Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo cuatroZach
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Capítulo cuatroZach

Capítulo cuatro

Zach

Sostuve la zapatilla mugrienta con la mano y la incliné para estudiarla.

Estaba tan gastada que no llegaba a distinguir la marca.

Después de investigar por internet reduje las opciones a dos: o eran Vans o Converse.

A fuerza de deducción —y de puta lógica— me decidí por la más barata.

La chica parecía muy pobre para tener zapatillas con cámara de aire.

—Dices que trepó por el portón, saltó al otro lado ¿y te saludó con una reverencia? —Romeo pulsó los botones del panel de la cámara criogénica—. ¿Y estás seguro de que lo viviste y que no fue, bueno… como un sueño?

El sudor me empapaba la ropa después del entrenamiento matutino compartido, mucho menos extenuante que mi pequeña carrera de anoche con Pulpi.

Tiré de la sudadera por detrás, me la saqué por encima de la cabeza de un tirón y apelotoné la tela con el puño en forma de bola. Después, la arrojé dentro de un cesto.

—Tengo total certeza de que no me imaginé a una estafadora que juega al go y se pasea por ahí en lencería transparente.

Romeo encendió las luces de la sala de hielo.

—¿Por qué no? Suena como tu mejor fantasía.

«Yo no tengo fantasías, tarado. Y mucho menos con mujeres». La carne humana me repugnaba. Romeo estiró los brazos.

—¿No habrá sido el alcohol? Ese ron jamaiquino era potentísimo.

—No estaba borracho.

—Ah, pues yo sí —dijo Ollie, que entró contoneándose.

Venía del baño, completamente desnudo, con el pene suelto balanceándose en el aire.

Esa cosa era más larga que la cola de un lémur; esperaba que se la pegara al muslo cuando salía con una chica.

Su mera existencia era un acoso sexual andante—. Me quedé «reventado».

Se detuvo junto al panel y apartó a Rom de un empujón. Eligió la opción avanzada: por debajo de 165 °C negativos; cuatro minutos. La pantalla monitoreó la temperatura interior, que cayó en picado, al igual que mi paciencia. Se había pasado toda la mañana quejándose de su resaca.

Como los tres vivíamos en la misma calle, no me había tomado más de dos segundos irrumpir en su casa y sacarlo a rastras por las orejas de la suite de tres pisos con balcón que tenía en el hotel de lujo familiar.

Y había empezado a quejarse del dolor de cabeza antes de que hubiéramos levantado una sola pesa.

—Oliver, guarda eso de una vez. —Mis labios se curvaron en una mueca—. Basta de arrastrar el pene por todas partes.

—Por cierto, Zachy, espero que no estés decidido a tener de novia a una virgen, porque anoche reventé unas cuantas cerezas. —Oliver ignoró mis palabras y siguió rascándose el culo—. Bueno, en realidad, una bolsa entera de cerezas. Y de esas industriales que se compran en el supermercado.

Romeo soltó una carcajada.

—Pero si tú no sabes lo que es un supermercado, ¿cuándo has entrado en uno?

—Nunca, pero he oído historias. ¿A quién elegiste finalmente y por qué tienes en la mano el zapato de Oliver Twist?

—Ollie sacudió su cabeza rubia rizada y me miró con el ceño fruncido—.

Por favor, dime que tiene algo que ver con algún fetiche sexual.

La única forma en que algo tuyo podría tener sentido para mí es si me dices ahora mismo que tienes algún tipo de fetiche con los pies sucios.

—Por Dios, qué desagradable —me burlé, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué? No estoy juzgando a nadie. Los dos sabéis lo que me pasa con las correas de perro.

—No se puede tener una relación con un objeto inanimado. —Lo dije despacio, con la esperanza de que se le grabara a fuego en el cerebro, pero sabiendo que no pasaría.

Ollie señaló a Rom con un dedo:

—Díselo a su mujer y a su nevera.

Contrario a la creencia popular, Ollie no era idiota.

Simplemente fingía serlo para ahorrarse todas las expectativas y obligaciones que tenía que soportar un hombre de su posición.

Era una jugada bastante inteligente, una que ni siquiera se me había ocurrido para mí.

Él sería el último en casarse de los tres porque había construido su imagen de manera tal que nadie, ni vivo ni muerto, iba a quererlo para su hija, a pesar de toda la riqueza y el estatus que pudiera ofrecerle.

Estaba tan corrompido y era tan depravado que casi todas las familias del lugar aceptarían antes a un pez de colores que a Oliver Von Bismarck para sus hijas.

Y eso que había duplicado sigilosamente su fortuna natural mediante inversiones sobre las que nadie le preguntaba, porque todos asumían que no disponía más que de una única neurona (que compartía fuerzas con todo el esperma que desechaba a diario).

En los treinta años que llevábamos de amistad, jamás le había roto el corazón a nadie, nunca había tenido que luchar por terminar una relación, ni había cometido un solo error en los negocios mientras se aseguraba de parecer como si no supiera lo que hacía y manejara sus logros por pura suerte.

