Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo unoFarrow
2%

Capítulo unoFarrow

Capítulo uno

Farrow

—He oído que su estilista tiene menos seguidores en Instagram que ella. —Tabby hizo explotar el globo de su chicle desde el asiento trasero del Mercedes GLE—. Y ella tendrá… ¿qué?, ¿unos cuatro mil? O sea, mejor que la peine el carnicero de la esquina y ya, ¿no?

—¿Y has visto ese flequillo? Ni que estuviéramos en los noventa. Nadie se atreve a decirle lo fatal que le quedan esos rizos. —Reggie se rio—. Y, francamente, los reflejos ya los tiene de color naranja.

Señoras y señores, Tabitha y Regina Ballantine; mis hermanastras. Entre las dos, producen veneno suficiente para matar a toda la población de una isla de unos cuantos habitantes. Mi madrastra Vera chasqueó la lengua desde el asiento del conductor.

—Parad un poco, chicas. Podríais ser un poco más compasivas… —Sus palabras no iban en línea con su risita perniciosa—. Sylvia es buena chica. Un poco simple tal vez, pero no es culpa suya. ¿No habéis visto a su madre?

—Sí, por desgracia —se burló Tabby.

Me mordí el labio muy fuerte para aguantar el impulso de señalar que Sylvia Hall acababa de aprobar el ingreso al colegio de abogados después de graduarse con honores de la universidad de Georgetown. Su cabeza tenía mucho más que ofrecer al mundo que un corte de pelo caro.

Pero yo no estaba en condiciones de decir nada.

En primer lugar, porque las mujeres Ballantine me odiaban a muerte y todo lo que dijera sería usado en mi contra.

Y, en segundo, porque yo no estaba en condiciones de hablar.

Y esto último en sentido bastante literal: iba acurrucada en el maletero, hecha un ovillo, respirando lo más suave que podía para mantenerme invisible.

El todoterreno pasó junto a los impecables céspedes de Potomac.

Afuera, el aire se había espesado con el aroma de los capullos en flor.

Pero yo no alcanzaba a oler más que las botas de montar de Tabby: una mezcla de estiércol, heno y el encargado de caballerizas de turno con el que se hubiese enrollado esa semana.

—¿Ya llegamos? —Reggie chasqueó los labios y aplastó algo dentro de su boca—. Aunque no lo parezca, estoy emocionada. Nunca he estado en casa de Zach Sun.

—Pues saca una foto porque será tu primera y última visita —resopló Tabby—. No sé ni por qué nos haces ir, mamá. Todo el mundo sabe que Constance Sun es capaz de arrancarse un riñón con tal de que su hijo se case con quien ella elija.

—Zachary Sun es mayorcito y, si quiere casarse con una de vosotras, nadie podrá detenerlo.

A falta de otras cualidades, lo mínimo que podía reconocerle a Vera Ballantine era su eterno optimismo; la admiraba por ello.

Porque la verdad era que Tabby y Reggie invitaban al deseo tanto como una enfermedad degenerativa crónica.

Eran una mezcla letal de pretensiones de lujo con un coeficiente intelectual ínfimo.

—Además… —Vera cambió la radio a la emisora de música clásica, aunque no tenía ni idea de que Yoyoma no era una marca de ropa—. Habrá otros hombres ricos e influyentes en la fiesta, listos para hincaros el diente. Ese duque, por ejemplo, ¿cómo se llamaba? Oliver algo…

—Von Bismarck. —Tabby hizo una mueca—. Ese tipo es un mujeriego empedernido. Es capaz de contagiarte una ETS solo con respirarte cerca.

Reggie soltó una carcajada socarrona.

—Qué tierno verte fingir que no te interesa.

—Yo por mí te lo regalo, envuelto y todo, con caja y lazo.

—Para tu información, una vez me invitó a su mansión en la Costa Amalfitana.

—A ti y a toda mujer que respira. —Tabby chasqueó la lengua—. Mira. Yo que tú, empezaría ya mismo a diseñar la invitación de boda.

Apreté más fuerte los brazos alrededor de las rodillas y repasé mentalmente el plan elaborado tras meses de investigación continua.

Era infalible: entrar, recuperar lo que era mío y salir cuanto antes sin que me viera nadie; oculta por la noche y el vestido de diseño que le había confiscado a Reggie.

No era mi primer hurto y no sería el último.

Yo siempre había sido una superviviente, desde mi nacimiento; desde el momento en que mi donante de óvulos desaparecida me había metido en una caja de cartón y me había dejado frente a la casa de papá con una nota que decía:

Toda tuya. Deberías haber contestado el teléfono, imbécil.

Un aborto es más barato que un bebé.

Tammy

A esas alturas, papá ya estaba casado con Vera después de un romance fugaz. Según Tabby, su madre había instado a papá a «deshacerse de esa cosa».

«Ni siquiera sabes si es tuya realmente», la había oído bufar durante toda mi infancia, sabiendo muy bien que yo podía oírla.

Pero no necesitaba una prueba de ADN porque tenía a la madre naturaleza de mi lado: yo tenía los mismos ojos azules que papá y compartíamos el pelo dorado enroscado en gruesas ondas, que nos enmarcaba la cara y las orejas.

