puesto a pensar mínimamente en mi nombre y mi identidad, así que es evidente que has encontrado algo en mí que andabas buscando.
No permitas que el orgullo se interponga con tu objetivo.
Estoy segura de que allá afuera hay suficientes personas capaces de sobarte ese enorme ego que tienes, no necesito estar entre ellas.
Por la expresión del rostro, supe que pensaba que yo hablaba demasiado, peleaba demasiado y no era más que un dolor de cabeza en su vida. En cualquier caso, no se movió ni un ápice.
—Solo eres una sirvienta.
Resumió mi existencia entera describiendo mi puesto de trabajo. Fantástico.
—Hago trabajos domésticos y limpieza general —lo corregí, enderecé la columna y me mostré orgullosa, sin la más mínima vergüenza—.
Bueno, y, si quieres el detalle, soy la dueña de Mary Limpia Maryland, la empresa de mi fa…
—Empecé a decir «familia», pero no se merecían ese título.
Ni por asomo—. Soy la dueña junto con mi madrastra, principalmente.
Zach dio un paso hacia mí, se veía recuperado después de ese momento tan extraño entre ambos.
—Tu madrastra es una inútil.
Podía volver a sentir su aroma; ese inigualable perfume de aire libre que me hacía pensar en los bosques escandinavos y los inviernos despiadados.
Puede que yo fuera inteligente, pero era obvio que mi cuerpo era un maldito imbécil.
Si Zach hubiese sido el mismísimo Lucifer, yo me hubiese dejado arrastrar voluntariamente a las profundidades con él.
Era como Perséfone, siguiéndolo decidida hacia el inframundo.
—No es verdad. Tiene varios usos: si te cuesta dormir, puedes pedirle que te hable de los problemas que tiene con su guardarropa.
—Lo que no entiendo… —Agarró el cuchillo con más fuerza y colocó el filo sobre mi clavícula. Después, lo deslizó con muchísima suavidad hasta mi garganta—... Es por qué la única persona en esta casa que tiene un cerebro funcional es a quien todos vapulean, Pulpi.
Vaya… La pregunta del millón. Por un momento, contemplé la posibilidad de mentir; la verdad era, de lejos, lo más vulnerable que uno podía compartir sobre su vida.
Pero me decidí a no hacerlo. Zachary Sun era capaz de descubrirme antes de que terminara la primera frase inventada, así que no tenía sentido esconderle nada; aun cuando yo sabía que, en su caso, él estaba lleno de secretos.
Como tenía claro que podrían estar espiándonos, bajé el volumen de la voz, esquivando el cuchillo con el mentón.
—Tengo algunas cuestiones pendientes de solucionar antes de que pueda irme lejos de ellas. Cuestiones legales. —Arrugué el rostro con gesto preocupado—. En cualquier caso, ¿tú no habías venido hasta aquí para gritarme por lo del colgante?
Sí, estaba tan desesperada por cambiar de tema que no me molestaba que me gritaran.
—Los gritos son para histéricos y no tienen sentido. Lo que mereces es un castigo, algo más que una palmadita en la mano. —Con la punta del cuchillo, Zach levantó mi mentón de nuevo para que lo mirara a los ojos—. Lo cual me trae de regreso al tema de nuestro pacto.
Tragué con dificultad, sintiéndome entre perturbada e intrigada.
La verdad era que debería tener miedo de ese hombre, pero no sabía por qué no lograba sentir esa emoción en particular.
Tal vez porque parecía demasiado tranquilo como para matar a alguien sin pensarlo.
O quizás era otra cosa. El modo en que sostenía ese cuchillo me recordaba el modo en que mi vecino anciano se aferraba a su bastón, o a cómo la niñita de enfrente se aferraba a la manta de su cochecito.
Como si lo usara a menudo, con naturalidad.
Como si fuera un accesorio que le ayudaba en sus tareas diarias.
Me apreté los labios.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Obligarme a casarme contigo como hizo ese psicópata que tienes por amigo?
Todo el mundo sabía que, a esa belleza sureña que tenía por esposa, Romeo Costa la había arrastrado al altar gritando y pataleando.
El hecho de que fueran ahora la pareja más aclamada y admirada del lugar no importaba en lo más mínimo; la historia inicial se me había clavado en el cerebro y yo no podía olvidarla.
Que él la tenía encerrada en una jaula dorada, que ella había torcido los barrotes y les había dado la forma de su corazón, y que fue desgastándolo poco a poco hasta que él fue indiscutiblemente suyo por completo…
Los llamaban «la leyenda del Romeo oscuro y la obstinada Julieta: el clásico remasterizado en que todos tienen su final feliz», pero yo no era como Dallas Costa.
Si, por alguna increíble fatalidad, Zach Sun me obligaba a casarme con él, no sería por mucho tiempo.
Seguramente lo apuñalaría con mi espada de esgrima cuando estuviera durmiendo.
Zach echó la cabeza hacia atrás y me miró como si yo fuese una alucinación para él.
—Sin ánimo de ofender, señorita Ballantine, sería capaz de elegir a un coyote salvaje por esposa antes de casarme contigo. Sería muchísimo más agradable para mí pasar el tiempo con el coyote que contigo. Además, si lo alimento, puede que logre domarlo.
Sonreí, asegurándome de que la boca se abriera hasta los dientes caninos.
—Ten cuidado que puede que él también te dé una paliza en el go.
—No te pases, pulpita. Hasta donde yo recuerdo, te escapaste de esa partida porque te habías quedado acorralada.
Podía terminar ese juego sin problemas. Lo había recreado mentalmente cada noche desde la fiesta; era el efecto adverso de tener una memoria excelente y una obsesión insana por ganar.
Sabía exactamente dónde había quedado cada una de las piedras y anticipado cada una de las jugadas que él tenía para hacer.
Y lo más importante: cómo podía usarlas en su contra.
Estreché los ojos para ver el reloj de pared por detrás de él.
—¿Qué es lo que quieres entonces?
Tenía cantidad de trabajo que terminar. La lasaña en el suelo no iba a limpiarse sola y, en este punto, la familia Ahmadi estaría en todo su derecho si decidían no pagarme por volver a llegar tarde a su casa.
Zach se tomó todo el tiempo del mundo para contestarme, de pie frente a mí, en toda su gloria y esplendor, sin nada de qué arrepentirse y en su belleza máxima. Duro, frío e implacable. Una escultura inmaculada abandonada justo antes de la capa final de laqueado.
— A ti.