Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo diezFarrow #2
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Capítulo diezFarrow #2

En realidad ella se llevaba el sesenta por ciento y yo el cuarenta, pero me dio vergüenza corregirlo.

Levanté el mentón en diagonal.

—Qué ironía viniendo de ti.

—Lo que te ofrezco es un intercambio lógico. Lo suyo es trabajo forzado.

—El hecho es que no puedo trabajar solo para ti.

—Puedes y es exactamente lo que harás, una vez que tu madrastra contrate más empleados, que es lo que hará para cuando termine con ella.

«¿Por qué haces esto? ¿Por qué me ayudas?». Era obvio que tenía alguna motivación oculta, pero no se me ocurría qué tenía yo para ofrecerle que no pudiera tener otra persona. Aparte del go, no teníamos nada más en común.

—No estoy haciendo esto por la bondad de mi corazón —dijo Zach, como si me leyera la mente, y sacó su teléfono para revisar el correo electrónico.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

—Porque te mereces una lección.

—¿Y qué lección es esa? —Me arrepentí de hacer la pregunta nada más hacerla.

—En este mundo hay amos y sirvientes. Yo soy amo y tú eres sirviente. Si actúas como tal, te dejaré ir.

No me tragué sus palabras ni por un segundo.

Nadie hubiese ido hasta tales extremos para demostrarle algo a alguien que no le importaba.

Pero, a la vez, no era tan tonta como para creerme que su intención fuese seducirme.

Zachary Sun emitía ondas antisexo bien nítidas.

Yo lo había estudiado muchas veces; en cuanto lo veía, no le sacaba los ojos de encima, tanto de cerca como de lejos y me había dado cuenta de que él no miraba a otro ser humano con aprecio ni de reojo.

Sus ojos no se habían detenido jamás ni en una mejilla sonrojada ni en un busto opulento.

Los hombres tampoco le interesaban. Trataba a los humanos como si fueran piedras de su juego de go. Hablando de eso…

—Lo que quieres es terminar esa partida. —Una sonrisita pícara se interpuso con mi ceño fruncido—. Por eso me quieres cerca.

—Ay, me has pillado. —El sarcasmo le desbordaba por los labios—. Veo que tu inteligencia no tiene límites.

Pasé a su lado, me dirigí a la encimera y abrí un armario superior.

—Crees que puedes ganarme.

Me observó mientras sacaba un vaso, lo llenaba hasta el borde con agua del grifo y me la bebía toda.

—Creo que las palabras que buscas son «muchas gracias».

—Aún no he aceptado el acuerdo.

Una de sus cejas gruesas se levantó.

—¿No vas a ofrecerme un vaso de agua?

Lo recorrí con la mirada y me tomé la libertad de apreciar todas las partes más interesantes.

—Pareces estar en perfecto estado de salud; en especial, tus piernas y manos. Así que confío en que es una labor que puedes desempeñar sin problemas.

—No me sirvo mi propio vaso de agua desde… —Frunció el entrecejo, en un esfuerzo por recordar—. Nunca, creo.

Apoyé mi vaso en el fregadero, me sequé la boca con la parte de atrás de la mano y chasqueé los labios.

—Qué desperdicio, unas manos tan bonitas y tan inútiles.

Se le trabó la mandíbula y supe que le había afectado lo que dije. Aquello era tan inusual que tomé la señal como un punto a mi favor.

—Entonces… —Hizo salir la palabra como deslizándola, mientras flexionaba la mano libre, quizás por el esfuerzo que hacía para no estrangularme. «Amiguito, estos próximos seis meses serán un verdadero infierno para ti»—. ¿Tenemos un trato?

Me tomé todo el tiempo del mundo para enjuagar el vaso.

La casa de los Ahmadi necesitaba que la limpiara, pero de alguna manera, confiaba en que Zach cumpliría su promesa y eliminaría mis otras responsabilidades.

La piel rosada de mis manos tan expuestas al trabajo forzado me hizo un guiño por debajo del chorro de agua.

Agua que no podía pagar, bajo una luz cuya factura todavía no se había pagado.

Tan solo seis meses y desaparecerían mis problemas.

¿Me veía capaz de hacerlo? ¿Podría vender mi alma a este monstruo vestido con traje de Armani?

