Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cincoZach #3
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Capítulo cincoZach #3

—He oído un rumor. —Mamá anudó los brazos por detrás de la espalda y se dirigió hacia la pared opuesta de la habitación. Quedó enmarcada entre mi Damien Hirsts y mi Warhol, con uno a cada lado—. Dicen que estuviste aquí con una joven en la fiesta…

La mandíbula se me salió de lugar ante la mención de la pequeña fugitiva.

—No era nadie.

—Una don nadie con la que te pasaste tres horas. —Me miró de arriba abajo y volvió a la mesa de café, donde sacó las fotos de debajo del té de Ayi. Sacudió la condensación que las cubría. Nos parecíamos, mi madre y yo, en el sentido de que no tolerábamos la imperfección en nada.

—Jugamos a algo.

Se detuvo e hizo una mueca de desprecio.

—¿Me estás hablando en código?

—Sí. —Retomé mi viaje sin rumbo, en busca de alguna mínima evidencia de la presencia de mi inoportuna invitada de hacía un par de noches—. Te estoy diciendo en código que jugamos al go.

Toqué los adornos, documentos y muebles, y me aseguré de que todo estaba en su lugar. Hasta ahora, no parecía que la pulpita se hubiera llevado ningún recuerdo de regalo. Todo estaba donde debía estar. No se había movido nada ni por un milímetro.

—Lo que he oído decir es que es… —Los hombros se le elevaron en un ligero escalofrío—. Es rubia , ¿puede ser?

Curiosamente, ni siquiera recordaba el color de su cabello. Recordaba que era pálido. Y que ella no era horrible de ver. Que no sentía bilis subiendo por mi garganta cuando estábamos demasiado cerca para mi gusto. Que no retrocedí inmediatamente cuando su olor me invadió.

—Bueno, entonces, ¿es rubia o no?

Me detuve frente a los estantes por detrás de los separadores de mi escritorio y me puse a inspeccionarlos.

—Podría ser. No le presté atención. Solo al hecho de que al menos dos de sus neuronas hacían fricción y podría considerársela una jugadora mínimamente decente, a los ojos de algún jugador mediocre.

A mis espaldas, la respiración de mamá empezó a salir entrecortada. «No era lo que esperabas escuchar, lo sé». Pero, una vez más, hacía años que no le daba las noticias que esperaba.

—¿Entonces es inteligente? —dijo, e hizo una inspiración profunda y ruidosa, tratando de reunir algo de entusiasmo—. ¿Qué hace de su vida?

—No lo sé.

—Bueno, ¿qué titulación tiene?

—No estoy seguro de si tiene algún tipo de educación superior formal. —Acomodé una figurilla de madera tallada de Shou Xing, el dios de la longevidad. Hacía falta más longevidad en nuestra familia. Pasé al estante siguiente—. Francamente, lo dudo.

Pulpita parecía demasiado salvaje para soportar los cuatro años que requiere alguna formación superior. De pronto vi algo que me llamó la atención.

Mamá respiró con dificultad.

—¿Qué sabes de ella? —Se hundió los dedos en el cabello y se peinó hacia atrás; su peinado quedó destrozado. Chasqueó los dedos en dirección a Celeste Ayi—. Necesitamos una evaluación crediticia, antecedentes penales y un perfil psicológico completo antes de que os vean juntos en público.

De pronto la voz de mamá quedó tapada por mis pensamientos.

«Maldita ladrona». Pulpi había intentado robar mis colgantes de jade; el juego de hombre y mujer, la última adquisición de papá antes de morir.

Había un corte profundo, en forma de medialuna, alrededor de la cerradura.

En eso no me había mentido: sí que había entrado por el arte.

Solo había omitido decir que era para robarlo. Maldita sea.

No me caían bien los seres humanos, y peor aún me caían los ladrones.

—¿Zach? ¿Zachary? —Por detrás de mí, mamá empezó a caminar, los pasos retumbaban sobre el parqué aunque su peso era insignificante—.

¿Estás escuchándome? ¿Y qué me dices de lo que se rumorea del vestido, que era totalmente inadecuado?

¿Podrías considerar al menos enviarla a mi asesor de moda personal? Yo me ocupo de los gastos.

Pero ¿por qué a mi enigmática invitada le habría fascinado precisamente esta pieza de arte cuando tenía cientos de otras, más caras y menos protegidas, esparcidas por la casa? Podría haber elegido la figurilla que había justo al lado. Sin cerrojo. Sin seguridad. A la vista. Además, valía el doble.

Los colgantes debían tener algún significado para ella. O, al menos, uno de ellos.

—… acostumbrarme a la idea de que sea rubia, pero no estoy dispuesta a aceptar por nuera a una ramera sin educación. —Mamá seguía despotricando de fondo—. De hecho, no pienso comprometerme a aceptarla. Ah, qué cosa tan horrible. ¿Por qué no puedes tener un poquito de buen gusto?

—Porque, de tenerlo, sería divertido. —Celeste Ayi, que ya iba por su tercera copa, apoyó una botella en el carrito con un estruendo y se tragó otro whisky como si fuera agua.

Miró por la ventana con el vaso enterrado en el pecho—.

Mira que es mala suerte tener el sobrino más aburrido del mundo…

Ya me lo dijo esa bruja en mi viaje de despedida de soltera a Hawái.

Ya sabes de quién hablo. Dijo que no nos traería más que dolores de cabeza.

¿Y sabes qué? Pienso que es por él que tengo esa adicción a los calmantes para la jaqueca.

Ni mamá ni yo le prestábamos atención. Repasé las imágenes mentales de todo el arte que había comprado el último año hasta llegar al colgante.

Era en Soteby, de un ama de casa recién enviudada.

Yo la había contactado en privado y le había ofrecido mucho más que el valor en que se lo habían tasado incluso antes de la subasta, negándome a entrar en esa guerra de quién da más.

Mucho menos cuando sabía que papá había querido tener el juego completo.

Me acuerdo de la vendedora: unos cincuenta años, cabello decolorado; tenía tanto plástico en la cara que ya parecía una silla de jardín barata.

Hablaba millones de palabras por minuto y quería presentarme a sus hijas a toda costa; no paraba de ofrecérmelo.

Pulpita debía estar entre las hijas. No parecían relacionadas genéticamente, pero quizás el padre había compensado el contenido exclusivo de algodón de azúcar que la madre parecía tener por cerebro. Solo había un modo de averiguarlo.

—¿Estás escuchando? ¿Zach? ¿Zachary? —Mamá chasqueó los dedos por delante de mi cara—. Te llevaré a Shanghái el mes que viene y te encontraré una novia allí. No estoy dispuesta a…

Su voz de hundió en el océano tormentoso de mis pensamientos.

Sabía que había dado mi palabra de no buscarla, pero eso había sido antes de saber que había querido robarme. Ahora, el peculiar encuentro se había transformado en otra cosa muy diferente.

Esa pulpita tenía que recibir una lección.

Y a mí me encantaba dar clases.