Teníamos la misma estructura ósea delicada y el mismo cuerpo de extremidades largas; y hasta el mismo lunar justo debajo del ojo derecho.

Vera suspiró.

—Qué pena que Romeo Costa ya no esté en el mercado.

—Como si alguna vez hubiéramos tenido oportunidad con él.

Reggie bostezó.

—Como si quisiéramos una oportunidad. He oído que es un sociópata.

—¿En serio? —El pelo de Tabby se agitó sobre el reposacabezas.

—Yo escuché que donó una unidad nueva entera a la maternidad del Johns Hopkins en cuanto su mujer se quedó embarazada.

—Debe ser por si hay que demoler la entrada para hacerla pasar a ella en silla de ruedas el día del parto.

Mi esteticista me ha dicho que Dallas Costa se comió medio piso de un pastel de tres pisos en la cena de ayer en la Casa Blanca, y que la torta entera se cayó sobre uno de esos barones del petróleo.

Cosa Uno y Cosa Dos —mis hermanastras— se destornillaron de la risa.

—¿No oléis a lejía? —Reggie olfateó el aire—. Os juro que el olor de Farrow se me queda pegado en las fosas nasales últimamente. Tienes que echarla, mamá. Ese olor apestoso está por todas partes.

—¿Y dónde se te ocurre que la ponga exactamente?

—Vera subió el aire acondicionado al máximo—.

Necesitamos el dinero del alquiler para tapar todos los malditos agujeros que dejó tu padre.

La gente ya está empezando a hablar. Cuando compré este coche, ni me planteé pedirlo con motor AMG.

—Hizo una pausa y siguió—: Tal vez podríamos meterla en la casa de la piscina…

—Ay, no. ¡Ahí no! —Sentí que Tabby se sacudía hacia delante, por la forma en que se movió todo el vehículo—. La estoy convirtiendo en un segundo vestidor.

Me costaba creer que estaba a punto de pasarme la siguiente hora abriéndome paso entre cientos de personas tan egocéntricas y superficiales como mis hermanastras, pero no tenía opción: Zachary Sun tenía algo que era mío.

El colgante de jade nunca debió haber acabado dentro del gigantesco château de la familia Sun.

Un hecho así tenía las marcas de la codicia de Vera por todas partes, como huellas dactilares.

Cuando murió papá, ella fue subastando una por una sus pertenencias hasta que entró el dinero del seguro.

Al parecer, Zach Sun había hecho una oferta tres veces mayor que la siguiente más cercana.

Y, ahora, el multimillonario malcriado poseía el único recuerdo que me quedaba de papá.

«Pero no por mucho tiempo».

Vera encendió el intermitente y el coche dio un saltito y entró en un camino de grava.

—Ya hemos llegado. Dios mío, mirad cuánta cola.

«Por fin».

Vera calló una discusión entre mis hermanastras, haciendo un gesto con la lengua mientras esperábamos.

—No puedo creerlo, cuánta seguridad en la puerta. Me parece un poco exagerado, francamente.

Empujé la espalda con fuerza contra los asientos traseros y me envolví con una tela negra. Me había cosido a mano un material que se confundía con el fondo del maletero y estaba segura de que no se pondrían a rebuscar demasiado.

—Abran el maletero. —Un guardia de seguridad golpeó el portaequipajes y este se abrió, subiendo lentamente a un ritmo exasperante. El rayo intenso de una linterna atravesó la tela en que estaba envuelta como un capullo, y luego la puerta se cerró de golpe—. Todo en orden. Siguiente.

Vera entró en el aparcamiento con un chirrido.

Mis monstruonastras evacuaron el coche e intercambiaron su lugar con un aparcacoches.

Tal como me había imaginado, el tipo lo aparcó en uno de los caminos más alejados de la entrada de aquella propiedad, que ocupaba casi una hectárea en Dark Prince Road, y se subió a un carrito de golf lleno de otros aparcacoches, para regresar a la carretera principal.

Tan pronto como los faros desaparecieron, me arrastré desde el maletero hasta el asiento del conductor y forcé la puerta.

El invernadero de los Sun me miraba desde arriba, iluminado de extremo a extremo por deslumbrantes focos, desafiándome a entrar.

Incluso a unos treinta metros de distancia, proyectaba una sombra amenazante sobre el césped recortado.

Caminé de puntillas por un sendero iluminado con bolardos hasta la casa principal, y en un momento tuve que agacharme en medio de dos filas de vehículos de lujo porque pasó un aparcacoches en un Lotus Evija.

Reggie iba a matarme en cuanto viera cómo estaba quedando su vestido: el sudor frío hacía que el satén se me pegara a la piel y el tajo se había desgarrado unos cuantos centímetros más arriba en el viaje en posición fetal dentro del maletero.

Otra cosa que había descubierto en mi investigación: esta fiesta marcaba la inauguración oficial de la caza de novias de Zachary Sun, en sentido literal.

Y yo no tenía duda de que las mujeres allí presentes tenían toda la intención de batirse en duelo al mejor estilo de los Juegos del hambre hasta que quedara en pie una única vencedora.

Según los rumores, Zachary Sun iba a elegir una candidata antes de la medianoche —con tal de apaciguar a su madre cansada hasta el hartazgo y desesperada por tener nietos— y la invitaría a salir.