Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo ochoFarrow
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Capítulo ochoFarrow

Capítulo ocho

Farrow

«Desgraciado».

El puto multimillonario había salido a cazarme.

Se había tomado la molestia de liberar unas horas de su apretada agenda para ir de casa en casa por todo Maryland con mi zapatilla hecha pedazos como si fuera un trofeo.

Los hombres con poder pueden ser unos grandísimos sádicos.

¿De verdad no podía olvidarse de todo y ya?

El miedo empezó a recorrerme la columna vertebral y un escalofrío reemplazó el ardor de la lejía en mis brazos.

Estar en el centro de la atención de Zachary Sun era un lugar muy peligroso en el que estar.

Disponía de los medios para destruir a quien quisiera con solo con una llamada de teléfono.

¿Cómo había podido pensar que podía meterme en su residencia y llevarme el colgante sin más?

La cocina quedó envuelta en un silencio total. No había duda de que Vera, Reggie y Tabby sabían que la zapatilla era mía; no pasaba un día sin que me molestaran por mi vestimenta. No podían entender que yo no dejara que el precio de mi ropa determinara mi valor como persona.

Una gotita de sudor me bajó por la frente hasta el ojo.

«Respira, Farrow, solo respira».

Pero no podía respirar. Se me hundía el pecho. Me sequé la boca con la palma de la mano con la esperanza de que así podría suavizar el sonido de mi respiración. Con un solo segundo más de ese silencio, podrían oírme. Lo sabía.

Por una vez en la vida, me salvó la voz chillona de Reggie:

—Ah, bueno, qué incómodo. Creo que esa zapatilla es mía.

—No, no, creo que es mía. —Tabby la apartó de un codazo—. Siempre llevo conmigo un par de zapatos de suela plana cuando voy a una fiesta. Por si no lo sabéis, soy una bailarina fabulo…

—¿Pero no lo recuerdas, Tabby…? —Reggie le agarró el hombro con una mano, probablemente clavándole sus uñas acrílicas hasta el hueso.

El tono de su voz sonaba amenazante y aterrador—.

Me prestaste estas zapatillas la otra noche porque las mías se me perdieron cuando salvé a ese conejito herido en el jardín del señor Sun.

Me mordí el interior de la mejilla, conteniendo la risa histérica.

Yo podía haber tocado fondo, pero esperaba no llegar nunca a ese nivel de patetismo.

Toda esta parafernalia al estilo Cenicienta les iba como anillo al dedo.

Si Zach hubiera entrado con una copa menstrual usada, preguntando si pertenecía a alguna de ellas, habrían sido capaces de hacerle una demostración para probar que sí.

Vera puso fin al debate antes de que Reggie le dejara un valle hundido en el hombro a Tabby.

—Ese zapato es de Tabitha —dictaminó. Tabby era la más costosa de sus dos hijas, así que supuse que Vera quería quitársela de encima cuanto antes. Asintió, asegurándose de que había tomado la decisión correcta—. Sin duda es suya.

Más silencio. Por desgracia para mi supuesta familia, Zach Sun era demasiado inteligente para tragarse su parodia. Muy bueno para él. Devastador para mí. Sus dedos se apretaron alrededor del zapato.

—¿No tiene ninguna otra hija, señora Ballantine?

Se me tensaron los hombros.

—¿Qué? ¡No! Con estas dos tengo más que suficiente. Me mantienen ocupada. Créame. —Se le cerraron las manos formando dos puños—. ¡Ja, Ja!

Más silencio. Zach no sentía la necesidad de llenar el vacío con palabras sin sentido; posiblemente era lo único bueno de él.

Por fin apoyó las Vans de imitación sobre la encimera.

—¿Está usted segura, señora Ballantine?

—Bueno, supongo que lo sabría si tuviera una hija extra escondida en casa, ¿no cree?

Resultaba bastante irónico de oír, dadas mis circunstancias.

Reggie y Tabby empezaron a retorcerse en su sitio. Me daba cuenta de lo que les pasaba, aun desde mi ángulo tan incómodo. Tabby se aclaró la garganta.

«Tabitha Ballantine, ni se te ocurra elegir este momento para ser honesta por primera vez en tu vida».

—Perfecto. —La silla de Zach se arrastró por el suelo a medida que él se levantaba—.

En ese caso ambas hermanas de la familia Ballantine tendrán que acompañarme a la comisaría de policía.

De hecho, el inspector general es amigo mío.

Iremos directamente a su casa; hace tiempo que quiero ver las reformas que ha hecho.

Vera se puso de pie, abandonando al fin la ridícula farsa.

—¿De… de qué está hablando? —Con esa actuación no conseguiría un papel ni en una película de bajo presupuesto.

Me había preguntado varias veces qué le habría visto mi padre a esa mujer.

Una parte de mí sabía la respuesta: quería que alguien —alguien cualquiera— fuese suyo.

Era huérfano y había crecido en Escocia.

Al mudarse aquí no conocía a nadie. No tenía amigos.

Nada de nada. ¿Y Vera? Ella tenía un montón de gente alrededor: hermanas, tías, una hija y otra en camino.