Iba por la vida a velocidad de crucero y sin interrupciones gracias a simular ser un perfecto idiota. Y era de lo más genial que podía hacerse.

Me bajé los pantalones de deporte y arrojé la zapatilla de Pulpi sobre un banco de madera.

—Esto le pertenece a alguien que ayer invadió mi casa sin permiso.

Rom soltó una risotada.

—Una nerd bien sexi que entró con su lencería fina y le dio a este una buena dosis de su propia medicina. El único problema es que no sabe ni cómo se llama.

Ese era el último de mis problemas. Aun si fuera a considerar a alguien como posible esposa, esa pulpita definitivamente no era material de calidad.

Era una mentirosa, estaba muy claro que no alcanzaba mis estándares y, encima, era rubia.

Mi madre nunca la tendría en cuenta para el cargo.

Y si lo hiciera, no lo haría yo. La chica no poseía ninguna de las cualidades requeridas según mi lista.

Y claro que había una lista: millonaria hasta el tuétano, abierta a un acuerdo matrimonial ascético y, por encima de todo, obediente.

Yo no toleraba el amor; no podía soportar el romanticismo.

Me invadía un odio profeso al Homo sapiens en general.

Y ella era muy humana, sin duda. Un cúmulo de carne y hueso.

Con temperamento ardiente y cuerpo más ardiente todavía.

La pantalla de la cámara criogénica dio tres pitidos, era la indicación de que estaba lista.

—¿Y dónde está el problema? —Ollie metió sus pies enormes dentro de las pantuflas y abrió de golpe la puerta de la sala de crioterapia. Un vapor blanco azulado con forma de nubes rollizas salió de pronto y rodó por el suelo—. No tienes más que ver la lista de invitados.

Entré tras él, apretando los dientes.

—Si ella estuviera en la lista de invitados, no estaríamos teniendo esta conversación.

No estaba del mejor humor. No me gustaba que nadie me superara en inteligencia.

No, no era eso… Era que no estaba acostumbrado a que me superaran en inteligencia.

Esa maldita novia satánica había entrado en mi vida como una ráfaga de tornado, se había inmiscuido en mi castillo, había toqueteado mis cosas y, encima, casi me gana al go.

Y después de todo eso, había escapado como un dibujo animado y había saltado el portón de la mansión como un lagarto.

Quienquiera que fuera no era una heredera educada entre algodones con sueños extravagantes en la cabeza y una tarjeta de crédito VIP en su bolso vintage .

Rom fue el último en entrar y cerró la puerta.

—No puedo creer que vaya a decir esto, pero Ollie tiene razón.

El reloj digital sobre nuestras cabezas empezó la cuenta atrás desde los cuatro minutos, por detrás de las nubes blancas que lo ocultaban.

Ellos temblaron; yo, como siempre, no sentí nada.

Rom hundió el cuello hacia dentro, flexionando los abdominales, y continuó—: Aun si no está en tu lista de invitados, vino con alguien que fue invitado.

Entraría en su coche. No hay otra manera de pasar por seguridad sin que sea en coche, hay demasiados guardias. Y ese zapato te permite rastrearla.

—Es una zapatilla común y corriente —dije gruñendo.

Pero no era de un tamaño habitual para una mujer: número cuarenta y dos, corte estrecho.

Ella era alta. Muy ágil. De complexión casi andrógina.

Una criatura amorfa. Ni siquiera podía decir si su rostro era tradicionalmente atractivo o no.

Solo recordaba querer mirar hacia otro lado cada vez que nuestros ojos se encontraban, porque me miraba como un cubo de Rubik que quería resolver, y no como un vale para una comida.

—Tú eres un hombre de recursos. —Ollie se sacudió unos cristales de hielo del hombro con un dedo—. Y lo del zapato le funcionó al príncipe de Cenicienta.

—Sí, en un cuento de hadas. —Los cuentos de hadas me consternaban profundamente.

Todo eso de «vivieron felices y comieron perdices» lo odiaba.

Lo mío eran más los finales trágicos y deprimentes—.

Además, todo es relativo: en la versión de los hermanos Grimm, las hermanastras se amputan los pies para entrar en el zapato.

Romeo trotó en el sitio para quitarse el frío.

Entrenábamos seis veces por semana; nos juntábamos cuando nos lo permitía la agenda, y después compartíamos un ritual: cámara de hielo, luz infrarroja, sauna seca y goteos intravenosos, en general todo en casa pero algunas veces en el hotel Grand Regent, un lugar donde mamá no pudiera encontrarme.

—Los cuentos de hadas existen —Romeo se señaló a sí mismo—. Mírame a mí.

Mi labio superior hizo una mueca.

—Lo que tienes con tu mujer no es ningún cuento de hadas.

—Ah, ¿y cómo lo llamarías entonces?

—La peor inversión financiera de la historia de la humanidad.

—Bien visto. —Oliver soltó una carcajada—. Tú sabes que a Dal la adoro, pero en cuestión de coste-beneficio, hay hasta jets privados más rentables que ella.

