Capítulo dosFarrow #2
Me ignoró por completo. Agarró una piedra entre las uñas del pulgar y el índice y, sin detenerse a pensar ni un instante, bloqueó mi ataque.
Sucedió en menos de un segundo. Y con la etiqueta de un jugador impecable.
Se reclinó sobre el tapizado de lujo y cruzó una pierna sobre la otra; por fin me regaló una pizca de su atención.
Los pantalones le subieron por la pierna y mostraron el calcetín, tan negro como su corazón.
—¿Dónde aprendiste a jugar go?
Estaba acostumbrada a identificar una acusación de inmediato. Por desgracia.
—En Corea. —No le di más información y me incliné delante para analizar mi próxima jugada.
Afuera, se oía el sonido de la música, las risas y el tintineo de las copas de champán que se filtraba por la puerta. Mis pensamientos caóticos ahogaron el murmullo. Tenía que escapar. Volvería por el colgante otro día. En otra ocasión.
La ceja izquierda se le arqueó un milímetro y supe que quería saber qué hacía una chica estadounidense en Corea, pero se contuvo. Me pareció que se sentía orgulloso de su total desinterés por el prójimo. O quizás era solo desinterés y el orgullo era su configuración predeterminada.
Le eché una mirada rápida para verificar si al mirarle el rostro se me volvía a acelerar el corazón. Así fue.
—Si te sirve de consuelo, participé en algunas competiciones de go cuando estuve allí —dije.
Torció el labio.
—¿Y de qué debería consolarme?
—De la paliza que estoy a punto de darte.
—¿Quién es el engreído ahora?
—Por favor, Zach. En esta habitación solo hay un «capullo» y creo que ambos sabemos que eres tú.
Sí, esas palabras acababan de salir de mi boca. Quizás Vera tenía razón y era imposible enseñarme modales.
Zach movió otra piedra. Me tenía acorralada, tanto en sentido literal como figurado.
Era un jugador espléndido. Tranquilo, pragmático, firme.
No me sorprendía para nada. Solo me molestaba.
Yo estaba acostumbrada a llevar la ventaja en cualquier cuestión analítica.
Papá siempre me había advertido que, tarde o temprano, la estupidez se paga cara.
Tal vez era ese el secreto detrás de la riqueza de Zach Sun, que había convertido su herencia millonaria, digna de la portada de la revista Forbes , en el PIB nominal de Luxemburgo.
No tenía ni una debilidad que pudieran usar en su contra. Ni una estupidez por la que pagar.
Me puse a juguetear con una piedra mientras esperaba su jugada, ignorando deliberadamente la etiqueta del juego, a sabiendas de que le molestaría.
—¿No deberías volver con tus invitadas?
—No —respondió con firmeza—. Están mejor sin mí.
Con el siguiente movimiento, se inclinó más hacia mí.
Sabía que no le interesaba en lo más mínimo.
Se podría decir que estaba prácticamente desnuda, servida en bandeja delante de él, a su merced, y no le importaba lo más mínimo.
Esas pobres chicas ahí abajo no tenían ninguna oportunidad.
Zachary Sun no conocía ninguna forma de amor ni pasión.
Los humanos no le brindaban fascinación alguna.
Los números y los juegos de estrategia, sí.
Tosí con suavidad.
—Me gusta tu casa.
Necesitaba rellenar el silencio de algún modo, evitar que quisiera saber más sobre mí. Al mismo tiempo, me preocupaba que pudiera reconocerme por la voz. Todas las otras veces que nos habíamos visto, ambos llevábamos máscaras.
Pasaron unos segundos antes de que levantara la vista en mi dirección. Ni siquiera duró un segundo.
—Eso no es una pregunta.
«Dios mío, qué tío…».
—¿Es cierto eso de que tu madre te obliga a casarte antes de que termine el a…?
—Deseo jugar en silencio.
Me hundí un nudillo en la sien con la esperanza de aliviar un poco la tensión que estaba acumulando.
—¿Y después me dejarás ir en paz?
—Después puede que te deje ir con tus dos piernas en su lugar y de una pieza. Es mi mejor oferta.
—Esa oferta no me beneficia demasiado.
—Yo creo que sí. A menos que te guste la comida que sirven en la cárcel.
—No soy muy exigente.
Y al menos ya no tendría que pagar un alquiler para vivir en la casa en la que nací.
—Las personas que te acorralarán en las duchas tampoco lo son.
—¿Eso es una indirecta?
—Yo no uso indirectas. Hablo siempre de frente. Y en este momento, te digo bien de frente que muevas tus piedras sin decir una palabra más.
Le obedecí. Durante las dos horas que siguieron, nos perdimos en el juego.
Cada veinte minutos más o menos, alguien llamaba a la puerta y trataba de convencerlo de volver a la fiesta.
Todos fueron despachados con un simple gesto de la mano, una instrucción silenciosa para que se marcharan.
Zach tenía toda la atención en el juego, razón por la cual yo trataba de alargarlo lo más posible.
No quería que empezara a interrogarme otra vez.
Pero, demonios, qué bien jugaba. Si me hubiera dicho que había jugado en las Ligas Mayores, lo habría creído.
