Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo dosFarrow
3%

Capítulo dosFarrow

Capítulo dos

Farrow

La voz chillona no se correspondía con la boca de quien la profería. Me di la vuelta despacio, mientras iba pegándome en el rostro una sonrisa sosa al mejor estilo Reggie, una de esas que dice a gritos «entre estas dos orejas no hay más que una cabeza bien hueca y unas gotas del último Chanel».

—¡Ay, Dios mío, pero si es el mismísimo Zach Sun! Me muero por conocerte desde el día en que nací.

No tenía ningún problema en inflar el ego de los hombres si eso significaba que me dejaran en paz.

Normalmente eran criaturas simples, fáciles de distraer con unos cuantos cumplidos.

Pero lamentablemente no era el caso del tal señor Sun, cuyo nivel de derretimiento era equivalente al del iceberg B-15.

—Te he hecho una pregunta —dijo, avanzando hacia mí, con unos ojos tan oscuros como el abismo, de un vacío tan profundo que temí caerme dentro—. Ahora sería un buen momento para responder.

No ayudaba nada que su presencia me desconcertara; que fuera alto, que tuviera un mentón tan afilado que parecía cortar el aire, y que su cabello y sus ojos fueran de lo más negro que yo jamás hubiera visto.

Llevaba un traje de levita y el cabello peinado a un lado y engominado.

Todo él era puro poder, elegancia y belleza.

Emanaba carisma como un manantial de oro candente.

Y a la vez, era la frialdad personificada; como un planeta desierto y sin vida.

Yo a él lo había visto miles de veces —sin que él lo supiera—, pero no había logrado acostumbrarme a su magnificencia.

De pronto, se le levantó la ceja derecha.

—¿Se te ha comido la lengua el gato?

«Más bien, estoy con el rabo entre las piernas después de ser descubierta».

—Estaba buscando la galería de arte. —Hice una reverencia, mirándolo con picardía por detrás de un pesado velo de pestañas—. Lo siento muchísimo. No he podido evitarlo. Dicen tantas cosas de ella…

—La galería está en el garaje. —Zach estiró la mano hacia el interruptor y subió la iluminación al máximo. La luz blanca se derramó sobre nosotros—. Y si sabes de la existencia de la galería, también sabrás que no se permite la entrada a nadie. Además, no te gusta el arte.

Lo dijo con tal seguridad que me quedé pasmada. Era como si me leyera por dentro. Después, cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella para no dejarme pasar. Se quedó ahí de brazos cruzados, bloqueando mi ruta de escape.

—Intentémoslo de nuevo: ¿qué haces aquí dentro?

Logré despegar la mirada del colgante de jade y alejarme de él. Entonces crucé la habitación lentamente, meneando las caderas y devorando el espacio que nos separaba. A falta de espada, mi mejor arma era el sexo.

—No me gustan las fiestas.

«Ni tú. Ni que hayas irrumpido en mi vida para llevarte lo que es mío con tanta facilidad, sin consecuencias, como si yo ni existiera».

Me tragué esas palabras junto con el poco orgullo que me quedaba y me lancé al ataque ajustándome el escote. No se le movió ni un pelo. Vaya…

Tocaba pasar al plan B, así que me abaniqué el rostro y eché el cabello a un lado con la cabeza.

—Necesitaba airearme un poco y, sin querer, las piernas me han traído hasta aquí.

—Pues te pido respetuosamente que las dirijas fuera de la propiedad, a menos que quieras pasar la noche en una celda.

No me sorprendía que no fuera un tipo agradable, pero estaba siendo un auténtico imbécil. Claro que, después de todo, yo había entrado ahí a robarle.

Seguí recorriendo la habitación, ignorando deliberadamente esas palabras que todavía oscilaban en el aire como una hoz. Mis nudillos rozaron algunos libros de negocios, cuadros y los sillones tapizados.

Zach apoyó el vaso de whisky sobre una mesa auxiliar y, sin sacarme los ojos de encima ni por un instante, como un halcón tras la presa, espetó:

—¿Pero tú eres tonta o qué?

¿Tonta? No. ¿Decidida? Sin duda. Y tenía la sensación de que Zach no estaba acostumbrado a mujeres que no se doblegaran ante cada uno de sus deseos.

Un tablero de go entre dos sillones de terciopelo me llamó la atención: madera de caoba, piedras de yunzi , cuencos de morera…

El juego valía lo que una hipoteca. Las piezas estaban dispersas por el tablero como si alguien hubiera abandonado una partida larga.

O más bien, como si hubiera huido. Como por instinto, saqué una de las piedras del cuenco de las negras y la puse en un punto estrella.

Desde el otro extremo, Zach frunció el ceño y bajó la mirada al tablero.

—No es ajedrez. —Su voz grave rezumaba burla. Pero había algo más en su tono. Un leve atisbo de pánico. No le gustaba que tocaran sus cosas. Típico de hijo único.

—Obvio. —Examiné la solidez de las fichas negras y sentí cosquilleos en los dedos por el impulso de coger otra piedra. Hacía una eternidad que no jugaba—: Las piezas de ajedrez son más bonitas y puntiagudas. Estas cositas redondas son para jugar a las damas.