A medio metro de mí, las manos impolutas de Zach Sun me desafiaban con sus dedos largos y sedosos.

Sin una sola callosidad a la vista, excepto por una única marca por debajo del dedo medio de la mano derecha; «del go», deduje.

Éramos la noche y el día. Una noche sin luna y un día perihelio.

El frío ártico y el calor ecuatoriano. Familia adinerada y sin familia ni dinero.

Arranqué un trozo de papel de cocina, me sequé las manos lo mejor que pude y lo puse a secar sobre el grifo.

La única razón por la cual no habíamos pasado a los trapos lavables estaba sentada en el salón, discutiendo con su hermana sobre quién sería mejor novia para el diablo que tenía ante mí; no podíamos afrontar el coste que había que desembolsar cada vez que Tabby atascaba las cañerías del fregadero.

«Pues aquí me tienes: si me quieres en tu vida, más te vale acostumbrarte a mis hábitos de escasez».

Fui hacia él, con la determinación creciendo a cada paso.

Pero en cuanto llegué al metro cuadrado de su burbuja personal, se alejó de mí.

Por instinto, al parecer; como si, por el mero hecho de que mi mugre se frotara contra su aura dorada, le entraran ganas de vomitar.

Realmente no le gustaba la idea de que nos tocáramos y empezaba a sentirme ofendida por ello.

—Las horas que pides sobrepasan todo lo esperable, y pides concesiones demasiado poco convencionales. —Crucé los brazos por delante del pecho—. Vuelve a la mesa de negociación y puede que lleguemos a un acuerdo.

—No estás en posición de negociar nada.

Negué con la cabeza y suspiré.

—Piensas con mucha lógica, pero hay una cosa que no estás teniendo en cuenta.

—¿Y qué es eso?

—Las emociones. Yo las tengo. Y en este preciso instante, la mayoría de ellas dedicadas a odiarte hasta la médula. Así que tendremos que encontrar un punto medio que nos sirva a ambos.

Guardó el teléfono de vuelta en su bolsillo y deslizó el cuchillo en su estuche escondido.

—¿Qué quieres?

Me pregunté si se daba cuenta de que el acabado perfecto que él había elaborado con tanto cuidado había empezado a resquebrajarse para mí.

Estaba claro que Zachary Sun estaba compuesto por muchas partes en movimiento y que yo no entendía el 99,99% de ellas, pero sí me había dado cuenta de algo importante: había algo oscuro e inusual que acechaba en las profundidades del soltero más codiciado del hemisferio norte; algo terrorífico que por nada del mundo quería que se descubriera.

—Puedes guardarte tu estructura salarial tradicional de mierda, no quiero saber nada de ella.

—Me moví unos pasos apenas, solo para forzarlo fuera de sus límites, y deleitarme con el modo en que su mandíbula se trababa cuando me acercaba a él—.

Me pagarás parte de los honorarios legalmente.

Cubrirás el anticipo de seis cifras y la tarifa por hora, y después me pagarás un salario mínimo en los papeles y cincuenta dólares por hora sin declarar.

Lo último que quería era abultar los bolsillos de Vera mientras llenaba los míos. Zach ni se inmutó ante el número.

—No quieres que el dinero llegue a tu madrastra.

—Correcto. Y el dinero no es problema para ti.

—Tengo una oferta todavía mejor: te contrataré los mejores abogados que haya en todo el distrito.

Tragué saliva, en un intento de mantener mis emociones a raya.

Me daba cuenta de que parecía demasiado bueno para ser verdad y, sin embargo, no podía contener la sensación de esperanza que me invadía.

No había castigo más cruel que la esperanza.

Normalmente, sabía muy bien cómo evitar que se me escabullera por dentro; pero estaba cansada y algo atontada y, por primera vez en la vida, sentí un poco de lástima de mí misma.

Le sostuve la mirada.

—Sabes que lo que sea que pagues a esos abogados, no podré devolvértelo jamás, ¿verdad?

—Puedo pagar un continente entero de abogados y enviártelos a ti, Farrow. — A ti, no para ti. Apenas por una palabra no era romántico—. Y te representarán de un modo tan despiadado que Vera Ballantine saldrá corriendo a negociar antes de que presenten ni la primera moción.

