Capítulo nueveFarrow
Capítulo nueve
Farrow
El brillo de las luces me cegó por un instante.
Parpadeé para ajustar la vista y me sentí desnuda, desprotegida y expuesta.
Sabía cómo me veía: con mi ropa toda andrajosa y el pelo recogido, los brazos llenos de manchas de tomate y la dichosa espátula aferrada en mi puño.
Normalmente, no me habría importado. Pero quería que Zach me viera como su igual.
Vera me señaló con un dedo y se volvió hacia su invitado.
—Aquí está.
Todo en ella temblaba; desde su voz hasta las puntas de sus dedos.
Zach cruzó los brazos sobre el pecho; era la imagen misma de la despreocupación.
Su presencia llenaba la habitación como si hubiese sido esculpido en ella, tallado en mármol.
Un corte de cabello inmaculado resaltaba su espesa y brillante melena negra como el alquitrán, sin un solo mechón fuera de lugar.
Con su jersey de cachemira azul marino de cuello redondo encima de una camisa y sus pantalones color gris claro, todo él se hubiese podido subastar por más de mil millones de dólares.
Una diminuta sonrisa ladeó la comisura derecha de su boca, casi imperceptible. Me miró por encima de la nariz, tan alto y desmesurado como una leyenda viviente.
—¿Señora Ballantine?
Aun cuando le hablaba a Vera, no me quitaba los ojos de encima. Como si yo fuera a escapar si me concedía un respiro.
La gravedad de la situación me cayó encima estrepitosamente. Con la espalda apretada contra los estantes, era como un animal acorralado, humillado al máximo. Pero eso no significaba que tuviera que aceptarlo. Dejé la espátula en una estantería al azar, alcé la barbilla y lo enfrenté con la mirada.
Vera se giró hacia él.
—¿Sí?
—Privacidad, por favor.
—Farrow, levanta tu…
—No, Vera. —Zach se irguió por completo, alejándose de la isla con un paso atrás—. Es usted quien debe salir.
—Pero…
—No le estoy pidiendo su opinión, le estoy diciendo amablemente que se largue.
Virgen santísima. Estaba muy pero que muy enfadado. «Bueno, lo cierto es que tú trataste de robarle algo que es suyo…». Borremos eso. Algo que es mío . Tenía que recordármelo. Esa palabra marcaba la diferencia.
—No he terminado contigo. —Vera se giró hacia mí y me apuntó con la perfecta manicura francesa de su dedo—. Ni de lejos.
—No te preocupes, mami . —Le guiñé un ojo—. No me voy a ninguna parte, te guste o no.
Tenía que seguirle el juego, pero eso no quería decir que tuviera que ser un juego limpio y amigable.
No había nada que tuviera sentido en la muerte de papá.
En un momento, estaba frente a la entrada de un restaurante, esperando a que el aparcacoches le trajera su vehículo.
Y al minuto, el aparcacoches estaba atropellándolo a la velocidad de la luz.
Le habían hecho controles y nada: no había tomado alcohol ni ninguna droga.
Declaró que se le había trabado el pie en el acelerador y le cayeron cinco años de cárcel.
El juez sintió pena por él, por su esposa enferma, por su bebé inocente…
Yo también sentí pena por él, pero sentí aún más pena por mí misma.
Eso había sido dos años atrás y todavía me dolían las heridas, que no tenían aspecto de querer sanar pronto.
Con un gruñido de desgana, Vera salió a la sala con pasos ruidosos. Aunque se quedó lo suficientemente cerca para escuchar a escondidas, desde luego. En cuanto desalojó mi espacio personal, me aventuré fuera de la despensa.
—No. —Zach caminó lentamente hacia mí con una mano en alto—. Quédate donde estás. Las ratas encajan bien en los agujeros oscuros.
Salí de todos modos.
—Hablando de ratas, ¿no te han dicho nunca que eres una rata asquerosa?
—No en voz alta, pero estoy seguro de que muchos comparten ese sentimiento hacia mí.
Por instinto, me dirigí a un cajón de utensilios y lo abrí para armarme con lo más afilado que pudiera encontrar. Pero Zach lo cerró de un golpe con la cadera antes de que yo pudiera alcanzar un cuchillo de carne. «Instinto asesino», anotado.
Hizo un chasquido con la lengua.
—Yo que tú no intentaría nada raro. —Su figura colosal bloqueaba cualquier posible vía de escape.
Aunque tampoco importaba ahora que sabía quién era yo; ya no habría modo de escapar de él—.
No solo puedo superarte en inteligencia, sino que también puedo superarte en lo de los intentos de asesinato.
Y, créeme, en este momento, me tienta mucho demostrarlo, pequeña ladrona.
Un estallido de adrenalina me inundó las venas.
—Vete al cuerno, maldito millonario. Tú y tus estúpidos amigos no me asustáis.