Qué pena que por ganarse una familia hubiese traicionado a otra. A mí.

Zach cogió el zapato de la encimera y lo dejó colgando del dedo índice.

—Estoy hablando de que la persona a quien pertenece este zapato trató de robarme el colgante la noche de la fiesta.

Como la joya venía de esta casa cuando la compré, voy a suponer que alguien se había encariñado demasiado con ella y pensó que podría salirse con la suya y traérsela de vuelta.

Pero el robo es ilegal en los cincuenta estados de Estados Unidos, así que sus hijas deben aprender una lección.

—Pero esto es un gran malentendido. Para ellas ese colgante no es más que un pedazo de … —Vera se detuvo en seco, inspiró profundamente y cambió las palabras por una risita superficial—. Puedo asegurarle que a mis chicas ese colgante no les importa nada, señor Sun.

—Sin embargo, esta zapatilla demuestra que a una de ellas, sí —insistió Zachary, sacándole la verdad sin que ella se diera cuenta.

—Debe ser de Farrow —dijo Tabby, a toda prisa.

Y yo que pensaba que iba a ser Vera quien me delataría… Se me encendieron las mejillas al rojo vivo. Maldita Tabby.

Zach bajó el zapato.

—¿Farrow?

—Nuestra hermanastra. —Las mejillas de Tabby se sonrojaron, sin duda por la excitación repentina de poder complacer a Zach—.

Se viste como una indigente y nuestro padre, es decir su padre biológico, era el dueño del colgante.

Ella lo tenía en su habitación antes de que lo vendiéramos. Siempre está metiéndose en líos.

Hasta ese momento, siempre había pensado que, de encontrarnos en una situación extrema en la que hubiese tenido que elegir a quién salvar, habría elegido a Tabitha, pero me hice una nota mental para no hacerlo. Esa mujer era peor que un virus letal.

—Entonces sí que hay una tercera hermana. —Zach sonaba como si estuviera tratando de sonsacarle códigos nucleares a un crío de tres años.

—En realidad… em… no es nuestra hermana. —Reggie jugueteó con el cuello de su vestido Oxford—. Aunque me encantaría tener un metabolismo como el de ella…

—Mi hijastra está alejada de nosotras. —Vera trató de dar cierta dignidad a sus palabras—. Lo he hecho lo mejor que he podido con ella, lo digo de corazón, pero…

Zach la cortó en seco.

—¿Dónde está Farrow?

—En algún lugar de la casa. —Tabby dejó caer los hombros, ahora que ya no corría riesgo de ir a la cárcel. Hizo un gesto en dirección a los trapos sobre las baldosas—. Tiene que terminar de limpiar todo esto.

Sentí un pinchazo en las mejillas al escuchar esas palabras, y una ráfaga caliente me atravesó el esternón y zumbó por todo mi cuerpo. Esa excusa pésima que yo tenía por familia no podían ni darse cuenta de cómo sonaban. O tal vez sí, y ese era su único objetivo desde el principio.

Trabajar de limpiadora no me avergonzaba; me sentía orgullosa de proporcionar un buen servicio.

Pero que me expusieran como la asistenta indeseable de mi propia familia era demasiado.

Me sorprendió sentirme avergonzada; me sorprendió porque por lo general me tenía enteramente sin cuidado lo que la gente pensara de mí.

Pero de algún modo me importaba en el caso de Zachary Sun.

Hubo un tiempo en el que, aunque solo fuera por tres horas, había logrado captar su atención, algo que ninguna otra mujer había conseguido nunca.

Y, sí, me gustaba la idea de que él pensara en mí como alguien que lo atraía misteriosamente, y no como alguien que fregaba los inodoros de sus monstruonastras.

—Búsquenla, por favor. —Chasqueó los dedos una vez como si estuviera dando órdenes incuestionables a sus súbditos. Por poco podía oírlo reclinarse en el asiento como el rey brusco que era, el muy capullo—. O, de lo contrario, se las verán con mis abogados.

El caos que siguió me dejó mareada.

Vera señaló a sus hijas:

—Reggie, tú busca arriba. Tabby, en la casa de la piscina y en el sótano. No puede haber ido muy lejos. Su coche está aparcado afuera. Yo revisaré por aquí.

Escuché un barullo de pisadas que salieron en todas las direcciones. Se abrió la puerta del patio trasero con un quejido. Las lámparas del techo temblaron con los pasos pesados en el piso de arriba. Una tras otra se abrieron las puertas de las despensas.

Zach fingió un bostezo. ¿Acaso le… divertía mi situación?

—No creo que esté escondida en un armario —dijo él.

Vera abrió otro.

—¿Por qué no?

—Porque no es tan idiota.

—Créame, sí que lo es.

—No.

—No… ¿qué?

—Que no la creo. Siga buscando. —Zach miró la hora—. Quiero su cabeza servida en un plato y la quiero antes de las seis de la tarde; tengo una reunión al otro lado de la ciudad a esa hora.

Tomé esas palabras como lo que eran: una declaración de guerra.

