Capítulo cincoZach
Capítulo cinco
Zach
—Zachary, pon atención, por favor. ¿Y qué tal esta?
Al otro lado del despacho, mamá colgaba una foto Polaroid de una belleza de largo cabello y labios escarlata.
—Me gusta su familia; su madre va al club.
Es abogada y está especializada en impuestos.
Trabaja en Clarke no hizo más que dos voluntariados en la universidad.
Arrojó la foto que voló como un bumerán y se sumó a la pila de basura que se amontonaba en medio de la alfombra.
Había decenas de fotos repartidas por toda la mesa de café, cubriendo la superficie por completo.
Todas novias potenciales para mí. Todas elegibles.
Todas tan aburridas como una pared blanca recién pintada.
Ese lote en particular se había perdido la velada; velada durante la cual había fracasado en mi tarea de elegir una novia para la medianoche.
El día anterior, mamá había irrumpido en la agencia de citas de una amiga y había confiscado esas carpetas, en un acto que marcaba el inicio del plan X.
Había pasado por todos los demás planes (desde la A hasta la W) con un esfuerzo penoso en los últimos cinco años, hasta que le había quedado claro que era necesaria la intervención divina para llevarme al altar.
Bostecé, sin bajar los pies del escritorio, con los tobillos cruzados uno sobre el otro, y lancé una pelota de tenis al techo. Una y otra vez. Una y otra vez.
—¿Y qué si no es socia de la empresa?
—Ya tiene veinticinco años. A estas alturas debería estar bien encaminada para llegar a tener su propio bufete. —Mamá levantó la cabeza de pronto—. A veces me sorprendes.
«Tal vez quien ha cambiado eres tú, madre».
Sun Yu Wen (que se hacía llamar Constance en Estados Unidos) tenía un solo objetivo grabado a fuego en la cabeza: encontrarme esposa.
A ella se le terminaba el tiempo y a mí, las opciones.
Especialmente después de que ella dejara claro que el baile había sido un total fracaso.
Lo había organizado para mí, para que yo eligiera una futura esposa, y yo ni había salido de mi oficina.
En este punto, ya no sabía qué más hacer salvo encargarme una novia por correo.
Al menos, una novia por correo no se mostraría ofuscada cuando la alojara en la casa de huéspedes; no se inmutaría cuando le hiciera pasar por una fecundación in vitro para evitar tocarla, no refunfuñaría cuando me alejara, retraído, para entrar en uno de mis estados de oscuridad, en los que no quería saber nada de nadie…
No protestaría cuando se diera cuenta de que todo lo que tenía para ofrecerle era dinero y esperma de primera calidad.
Tiré la pelota al techo.
—¿Y qué importa que no sea superdotada?
Supe de inmediato que haría saltar a mamá, pero yo me resistía a aceptar mi destino, y también a casarme con una mujer que no deseaba en absoluto.
Mamá quería vivir a través de mí. Ella sabía que no volvería a casarse, que nunca se abriría a otra persona.
Así que había decidido, unilateralmente, que yo tenía que llenar su vacío con una nuera impecable, nietos en abundancia y más gente de quien poder ocuparse.
Y sí, eso era un vacío . Cuando papá murió, llegó a cambiarse el apellido de Zhao a Sun; lo cual fue todo un tema por dos razones: una, porque las mujeres chinas no se cambian el apellido; y dos, porque, según ella misma había dicho muchas veces antes, «Zhao Yu Wen suena muchísimo mejor».
Mamá se alisó la chaqueta de tweed de Chanel y los labios se le curvaron hacia abajo.
—¿Dices que quieres casarte con una holgazana?
—Lo que digo es que me recuerdas a la abuela.
La misma abuela que jamás había consentido su matrimonio con papá. Aquel era un punto doloroso para mamá, y yo lo pinchaba solo en casos de fuerza mayor.
Negó con la cabeza y pellizcó una de las esquinas de una foto con tanta fuerza que los dedos se le pusieron rojos.
—No te crie para que te comportaras así.
—Debe haber sido alguna de las niñeras.
Habíamos tenido tres, en distintos turnos.
Yo todavía les enviaba postales, pasteles de luna y cestas de frutas en Año Nuevo.
Eso no le gustaba a mi madre para nada; no quería que las tratara como personas.
Cuando se trataba de las niñeras, su celosía salía a la superficie rápidamente.
No se había dado cuenta todavía de que yo no tenía relación con ellas.
Lo que ocurría es que tampoco la tenía con ella.
Después de la muerte de papá, se había pasado el resto de mi adolescencia aislada, perdida en el dolor, hasta que mi tía la había devuelto a la realidad de un sopapo.
Hablando de eso: Zhao Yu Ting (cuyo nombre en inglés era Celeste, aunque para mí siempre sería Celeste Ayi), irrumpió en el despacho vestida con un conjunto deportivo muy hortera de la marca Juicy Couture y una riñonera de Gucci. Parecía la caricatura de una turista rica.
—Ya he llegado.