Rom sopló una nube de aire.

—¿Pero vosotros no creéis en el destino?

Como si él hubiera creído en algo como el destino cuando se había obsesionado con su media naranja; o debería decir «su cuarto de naranja», porque su esposa era pequeñita, aunque bastante ruidosa.

—Yo soy más de la teoría del caos. Y ella parece ser anarquía personificada.

Romeo había obligado a Dallas a casarse con él, lo que había derivado en una relación tormentosa con unos cuantos altibajos y niveles de angustia equivalentes a tres telenovelas de sobremesa multiplicadas entre sí.

Un año y cuatro millones de dólares en rojo después, él parecía feliz con su esposa.

Pero yo conocía personas felices que tenían una enfermedad infecciosa…

Se puede esperar cualquier cosa de los seres humanos hoy día.

—Anarquía o no, ella te llamó la atención, y en los treinta años que hace que te conozco nadie más te ha llamado nunca la atención. —Romeo miró el cronómetro. Probablemente contaba los segundos que faltaban para reencontrarse con Dallas. Esos dos me daban asco—. Eso debe indicar algo.

—Indica que está trastornada —le respondí—. Completamente desquiciada. Y que es tan estúpida como para entrar en mi guarida sin invitación.

—Entró y se quedó unas cuantas horas. —Ollie se tapó las bolas para protegerlas del frío—. Significa que disfrutaste de su compañía.

—No estoy buscándola. —Vi cómo la piel se me iba poniendo de un bello tono azulado y me pregunté por qué no sentía ningún cambio.

El reloj marcó los dos minutos. Ollie y Rom habían empezado a tartamudear, a temblar, a saltar.

Eran unos blandengues. Tan de carne y hueso, tan en sintonía con su pobre cuerpo…

Me debatía entre la envidia y la rabia. Rom empezó a acercarse a la salida.

—¿Por qué no?

—Porque no me sirve para nada.

—No has terminado esa partida de go. —Ollie chasqueó los dedos—. Sabes que no podrás vivir sabiendo que podría ganarte.

—No podría ganarme. Apenas si logró sobrevivir el tiempo que jugamos.

Estaba seguro de que pronto la olvidaría. Su existencia insignificante no había dejado ni una huella en mi vida.

—Va a ir a buscarla. —Romeo se pasó una mano por la melena oscura y miró el reloj sobre nuestras cabezas—. Mierda, siento como si lleváramos aquí una semana. El tiempo no pasa cuando te congelas.

—No voy a buscarla —contraataqué, sin moverme ni un milímetro, sin que el humo helado me penetrara en la carne ni por un segundo. Estaba anestesiado. Muy anestesiado. Siempre anestesiado. Mierda.

Ollie se inclinó hacia Rom y lo codeó, susurrando:

—¿Cómo crees que llamarán a sus hijos?

Rom lo apartó de un empujón. El pene de Ollie se sacudió con el movimiento. No se había encogido ni un centímetro ante el frío extremo. Probablemente era una condición médica. Una de tantas, diría yo.

—Podéis iros a la mierda, bén dán —les dije con voz firme y los dientes apretados.

Ollie ladeó la cabeza:

—¿Está hablando en chino?

Romeo tembló:

—Está hablando en Zach.

Quedaban veinte segundos. Ellos dos caminaban de un lado para otro tratando de recuperar algo de calor. Yo seguía quieto.

Oliver se tocó la barbilla con un dedo:

—Es la primera mujer de la que habla en la vida.

—Y la última persona en el mundo con quien debería verse. —Romeo empujó de un codazo a Ollie, que trataba de acurrucarse con él en busca de calor corporal—. Es una estafadora, ¿recuerdas?

«Diez segundos». Me negué a formar parte de esa conversación. No tenía ninguna razón para alentar a esos dos imbéciles a explorar el tema más a fondo.

—Zach, tu vida es tan limpia que da asco. —Oliver empezó a ir hacia la puerta mientras se frotaba con gesto grandilocuente la oreja que le habíamos tironeado por la mañana—. Necesitas un poco de desorden. Ella te vendría bien.

«Cinco segundos».

Romeo se sacudió unos carámbanos de los cabellos y siguió a Oliver.

—Con gusto pagaría para estar en la primera fila cuando caigas.

La alarma del reloj sobre nuestra cabeza estalló con su sonido y salimos uno detrás del otro. Ollie tomó el termostato digital y se lo apretó detrás de la pierna. Después hizo lo mismo con Romeo. Y después conmigo.

—Mierda, Zach. Todavía estás a dieciocho. —Oliver se rio con fuerza—. ¿Me estás vacilando? No pareces ni humano…

De hecho, no era humano en absoluto. Y deseaba seguir siendo así. La humanidad era desastrosa, mediocre y tendiente al error a cada instante.

Ya había tomado mi decisión. No la iba a buscar.

Lo mejor que podía hacer era olvidarme de su existencia cuando antes.