Tal vez se había pensado que yo iba a quedarme sentada a esperar lo que fuera.

Pues estaba a punto de llevarse una sorpresa.

Que estuviera dispuesta a aceptar los abusos en mi propia casa para asegurarme de proteger lo que era mío no significaba que él tuviera rienda suelta para convertirme en su nuevo juguete.

Antes de la muerte de papá, me pasaba todo el tiempo siendo una pesadilla para mis monstruonastras y había llegado a tal punto que Vera casi me suplicó que me mudara a Seúl; Reggie me había dado folletos de todos los cirujanos plásticos de renombre de allá y Tabby me había marcado en un mapa todos los puntos de interés gastronómico.

(Me quedé sorprendida al ver que ella sabía leer un mapa).

«Yo también puedo pelear, Zachary Sun. Y lo haré sin piedad. No me detendré hasta que corra la sangre».

—Yo no le confiaría nada a Farrow. —El veneno rezumaba en el tono de Vera—. Lo he intentado todo con ella, señor Sun. De verdad. Pero no hay nada que hacer con esa chica. Son los genes de la madre, digo yo. Ella es… —Vera exhaló, pero no terminó la frase.

—¿Ella es qué?

—Tan poco femenina.

—Desarrolle la idea.

—Rebelde, insolente, sin modales. Una marimacho , la verdad.

—La palabra le estalló entre los dientes.

Cerró un armario de golpe e hizo una pausa para sacudir la cabeza—.

Fue problemática ya desde pequeña. ¿Puede creer que la expulsaron de una escuela privada a los dieciséis años?

Andaba regalando la pastilla del día después a las alumnas que la necesitaban. ¡Gratis!

Y lo volvería a hacer. A la mierda el patriarcado. Y ya que estábamos: a la mierda tú también, Vera.

—¿Y pudo terminar la secundaria?

A estas alturas, ¿realmente importaba?

«Irónicamente, lo más cerca que he estado de usar lo que aprendí en secundaria fue para investigar el modo de entrar en tu casa».

—A duras penas. —Vera levantó las manos al cielo—.

Su padre tuvo la brillante idea de enviarla a una academia de esgrima de Seúl.

De todos modos, era lo que ella quería desde un principio.

Siempre nos había despreciado a mí y a mis pobres hijas.

No me dejaba que le eligiera la ropa ni que le hiciera las uñas, ni que le cortara ese cabello horrible que tiene.

—¿Universidad?

Vera lanzó una risita y sacudió una mano en el aire.

—Ni siquiera hubiese podido con un grado sencillo. Pero mi Tabitha terminó una licenciatura en Columbia y mi dulce Reggie fue a la prestigiosa…

—No es necesario que termine la frase. Le aseguro que no me interesa en lo más mínimo.

Aun si le hubiera interesado mínimamente, la realidad era que Tabby no tenía un título de esa Columbia. Sino del Columbia College de Maryland, que no tenía el mismo prestigio.

Vera abrió la nevera. Increíble. Quizás pensó que yo podía meterme entre sus yogures probióticos y los frascos de cebolla en escabeche… ¡Que alguien llamara a Sherlock Holmes y le dijera que esa intrépida investigadora iba a dejarlo sin trabajo!

Era obvio que el señor Sun no estaba tan horrorizado como Vera esperaba, porque ella pasó a la fase de falso llanto, lástima que no le salía ni una lágrima, así que solo se le arrugaba la nariz de arriba a abajo. Se frotó la mejilla, seca como un desierto chileno.

—Tuvimos una discusión por ese colgante.

Ella se enfadó muchísimo conmigo. Pero necesitábamos el dinero.

Su difunto padre trabajaba con márgenes muy estrechos, y yo necesito mantener a mis hijas hasta que nos llegue el dinero del seguro.

—Hablaba como si Reggie y Tabby fueran niñas, no mujeres adultas de veintitantos años—.

Estoy terriblemente avergonzada por el comportamiento de Farrow.

Yo también estaba avergonzada, pero de tener alguna filiación con ese desastre de mujer. Al menos, no teníamos ADN en común.

Zach cortó sus gemidos.

—Señora Ballantine.

—¿Sí?

—Abra esa despensa de una vez y termine con esta penosa conversación para ambos.

—Sí. Buena idea.

Los pasos se acercaron.

Hundí los codos en las caderas. La espátula casi se me cae de las manos de tan húmedas que estaban. Se me erizaron unos pelitos en la parte de atrás de la nuca. Me balanceé sobre los talones y respiré hondo, preparándome para lo peor.

Vera estiró los dedos. Eché un último vistazo a Zach por entremedio de los listones y me arrepentí de inmediato: con la espalda contra la isla y un tobillo cruzado sobre el otro, una sombra de sonrisa se atisbaba en su rostro.

Entonces, con una precisión aterradora, sus ojos se encontraron con los míos a través de la puerta entornada.

Me eché hacia atrás y mi cabeza chocó contra una lata.

Hacía rato que él sabía que yo estaba ahí.

Lo sabía.

El muy desgraciado ya lo sabía.