Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo sieteFarrow
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Capítulo sieteFarrow

Capítulo siete

Farrow

Como todas las calamidades, la mía llegó a mi vida en un momento en que había tocado fondo.

Estaba fregando las sobras de una lasaña, mojándome los bajos del chándal con esa textura acuosa de sesos sanguinolentos, cuando sonó el timbre.

La pasta de tomate me pintaba la cara como si fuera pintura de guerra.

Tabby había decidido que la empresa familiar de servicios de limpieza llamada «Mary Limpia Maryland» no era lo suyo y había empezado su carrera como bloguera gastronómica; el hecho de ser una pésima cocinera no la había disuadido en absoluto.

Desde el segundo piso, la voz de Reggie desgarró el velo de una canción de Olivia Rodrigo.

—¡Que alguien abra la puerta!

A veces me preguntaba si tenía veintidós años, como yo, o doce.

—Estoy ocupada. —Algo se cayó en el comedor y al ruido estridente le siguió un quejido de Tabby—. Grrr, maldito palo de selfi extralargo.

—¡Farrow! —Vera encendió el televisor de la sala de estar. Las verdaderas amas de casa de Potomac . Una vez había acorralado al productor en un bar para suplicarle que la dejara participar en el programa—. Haz algo útil y abre la puerta.

Apreté los dientes, intentando no gritarles desde la cocina.

—¡Estoy limpiando! —«El desastre que ha hecho tu hija (adulta)».

Una de las fuentes de gama alta de Tabby no había logrado hacer el trayecto del horno a la encimera, y a mí me empezaban a asomar unos moretones color naranja caramelo en las rodillas tras veinte minutos recogiendo boloñesa de los azulejos con una espátula y metiéndola en un cubo.

Un hormigueo constante me recorría la piel de las manos y los brazos, cortesía de la botella de lejía vacía que había a mi lado.

Mi mente era incapaz de producir un solo pensamiento coherente después de haber inhalado vapores todo el día.

Había limpiado dos mansiones de tres mil metros cuadrados yo sola porque Vera había decidido despedir a la mayoría del personal para «recortar gastos» y, claro, ella o sus hijas no iban a compensar la falta de mano de obra, ¡habrase visto!

Últimamente, mi jornada de trabajo empezaba a las cuatro de la mañana.

El timbre volvió a sonar y la familia Ballantine tomó la decisión colectiva de ignorarlo. Unos golpes secos y furiosos sacudieron la puerta.

—Virgen santa. —Gruñó Reggie desde arriba y pausó la música el tiempo suficiente para que todos pudiéramos apreciar su irritación en toda su expresión—. Los de Amazon no pueden ser porque no insisten de esta manera. —Y volvió a poner la canción a todo volumen.

Vera apagó su programa.

—¿Por qué tengo que ser yo la que lo hace todo en esta casa? —Sus pasos pesados y furiosos retumbaron al pasar por la cocina rumbo al vestíbulo.

Me pellizqué en la parte interna de la muñeca para distraerme del dolor que me subía por los muslos.

A quien impartía esos golpes más le valía irse cuanto antes o llegar con un vino en la mano.

Lo último que necesitaba yo era ningún tipo de visita.

Tampoco era que recibiéramos demasiadas, de todas formas.

A las hermanastras y la madrastra Ballantine les encantaba hacerse pasar por pilares de la comunidad local, pero lo cierto era que los vecinos ni siquiera sabían sus nombres, y eso que llevábamos casi veintitrés años viviendo aquí.

Vera abrió la puerta de un golpe y soltó un grito ahogado.

Después, silencio. Mucho, mucho silencio.

Ni siquiera cuando los de seguridad la habían sacado a la fuerza por acosar al productor se había quedado sin palabras, así que me lo tomé como una señal del apocalipsis.

Lo cual me parecía bien, porque necesitaba un descanso.

—Ah, eh, se… señor Sun. —La espátula se me cayó de la mano y dio contra el suelo con un ruido metálico. Se me paró la respiración. Vera siguió tartamudeando—: Pe… ro… qué… vi.. si… ta… Qué ines…perado.

Mierda. ¿Cómo lo había descubierto?

Reggie y Tabby se materializaron de los agujeros donde se habían escondido hasta ese momento y se deslizaron hacia la entrada.

Metí el cubo en el armario más cercano, tiré un trapo sobre la mancha y corrí a meterme en la despensa.

No era un escondite muy elegante, pero no podía cruzar la isla de la cocina sin ser vista.

La nuestra era la casa más antigua de la calle.

Pequeña, anticuada y a punto de derrumbarse; pero mudarse no era una opción.

Los recuerdos compartidos con papá se grababan en cada rincón, en cada abolladura y en cada grieta.

Ni el mismísimo infierno me haría renunciar a eso.

Además, todos los abogados con los que había hablado me habían advertido que no me mudara si tenía intenciones de impugnar el testamento.

Y yo tenía toda la intención de hacerlo.

Podía apostarme la mano con que hacía esgrima que cualquier tipo de testamento que Vera había llevado a la audiencia era falso.

Lástima que no tenía el dinero para contratar a alguien que me representara e irle en contra.

Hasta que lo tuviera, mi plan era fingir amabilidad y mantenerme con perfil bajo.

—Señora Ballantine. —Reconocí la voz grave y precisa de Zach. Destilaba autoridad. Del tipo que haría que confiaras en él, incluso si te dijera que metieras la cabeza en lava—. Espero no molestar.

—¿Molestar? —Me imaginé a Vera haciendo un gesto literal de despejar el aire con la mano—. Para nada. Pase, por favor. Justo mi hija estaba preparando la cena. ¿Le gusta la lasaña?

