Capítulo unoFarrow #2
Todas eran encantadoras de diferentes maneras.
Altas y bajas. Volubles y delgadas. Con vestidos sedosos y modales más sedosos aún.
Hijas de multimillonarios singapurenses y exoligarcas salvadoreños, de dueños de conglomerados coreanos y de productores de Hollywood.
Y todas ellas con algo en común: querer ser la próxima señora Sun.
Agaché la cabeza, con la esperanza de mezclarme con la multitud mientras pasaba entre vestidos de baile y esmóquines.
Era experta en ser invisible, una habilidad que había perfeccionado desde la guardería.
Principalmente para ahorrarme los ataques que me propiciaban Vera y las cosas uno y dos —o sea, mis hermanastras— cada vez que tenían un mal día.
El château se alzaba imponente en todo su esplendor: bandas de piedra caliza francesa de colores pálidos, columnas imperiales y jardines ornamentados que podían competir con los de Versalles.
Me tragué el nudo que me atenazaba la garganta y entré, arrastrada por el volumen de cuerpos ansiosos.
Grandiosas escaleras curvas flanqueaban el vestíbulo.
Mis ojos subieron pesadamente por la que conducía a mi objetivo: el despacho de Zachary Sun.
Había guardias trajeados bloqueando el acceso al pie de la escalera, con las manos entrelazadas por delante y auriculares en las orejas, conectados por Bluetooth a todo lo que sucedía.
En la esquina, mi familia adoptiva se reía a un volumen demasiado alto de algo que decían unos hombres vestidos con unos trajes de diseño.
Vera apretaba un canapé contra su pecho y trataba de fruncir el entrecejo con fuerza a pesar de la barrera de bótox de su cara.
Había envejecido como una pasa de uva ya con moho, y su personalidad agria iba a tono con eso.
Yo tenía que evitar que me vieran, pero eso no me preocupaba demasiado.
No había nadie más que me conociera aquí.
Papá había sido demasiado mortal para codearse con esta gente.
En cuanto a mí, siempre había evitado cualquier evento que implicara chupar de los bolsillos más profundos de Potomac.
Y lo de casarse me parecía una total pérdida de tiempo.
Una mujer debería tener un único amor en la vida: una misma. Y, tal vez, un perro.
Esperé a que alguien del personal subiera corriendo los escalones para seguirlo de cerca.
La sinfonía de voces de abajo nos persiguió escaleras arriba.
Moví los labios sin emitir sonido para fingir una conversación que despistara cualquier sospecha de los guardias.
Una vez que doblamos la esquina, cambié el rumbo hacia la biblioteca donde se encontraba la oficina.
Había memorizado el plano de ese piso de la mansión gracias al sitio web tan completo de la inmobiliaria de lujo Zillow.
Esa información sí que era un lujo, muchas gracias.
Zach había comprado la mansión a unos nobles suizos y él no le había hecho demasiados cambios, solo había transformado el garaje del subsuelo en una galería de arte con tecnología punta.
Al principio, pensé que para entrar iba a tener que forzar alguna puerta con clave de seguridad.
Sin embargo, me topé con la portada del último número de Wired : un reportaje sobre la última adquisición hostil de Zach.
Y allí estaba, inmortalizado en la brillante doble página de la revista, casi imperceptible bajo el poder de su mirada desalmada: el colgante.
Sobre una estantería y asegurado por un cristal.
«Lo siento, idiota. Estás a punto de quedarte sin una obra de arte de tu colección».
Recorrí lentamente el pasillo, pasando al lado de cuadros que probablemente costaban más que todas las propiedades de los Ballantine juntas.
En especial ahora, que Vera y sus hijas estaban hundiendo la empresa de papá hasta niveles que ni el Titanic había alcanzado.
¿En qué estaba pensando él cuando decidió dividir en cuatro la propiedad de la empresa de limpieza?
Tres de nosotras no habíamos trabajado ni un solo día en toda la vida…
La puerta de la biblioteca se alzaba ante mí.
Aferré el pomo con fuerza y pensé que no se movería.
Me había pasado dos meses aprendiendo a forzar un sinfín de cerraduras y tenía el kit de herramientas listo en el sujetador.
Pero la puerta se abrió en silencio y sin ningún esfuerzo.
Una ráfaga de aire fresco me lamió la piel; se me puso la carne de gallina.
Me deslicé al interior, cerré la puerta y apoyé la espalda contra la madera, permitiéndome un breve instante para regular los latidos de mi corazón.
No era la primera vez que hacía algo que podía llevarme a la cárcel.
Pero sí era la primera vez que iba a robar a uno de los hombres más poderosos del mundo.
No me detuve a admirar la oficina de Zach Sun, aun cuando jamás había visto un lugar tan opulento en mi vida.
Pero no iba a ponerme a hacer eso cuando tenía el colgante ahí enfrente, haciéndome señas como un faro.
En la misma caja de cristal que había visto en Wired , justo al lado de otro idéntico, a juego; uno para hombre y el otro para mujer.
«Muy apropiado. Uno para él y otro para mí».
No había posibilidad de confusión: el colgante de papá tenía una imperfección que lo hacía singularmente nuestro. De niña, yo le había hecho un «corte de pelo» a las borlas, y las hebras de un lado eran unos dos centímetros más cortas que las otras.
Bordeé el escritorio, ignorando los papeles que salieron volando y aterrizaron en la alfombra por la corriente de aire que había provocado. Por fin — por fin — las yemas de mis dedos besaron el grueso cristal. Justo por encima del colgante de papá.
—Siento haber tardado tanto. —Se me saltaron las lágrimas—. Te han encerrado en una jaula dorada. Pero no te preocupes, voy a sacarte de aquí.
Tras la muerte de papá, yo había guardado su colgante favorito en mi mesita de noche para poder abrazarlo cada vez que me despertaba en medio de la oscuridad porque lo extrañaba.
Hasta el día en que Vera lo vendió, todavía quedaba un rastro de su olor entre los nudos intrincados.
Seguro que ahora su esencia había sido reemplazada por la aséptica existencia de Zach.
«Me lo llevo a casa, pa . Te lo prometo».
Subí el deshilachado dobladillo de mi vestido azul pálido y desenganché un cortavidrios portátil que llevaba en la cinturilla de mi ropa interior.
La cuchilla chasqueó al abrirse y perforó la esquina del cristal.
Sentí unos martilleos violentos que me golpeaban los oídos al empezar a tallar un círculo alrededor de la pequeña cerradura.
Y entonces lo oí. A un volumen tan alto que logró superar el de los latidos de mi corazón.
—¿Qué crees que estás haciendo?
«Mierda».