No me había vuelto loca los últimos días cuando me había parecido ver que un extraño me seguía; el vello de mi nuca se erizaba para saludarlo cada vez que entraba y salía de una casa para limpiar.
Probablemente se trataba de un investigador privado, porque no había forma en que esos niños ricos nacidos en cuna de oro hicieran el trabajo sucio con sus propias manos.
Y si no venía de Zach, sería de alguno de sus amigos elegantes.
Se decía por ahí que esos tres eran inseparables y que solían usar sus influencias en el distrito para conseguir lo que quisieran y a quien quisieran. Bien, pues a mí no. Me di media vuelta y pasé de largo en dirección a la puerta.
—Ve a molestar a los niños de otro parque.
Entonces, Zach soltó un suspiro con aire dramático.
Y ahí fue cuando lo sentí. Una cosa metálica me besaba por la parte baja de la espalda.
Fría, afilada e inconfundible: un cuchillo .
¿Pero qué clase de psicópata iba paseándose por ahí con un cuchillo en plena luz del día?
Entonces recordé que me había arrojado uno bien elegante en la persecución después de la fiesta.
Zachary Sun amaba su arma. Aquello distaba mucho de su versión más intachable y elegante, con la cual podía meterse de un salto en una discusión financiera con expertos de la Terminal Bloomberg a opinar sobre el mejor modo de lanzar una start-up .
Era un salvaje vestido de traje de diseño exclusivo.
Y justo con este tipo yo tenía, oficial e inexcusablemente, un problema.
—Te aconsejo encarecidamente que no huyas de esta conversación.
Sentí un escalofrío, más por el rugido de barítono de su voz que por el cuchillo que se hundía en la parte baja de mi espalda.
Sabía que no iba a apuñalarme, pero no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llevar la situación.
Me detuve sin darme la vuelta hacia él y Zach presionó un poco más la hoja metálica aplanada sobre la piel.
—A menos que, bueno, no estés demasiado encariñada con la idea de caminar.
Pensé que él debería preocuparse más por mi capacidad de castrarlo con una espada, porque eso se acababa de convertir en mi nuevo objetivo en la vida.
Dibujé una sonrisa en el rostro, haciendo caso omiso de las pulsaciones de mi corazón, que ya se habían disparado a velocidades interestelares.
—Me siento halagada, señor Sun, de que considere que mi insignificante vida tiene tanto valor como para pasarse la vida en prisión por ella.
—Me sorprende, señorita Ballantine, que piense que alguna vez podría enfrentarme a semejante destino.
Soy demasiado rico, poderoso e inteligente para pasar ni un minuto en cualquier habitación de cinco por cuatro que no sea una sauna.
Además, si se diera la vuelta, notaría algo muy interesante sobre mi cuchillo.
Roté sobre los talones, tomándome todo el tiempo necesario, para generar expectativa y para no mostrar ni un milimétrico indicio de pánico.
Si Zachary Sun quería mi sometimiento completo, iba a tener que arrancármelo de las manos con sangre, sudor y lágrimas.
Cuando mi cuerpo estuvo frente al suyo, noté la distancia que nos separaba.
Había por lo menos dos pasos gigantes entre ambos.
Mis ojos reptaron al cuchillo que se me clavaba en el hueso de la cadera.
Estaba íntegramente recubierto por un terciopelo negro grueso excepto en la hoja.
La respiración se me atoró en la garganta.
—El terciopelo no deja pasar las huellas digitales.
Por supuesto, él lo sabía. ¿Qué demonios no sabría este hombre? Sus ojos se anclaron en los míos.
—Si no hay arma, no hay crimen.
—Eso debe ser ilegal.
—Nada es ilegal cuando conoces a las personas indicadas. —Había algo deliciosamente negro que fulguraba en sus ojos—. La ley es para gente como tú. Para gente como yo están los abogados.
—Eres un fraude. No te pareces en nada a cómo te describen en los medios.
—Las palabras explotaron a través de mis dientes apretados.
Si aflojaba solo un poco la presión de mi mandíbula, mis dientes se pondrían a repiquetear del temblor de la furia despiadada que me invadía—.
¿Cuánta gente sabe que eres un monstruo?
—No demasiada. Solo quienes se molestan en ver más allá de mi exterior. Aunque es mejor no hacerlo, porque soy una criatura altamente útil para la mayoría.
La punta del cuchillo se desplazó desde el hueso de mi cadera al espacio entre el ombligo y la cintura de mis vaqueros.
Se me encendió un fuego entre las piernas.
«¿Pero qué demonios te pasa, Fae?». No podía evitarlo.
Había algo del poder que él emanaba que me cautivaba.
Yo había vivido toda la vida en uno de los distritos más lujosos que existen, pero nunca me había cruzado con alguien como Zachary Sun.
Su cuchillo se detuvo justo antes de llegar a mi sexo. Él se humedeció los labios inconscientemente.
—Puede que seas una de esas personas.