Llevaba tres bolsas de marcas de diseño en cada antebrazo y un té de burbujas aferrado entre unos dedos recién salidos de la manicura.
Me clavé los dedos en las cuencas de los ojos.
—¿Y quién te ha invitado?
Se abalanzó sobre mí y me dio besos en el aire a una distancia de al menos medio metro de la mejilla. Sabía bien que no debía tocarme.
—Lo siento por perderme tu pequeña velada, Zachary. Pero ya sabes que vuelo a Seúl para mi tratamiento facial cada quince días.
—No pasa nada.
Tampoco la había invitado a la fiesta. Más que nada porque a Celeste Ayi no podía confiársele una tarjeta de crédito, mucho menos el encuentro con otras personas. Podía causar una crisis diplomática.
—Me han dejado radiante, ¿verdad? —Dio una vuelta en el lugar y me golpeó la sien con su bolso Birkin—. Tratamiento con Rejuran, inyecciones de Chanel, Aquashine y rejuvenecimiento Baby Face: el único modo de mantener como nueva mi piel de veinteañera.
Estaba lejos de tener una piel de veinteañera. De hecho, apenas si le quedaba algo de piel. El 99% del rostro tenía relleno.
Esquivé su Birkin cuando salió corriendo en dirección a los sillones a abrazar a mamá.
Entonces me encontré cara a cara con el tablero de go que había conseguido evitar desde la fiesta.
Había preparado una jugada de KO perfecta para acabar con la pulpita.
¡La muy cobarde había huido de su inevitable fracaso!
Celeste Ayi se apretó la cabeza de mamá contra el pecho, obligándola a agacharse un poco.
—Justo estábamos repasando nuestras opciones. —Mamá apartó a Ayi de un golpe y señaló con un dedo la agencia de citas improvisada, antes conocida como mi mesa de café. Hablaban en mandarín entre ellas—. Porque Zachary no logró elegir esposa durante la velada. ¿Nos ayudas?
—Sí, por supuesto. —Ayi tiró las bolsas al suelo y corrió a sentarse junto a su hermana mayor. Apoyó el té sobre la mesa con un golpe seco y se frotó las manos—. Por fin sois inteligentes y me pedís mi parecer.
Técnicamente, era mamá quien lo había pedido.
Y yo no tenía ni idea de por qué. Celeste Ayi estaba chiflada, y lo decía con toda la compasión y admiración del mundo; toda la que tenía al menos alguien como yo.
Ella se había mudado a la mansión de mi infancia, unas casas más abajo, para ayudar cuando falleció papá, y luego nunca se molestó en volver a mudarse cuando me fui a la universidad.
Habían pasado diecisiete años de aquello, y las hermanas seguían viviendo juntas, pero no podían ser más diferentes.
Mamá había sido una profesora muy estricta, tenía un doctorado, y había dedicado la vida a criarme para que yo llegara a ser todo lo que la sociedad esperaba de mí.
Exitosa, bien organizada… Era una superdotada de modales impecables.
Celeste, en cambio, era una cantautora tres veces divorciada y sin hijos, que viajaba a China de vez en cuando para actuar, cobrar y acostarse con un novio diferente cada vez, y cada vez de un país distinto.
Inhalaba más conspiraciones que libros, consideraba los centros comerciales como una prolongación de su armario y le importaba todavía menos lo que los demás pensaran de ella que cómo se combinaban los colores.
Ayi rompió una foto en pedacitos y arrojó los restos por detrás de su espalda.
—Demasiado parecida a la amante de Tao.
Tao (de un solo nombre) y Celeste eran unos Sonny y Cher chinos, pero hipersexuales.
En su momento, los periódicos habían declarado a Celeste Ayi como la cantante más provocativa y controvertida del país.
Tenía los artículos enmarcados en casa, como si fuese algo de lo que enorgullecerse.
Y entonces había encontrado a Tao metido en un jacuzzi con tres mujeres.
Dos meses más tarde, había pasado de ser el segundo marido a ser el segundo exmarido.
Ahora, lo único que hacían juntos era tolerarse en público el tiempo suficiente para algún concierto o sesión de fotos.
Ayi golpeteó una foto con la uña pintada.
—¿Y esta?
Mamá se estremeció por dentro de su traje a la moda.
—Imposible. El padre fue a la cárcel por fraude fiscal. Ahora viven en una casita toda arruinada que sale en el portal de la inmobiliaria Zillow por apenas un millón y pico. El vecindario entero solicitó al gobierno de la ciudad que condenara la cosa.
La pobreza no era lo que le molestaba a mamá, sino los problemas que traía consigo.
Como era de esperar, mamá le arrancó la foto de la mano y la tiró a la pila de basura.
—No sé ni qué hace esta foto aquí. Recuerda, Zachary: heredarás los problemas de tu familia política, así que elige bien.
Bostecé y seguí ignorando la docena de mensajes con que Ollie bombardeaba el grupo de chat.
—La solución sería no tener familia política.