Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cincoZach #2
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Capítulo cincoZach #2

—¿Y esta? —Ayi señaló otra foto, entrecerrando los ojos—. Belleza, tiene suficiente. Los ojos redondos. Y la piel brillante y blanca como la leche.

—¿Estás describiendo una cabra? —Se me escapó la pelota de tenis, que rebotó en el escritorio, sobre la madera dura y en la mesa de café, y de ahí rodó hasta posarse sobre una de las fotos Polaroid—. Pensándolo bien, una cabra requiere menos mantenimiento que una esposa. Continúa.

Me ignoraron por completo, pero los labios de mamá se torcieron hacia abajo.

—Sí, hermosa, pero es influencer . —Entrecomilló la palabra con los dedos—. Eso no es un trabajo como corresponde.

—Eso no es un trabajo y punto —me interpuse—. Es un pasatiempo por el que te pagan hasta que cambia el algoritmo y pierdes toda influencia.

Yo aborrecía las redes sociales. La única ventaja que podía ver en ellas era que parecían acercarnos un poco más al fin de la civilización.

—Ey, esta es una gran opción. —Mamá levantó otra Polaroid de la mesa y la levantó para verla con la luz natural que se filtraba por las cortinas—. Es médica. Neuróloga.

—¿Y tiene veintidós años? —Miré de reojo; mamá me arrimaba una carpeta—. Vaya, una edad perfecta para especializarse en el cerebro… antes de que se te forme el tuyo del todo.

—Tiene tu edad. —Mamá ignoró mis ocurrencias y, en cambio, dejó clara su mirada sobre mis antecedentes—. No es lo ideal si vais a tener cuatro hijos, que francamente sería el mínimo.

«Esto no es una guardería. No necesito bebés a montones para sobrevivir».

Abrí la boca, pero luego apreté los labios y pensé mejor las palabras. Cualquier cosa que tuviera que ver con la muerte hacía reaccionar a mamá. Yo me había anestesiado y ella se había crispado. Ambas reacciones tenían sus inconvenientes, pero la suya traía más dolores de cabeza.

Mamá se golpeteó los labios con un dedo.

—Pero viene de buena familia y está buscando marido activamente. Tiene mi visto bueno.

—El mío también. —Celeste Ayi se arrimó al carrito de bebidas con paso ligero y se sirvió un whisky doble con hielo—. Y seguro que conoce un buen cirujano plástico. Hace tiempo que quiero hacerme un minilifting. Veo que todo el mundo se lo hace.

Se me atoró una risa amarga en la garganta. Qué cruel era esta vida: todo lo que había querido mi padre para mí (una esposa, hijos y algo de felicidad) era lo que yo más denostaba en el mundo.

Y aun así. No podía defraudar a mi madre.

Papá falleció para protegerme de una muerte segura.

Si no me hubiera escudado con su cuerpo, seguiría vivo.

Mamá tendría un marido por quien desvivirse, Celeste Ayi sería libre de encontrar su cuarto marido y el mundo funcionaría tal como debería.

Pero él se había ido. Y sin contar a nuestra querida y desquiciada Ayi, yo era el único pariente vivo de Sun Yu Wen.

Había un único sentimiento humano que yo había sentido toda la vida: culpa.

La culpa de haber matado a mi padre. La culpa de haber destruido a mi madre.

La culpa de haber arruinado a mi familia.

Si dejaba ir ese sentimiento, me separaría por completo de la especie.

Así que me aferraba a él como prueba de que no era un total psicópata.

Cargar con él en los huesos me hacía sentir bien; el dolor sofocante me recordaba que no estaba totalmente anestesiado.

—Aquí la tienes. —Mamá me puso la Polaroid frente al rostro. Yo no saqué los pies del escritorio y miré apenas en dirección a la foto, ladeando la cabeza—. Se llama Eileen.

Eileen era objetivamente atractiva. Sonrisa cálida. Bonita figura. Con todas las calificaciones adecuadas. Y aun así, ya me aburría hasta la muerte y no habíamos intercambiado una palabra siquiera. Le devolví la foto, negando con la cabeza.

—Demasiado buena.

Me vibró el teléfono; otro mensaje de Oliver. Solté un suspiro y decidí atender antes de que el asunto escalara de algún modo o de que decidiera aparecer por casa; Dios no lo permitiera.

Ollie vB: ¿Estás seguro? Sé de un detective privado que te encuentra a tu pequeña estafadora en un santiamén.

Zach Sun: La última vez que contraté a alguien de tu parte terminé con el consolador de un desconocido atascado en el filtro de la piscina. Paso.

Zach Sun: Antes confiaría en el político más corrupto de la historia que en alguien recomendado por ti.

Ollie vB: Qué mal genio. Ya va siendo hora de que te acuestes con alguien a ver si se te pasa.

Romeo Costa: Sí, con algo que no sea su mano.

Ollie vB: Pobre pene. Seguro que se va a la cama gritando: «¡Ayuda! Este tipo me da sin parar todas las noches».

Romeo Costa: Mejor redactado, imposible. Un diez.

Zach Sun silenció las notificaciones.

Entretanto, mamá no había parado de hablar y había enganchado la foto en el marco hecho a medida de un boceto original de Twombly.

—¿Y «buena» está mal?