Se le crispó un párpado. Pensar que tenía tanto dinero y ni una pizca de sentido del humor. Qué pena…

Frente a mí, las piedras me decían todo lo que quería saber sobre los jugadores. En las negras, alguien cauteloso, generoso y amable. En las blancas, alguien despiadado, agresivo y lleno de determinación. «Zach es las blancas», pensé sin dudar.

Levanté una ceja y me guardé la curiosidad sobre quién jugaría con las negras.

—Me ha parecido que era el turno de las negras.

—¿Y qué te ha llevado a pensarlo?

«Las he contado; sé contar, idiota».

Opté por una respuesta menos ofensiva:

—Porque las blancas fueron lo suficientemente estúpidas como para responder a la amenaza de ko de las negras.

Así que me imagino que, al ver a su propio grupo aniquilado, quien jugaba con ellas pidió un respiro para ir a lavarse las heridas y volver más repuesto.

—Negué con la cabeza—. No tuvo cojones para rendirse, ¿no?

Silencio. Me sacudí una brizna de hierba que había quedado adherida al vestido y decidí que Zachary Sun me gustaba más con la boca cerrada.

Su expresión seguía siendo impenetrable, una fortaleza inexpresiva e indescifrable.

Ni siquiera me miraba. Toda su atención estaba fija en el tablero.

Había algo tan desapegado en ese hombre que dudaba seriamente de su capacidad para funcionar como un ser humano normal.

Eso lo hacía impredecible. Y justamente por eso, era un adversario muy peligroso.

Me mordí el labio con gesto pícaro e incliné la cabeza a un lado.

—¡Ups! ¿Eras tú el de las blancas? No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.

El ligerísimo movimiento de sus fosas nasales fue el único indicio de que respiraba.

—No evité rendirme.

Di una mirada rápida hacia la puerta y me pregunté si se daría cuenta siquiera si me escabullía hacia afuera.

—Me alegra oírlo. Hubiese sido de un pésimo espíritu deportivo.

Por un segundo, me tentó la ventana francesa. Total, no iba a necesitar tobillos intactos en los próximos días.

—No. —Zach avanzó mí con actitud amenazante y deliberada, un paso tras otro. Su perfume, un aroma cítrico y a madera oscura, me ardía en la nariz, advirtiéndome del peligro que se avecinaba—. Y no me retiré.

Estaba tan cerca que nuestros hombros ya casi se tocaban. Ambos miramos en dirección al tablero con el ceño fruncido. Señaló el punto alto en el tablero.

—Mira.

Y lo hice. Miré. Miré sus manos. Unas manos que no conocían el trabajo duro. Perfectas, limpias y con las cutículas impecables. Dedos largos y bronceados. Una piel lisa y uniforme. Una muñeca gruesa con un reloj suizo De Bethune. Tan perfecto. Tan glamoroso. Tan desalmado.

—Huele a apuesta. —Lo desafié, al mismo tiempo que me daba cuenta de que el supuesto genio no se había percatado de mis intenciones. No podía creerlo. ¿Iba a poder salirme con la mía y llevarme el colgante? Mis sentimientos oscilaban entre el alivio y la decepción de no habérmelo llevado ya. Aún.

—A lo que huele es a mentiras. —Se sentó frente a las piedras negras, apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos con el ceño fruncido—. Siéntate.

«Siéntate». «Ve»… No pude evitar notar que me hablaba como a un perro.

—¿Por qué?

—Porque estoy a punto de fregar el suelo contigo y estarás más cerca desde el sofá.

Lo miré detenidamente, entre escandalizada y asustada.

—Tú de verdad te crees más listo que el resto del universo, ¿no?

—Hay pruebas científicas de que lo soy.

Lo decía en serio. Pobrecita la que fuera su mujer. Anhelé con todas mis fuerzas que el pene de ese tipo fuese tan grande como su ego.

—Pienso que…

—Querrás decir creo que —me corrigió—. La mayoría de las personas carece de la capacidad de elaborar verdaderos pensamientos o ideas originales.

Hasta las disertaciones más complejas son teorías recicladas de otras de mentes más brillantes.

En cualquier caso, me importa un rábano lo que pienses. Ahora te sientas o llamo a seguridad.

Pestañeé, incrédula.

—¿Acaso pretendes hacerme jugar a la fuerza?

—Exacto.

—A ver si lo adivino: nadie quería jugar contigo cuando ibas al parque de niño, ¿verdad?

—Yo no iba nunca al parque —dijo, mientras se arremangaba la camisa, antes de levantar la tapa de morera que cubría las piedras blancas—. Pero mis padres alquilaron Disneylandia para mi quinto cumpleaños e invitaron a toda la clase. No recuerdo ninguna queja. Ahora, siéntate.

Obedecí, pensando que el juego me permitiría pensar el siguiente paso:

—Ay, los ricos. Igualitos que nosotros…

Él no me preguntó quién era yo. Ni siquiera mi nombre. La pura intriga y la indignación ante la posibilidad de ser superado en un juego de estrategia tan anticuado le hacía olvidar cualquier precaución.

Zachary Sun no estaba acostumbrado a perder. Qué existencia tan terrible. Si no puedes angustiarte por tus pérdidas, ¿cómo celebrarás tus logros?

Posé mi vista sobre sus hombros, los tenía relajados:

—¿No tienes una fiesta a la que volver?

Él no había mirado hacia la puerta ni una vez.