Negué con la cabeza, con los ojos frenéticos en dirección a ella, maldiciéndome por haberme olvidado de que la tenía tan cerca.

—No tiene que enterarse de que tengo abogados nuevos.

Zach arrugó el entrecejo.

—¿Por qué no?

Apreté los labios, con la mirada fija en su garganta.

En esa columna larga y elegante, masculina y gruesa.

Las palabras que iba a decirle, no se las había dicho nunca antes a nadie, pero debía hacerlo; era mi única esperanza.

Qué vuelta tan cruel del destino, que mi salvación llegara de la mano del diablo.

—Tengo una segunda cláusula para nuestro acuerdo.

—Me mordí el labio superior; lo dejé dentro de la boca un momento, y mordisqueé las palabras, tratando de no sonar descabellada—.

Necesito que contrates un investigador privado para que revise el testamento.

Mi padre jamás me hubiera dejado fuera, sé que no puede ser.

—Dalo por hecho.

Ni siquiera me cuestionó sobre por qué quería luchar por una empresa de limpieza, como sí lo habían hecho los abogados de oficio.

No me sugirió abandonar el legado de papá.

No me juzgó por llorar mi futuro perdido; un futuro en que me retiraba como campeona olímpica de esgrima y dirigía la empresa con papá, los dos juntos, sin nadie más.

En realidad, su rostro jamás abandonó su expresión neutra habitual.

No había juicios, ni incredulidad, ni condescendencia.

Solo aburrimiento y un atisbo de impaciencia por la reunión que lo hacía mirar el reloj cada dos por tres.

Sentí aprecio por la simplicidad de su egoísmo.

Zachary Sun solo se preocupaba por sí mismo y por nadie más; cualquier cosa que sucediera por fuera de ese dominio no merecía su atención.

Me disparó una mirada de advertencia.

—Fin de las peticiones. —Sacó el teléfono, deslizó el dedo un par de veces y me lo entregó—. No deberías ser recompensada por tu comportamiento atroz.

Bajé la vista a la pantalla y vi el nombre de una aplicación de IA que seguro que acababa de comprar. Transcribía conversaciones y las convertía en contratos en tiempo real, descartando todo el inútil ir y venir de la negociación.

Operábamos en niveles distintos, él y yo. Cuanto antes lo aceptara, menos miserables serían los próximos seis meses para mí.

Garabateé mi firma de garra de pollo sobre la pantalla y me mojé los labios, medio emocionada y medio sorprendida por lo que acababa de suceder.

Yo había creído que su intención era sentarme sobre su regazo y darme un par de palmadas como a un niño.

Y, en cambio, me había escapado del escarmiento y me llevaba un trabajo nuevo mucho más ventajoso que el que tenía, más la oportunidad de salir finalmente de un destino fatal horrible.

Recuperó su teléfono de mi mano, con cuidado de no entrar en contacto físico. Lo miré de reojo.

—No puede ser que estés haciendo esto solo como un castigo o para ganarme al go. —Pero no estaba tan segura. La gente rica gasta su dinero de las maneras más lunáticas. Por eso, todos los que no somos ricos queremos lincharlos—. ¿Qué más ganas tú con todo esto?

—Es una sorpresa y no quiero arruinártela. —Su tono helado me advirtió que tirara su teléfono por el triturador de basura y escapara mientras pudiera—. Ahora, si me disculpas, tengo que intercambiar algunas palabras con tu… madre .

Fue en dirección al salón, sin dedicarme una sola mirada en todo el camino que hizo para salir de la cocina.

—Oye, Zach.

Se detuvo pero no se dio la vuelta.

—¿Sí, pulpita? —¿Podía ser que ese apodo estúpido y absurdo estuviera empezando a gustarme? No era para nada sexi, pero casi que me gustaba el significado.

—Ya sé cómo hacerlo. —Sonreí con malicia.

—¿El qué?

—Salir del embrollo en que me metí con nuestro juego.

Mis palabras se encontraron con un silencio, aunque me pareció que sus hombros anchos temblaban apenas, solo un poco, con el movimiento de algo que me atrevería a decir que era… risa .

—El lunes, a las ocho treinta. —Golpeó el marco de la puerta con los nudillos—. No llegues tarde.

—Claro. Esta vez, intenta no acuchillar a nadie cuando pierdas los estribos.