El sudor perlaba mi frente. Entramos en la tercera hora del juego de manera triunfal: yo, con los pies ardiendo, lista para salir corriendo en cuanto me lo permitiera; y él, con un ceño fruncido perpetuo que ya le tensaba los labios.
El gesto se le grabó a fuego por completo cuando se hizo evidente que estábamos en un punto muerto, un callejón sin salida.
La música y la charla del piso de abajo fueron apagándose, indicando que la mayoría de los invitados se habían ido.
El anfitrión se había pasado toda la fiesta ahí dentro. Conmigo.
Y sin decirnos nada. Ni una sola palabra.
Fui la primera en romper el silencio:
—Tengo que pensar bien la siguiente jugada.
Me froté la mejilla, haciendo sobresalir el labio inferior.
Yo odiaba perder en cualquier juego. Además, ni siquiera estaba demasiado segura de cómo sería salir de esa guarida de leones.
Por la tarde, antes de llegar a casa, había aparcado el coche a dos calles de la mansión porque pensaba que caminaría hasta allí con el preciado colgante a salvo entre mis manos. Me había confiado demasiado.
Los ojos de Zach no se apartaron del tablero.
—Estás a punto de perder —dijo.
—Sí, claro, tú sigue diciéndotelo.
Me puse de pie y estiré los brazos con un bostezo fingido. Él se levantó también, con el gesto tenso todavía firme en los labios. Cerré la tapa del cuenco con un golpe seco.
—Bueno, gracias por la…
—¿Cuándo terminamos la partida?
Sacó su teléfono del bolsillo y deslizó el pulgar sobre la pantalla.
El calendario se encendió ante mis ojos.
Era increíble, ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera decirle que no.
Su pulgar se movía rápidamente mientras deslizaba la pantalla, seguramente buscando las fechas que le convenían a él .
—Mañana no puedo, y pasado tengo una reunión en Londres, aunque no pasaré la noche allí.
Me quedé boquiabierta. La mandíbula me hizo un ruido seco cuando finalmente pude cerrarla.
Sin embargo, no debería haberme sorprendido: él quería que lo desafiaran.
No. Más bien, lo necesitaba . Todo el mundo a su alrededor lo aburría.
Lamentablemente, yo hubiera preferido conducir con los ojos vendados y las manos esposadas antes que pasar un segundo más en su presencia. Me rasqué la mejilla.
—Yo, eh… Tengo la agenda llena.
—Ah, ¿tienes pensado colarte en alguna otra fiesta?
Me alisé el vestido con la palma sudorosa.
—Eso ha sido muy grosero.
—Pero no incorrecto. ¿Quién eres?
Sus ojos eran como un cañón de escopeta; se hundían en la carne blanda de mis sienes y me amenazaban con tirar del gatillo. La muerte acechaba detrás de ellos y me pregunté qué habrían presenciado que les había absorbido el alma y los había dejado tan vacíos.
—Soy una invitada.
—Si te hubiera invitado, me acordaría.
—He venido con alguien.
—¿Con quién? Dime el nombre.
¿De verdad no podía ceder ni un poquito?
Pensé en un hombre que podía estar allí. «Pierre Tuoreau». Era cliente mío, uno muy rico. Dueño de restaurantes, centros comerciales y una cadena de carpas para eventos. Seguro que Zach lo había invitado junto con su adorable hija Anamika, que estaba en la universidad.
Se le hinchó una vena en el cuello.
—¿En serio?
—En serio.
—Qué interesante. ¿Y su esposa lo sabe?
«Mierda».
—Soy su sobrina.
—¿La de Francia?
—Sí, sí.
—¿Y de qué ciudad eres?
¡Jesús! ¿Era necesario que fuera guapo e inteligente? Una vez más: no me sorprendí. Pero sí me alarmé de quedar del lado de quien recibe una dosis letal de esa combinación.
—Hum… ¿Qué has dicho?
Negó con la cabeza, como diciendo «eres un caso perdido»
—No eres de los nuestros —concluyó y dejó caer las manos dentro de los bolsillos de los pantalones; su mandíbula más tiesa que todo el granito que nos rodeaba.
«Mierda». Y a la vez: «Vete al infierno».
—¿Cómo lo sabes?
—Para empezar, vas en camisón.
«Mierda y doble mierda». Era el único vestido de Reggie que no tenía plumas, cuero, o algún otro derivado de animales muertos; debí haber sabido que era demasiado bueno para ser verdad.
—No sé de qué me estás hablando. —Me mantuve con la frente bien alta y di un paso atrás, tanteando con los dedos a mi alrededor en busca de algún arma.
Me pregunté cuántos años me darían si le daba en la cabeza con alguno de esos libros de finanzas, ideales para conciliar el sueño y que sin duda él no había leído hasta el final—.
Si no te gusta mi vestido es una cosa, pero otra muy distinta es insultarlo.
Yo no te digo lo que pienso de tu esmoquin, y eso que pareces un pingüino vestido así.
Avanzó hacia mí, amenazante, estoico e implacable.
—Ya está bien, pulpita, déjalo ya. Llevas unas zapatillas rotas.
«¿Qué? ¿Pulpita?».
—Son cómodas. Una nunca sabe cuándo tendrá que salir corriendo.
Di otro paso atrás.