Independientemente de la opinión objetiva que tuviera por la lasaña en general, seguro que no le gustaría lamer los restos del suelo. Tabitha había descubierto con horror que las asas de la fuente se calentaban con el fuego y la había dejado caer de golpe.

Una horda de pasos se precipitó por el pasillo.

—No me quedaré demasiado —dijo Zach, con una voz segura, aburrida e imponente—. De hecho, solo vengo a hacerle una pregunta poco convencional.

Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera cambiar algo de lo que estaba ocurriendo.

«Por favor, no pares en la cocina. Por favor, no pares en la cocina. Por favor, no…».

Una luz blanca y brillante se coló entre las rendijas de la puerta de la despensa. Contuve la respiración, apretando la columna con todas mis fuerzas contra los estantes de conservas. Las sillas se arrastraron por las baldosas a menos de diez pasos de donde yo estaba.

«Mierda, mierda, mierda».

Si a ese bastardo se le antojaba azúcar para su café, abrirían la despensa y me descubrirían. Me temblaban los dedos con el deseo de clavarle la espátula que todavía tenía en la mano en medio de esa preciosa cara. ¿Por qué había venido? Si total yo no había logrado robar el colgante, no todavía.

Por entre los listones de la puerta, vi a Vera inclinarse hacia Zach.

—Usted dirá. —Ella se le acercaba y él se inclinaba hacia atrás—. Por cierto, le presento a mis hijas. Creo que no tuvo la oportunidad de conocerlas en la fiesta. Y ya que estamos, muchísimas gracias por la invitación.

No hubo respuesta.

—Ella es Tabitha y ella es Regina. Tabitha es una prestigiosa vlogger de comidas y Regina es la directora de marketing de nuestra empresa de limpieza.

«Dime que no tienen trabajo sin decirlo».

Tabby y Reggie dejaron de pelearse por el asiento al lado de Zach y saludaron con la mano.

—Hooolaaaa —gritó Reggie con voz fingida—. Dios mío, muchas gracias por invitarnos a tu fiesta. Como que… Bueno, siento tanta gratitud que la palabra no llega apenas a expresarte lo que siento… Es que…

¡Ja! Si la gratitud se cruzara con Reggie en un callejón oscuro, saldría corriendo y gritando. No estaba segura de que siquiera supiera deletrear la palabra, y mucho menos sentirla.

—No hace falta que me lo agradezcas. Tu madre lo incluyó como cláusula en la venta del colgante. —¡Au! Hoy estaba más que ártico, y yo estaba empezando a congelarme.

Tabby le dio un empujón a Reggie con la cadera para apartarla.

—Estoy muy feliz de que por fin podamos conocernos cara a cara. —Le extendió la mano—. Tú y yo hemos coincidido en los mismos círculos desde siempre, pero parece que siempre nos cruzamos sin vernos.

Zach ignoró la mano extendida.

—Qué tragedia.

Desde las pequeñas grietas entre los postigos, no llegaba a verlo bien. Me moría de ganas de entreabrir un poco la puerta y dar una miradita, pero me contuve de ceder a la tentación.

—¿¡Eso que hay ahí es… sangre!? —Por el grito ahogado de Vera, me di cuenta de que por fin había notado el desastre que había dejado su hija en el suelo.

Tabby se escondió detrás de Reggie antes de contestar.

—Es salsa boloñesa.

Podría argumentarse que dos kilos de carne picada quemada mezclada con una salsa de tomate enlatada no podía considerarse una boloñesa, pero ¿qué sabía yo? No era yo la prestigiosa vlogger de la familia. Vera se volvió hacia Zach.

—Cuánto lo siento, señor Sun. Créame si le digo que estoy totalmente horrorizada. La casa nunca está así de desordenada, pero nuestra asistenta se relaja demasiado si no se la supervisa estrictamente. Es tan difícil encontrar ayuda de calidad estos días. Usted ya sabe de qué le hablo…

Con lo de asistenta, se refería a mí. Y con lo de «vete a la mierda», me refería a ella.

Vera señaló el desorden que había detrás de ella.

—Espero que esto no le cause una mala impresión.

Zach empezó a arremangarse hasta el antebrazo.

—Lo que quería preguntarle…

—¿Quiere tomar algo? —Vera se llevó la palma de la mano al pecho—. Discúlpeme, por favor; ¡qué maleducada! Se me olvidaba ofrecerle algo de beber. Debe ser por las horas de trabajo que llevo desde que me he hecho cargo de la empresa de mi marido.

«De lo único que te has hecho cargo es de hundir el sofá del salón».

Yo era la limpiadora, la contable y la administrativa.

Lo único que ella hacía era dar órdenes y llamarme inútil.

Y hasta eso lo hacía muy de vez en cuando, pues se pasaba el día entero yendo de compras con el dinero de las subastas de las cosas de papá, devorando telenovelas y encargando comida a domicilio con la tarjeta de la empresa.

Zach emanaba nubes de irritación que se deslizaban cuesta abajo como el humo espeso de un volcán.

—No quiero nada. —Terminó de arremangarse y apoyó los antebrazos sobre la encimera de la cocina—. Lo único que quiero es hacerle una pregunta, si me permite.

—Ah, claro. —Vera se despabiló—. ¿De qué se trata?

Zach rebuscó algo de dentro de una bolsa de regalo blanca que traía con él y lo sostuvo hacia la luz. ¿Acaso era mi…? No. No podía ser.

Pero sí lo era.

—¿Por casualidad esta zapatilla pertenece a alguien de esta casa?