—Para alguien con un coeficiente intelectual de 200, buena puede significar aburrida.

—A ver, le gusta la arquería. —Mamá tosió un poco—. Y cocinar.

—En cirugía se trabaja a cualquier hora. No sería buena madre.

—He dicho neuróloga, no neurocirujana. Si fuese lo segundo, no te estaría preguntando siguiera y ya habría reservado el lugar para la boda.

—Cuando mamá vio que no le salía la sonrisa que se había propuesto, dio un suspiro—.

Además, planea tomarse un año sabático y hacer una transición a un trabajo de media jornada.

Me levanté y caminé hasta el otro lado de la oficina; una oficina que olía cada vez menos a mi reino desde la visita de Pulpi. Su perfume se había quedado impregnado en el aire: aroma de naranjas, frutas artificiales, jabones baratos y una pizca de algún producto de limpieza indescifrable.

—No sirve —dije con un gruñido y fijé la mirada en el juego de go inconcluso que se burlaba de mí con más fuerza que la sonrisa de aquella mujer sin nombre.

—La chica es brillante. —Mamá caminó detrás de mí mientras Ayi apilaba las fotos que quedaban y las usaba de posavasos—. Tu padre y el suyo fueron buenos amigos en la universidad. Se conocieron en Tsinghua y después papá se fue a Oxford a hacer el máster. Fueron xué zhang y xué di .

«Sénior y júnior…»; es decir, que no se llevaban muchos años de diferencia. Debían haber sido muy amigos. Me detuve de golpe. Me giré hacia mamá y la miré. Ella se detuvo, sorprendida.

—¿Papá la conocía?

Los labios apretados de mamá se curvaron en una sonrisa inocente que no hizo nada por ocultar su verdadera intención.

—La vio muchas veces antes de que su familia se mudara a Berlín por negocios. De hecho, era su padrino. Estoy segura de que puede contarte unas cuantas historias de él.

Volví a levantar la foto de Eileen. Por un momento, la idea de conocerla me cautivó parcialmente.

Los médicos eran personas analíticas, ¿no?

Quizás podía explicarle mi situación, mis términos y condiciones; la letra pequeña.

Si lo negociábamos de modo pragmático, con los ojos bien abiertos, cada uno obtendría sus beneficios: yo le daría la riqueza, el estatus y las ventajas; lo que no le daría sería el amor, la devoción y todo lo que conlleva una relación real.

También se quedaría con los niños y ni siquiera tendría que fingir disfrutar siendo atravesada por mi enorme polla.

Podríamos llegar a un acuerdo cómodo para ambos; un buen negocio, podría decirse.

Pero había otra parte de mí, una parte más grande de mí, que sabía que ninguna mujer en su sano juicio se sometería a ese tipo de existencia jamás.

No en este mundo libre, en todo caso. Todas querían cenas románticas, vacaciones dignas de ver en Instagram, conversaciones por la noche, sexo a la luz de las velas… El contacto. Tocarse. Tocar .

Yo no podía tocar a los seres humanos; ese era mi secreto más bien guardado.

Aborrecía la sensación de una piel extraña, pegajosa y caliente contra la mía.

No le estrechaba la mano a nadie. No daba palmadas en la espalda ni besaba mejillas.

No abrazaba, ni hacía arrumacos, ni besaba en la boca.

¿Y el sexo? Ni hablar. Estaba absolutamente descartado.

Solo con pensar que alguien podía acostarse encima de mí, me descomponía.

Los recuerdos de haber estado atrapado bajo el cuerpo sin vida de mi padre me azotaban la piel como un cinturón de cuero con púas cada vez que pensaba en besar a alguien.

Decidí descartar a la ahijada de mi padre.

—No. —Rompí la foto con los dedos y esparcí los pedacitos por el suelo como si fuera confeti—. No me interesa.

—Nunca voy a usar el vestido que me compré para su boda. —Celeste Ayi sacudió la cabeza, se tomó el whisky de un golpe y apoyó el vaso ruidosamente sobre el carrito de bebidas—. Será mejor que lo use en alguna cita.

Mamá se estiró la chaqueta y calculó su siguiente jugada con cuidado.

Yo le mostré los dientes.

—¿Qué pasa? —dije.

Estaba de pie, bien erguida, con el mentón en alto, el traje impecable y ni un pelo fuera de lugar. Pero por dentro yo sabía que se desmoronaba, que cada día que pasaba le rompía el corazón más y más; y que cada día me levantaba y se lo volvía a romper.

—¿Eres gay? —Las palabras salieron con un suspiro sonoro.

Sin ningún tono de juicio, sino más bien de desesperación.

Una súplica de que le explicara qué había pasado en los últimos diez años.

O cualquier cosa que les diera algo de sentido, para poder descifrar mi incapacidad de encontrarme esposa.

Debía haberse estado aguantando la pregunta durante años.

—No. —«Si lo fuera, no estaría solo».

—Sabes que puedes decírmelo.

—No soy gay. No se trata de eso.

—¿Y de qué se trata?

«De mi incapacidad de tolerar a quienquiera que no pueda usarse o explotarse de algún modo, y mucho menos de mostrarme afectuoso con alguien».

—Tengo mis expectativas.

—Nadie las cumple, por lo que parece.

—Bueno, no son muy sociables. Al igual que quien las profesa.